domingo, 14 de octubre de 2018

Cementerio (segunda parte)

Toca el turno al Cementerio de Montparnasse, llego tarde y los minutos son escasos. Juego con mis hijas a encontrar tumbas con una lista plastificada que te dan a la entrada, que contiene nombres y un mapa para descubrir su ubicación. No es fácil. Empiezo por Durkheim: casi no se lee su apellido, la lápida está descuidada, con piedritas encima que luego me entero que es una manera de honrarlo. Pienso en lo mucho que lo he leído, en las horas que he pasado frente a sus libros dialogando, discutiendo, aprendiendo.
Sigo con los literatos, llego a Baudelaire, enorme, se me viene a la mente un poema que repetía de memoria, A la que pasa: “¿Volveré acaso a verte? ¿Serás eterno olvido?”. Luego Cortázar, lápida blanca, y me hundo en sus palabras e historias. Le toca a Susan Sontag, la ensayista a la que también he acudido con frecuencia. Llego a Vallejo, su tumba tiene una bandera peruana, muchas flores, piedritas y mensajes escritos en español. En el camino me encuentro con Brassai, evocando sus imágenes parisinas.
Empieza a sonar una campana que indica que en pocos minutos cerrará el cementerio. Sé que está Raymond Aron, lo busco sin éxito. Tengo que optar, voy hacia la salida donde están Sartre y Simone de Beauvoir, juntos, claro. Su lápida tiene decenas de tickets de metro, marcas de besos con lápiz labial rojo, plantitas frescas.
Me tuve que ir sin visitar a Duras, Man Ray ni Fuentes -dicen que está aquí-. Evité a Porfirio Díaz.
Me impresiona cómo el cementerio reproduce los patrones sociales. La posición de los artistas (escritores, músicos y fotógrafos) es preponderante, luego los académicos. También me llama la atención las tumbas olvidadas o las más dinámicas; y las formas del recuerdo que en algunos se plasma en un beso, y en otros en una piedra. Finalmente me sorprende lo internacional de este lugar de descanso, que va más allá de las fronteras francesas.
Es curioso que en Montparnasse coincidan Arón y Sartre. No hay que olvidar que aunque polemizaron profundamente en los 70, uno a la derecha y el otro a la izquierda (además sociólogo vs. filósofos), Bourdieu decía que había en ellos más puntos en común de los que se cree, y el lugar de su entierro lo confirma.
Por último, sin darme cuenta, veo la influencia de la cultura francesa en mi trayectoria, particularmente de la sociología y la fotografía. En París, los cementerios no me encienden las emociones como me pasa en Bolivia con mis familiares difuntos; sí los recuerdos, las ideas y los aprendizajes.
Publicado en El deber el 14 de Octubre del 2018 

lunes, 24 de septiembre de 2018

Cementerios (primera parte)

Temprano aprendí a visitar cementerios. No cumplía los once años cuando el destino me condujo a la tragedia tras el asesinato de mi padre en la dictadura (15 de enero de 1981). Desde entonces, he visitado su tumba regularmente, he aprendido a apreciar el silencio, la escucha, el intercambio con la memoria. Luego fue mi abuelo, mis abuelas, mis primos, o mi abuelo materno al que no conocí pero que quiero tanto de otra manera, que está enterrado en Tarija. Cada que viajo a Bolivia me reservo un espacio para visitar a mis muertos.
En México, donde radico hace más de 15 años, solo he acudido al camposanto en el Día de Muertos por razones más bien culturales. Difícil olvidar las visitas a la cañada de los 11 pueblos purépechas en Michoacán; aquel día las tumbas se visten de colores vivos.
Ahora estoy en París y la experiencia es completamente diferente, sé que debo ir a los cementerios locales y no solo por turismo. Comienzo con Pere Lachaise. Los músicos aparecen primero, dos contrastes (ninguno francés): Chopin, lápida de mármol, sobria, elegante, con su perfil esculpido en el centro, una pequeña reja a los lados y rosas frescas, pocas visitas; Jim Morison, tumba un poco más oculta, con mucha gente alrededor, flores de distinto tipo y tiempo, botellas de alcohol, velas, fotos. Mucha gente tomándose selfis y un árbol repleto de chicles secos colados manualmente, muestra del lado oscuro de la fama.
No tengo mucho tiempo, busco a una de mis referencias en la sociología: Pierre Bourdieu. Sé que está enterrado aquí -luego alguien se preguntará con justa razón por qué el crítico de la distinción terminó en el lugar más distinguido-. Encuentro su lápida, sencilla y sólida, como él y su obra, tiene su nombre y sus años de nacimiento y defunción, nada más. Y pienso en el formato de sus libros que son iguales, en su personalidad, en su sociología profundamente inteligente, aguda y penetrante. Estoy con mis hijas y mi esposa, ya es tiempo de partir, así que vamos bajando un sendero en lo que algún funcionario apura nuestro paso.
Mientras caminamos, les cuento mi relación con Bourdieu, lo generoso que fue al recibirme en su seminario, lo importante en mi formación, el rol que jugó para que conociera a otro gran amigo, Franck Poupeau, con quien hasta ahora tenemos proyectos juntos.
No pude ver a Balzac, Moliere, Nadar, Proust, Piaf ni Wilde. Tendré que volver.

Publicado en El Deber el 24 de Septiembre del 2018

domingo, 9 de septiembre de 2018

Ganesh en París


Por Hugo José Suárez




En alguna de las pequeñas calles del distrito 18, están colados algunos anuncios impresos en papel bond que invitan a la celebración de Ganesh, uno de los dioses hinduistas. Se trata del Temple Sri Manicka, uno de los primeros en su género instalados en París, en 1985, donde se dice que, aunque acuden muchos indios, la mayor parte de sus devotos son de Sri Lanka. La invitación parece uno de esos típicos afiches de santos y vírgenes que recorren los barrios populares de la Ciudad de México. Es el domingo, no me perderé la cita. 
Llego a la calle en cuestión y una empresa india de telecomunicaciones está repartiendo un jugo extraño de dos sabores: uno rosado que parece de frutilla, y el otro blanco con pequeños locotitos, picante claro. Continúo el recorrido y me encuentro con que la mayoría de los comercios pusieron en la acera altares con incienso, plátanos, flores, afiches y algunos la imagen de la divinidad.
Por la calzada, pequeñas montañas de coco adornados y cubiertos con un polvo amarillo. Los carros alegóricos van pasando, uno jalado por varones y otro por mujeres; ellas vestidas con atuendos típicos de muchos colores vivos, los hombres descubiertos de la cintura para arriba, y abajo una túnica blanca. Detrás de la procesión los cantos y rezos femeninos inundan el ambiente, algunas de ellas llevan adornos con coco y flores en la cabeza; otras, bandejas de cerámica con fuego que es alimentado en el camino. 
Al cabo de una media hora, buena parte de las montañitas de coco están destrozadas en el piso. Entre tanto, decenas de tiendas de comida india, de cadenas de televisión e internet, videos pirata -especialmente producción de Bollywood-, ropa, abarrotes y especias. Entre el público, muchísima gente de ese lugar del planeta, además de turistas de distintos orígenes y franceses interesados en el evento. 

El paisaje indio es contundente, sólo los discretos nombres de las calles, algo de la arquitectura, una “boulangerie-patisserie” y la presencia policial, nos recuerdan que estamos en París. Los rostros, la música, los atuendos, las imágenes, el tipo de práctica religiosa, los sabores y olores, nos transportan a India. No sólo es un ambiente cultural envolvente, también la atmósfera mística es penetrante; mi hija de 11 años sólo atina a decir: “si yo fuera este Dios, les daría todo lo que quisieran”.
Una experiencia fabulosa, una oportunidad de intercambio con aquellos contextos tan diferentes y alejados de nuestro horizonte y del que sabemos tan poco. Acaba de entrar en mi agenda la necesidad de conocer India. Ya di el primer paso.

Publicado en El Deber el 9 de Septiembre del 2018

domingo, 26 de agosto de 2018

Desde París


Por Hugo José Suárez

Cuando que empecé esta columna, quise que las letras estén vinculadas al contexto directo que tenía en frente. Lo dije al principio: escribiré desde algún café de Coyoacán de la Ciudad de México disfrutando cada golpe de tecla. Creo que las palabras llevan consigo, además, el resultado del ambiente desde dónde se las produce. Hoy quiero hablar del lugar que será mi nueva morada temporal.
Tengo la fortuna de que me otorgaron la Cátedra Alfonso Reyes del Instituto de Altos Estudios de América Latina, en la Universidad de Sorbonne Nouvelle, y la Cátedra Jacques Leclercq en la Universidad Católica de Lovaina, lo que, unido a la comisión académica que generosamente me brinda mi institución de origen, la UNAM, me permitirá vivir un año en París. Por tanto, cada entrega será despachada desde este lugar del planeta. Pero la intención será la misma: registrar la vida diaria, comentar libros y películas, episodios o posiciones políticas.
De cierta manera, estas líneas serán material para un libro que pienso publicar sobre esta estancia parisina, similar a Un sociólogo vagabundo en Nueva York, que fue el resultado de mi sabático en dicha ciudad.
Empiezo evocando mi relación con París. Haciendo el doctorado en Bélgica, pude conocer personas extraordinarias que trabajaban acá. Me conecté con Pierre Bourdieu -en otra ocasión cuento esa historia- y él me vinculó con Franck Poupeau -entonces su asistente en El Colegio de Francia-, luego conocí a Françoise Martínez y Christophe Giraud. 
Eran años especiales, muy dinámicos, a finales de los 90. Bourdieu ocupaba el lugar central de la vida intelectual francesa y su posición era de confrontación y denuncia del neoliberalismo. Del lado boliviano, eran los mejores años del pensamiento crítico que, desde la marginalidad académica -y la prisión- denunciaban la intelectualidad cortesana seducida por el discurso neoliberal. Los movimientos sociales emergían y ponían sobre la mesa otras formas de la política. 
En esos años, a mi vuelta de Bélgica, impulsamos colectivamente el grupo “Ciencia social y acción”, que discutía la propuesta del sociólogo francés desde la perspectiva local, lo que dio como fruto el libro Bourdieu leído desde el sur. Eran aires frescos que fluían en varias direcciones, la academia francesa se nutrió de nuestras reflexiones y nosotros de las suyas.
Todo eso quedó atrás. Bourdieu murió, el panorama académico y político parisino es distinto. En Bolivia, el impulso renovado de finales de los noventa o se convirtió en libros desde una trinchera universitaria, o se burocratizó en el laberinto estatal perdiendo toda creatividad e imaginación. Creo que no es mucho lo que se puede rescatar de ese proceso político-intelectual, o tal vez sea una alarma sobre hacia dónde no hay que dirigirse y cómo el poder puede destrozar ideas, proyectos y amistades.

Es otro tiempo, pero un mismo lugar. Ya decía: van estas líneas desde París, con nuevos aires que iré compartiendo en estas entregas.

Publicado en El Deber el 26 de Agosto del 2018

domingo, 12 de agosto de 2018

Justicia y dignidad

Acaba de salir a la luz la segunda edición de Justicia y dignidad. Alegato y sentencia en el juicio a la dictadura de García Meza (UMSA – Didáskalos, 2018). He vuelto a recorrer esas páginas con especial interés porque ahí está mi propia historia –el asesinato de mi padre en 1981– y, por supuesto, la del país en su conjunto.
A estas alturas, es difícil recordar el ambiente de aquellos años. El juicio empezó a mediados de los años 80 cuando el dictador Luis García Meza todavía andaba campante por clubes y plazas en todo el país. Déspota y arrogante, era común verlo sin que se le moviera un pelo de vergüenza. Por eso, el inicio del juicio a la cabeza de Juan del Granado fue una labor titánica que duró nueve años.
En toda esa temporada, la interpretación de la historia no estaba resuelta, todavía la disputa por la verdad estaba en juego y la moneda en el aire. De hecho, en el libro se refleja la argumentación torcida y mentirosa del exdictador y su intención por convencer que no tenía responsabilidad alguna.
En aquel tiempo, García Meza contaba con muchos recursos –desde conexiones, alianzas y complicidades hasta el dinero robado–, lo que le permitió tener un equipo a su disposición; en cambio, Juan y las víctimas teníamos que sumar esfuerzos para cuestiones operativas, desde vivienda hasta fotocopias.
Como se refleja en el libro, la acusación fue en cuatro áreas: delitos contra la Constitución, asesinatos en la Central Obrera Boliviana, genocidio en la calle Harrington y delitos contra la economía del Estado. La sentencia final fue dictada por la Corte Suprema de Justicia en abril de 1993 y fue recibida con una celebración popular en la plaza 25 de Mayo en Sucre; el dictador fue condenado a 30 años de prisión sin derecho a indulto.
El libro es estremecedor. Las fotos muestran la esperanza de las víctimas, de Juan y de quienes impulsaban la justicia, que contrasta con la mirada del exdictador, que, sentado en la silla de los acusados, no abandonaba su perverso rostro. Los testimonios cuentan los detalles de las torturas, los asesinatos, el sufrimiento, las persecuciones. Además, se reproducen las fuentes que sustentan las acusaciones.

La reedición del documento nos devuelve un pedazo del Juicio del Siglo, pero es mucho más: se trata de un emblema que tiene que resonar y ser reactualizado constantemente. Ahí se narra la justicia y la dignidad no solo de los afectados directamente por la dictadura, sino de toda la nación que logró someter a un dictador y condenarlo con la ley en las manos. Y por supuesto que nos recuerda lo agradecidos que debemos estar con Juan del Granado y el equipo impulsor del juicio. Es un libro que no debe faltar en ningún estante, pero sobre todo una historia que debe reconfortarnos y empujarnos a mirar el futuro de otra manera.

Publicado en El Deber el 12 de Agosto

domingo, 29 de julio de 2018

Luis Miguel

Por Hugo José Suárez

La primera vez que lo vi fue en el transcurso de los 80, en televisión. Como es de mi edad –nacimos ambos en 1970– de distintas maneras Luis Miguel siempre ha estado ahí, en ocasiones invisible, y a veces insoportablemente presente. En el último tiempo, se había convertido en un fantasma, todo lo que se escuchaba de él era que había cancelado un concierto o sus problemas con las drogas y su desequilibrio emocional. Pero de pronto, lo desenterraron y ahora otra vez se lo escucha en el taxi o en la sala de espera de cualquier lugar.
Hay que recordar que su carrera exitosa estuvo pegada a su vínculo con el poder del PRI en México. Debutó cantando al presidente José López Portillo con ocasión de la boda de su hija en 1981 –tenía 11 años–, luego con los favores del inmensamente corrupto y autoritario Arturo Durazo, jefe de policía de la Ciudad de México –entonces Distrito Federal–, logró un ascenso formidable. Se convirtió en la propuesta cultural de Televisa y devino en la cara estética del proyecto neoliberal de los 80. Con él se consolidaba la estrategia de la agenda de una nueva identidad nacional gestionada desde Televisa, de la mano del Chavo del Ocho y la amplia gama de telenovelas. México abandonaba así la era de oro del cine; María Félix era sustituida por Verónica Castro o Lucía Méndez; Agustín Lara o Jorge Negrete por Luis Miguel.
Al lado suyo surgieron otros personajes de laboratorio, más o menos exitosos, como Timbiriche, Lucerito, las Flans, etc. Pero ninguno alcanzó el vuelo de Luis Miguel. Además, en los 80 se empezaba a consolidar el rock mexicano en una nueva generación con grupos como La Maldita Vecindad, la Santa Sabina, Café Tacvba, Los Caifanes, que eran abiertamente contestatarios y se mofaban de todo lo que viniera de Televisa.
Hay que reconocer que Luis Miguel tiene tres grandes virtudes. Primero, sin duda tiene muy buena voz, bien educada, precisa y limpia. Segundo, su manejo de escenario es impecable –según todos los que lo han visto en acción–, no es casual que sea quien más taquilla vendió en el Auditorio Nacional en México. Finalmente, la producción que gira a su alrededor es impresionante en todos los frentes, desde las cámaras hasta las composiciones, el marketing, los ingenieros de sonido, etc.
Dicho eso, el famoso cantante estaba de capa caída y perseguido por el éxito de su pasado, pero alguien decidió revivir el espectro, y lo hizo bien. Aprovechó el pasado glorioso, lo estructuró en un melodrama estilo novela de Televisa de los 80, pero se montó en la narrativa y soporte digital de Netflix que ha revolucionado la manera del consumo de series. El resultado es muy atractivo, ahora todos hablan de la vida y milagros de Luis Miguel y se lo escucha hasta en la sopa. La serie aparece en un periodo de ascenso político de la izquierda mexicana con Andrés Manuel López Obrador como vencedor de las elecciones y justo cuando Televisa estaba perdiendo televidentes y, claro, muchísimo dinero. Además, es una estrategia para atraer al público adolescente que vive en las redes sociales y combatir a los youtubers –autónomos, diversos, incontrolables– que son la referencia de ese enorme sector

En suma, la serie es el reciclaje de la nostalgia ochentera sobre otra plataforma tecnológica con intenciones políticas y comerciales. Nada nuevo. Ganan Luis Miguel, Netflix y los empresarios de la industria cultural. Perdemos todos los demás.

Publicado en El Deber el 29 de Julio

lunes, 16 de julio de 2018

Fútbol


Hugo José Suárez
Tengo una relación distante con el fútbol, no sé por qué. Estudié en un colegio jesuita en La Paz donde lo único que se practicaba era el balompié; yo que era alto y flaco, más bien dotado para el vóleibol, jamás formé parte de equipo alguno. Además, la masculinidad homogeneizadora que se forjaba alrededor de ese deporte iba en contra de mis facultades y sensibilidades.
Mis amigos que sí sabían patear la pelota gozaban en la escuela de privilegios escandalosos: llegaban tarde a clases porque tenían entrenamientos, se reprogramaba sus exámenes si se cruzaban con algún campeonato, tenían equipos deportivos modernos a su disposición. Incluso se convertían en el modelo del estudiante ejemplar. Nunca entendí por qué en una institución inspirada en San Ignacio y dirigida por sacerdotes de sofisticada formación teológica y filosófica, se descuidaba tanto todo lo proveniente de las humanidades (por ejemplo había una semana deportiva sin clases, jamás de un festival de teatro o cine).
Pero sumergido en un ambiente de donde el fútbol era preponderante, no dejé de entrar en la dinámica propia de aquel tiempo. Recuerdo que tenía, como todos los estudiantes de entonces, equipos enteros construidos con corcholatas para jugar en una canchita –una pequeña frazada adaptada-, con arcos de alambre y una pelotita de plástico. Hacíamos campeonatos espléndidos en los cuales cada cual llevaba alguna selección nacional construida por uno mismo con recortes de los rostros de jugadores pegados al interior de la chapa. Como mis amigos solían estar al día con la discusión internacional, escogían equipos y nombres de celebridades. En cambio yo, sobre-politizado y en un ambiente de dictadura y lucha por la democracia, optaba por equipos de afinidad ideológica, aunque sin destreza deportiva. Así, mis favoritos eran Cuba o Nicaragua, que se enfrentaban contra Brasil, Alemania o Argentina. No se equivoquen: a veces Nicaragua podía someter a Brasil; cosas que sólo se daban en esas condiciones.
En los últimos años me he acercado un poco más al fútbol. Los escritos de Juan Villoro o de Eduardo Galeano me ha entretenido, tanto como un buen partido. Sé que se me criticará de intelectualizar lo que antes que nada es un despliegue de sentimientos, pero ese camino ha surtido efecto, incluso en el mundial del 2014 que me tocó verlo en Nueva York, estuve en algunas cantinas disfrutando del juego con una cerveza al frente en un ambiente totalmente gringo. Gocé mucho, lo confieso.
El mundial que ahora está en curso trajo una novedad: el interés de mis hijas. Los días que iba a jugar México, ellas me pidieron que les comprara una polera oficial y se negaron rotundamente a acompañarme a un café a ver el encuentro, lo iban a hacer con sus amigos en la escuela. Mi hija de 11 años me conmovió: ¿cómo no voy a apoyar a mi país? Todos mis argumentos y mi frialdad se vinieron abajo.
Hoy al final del día se sabrá quién es el nuevo campeón. Intentaré ver el partido, estoy aprendiendo a entregarme a esas emociones.

Publicado en El Deber - 20/06/2018

Unas líneas con Sergio Pitol

Hugo José Suárez
En México, cada que muere un escritor, se alborota el medio cultural. Se le dedican sendas portadas de periódicos, programas en las televisoras culturales, suplementos dominicales e infaltablemente estantes en las librerías con todos sus títulos. Y claro, los lectores comunes, como yo, nos preguntamos cuántos libros suyos tenemos en nuestras bibliotecas o cuánto hemos leído de él. En mi caso, a menudo con un dejo de culpa, me doy cuenta de lo poco que lo conocí al recién desaparecido. Es lo que me sucedió con Sergio Pitol, que partió el 12 de abril del 2018 en Veracruz.
Al enterarme de su fallecimiento, rápidamente fui a adquirir los textos que más me llamaban la atención. Aquí mis primeras reacciones a quemarropa de las joyitas con las que me topé.
Pitol escribió El arte de la fuga (Era, 2011, México D.F.), un libro biográfico pero con un sello extremadamente personal que transita por los géneros siguiendo “la intuición y el instinto” como consejeras primordiales: 
“Decidí entonces hacer un libro que fuese un desplazamiento por distintos momentos de mi existencia como lector y como autor (…). Y el libro se fue creando a través del instinto. Sabía que no era ni una crónica de mi vida ni una autobiografía ni estaba yo escribiendo mis memorias. Rompí la cronología, traté de desgastar los géneros para que se imbricaran uno con otro: partes que parecían crónicas que terminaban en un cuento, ensayos que de repente se volvían narración y al final tenían una fuga ensayística. Eran acontecimientos y fugas de lo narrado.”
En un episodio del mismo escrito habla de política. Elabora un diagnóstico lúcido -en 1996- del México sumido en una catástrofe civilizatoria, que hoy resuena con una pertinencia que asombra y asusta: “Cuando observo el deterioro de la vida mexicana pienso que solo un ejercicio de reflexión, de crítica y de tolerancia podría ayudar a encontrar una salida a la situación”.
Y critica la relación con el poder: “La conexión entre el escritor y el príncipe ha estado desde el principio de los tiempos minada por el equívoco; es una amistad peligrosa. Un novelista tiene que aprender a mantener un diálogo con los demás, pero sobre todo consigo mismo, debe aprender a escrutarse y a oírse; eso le ayudará a saber quién es. Si no lo logra, en vez de una novela construirá un artefacto verbal que intentará simular una forma narrativa, pero cuya respiración será la equivocada. Recogerá, tal vez, algo que está en la atmósfera. El autor sabe que le agradará al César o al vulgo, da lo mismo; la ha escrito para alguna de esas dos deidades”. 
En otra reflexión Pitol sostiene una premisa que parece máxima sociológica: “Uno conoce siempre a saltos, fragmentadamente, tiene conciencia de los efectos, pero al no identificar las causas es como si no conociera nada”. O lo que parece un complemento: “Así suceden las cosas. Vuelva usted a preguntar qué somos, adónde vamos y una bofetada lo librará de las pocas muelas que le quedan”.
Termino con un pedazo de El viaje (Era, 2015, México D.F.), donde nuevamente evoca “la reacción del instinto”, y valora “los esfuerzos intelectuales para no enmohecerse, para no dejar de pensar, para impedir que sus estudiantes se conviertan en robots”, consigna que debería convertirse en una aspiración generalizada, especialmente en la academia mexicana que camina firmemente hacia la burocratización del conocimiento.

Murió Sergio Pitol, un escritor de muchos tiempos

Publicado en El Deber el 20/05/2018

La fe y las promesas

Hugo José Suárez
Unas semanas atrás, TV – UNAM tuvo la atinada iniciativa de proyectar películas premiadas en el Festival de Cannes, por la conmemoración de los más de 70 años del prestigioso evento. Me invitaron a comentar el filme Pagador de promesas, de Anselmo Duarte (1962), que obtuvo una Palma de Oro, la primera película extranjera en ganar esa distinción y la primera brasilera nominada a los premios Óscar en 1963 (confieso que, a pesar de su éxito y pertinencia, no la había visto).
El filme retoma la novela de Alfredo Dias Gomes, autor, entre otros, de El bien amado, telenovela de alto impacto en Bolivia en los 70. Se cuenta la travesía de Zé, un creyente del noreste rural de Brasil que realizó la promesa a Santa Bárbara de llevarle una cruz hasta el templo que se encuentra ubicado en la capital del estado, si salvaba a su burro, al que le cayó un rayo. La Santa cumple, por lo que él tiene que hacer lo propio: parte con la cruz al hombro hasta las puertas de la iglesia, pero cuando quiere ingresar se encuentra con el sacerdote y empiezan todos sus problemas.
El cura, de formación tradicional, averigua que, por un lado, el origen de la promesa era la vida de un animal, pero, por otro lado, que la idea nació del intercambio que tuvo Zé en el marco de una celebración de candomblé. Indignado, el prelado le niega el ingreso al recinto sagrado.
El episodio adquiere dimensiones mayores. Las altas autoridades eclesiales reaccionan apoyando al sacerdote, los creyentes negros se movilizan con cantos y bailes en la puerta de la iglesia, los periodistas ponen a Zé en las primeras planas haciéndole decir consignas revolucionarias que no dijo. El revuelo es mayor movilizando a autoridades eclesiales, políticas, periodísticas y a distintos sectores sociales.
La película dibuja a la iglesia brasilera, previa al Concilio Vaticano II y a la Teología de la Liberación, con una orientación conservadora que considera demoniaco todo lo que provenga de la religiosidad popular; al frente está el mundo complejo y diverso de creyentes que acuden a una u otra expresión religiosa sin encontrar grandes contradicciones, más bien como un continuo sagrado que no se quiebra por adscribirse o al catolicismo o al candomblé. Es contundente la idea que Zé repite varias veces: “Promesa es promesa”, lo que muestra una forma religiosa basada en el contrato directo entre divinidad y fiel -sin presencia de autoridades religiosas- que no puede ser negociado, por eso su terquedad por entrar al templo a dejar la cruz incluso cuando todos le dicen que bien puede depositarla en la puerta. 
También se deja ver la diferencia entre el mundo rural que se mueve con lógicas propias de la relación con la naturaleza y el ámbito urbano –moderno que depende más de la dinámica económica industrial en ciernes con actores políticos y periodísticos distintos-. 
La película es una ventana a las tensiones propias de la experiencia religiosa brasilera -y latinoamericana en muchos aspectos-: el sincretismo, la relación con la imagen, el rol de las religiosidades no católicas y su tenso intercambio con las autoridades eclesiales, la naturaleza del tipo de creyente, la presencia de la política, los medios y el mercado.
Sin duda el panorama religioso actual se ha modificado considerablemente, pero la lucidez de la película es sorprendente, dejando sobre la mesa temas que son discutidos hasta nuestros días. El pagador de promesas da para mucho, se trata sin duda de una de las mejores producciones que he visto en pantalla grande sobre la religiosidad en el continente, un paso obligado para quienes nos interesa el tema.


Publicado en El Deber el 03/06/2018

Hacer sociología en Azcapotzalco

Hugo José Suárez 
Hace unas semanas, la embajada de Bolivia en México tuvo la generosidad de proponerme presentar mi texto Hacer sociología sin darse cuenta en la Feria del Libro de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Azcapotzalco (UAM-A), en la cual Bolivia era invitado de honor. Para mí, el evento iba a ser muy especial porque la UAM-A fue la primera universidad que pisé en México, cuando llegué a estudiar a finales de 1988. 
Tenía solo 18 años y en esas aulas empezaba a descubrir un mundo de conocimientos, sensaciones, experiencias nuevas. Provenía de La Paz, de un colegio católico y conservador de clase media alta; el pequeño ambiente de mi barrio (San Miguel) y la estrechez de un origen social tan encarrilado no me permitían ver más allá de los dos kilómetros que me rodeaban material y simbólicamente. Llegar a la UAM fue descubrir miles de cosas.
Recuerdo un maestro, anarquista, creo que de la asignatura Doctrinas Políticas y Sociales II –o algo así–, que al final del trimestre se reunió con cada estudiante y nos pidió que nos autocalificáramos. Yo estaba contrariado, en mi colegio jesuita jamás había sucedido nada por el estilo. Le dije que merecía la máxima nota, y me la puso. Todavía no había leído a Foucault y sus reflexiones sobre cómo el examen es un momento donde se expresa y concentra el poder del maestro, tampoco sabía de Bourdieu y su militancia por desenmascarar las sutiles formas que ocultan jerarquías y que son aceptadas por todos como si no hubiera otro camino. Y, sin embargo, mi profesor estaba ahí, enseñándome que el conocimiento y su transmisión no requerían de mediaciones.
También tengo en la memoria otro profesor, gay, creo que enseñaba Técnicas de Investigación y Aprendizaje. Desde el primer día, además de invitarnos a varias exposiciones en las galerías de arte de la ciudad, nos invitó a escribir un diario. “¿Qué es eso? ¿Eso es sociología?”, pensé confundido. Resulta que, aplicado como soy, hice la tarea en mi máquina de escribir Olivetti, muy propia de los estudiantes de la época. Decía el maestro que si no se nos ocurría nada especial, simplemente contáramos alguna cotidianidad, pero que no nos fuéramos a dormir sin haber pasado por el teclado. Periódicamente le mostrábamos nuestros escritos, que eran corregidos con empeño. Tampoco sabía todavía que un sociólogo como Richard Sennett, a quien leí lustros más tarde, sugería algo similar y abogaba por “el acto de escribir” como una tarea regular e ineludible de los cientistas sociales. Hasta hoy sigo cumpliendo la tarea.
No tengo en mente el nombre de estos dos profesores, mejor así, me quedo solamente con sus enseñanzas, que son las que trascienden; ese es el sueño de todo buen maestro. Fue en esos intensos meses –solo estuve un año en esa unidad, luego me cambié al sur porque me quedaba más cerca– cuando tuve claro mi proyecto de vida: en algún salón luego de alguna lectura o clase, antes de llegar a los 20 años, decidí que iba a ser doctor y que me dedicaría a la academia. 
Quizás desde esos años es que se forjó mi vocación universitaria y mi convicción de que es en las aulas donde se construyen horizontes nuevos. A estas alturas tengo poca fe en ofertas políticas o religiosas, pero sigo confiando en la universidad como lugar de transgresión y creatividad.

Compartir mi libro en ese espacio, acompañado de las palabras lúcidas y cálidas de Laura Moya, destacada profesora de la UAM-A que me honró presentándolo, fue como cerrar un círculo, 30 años más tarde.


Publicado en El Deber -  21/06/2018 

miércoles, 16 de mayo de 2018

El fotógrafo (Guibert/ Lefèvre/ Lemecier)


Hugo José Suárez

Didier Lefèvre se marchó a Afaganistán para documentar una misión humanitaria en plena guerra entre soviéticos y muyahidines. Guibert y Lemercier armaron un bello libro.



Es un cómic difícil de clasificar. El libro fue publicado primero en francés en 2010, luego en varias lenguas y en castellano en 2015 (Astiberri Ediciones). El personaje principal -Didier- es un fotógrafo que tiene que realizar un reportaje para la institución Médicos Sin Fronteras (MSF) en un arriesgado viaje de Afganistán a Paquistán a mediados de 1986, en plena intervención rusa. La historia cuenta con crudeza lo difícil del desplazamiento a pie acompañados de guías, caballos y mulas; la llegada a poblaciones de acceso accidentado. La ruta es dura tanto por las condiciones climáticas y geográficas (perder el sendero implica perder la vida) como por la guerra que dejó campos minados por todos lados. Es muy común encontrarse con viajeros fuertemente armados y escuchar bombardeos cercanos. El objetivo de los funcionarios de MSF es llegar a Chitral, una pequeña población paquistaní en el corazón del conflicto. Su misión es atender a decenas de heridos de guerra con insumos básicos. La tarea de Didier es registrar el viaje fotográficamente.
Con eso en mente, cámara en mano, Didier realiza más de 4.000 tomas en decenas de cartuchos. Hay que recordar que es el tiempo de la fotografía analógica –lo digital prácticamente no existe-, que implica trabajo manual y cuidado de cada uno de los aparatos para capturar una imagen, revelarla y finalmente imprimirla.

El cómic no fue concebido desde el inicio del proyecto, más bien fue una elaboración posterior. Con el enorme cuerpo de fotografías, Guibert y Lemercier hicieron equipo: uno se encargó de los textos y los dibujos, y el segundo de las maquetas y los colores. Armaron una narrativa muy particular en la que el viaje de Lefèvre es, por supuesto, el hilo conductor.

El experimento narrativo es extraño pero bien logrado. Está lejos de las fotonovelas aburridas y forzadas a las que estábamos acostumbrados. La historia propiamente dicha se la cuenta con realistas viñetas a color donde intercambian los personajes; las fotos –en blanco y negro- entran cuando se quiere mostrar lo que Didier miró. El texto que las acompaña está en primera persona, complementando la reflexión del viajero y conduciéndonos a los lectores al escenario. Las tomas se las enseña en distintos tamaños, a veces más grandes, otras se reproduce íntegramente la tira de contactos. A menudo se encuadra la foto que se quiere resaltar a mano con plumón rojo, a la vieja usanza de quienes identificaban la toma correcta con un lápiz especial, en el tiempo del cuarto oscuro y de los negativos. El efecto es de un realismo que a veces espanta: en algún cuadro se narra una operación a un herido de bala, en otro el dolor de un niño con la mano quemada.




Publicado en Diario Página Siete 13 de mayo del 2018

La muerte de un tirano



Hugo José Suárez
En estas semanas, la memoria se me ha removido intensamente. Hace menos de un mes me llamó mi entrañable amigo desde la infancia Antonio Araníbar Arze, contándome una difícil y emotiva tarea. Su familia era muy cercana a Raquel Jimeno, la ‘Batu’, española que fue a Bolivia en los años 70 y terminó como militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, el MIR de entonces. Fue una mujer clave en el proceso de recuperación democrática, querida por mis padres, amiga solidaria como pocas.
                                                                                     
La Batu se fue del país y murió a finales del año pasado en España, siempre añorando Bolivia y con eternas ganas de volver.  Su cuerpo fue cremado. Antonio habló con la familia de Batu y convinieron cumplir su deseo. Viajó a España y llevó los restos a La Paz, luego de una larga travesía. En un emotivo y sencillo acto, se esparcieron sus cenizas sobre la tumba de los Mártires por la Democracia, que se ubica en el Cementerio General de La Paz. Finalmente, luego de tantas idas y venidas, la Batu descansa con sus entrañables compañeros. La próxima vez que visite La Paz, recordaré cada uno de los episodios vividos en San Miguel, cuando yo solo tenía diez años, y gobernaba la dictadura de Luis García Meza, que aterrorizaba a todos.

Y precisamente el domingo 29 de abril, mientras me disponía a vacacionar con mi familia, me entero de la muerte del dictador García Meza. Inevitablemente, vuelvo a los episodios más duros de esa horrenda temporada. El miedo, el toque de queda, las conversaciones peligrosas en la escuela, aprender a distinguir a un paramilitar, cuidarse de alguna ambulancia que pueda tener agentes dentro. El Servicio Especial de Seguridad (SES), que era una instancia especial cuyas vagonetas circulaban llenas de matones fuertemente armados con cara de espanto.  Los tiroteos en las noches, los relatos escalofriantes sobre qué hacían los paramilitares cuando encontraban a sus víctimas, incluidos niños. Descubrí rápidamente lo que era la tortura, la clandestinidad, el exilio y la muerte.
El 15 de enero de 1981, la dictadura de García Meza atrapó y asesinó luego de una larga tortura a mi padre, al lado de siete compañeros más. En los meses previos había matado a Marcelo Quiroga y a Luis Espinal. La amenaza del ministro del Interior, Luis Arce Gómez, de “andar con el testamento bajo el brazo”, se convertía en programa político. Las pretensiones de la tiranía no pudieron prosperar, Bolivia demostró una vocación democrática inigualable. Volvió la democracia en 1982. Luego un equipo de abogados, encabezados por Juan del Granado, a quien el país le debe eterna gratitud, logró encarcelar al dictador.

García Meza pasó unos años preso en Chonchocoro; luego, con las artimañas aprendidas y el dinero robado al Estado, logró que la mayoría de su estancia fuera en el hospital militar, una vergüenza para esa institución. Con extraño orgullo su abogado refriega al país que los últimos años no estuvo en la prisión. Queda claro que el tirano crea sus relevos. García Meza murió engañando al país, aprovechándose de sus servicios, sin pedir perdón, arrogante, cuidado por súbditos que no conocen la vergüenza.

Con los sentimientos removidos, puse un par de reflexiones en internet alusivos al tema. Me sorprendieron dos reacciones, por un lado, un sector que defiende y justifica cada una de las acciones del tirano; perdón por mi ingenuidad, pero pensé que ya no había esos especímenes. Pero, por otro lado, un grupo que trata de vincular la dictadura de García Meza con el proceso político actual, lo que me parece un desatino, un oportunismo impreciso y tendencioso, además de una ofensa al país, su historia y a las víctimas de la dictadura. García Meza es el último dictador del periodo militar, con su muerte se cierra un capítulo, cualquier analogía con otro momento no hace más que confundir. Las dos reacciones me dejaron claro que queda mucho por hacer, que se debe promover el respeto de los derechos humanos como cultura cívica innegociable y que la historia debe primar para no confundir procesos ni hacer puentes que son un atropello a la razón y a la moral.

Cuando recibí la noticia de la muerte del dictador, pensé qué les iba a decir a mis hijas, cómo contarles. Salí a caminar temprano con ellas, les hablé de su abuelo Luis Suárez, les dije que lo mataron en un periodo cruento de la historia de Bolivia cuando gobernaba García Meza, que acababa de morir. Les dije que, a pesar de todo, no lograron matar la esperanza, que a pesar de la maldad, también existe la justicia.


Publicado en el Deber  06 de Abril del 2018

domingo, 8 de abril de 2018

Miguel Covarrubias. Maestro ecléctico




Hugo José Suárez



En algún lugar de la bodega en La Paz donde dejé mis cosas antes de migrar a México, está esperándome un precioso afiche de Miguel Covarrubias. Lo compré, si mal no recuerdo, en una exposición un museo en la Ciudad de México, seguramente el año 1990. La pintura es solemne, colorida, rítmica y sensual: una mujer negra, cantando, con un vestido verde ajustado, rodeada de otros músicos. Es jazz, es Harlem, es la tercera década del siglo pasado. Esas notas hechas color me acompañaron una larga temporada observándome desde una pared, cómplices de cada una de mis travesuras de alcoba.

Covarrubias (México, 1904-1957) fue un artista desobediente, autodidacta y creativo. Miembro de una generación de grandes nombres en la plástica Mexicana (Rivera, Orozco, Siqueiros), supo construir una voz propia que no lo empate a ninguno de sus contemporáneos. Caricaturista, pintor, fotógrafo, etnólogo, ilustrador, muralista, documentalista; eso, y mucho más. Personalmente, es uno de los personajes que más me atrae de aquellos tiempos iluminados. Por supuesto que celebro su constante compromiso político con la izquierda mexicana -no militante de ninguna agrupación específica-, pero sobre todo me gusta su curiosidad por la otredad, su obsesión por mostrar al otro en sus lienzos.

A mediados de la década del 20 del siglo pasado, el pintor mexicano se traslada a Nueva York y se sumerge en la cultura negra en el afamado barrio afroamericano el Harlem. Buena parte de ese período de su obra está en la búsqueda de los rostros, los gestos, los rasgos de aquella poderosa experiencia cultural. Es un escenario curioso: un mexicano -que, según dicen, ni hablaba bien el inglés- dibujando al mundo marginal negro. En 1927 publica Negro Drawings, que recoge varias de sus ilustraciones sobre el tema.

En su constante movimiento, luego de dejar Estados Unidos, Covarrubias viaja por varios países; se queda largas temporadas en Bali donde también se esfuerza por retratar la cultura diferente. Vuelve a México con la intensión de investigar sobre los pueblos indígenas, da clases de etnología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, dirige la Escuela de Danza del Instituto Nacional de Bellas Artes. Realiza murales y documentales e impulsa la antropología y la arqueología mexicanas.

Es un pensador es difícilmente clasificable, por eso fue definido como un renacentista desde la caricatura cuya principal trinchera fue su imaginación. Transita por lienzos y cámaras con igual soltura, por la etnología o la escritura mezclando belleza y conocimiento, sin obedecer cánones que separan las disciplinas, guiado sólo por su capricho por conocer, plasmar, descubrir y expresar.

En un reciente viaje a Oaxaca, tuve la atinada intuición de pasar por el Centro de las Artes de San Agustín -que es un antigua antigua fábrica de hilados restaurada por iniciativa de Francisco Toledo-, y me encontré con la grata sorpresa de la exposición Miguel Covarrubias. Imágenes de un mexicano universal. Recorrí las piezas deteniéndome en cada una de ellas, tratando de seguir el trazo y la intensión del maestro. Su visión de Nueva York me recordó mis propias impresiones de aquella ciudad, su mirada del mundo indígena mexicano me devolvió a mis viajes por el encanto de tantas culturas en el México profundo. Sus videos me reanimaron las ganas por ser un coleccionista de imágenes.

Covarrubias es, sobre todo, una fuente que inspira, un promotor de la transgresión, una invitación a sacudir la inventiva de cualquier atadura de época: una refrescante brisa del pasado.


Publicado en el Deber 08/04/2018

miércoles, 28 de marzo de 2018

Merlí. Otra manera de filosofar



Hugo José Suárez

He dicho que me encantan las series, y que concuerdo con Vargas Llosa cuando afirma que en ellas la televisión encontró su soporte narrativo. La última en la que estoy metido es la catalana Merlí, que trata sobre un profesor de filosofía de últimos años de un colegio público en Barcelona.

Tengo tres décadas en las aulas universitarias, unas veces como alumno y otras como profesor, y la verdad considero apasionante mi oficio. Muchas veces me he preguntado por qué la vida de un detective, de un narco, de un viajero o de un político merecen más reflectores que la de un profesor. Pienso que una clase puede ser más entretenida que un viaje a la selva, que un seminario puede ser tan atrapante como una trama policial. Merlí nos recuerda que un instituto educativo, con estudiantes, laboratorios, bibliotecas, profesores, es un barco repleto de aventuras inagotables.

Además, el encanto del profesor tan carismático como irreverente, está en vincular sus clases y los autores con las situaciones concretas de los protagonistas. La filosofía pareciera salir de los libros y nombres rimbombantes y se encarna en la cotidianidad. La mentira, la política, la muerte, el consumo, el deseo, dejan de ser temas controlados por los especialistas y aterrizan en la historia de la gente.

La serie no es ingenua, muestra también el conflicto y las contradicciones de los adolescentes, los humores, las furias, las pasiones, las tensiones familiares, las pérdidas y los excesos. De alguna manera deja ver algunos rasgos de lo que supongo es la actual sociedad catalana. Por ejemplo, en la escuela pública confluyen grupos sociales distintos, desde quienes tienen una economía muy estable y cómoda, hasta los que sufren el día a día teniendo que trabajar horas extra para sostener el estudio. Parecería que el espacio educativo permitiera el encuentro de posiciones sociales diferentes, lo que es impensable para muchos países latinoamericanos. También se ve el estilo de vida urbano, la mayoría habita en departamentos que se diferencian por sus comodidades o su lujo, pero pocos tienen coche y casi nadie vive en casa. Las familias son diversas, con presencia fuerte de los padres.  Todos luchan por la sobrevivencia en un mundo laboral incierto pero no dramático.

Uno de los aspectos que más he disfrutado de la serie es el sexo. Despojados tanto de cualquier culpa católica, como de imperativos morales muy de moda en la actualidad que pretenden regular el comportamiento sexual, las relaciones fluyen en todos los sentidos sin juicios en ninguna dirección. Todos (mujeres y varones, alumnos y profesores, homosexuales y heterosexuales, viejos y jóvenes) se sienten con derecho de proponer sin ser estigmatizados, y de ejecutar sin cargar una etiqueta. Osar y gozar van de la mano. El resultado es fabuloso: los estudiantes transitan unos con otros, los profesores entre ellos hacen lo suyo, padres de familia con profesores, algún adolescente con la madre de su colega, o una guapa historiadora que se engancha con el empleado encargado del mantenimiento del edificio. Y todos los lugares son apropiados: los salones, los baños, las salas de juntas, las oficinas, las bodegas. Aunque me puedo equivocar y tener una visión muy superficial, me da la impresión de que el tema de la sexualidad se lo enfrenta desde otro lado, desprovistos de cualquier ideología que pretenda regular y normar el deseo y ansiosa de encontrar culpables a quiénes condenar; pero todo, claro está, en un clima de respeto innegociable al otro, a su voluntad y su libertad de aceptar o rechazar cualquier oferta.

En fin, conocí Barcelona hace más de treinta años. Mientras vivía en Bélgica y hacía mi doctorado, tuve que ir a entrevistar a ex sacerdotes que en los años sesenta fueron a Bolivia en misión religiosa. Fue un fabuloso descubrimiento, empezando por entender que ahí no se habla castellano y que su relación con España es tensa y compleja. Todo indica que es tiempo de volver por esos rumbos.


Publicado en El Deber 25/03/18

Bolivia y México




Hugo José Suárez

La semana pasada tuve el gusto de presentar en la Feria del Libro del Palacio de Minería en México, el libro Pensando Bolivia desde México, Estado, movimientos, territorios y representaciones, coordinado por Guadalupe Valencia, Bories Nehe y Cecilia Salazar (UNAM-CIDES, 2016).

La relación entre ambas naciones tiene larga data, y considero que México es el país quién más ha influido en la formación del pensamiento social boliviano. El vínculo adquiere distintas formas y tiempos. Hay que recordar que en 1940 Bolivia estuvo representada en el Congreso Indigenista Interamericano en Pátzcuaro (Michoacán), que Diego Rivera fue invitado por Víctor Paz para visitar el país y que Alandia Pantoja expuso en la Sala Internacional del Palacio de Bellas Artes en 1957.

Otro episodio fundamental fue la época del exilio en los 70. Decenas de bolivianos fueron acogidos en México, muchos de ellos con notable éxito profesional. Los departamentos de los exiliados se convirtieron en lugares de seminarios espontáneos donde se discutía y trazaba el destino del país. No se puede pasar de largo la importancia de René Zavaleta, Marcelo Quiroga, Cayetano Llobet, Mario Miranda o Carlos Toranzo y tantos más.

En los noventa, cuando yo llegué a estudiar la licenciatura, el escenario había cambiado. La comunidad boliviana estaba nutrida por estudiantes clasemedieros de distintas disciplinas, aunque todavía había resabios de intelectuales de la generación anterior. En ese período, estudiaron en las universidades mexicanas intelectuales que luego se convertirían en referencia como Luis Tapia, Fernando Mayorga, Alvaro García, Raúl Prada, etc.

El cambio cualitativo fue sin duda a partir del 2006 con la victoria electoral de Evo Morales. Su imagen fue la portada de diferentes periódicos, se realizaron decenas de eventos de solidaridad con Bolivia, coloquios académicos, publicación de revistas, artículos de periódico, libros científicos. Incluso un partido político local publicó la biografía de Evo, lo que se remató con su visita en el 2010.

Si bien antes del 2006 había varias tesis de maestría y doctorado sobre Bolivia, la mayoría estaban hechas por estudiantes bolivianos; a partir de esa fecha el proceso del país se convirtió en un objeto de estudio para universitarios de varias nacionalidades. En la actualidad hay muchas investigaciones en diferentes casas de estudio dedicadas a comprender lo que sucede en el país. Bolivia es tan conocida que, cuando fui a un médico unos días atrás, al saber mi país de origen me preguntó: “¿y usted qué piensa de Evo Morales?”

El libro que menciono hay que ponerlo en esa larga tradición de intercambio entre Bolivia y México, pero con la particularidad de que es el resultado de una relación institucional estable y fructífera. Hace más de una década, el CIDES-UMSA firmó un convenio de colaboración con la UNAM. Muchos profesores visitaron regularmente La Paz (entre ellos, Guadalupe Valencia, una de las coordinadoras), estudiantes bolivianos se inscribieron en el posgrado de estudios latinoamericanos de la UNAM y becarios mexicanos conocieron Bolivia. Se estableció un fabuloso intercambio que dio muchos frutos.

Uno de los resultados es precisamente el volumen en cuestión que cuenta con 17 capítulos de personas que pasaron por las aulas de Ciudad Universitaria. El documento está dividido en cuatro partes: la transformación del Estado y el “proceso de cambio”, la cuestión de las identidades en los movimientos indígenas y populares, territorios nuevos y territorios reconstituidos, representaciones culturales y reflexiones teóricas sobe la realidad boliviana. Cada capítulo se detiene en una parcela de la realidad que va desde la propuesta reconstitución del ayllu de la CONAMAQ, hasta los migrantes en la industria de la moda en Sao Paulo, pasando por la influencia de Trotsky en Zavaleta o el análisis de los intelectuales en octubre del 2003. Corona el texto la excelente introducción a cargo de los coordinadores que permite entender los momentos sociopolíticos de cada país, y ofrece una interpretación lúcida, equilibrada y crítica del “proceso” y sus contradicciones.

En la presentación en el Palacio de Minería, donde me impresionó la presencia de estudiantes adolescentes, Gaya Makaran, una de las comentaristas, reflexionaba sobre el interés por Bolivia, y afirmaba que al principio el gobierno de Evo Morales fue una fuente de inspiración al ver que los movimientos sociales se habían convertido en los conductores de la historia, pero con los años el “el proceso de cambio” devino en una fuente de advertencia de cuáles son los pasos que no hay que seguir. No estoy seguro de compartir íntegramente su diagnóstico, pero tiene mucho de verdad. Habrá que preguntarse dónde quedó la esperanza, cuándo se diluyó la creatividad y el espíritu renovador y se instaló la tentación de la inmortalidad. Cuándo dejamos de ser un faro y nos convertimos en estatua.

En suma, Pensando Bolivia desde México, es un libro indispensable en el estante de quienes cruzamos repetidas veces el puente entre dos países extraordinarios.


Publicado en el Deber 11/03/2018

lunes, 26 de febrero de 2018

Tres fotos para la portada de un libro


Hugo José Suárez 

Estoy en un dilema: tengo que elegir la portada del nuevo libro que estoy publicado en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Esta es la última parte del largo proceso de edición que puede durar entre dos o tres años, así que cuando llega el momento, es una gozosa culminación, la cereza del pastel.

 El documento en cuestión es un trabajo colectivo resultado de un coloquio que organicé en el 2015 sobre Bolivia y sus transformaciones actuales. Se llama ¿Todo cambia? Reflexiones sobre el ‘proceso de cambio’ en Bolivia y consta de 15 capítulos de académicos de distintos lugares. La idea del evento fue discutir qué estaba sucediendo en el país, o cuál era la profundidad y sentido de las mutaciones del Gobierno de Evo Morales. Pero tres premisas eran ineludibles: primero no se trataba de hablar desde una trinchera que incite a ver todo en blanco y negro; segundo, se debía evitar la especulación -por más lúcida y deslumbrante que se presente- y dar paso a la información empírica recolectada de manera sistemática e intencionada; tercero enfocarse más en los procesos culturales, las subjetividades, la vida cotidiana, en lugar de la economía o la política que normalmente acaparan todos los reflectores.

 El resultado fue el texto evocado, que luego de la dictaminación y edición -propios de la academia mexicana-, pronto -espero- saldrá a la luz (y ojalá que en Bolivia lo podamos compartir en la próxima Feria del Libro, perdón por la publicidad).

Decía que estoy en el momento de decidir la portada. En todos los libros que he publicado hasta ahora, he intentado darle a la fachada un toque especial, un sello personal. Normalmente, me gusta una foto limpia -o con muy poco retoque- que inunde todos los contornos, que se tome todo el espacio y cuyo contenido sea en sí mismo impactante, que atrape. Uno de los comentarios más elogiosos que recibí alguna vez fue el de una estudiante que me dijo que había comprado mi libro El sentido y el método -lamentablemente agotado- por la belleza de su tapa, y que después se había introducido en el contenido (que por suerte, me dijo, estaba a la altura).

 Estoy entre tres posibilidades -que compartí en mi muro de Facebook, gracias a todos quienes se inclinaron por alguna opción-: Primero, una cholita tomándose una selfi en la plaza Murillo. Su chompa es azul fuerte y su pollera elegante color perla, zapatos beige oscuro dentro del mismo estilo completamente a la moda. No porta sombrero ni manta, pero sí aretes dorados y una discreta cadena. Sostiene con su derecha el selfie-stick, y mira fijamente a su celular. Al fondo están petrificadas las estatuas en la plaza Murillo, el centro del poder político en Bolivia.

En la segunda foto, aparece a la izquierda una empleada doméstica de espaldas en San Miguel, dos trenzas gruesas caen por sus hombros, su pollera guinda es delgada, pareciera valluna y tiene sandalias sin medias nailon. Con sus manos sostiene una chamarra amarilla que todo indica que no es suya. En la parte derecha de la imagen, en la puerta blanca de un garaje está grafiteado un minions con uniforme de sirvienta inglesa del siglo XIX: vestido negro con encajes y moños elegantes, pequeño delantal claro, lazo blanco en la cabeza y plumero rosado. Sin duda que el vaivén de significados es contundente.

La tercera es un camión viejo, azul, delante del condominio Wiphala cuyos edificios tienen enormes murales de Mamani Mamani. También representa muchas cosas, transporte antiguo y funcional de trabajo de la construcción en primer plano (además, azul, lo que no es un detalle), y de fondo el multifamiliar estrella en El Alto cuyos murales fueron responsabilidad del artista del Estado por excelencia.

Las tres fotos podrían quedar, todas dibujan, argumentan y explican el contenido del libro desde lo visual. Ya les contaré cuál fue la elegida.



lunes, 12 de febrero de 2018

Mi biblioteca



Hugo José Suárez

Los intelectuales latinoamericanos tenemos una relación perversa con los libros. Crecí al abrigo de una biblioteca familiar nutrida y generosa que contrastaba con la pobreza de la calidad y cantidad de libros que había en algún estante perdido de mi colegio -jesuita pero extrañamente negado a la lectura que sólo valoraba el deporte y la química- o en el empolvado y descuidado espacio donde el municipio albergaba algún título. La impronta estaba clara: tenía que hacer mi propia biblioteca, y así fue.

Empecé a estudiar sociología en México a finales de los ochenta. Mi condición económica no me daba para adquirir los libros que necesitaba, por lo que constantemente acudía a las fotocopias y sólo en ocasiones especiales podía comprarme un impreso. Mal que bien, entre materiales que de distintas maneras llegaron a mi departamento -desde herencias hasta regalos- armé una biblioteca personal.

Cuando acabé mis estudios tenía que volver a Bolivia, y todos mis enseres debían entrar en dos maletas. Recuerdo -y mi columna me lo refrenda constantemente- que mi equipaje de mano pesaba como 20 kilos de puros libros, e intentaba cargarlo sin inclinar el cuerpo para que no se notara el peso al transitar los interminables pasillos del aeropuerto (años antes de la era de las rueditas en los maletines).

Ese tipo de episodios los viví en varios de mis traslados, sean migraciones internacionales o cambios de departamento. La pregunta siempre fue qué hacer con mis libros, cómo transportarlos y dónde acomodarlos. Antes de partir a México por segunda vez hace una década, habida cuenta que me iba con toda mi familia, tuve que seleccionar muy estrictamente qué me podía llevar. Todo lo demás quedó en cajas en un depósito en casa de mi madre. Cada vacación que vuelvo a La Paz, abro con nostalgia la puerta del cuartito donde están apiladas las hojas de hojas que alguna vez leí -y trasladé- y que ahora sólo esperan que, algún día, puedan encontrar un estante a la mano. Ya casi ni recuerdo todos los títulos que ahí me esperan.

El caso es que actualmente tengo tres bibliotecas. La primera es la de la bodega paceña. La segunda se ubica en mi casa en el campo, mantiene relativo orden pero la humedad destroza lentamente las hojas. La tercera, más a la mano, me rodea en mi escritorio en la UNAM.

Tener libros -y ser fetichista con ellos como es mi caso- se ha convertido en un karma. Mis bibliotecas no siempre son funcionales, me ha pasado más de una vez que busqué un texto con la certeza de que por ahí estaba sin que aparezca hasta meses después de haberlo necesitado; o peor, comprar un título que ya tenía.

El otro problema es dónde colocarlos y cómo ordenarlos. Un tiempo atrás un colega me llevó a su biblioteca y sufrí una envidia sincera: todos sus volúmenes estaban registrados en su computadora y cada texto acomodado en una construcción ad hoc al fondo de su casa, en dos pisos de madera elegante y un escritorio iluminado. Me presumió -en buena forma-: nos sentamos en su computadora, escribió mi nombre en un programa de computación, me dijo cuántos libros míos tenía y me indicó exactamente dónde estaban. Un sueño.

En mi caso, los libros me comen, intento tenerlos más o menos ordenados pero no siempre lo logro. Mis bibliotecas me sirven en el momento en que estoy trabajando algún tema particular, pero el espacio que ocupan y los kilos que representan -cargados en algún momento de mi vida-, no sé si valen la pena. Y ni les cuento cuando pienso en la utilidad en el futuro de tanto papel, ¿eso les heredaré a mis hijas? Envidio a mis colegas que viven cerca de fabulosas bibliotecas, acostumbrados a traer y llevar textos sin tener que poseerlos, reservando su espacio personal o profesional sólo para unos cuantos y muy selectos documentos.


Pero bueno, mal que bien, soy de la generación del papel. Con el mismo angustioso placer con el que como chicharrón pensando en el colesterol, compro libros cada que puedo, voy a mi casa, los abro, los huelo, leo partes, y luego no sé dónde ponerlos. No tengo más que escribir mis tensiones, finalmente para eso están las letras. 

Publicado en el Deber 11/02/2018

miércoles, 7 de febrero de 2018

¿Y qué me cuenta del Perú?

Hugo José Suárez

Siempre me he preguntado por qué los paceños tenemos una relación tan distante con Lima y en general con el Perú. Cuando fui a Cuzco por tierra hace ya más de una década, comprendí que más que frontera, había una continuidad entre ambos países, la expansión de una misma cultura compleja con distintos rostros. Sin duda, una sola matriz. No pasa lo mismo con ninguno de nuestros vecinos, lo sabemos bien.

Unas semanas atrás conocí Lima poco antes de cumplir mis cincuenta años de vida. Desde joven había pasado por el aeropuerto internacional, de hecho mi primera salida al extranjero -hacia E.U.- fue por esa vía. Innumerables ocasiones estuve tentado de quedarme unos días, atravesar la puerta de ingreso en vez de detenerme en la sala de tránsito. Pero no, las razones para seguir mi rumbo sin interrupción siempre fueron mayores.

No entiendo la distancia que hemos creado con Perú. Los bolivianos conocemos más Buenos Aires que Lima, Santiago que Cuzco. Hace tiempo que debería haber programas sostenidos de intercambio y que la gran mayoría de paceños conozcamos Lima y viceversa. Hay una larga tradición histórica y cultural que deberíamos reforzar, somos, finalmente, dos caras de una misma medalla.

Decía que pude finalmente recorre Lima así sea a vuelo de pájaro. Debo aceptar que fue por razones de mercado -el precio de los pasajes bajaba si partía más tarde-, pero estoy contento de esos fabulosos empujones que a veces las compañías aéreas.

En mi corta estancia pude ver la formidable catedral, el Palacio de Gobierno, la Plaza San Martin y la zona de museos. También me subí a los autobuses entre el gentío y los movimientos muy similares a cualquier colectivo paceño. No más, sólo una miradita, aunque suficiente para tener certeza de que debo volver con mucho más detenimiento.

Lo más entrañable fue recorrer por el barrio de infancia de mi esposa, cuya familia salió exiliada en 1971 bajo la dictadura de Bánzer y vivió allá siete largos años esperando la caída del dictador. En ese tiempo hicieron amigos inolvidables, precisamente esta vez ellos, Juan Gargurevich y Pierina Liberti  nos alojaron en su casa (son de esas personas que uno agradece haberse encontrado en la vida). Comimos en el patio de su domicilio, ahí por donde pasaron tantos latinoamericanos y donde mi esposa todavía recuerda haber conocido a Benedetti cuando era niña.

Como no podía ser de otra manera, los Gargurevich nos regalaron dos libros notables: La razón. Crónica del primer diario de izquierda, del propio Juan, y La guerra senderista, de Antonio Zapata. El primer texto, que fue publicado por primera vez en 1977, analiza la faceta periodística de José Carlos Mariátegui y muestra cómo el diario La Razón le permitió un mayor contacto con sindicatos, luchas, huelgas, organización de mitines y construcción de un pensamiento marxista latinoamericano autónomo y lúcido. “A la vez -dice Gargurevich en el prólogo del 77 refiriéndose al sentido del libro- quiere ser una exhortación a los jóvenes periodistas a conocer la vida y huellas de aquel muchacho que de ayudante de linotipo llegó a ser director de un diario, grande en la historia, sin más fortuna que su empecinamiento y su talento. Y sin buscar más retribución que la revolución social”.

El libro de Antonio Zapata -publicado el 2017- analiza la dura experiencia de Sendero Luminoso. Lo hace con una claridad que se agradece; no levanta banderas ni las esconde, sobre todo privilegia la comprensión de un fenómeno buscando las razones y los puntos de vista cada quien y, de manera innegociable, tomando a las víctimas como el hilo de la interpretación.

En suma, mirar hacia nuestro vecino nos haría tanto bien. “¿Y qué me cuenta del Perú?” -frase que retomo de un diálogo en el libro de Gargurevich- debería ser una pregunta recurrente en nuestras conversaciones.