Me vale madres
Hugo José Suárez
En el largo pasillo que
desemboca al atrio de la iglesia dedicada a la Virgen de la Salud, en Pátzcuaro
(Michoacán, México), se encuentran varios puestos de venta que alternan
artículos religiosos con productos alternativos para la salud. En los primeros,
como siempre, hay imágenes de Jesucristo en sus distintas versiones, del
popular San Judas Tadeo, por supuesto de la Virgen de Guadalupe, además de Niño
Dios, de Virgen de la Salud -entre otros-; todo rodeado de cirios, rosarios y
crucifijos.
Es que el mercado religioso
compite, en igualdad de condiciones, con la variada oferta de medicina
tradicional con innumerables funciones: aceite de pino (tos, asma, bronquios),
jarabe de achoque (anemia), gotitas para los ojos (carnosidad, vista cansada,
ardor, comezón), semilla de zopilote (obesidad, diabetes), pomadas para barros,
espinillas, hongos, hemorroides, gel de peyote con marihuana (torceduras, dolor
de rodillas, nervio ciático), jugo de maguey (colitis, úlceras, próstata).
Entre tal variedad, la
farmacia para el cuerpo y el alma tiene también un producto que no había visto
antes -claro, el mercado es muy dinámico-: “Me vale madres”. Viene en dos
tamaños, uno es extracto con 60 ml, y el otro son 60 cápsulas de 650 mg cada
una. Se lo vende en una cajita típica de medicina, naranja, que tiene en un
costado un perfil humano azul donde se resaltan con colores fuertes las
diferentes partes del cerebro. Dice: Reforzado con flor de magnolia, original,
100% natural. Según el instructivo de la caja, la medicina tendría que curar
tensión nerviosa, falta de sueño, cansancio y agotamiento, dolor de cabeza,
mala memoria, mal carácter, migraña, estrés, depresión, ansiedad,
irritabilidad, relajante.
En México la expresión “me
vale madres” es grosera (pero puede ser peor: “me vale verga”), no suele estar
dirigida a una persona -aunque eventualmente sí-, sino que más bien es una
especie de declaración ante la vida. Es una afirmación contundente que denota
ausencia total, radical, de importancia respecto de algún tema particular (el
equivalente en Bolivia sería: “me importa un carajo”).
En múltiples ocasiones me he
encontrado con nombres de productos especialmente llamativos con interés
comercial: alguna vez he comprado unos chocolates -deliciosos por cierto-
llamados “pedo de monja”. Lo importante aquí es que el producto curativo es el
resultado de una “afinidad electiva” -para ponernos sociólogos- entre la
medicina tradicional y sus múltiples ofertas para atender los males del cuerpo,
el lenguaje popular mexicano, y el espíritu de época con una interpretación del
“buen vivir” que debe combatir el estrés, la depresión y hasta el mal carácter.
Es una especie de compleja combinación entre la cultura oriental de la armonía
y el equilibrio -muy yoga-, la afirmación mexicana de mandar todo al diablo, y
el uso de hierbas para curar cuerpo y alma.
Unos años atrás en una
farmacia en Nueva York encontré pastillas que traían cafeína y eran para curar
el estrés. Cada cultura tiene sus maneras de resolver sus angustias
existenciales; en el caso mexicano, sucede de la mano de la oferta religiosa.
En fin, volviendo a la sociología, todo producto busca satisfacer la necesidad
de una población, así que “me vale madres” es un signo de los tiempos de la
sociedad actual. Juro que la próxima vez me compraré el tónico, cualquier rato
lo puedo necesitar y conozco varios a quien regalar.
Publicado en el Diario el Deber 13/08/17
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