lunes, 17 de agosto de 2015

Recordando a Manuel Ahumada



Hugo José Suárez

El 2014 empezó con una triste noticia: murió Ahumada. Le había seguido la pista desde los noventa, cuando lo leía con avidez en el periódico mexicano La Jornada a través de sus distintos personajes. Meses antes había visto sus cuadros en un café de Coyoacán al que acudo regularmente, pero lento como soy con las compras, no atiné a adquirir una de sus piezas, sólo un calendario que ahora lo guardo con recelo. También en ese tiempo pude disfrutar de una exposición en la Casa de la Cultura Federico Reyes Heroles; ahí no solo aprecié al caricaturista sino además al artista plástico que enseñaba una serie de objetos que hacían más compleja su obra. Todo este tiempo estuve con la intención de contactarlo y hacerle una entrevista, pero el destino, que no da concesiones, no me lo permitió.
Ahumada fue seguramente el caricaturista mexicano más completo de la transición entre el siglo XX y el XXI. Su fuerza es la de ser un mediador, un constructor de puentes entre universos opuestos que sólo él, con su imaginación como batuta, logra conjugar. Desde muy joven, en el transcurso de los setenta, se incorporó al mundo periodístico mostrando su trabajo en el diario unomasuno, el periódico quincenal Melodía, y luego transitó hacia La Jornada donde trabajó hasta su muerte. En un medio con personalidades fuertes y consagradas como Rius, Magú o Naranjo, Ahumada "no quería parecerse sino a sí mismo" -como bien diría Víctor Roura-, lo que lo condujo por un camino autónomo e innovador retomando lo mejor de la tradición artística mexicana pero reinterpretándola a su antojo. 
Varias personas han coincidido en señalar que este caricaturista conjugaba imaginación, crítica, descripción y crónica urbana; un colega suyo diría que fue "el inventor del realismo cósmico".
Las historias de Ahumada son radicalmente urbanas, suceden en cuartos con pequeñas ventanas, azoteas llenas de ropa colgada, calles empedradas o callejones oscuros. Sus objetos son cotidianos: una plancha, una camisa, una cama, una escoba. Pero su trazo vincula la banalidad con el cosmos, lo micro con lo macro, lo ordinario con la trascendencia. Así, una mujer refregando ropa en una terraza popular de la ciudad de México, pone en un cesto lo lavado y desde el borde de la azotea empieza a elevarse en dirección a la luna, que está en cuarto menguante, ideal para amarrar una cuerda en cada una de sus puntas y colgar los vestidos.
En Ahumada el universo deja de ser inalcanzable, lo imposible no existe. Un astronauta, con una bandera mexicana en el brazo, se dispone a comer un taco en algún lugar del universo. Un cliente hace la parada a un taxi en una calle defeña; con el pasajero adentro, el vehículo empieza a elevarse hasta llegar a la luna, destino donde desciende un astronauta y le paga al chofer por sus servicios. Pero no sólo el cosmos está al alcance de la vida cotidiana, el dibujante también penetra en los interiores del cuerpo o de los objetos mostrando lo infinito que pueden ser. En una viñeta, un prisionero está en una celda que sólo tiene una ventana desde donde observa la ciudad; con una silla rompe el vidrio y empieza a salir de lo que en realidad es el ojo de una mujer. En otra tira, un astronauta está encima de un planeta, saca de su espalda una bandera y al enterrarla revienta lo que, sin saberlo, era el globo de un niño que se pasea por una desolada acera de la ciudad. 
Las referencias de Ahumada son evocaciones de su transitar urbano, él mismo afirmaba que salía a la calle a observar y a la vuelta retomaba todo lo asimilado para dibujarlo: "no creo que imagine lo que he visto, más bien tomo lo que veo y todo lo transformo, lo único que realmente me gusta es salir a caminar y regresar a mi casa a dibujar, porque así es la vida". No es casual que el propio caricaturista evoque a El Principito en varias ocasiones, pues en cierto sentido su propuesta es similar: vincular el día a día con el orden planetario, por eso mismo Elena Poniatowska lo calificaría como el "St. Exupéry de fin de siglo". Su objetivo es mostrar que lo sencillo guarda una complejidad mayor, que en lo mínimo está lo máximo, que la imaginación permite unir todos los torrentes que parecerían inconexos. 
Pero el caricaturista también fue un agudo crítico de la política mexicana y de la situación internacional. En sus dibujos se podía encontrar crudas referencias a los estragos económicos y a los vergonzosos gobernantes. Por ejemplo, un hombre sin pierna, moviéndose con dificultad apoyado en un par de muletas dice: "En la negociación de la deuda, dimos el paso"; titula "Mantengamos el paso". Una viñeta muestra la bandera de Israel pero con la cruz de David dibujada por huesos humanos.
En suma, Ahumada reinventa la tradición comprometida del mundo del arte en México con desbordante creatividad que va más allá de lo que hasta el momento se había hecho. Es, sin duda, un delicioso transgresor que no conoce fronteras. 

sábado, 8 de agosto de 2015

La curiosa trayectoria de los libros

La curiosa trayectoria de los libros


Hugo José Suárez


Cada libro tiene su historia. Publiqué Bolivia, país rebelde (2000-2006) en el 2007 en El Colegio de Michoacán (Colmich), cuando era investigador en esa escuela. Fue muy especial porque conjuntaba varias inquietudes. Años antes había trabajado en Naciones Unidas como parte del equipo que elaboraba el Informe de Desarrollo Humano. Ahí aprendí mucho, viajé por todo el país y tuve enorme información cuantitativa y cualitativa sobre el proceso social que vivíamos. Pero claro, la interpretación de los datos respondía a la visión institucional que, a menudo, no coincidía con mi manera de ver las cosas. Fue en Bolivia país rebelde donde pude plasmar mi análisis, utilizando todo lo acumulado en aquel tiempo, sólo que ahora leído desde mis propios lentes. Además, reproduje varios de los artículos que entonces publicaba en mi columna "Intervenciones" en La Razón, donde hablaba de los vaivenes de la coyuntura. Un plus maravilloso fue que para cada capítulo me permití elaborar un ensayo visual con puras fotografías que explicaban, desde la imagen, un determinado tema; así, el análisis respecto de la dificultad que tuvimos en Bolivia por construir la nación, estaba acompañado del ensayo "El Estado: presencias y ausencias", con tomas de autoridades rurales, policías en Uyuni, oficinas de la Corte electoral en Santa Cruz, o un niño orinando al frente del Palacio Quemado en plena Plaza Murillo. Otra serie, la que mostraba las "Torpezas de la oligarquía gobernante y la decadencia del gonismo", se llamó "Noblezas y distinciones" -por supuesto pensando en Bourdieu- y traía fotos de guapas modelos promoviendo el desodorante Axe en San Miguel, una familia mirando la tienda de McDonald's en El Prado -antes de que se fuera del país-, o un curioso anuncio en un municipio de la Amazonía en Pando que decía: "Prohibido el ingreso de personas con pantalones cortos y camisetas" (demás mencionar el calor abrumador de la zona). 
El caso es que en ese documento dejé que conjugar mi saber sociológico con mi sensibilidad visual; ambos se entrelazaron con total libertad buscando un texto ágil, fácil de leer y que contribuya a contrarrestar la ola mediática internacional que buscaba desprestigiar al gobierno de Evo Morales. La propuesta se inscribía en lo que Bourdieu llamaba "un libro de combate". Tenía una intención política e intelectual a la vez, además de experimentar con soportes visuales. No buscaba contribuir a la discusión académica, sino más bien llegar al público que escuchaba una noticia en la radio sobre Bolivia -normalmente negativa y distorsionada-, que sólo tenía acceso a una versión y que, a través de esas páginas podría ver la otra cara de la medalla. Salió en el momento más épico del proceso, cuando todavía se vivía lo que se llamó el "empate catastrófico", con una derecha cruceña beligerante y un gobierno que se sostenía con alfileres. Era el tiempo de defender la "revolución democrática" a capa y espada, era el enamoramiento, el rostro romántico de los procesos sociales -que, ahora lo sé-, terminan siempre lejos de donde empezaron. 
Como escribí el libro desde México, tuve influencia de los movimientos de esos años, particularmente de la lucha de Andrés Manuel López Obrador a quien, en el 2006, le arrebataron la victoria electoral de manera escandalosa. Mientras celebraba el triunfo boliviano, apoyaba a mis amigos que bloqueaban la Avenida Reforma exigiendo el recuento "voto por voto" del proceso electoral. También se puede ver la influencia de Luis González y González -que fuera el fundador de El Colegio de Michoacán y cuyos libros que entonces leía con avidez- en la organización y redacción de algunas partes del libro.
Mientras redactaba, la izquierda mexicana estuvo presente de distintas formas. El borrador fue leído por Williem Assies que fue investigador del Colmich y Luis Ramírez -de la misma institución-, un ser excepcional con quien tuve la suerte de coincidir unos meses antes de que muriera. La presentación la realicé en el barrio La Condesa de la Ciudad de México. El auditorio -aunque pequeño-, estuvo lleno, se anunció en el periódico La Jornada, lo presentó el investigador de la UNAM Massimo Modonesi, y luego recibió gratos comentarios de Coco Manto, entonces embajador de Bolivia durante una mesa que compartimos en la Casa Lamm analizando la situación política del país. Cuando le regalé un ejemplar a don Pablo González Casanova, me citó en su cubículo y, además de felicitarme y agradecerme, me sugirió que siga realizando la observación sistemática de los acontecimientos en el país para ir acumulando datos en el tiempo.
Mandé el texto a mi antiguo maestro Francois Houtart, quien me conectó con Editions Couleur Livres para publicarlo en francés en el 2009. Para la nueva versión, las fotos fueron retrabajadas e incorporé una introducción y un postfacio que situaban los tres años siguientes cuando las cosas se habían modificado y empezaba a consolidarse el respaldo popular al gobierno; me comentaron que lo habían visto expuesto una librería parisina.
Tiempo después, un colega me comentó que estaba dirigiendo una colección en la editorial Ocean Sur y me pidió que haga una versión más chica; la hice con gusto, pero, como son estas cosas, fue destituido y me quedé con el archivo en mi computadora. Cuando estaba gozando de un año sabático en Nueva York, conversando sobre el tema en el Village, con un café en medio, con un amigo, me sugirió que lo enviara al Ministerio de Comunicación, pues ese tipo de reflexiones "hacen mucha falta". Mi relación con el "Proceso de cambio" era entonces menos pasional; sin ser necesariamente distante, aprendí sobre la política y sus oscuros laberintos, a los cuales por suerte nunca me metí. Vi en gente cercana lo que hace el ejercicio cotidiano del poder y que agradecí haber rechazado constantemente los coqueteos que el destino me hizo para saltar a esa arena. Pero de todas maneras accedí a enviar mi manuscrito, con una nueva introducción pensando que, si en algo podía colaborar con un proceso al cual todavía le guardo algo de simpatía, cuánto mejor.
Otra vez trabajé una nueva versión, envié correos, archivos, fotos. El asunto avanzaba, incluso me enviaron una prueba final en PDF (que ya tenía ISBN). Al no ver el texto publicado, insistí preguntando hasta que se me informó que en las altas esferas del ministerio había sido bloqueado acusándome de ser militante del MSM. Eran los meses electorales del 2014. Luego me dieron otras explicaciones entreveradas, pero el caso es que, nuevamente, el libro quedó en mi computadora. Lamenté que no haya podido llegar a Bolivia y que no fuera bien aprovechado, pues contribuía a una visión progresista de la historia del país.

El caso es que aprendí mucho del libro hoy agotado, de su elaboración y su trayectoria. Lo hice con esa libertad intelectual que no deberíamos abandonar quienes nos dedicamos a las letras, y con esa soltura para utilizar todos los recursos explicativos -en este caso imágenes- que tenemos al alcance, sin olvidar el compromiso social y nuestro rol como analistas de la cultura. Pero también aprendí un poco más sobre los juegos del poder, sus cegueras, sus mezquindades. Como fuera, es un documento al que le tengo especial cariño por todo lo que me dio; fue muy atinado dedicarlo a mis abuelos, Hugo, José, Josefina y Elena, "a los que les debo tanto".

jueves, 30 de julio de 2015

Vida de ciudad. El macho en la ciudad -de México-




1. Estoy en la fila del Centro Nacional de las Artes con el objetivo de ver una pieza teatral para niños; claro me acompaña toda la familia. Hay mucha gente. De pronto, una mujer se acerca a la ventanilla saltándose a todos y recoge unos boletos. La protesta es general, pero un padre es más incisivo y le encara el abuso, que es respondido con un palabreo que va subiendo de tono. Hasta aquí, se trata de dos ciudadanos, sin importar el género, que discuten por una arbitrariedad, pero repentinamente ingresa el marido que lo increpa con una afirmación que precede a sus golpes: “¡Metete con un hombre!” Se le abalanza con los puños por delante, lo que provoca un zafarrancho en lo que tenía que ser una tranquila mañana familiar de teatro dominguero. Claro, el marido salió a defender la honra de su mujer, a cumplir el rol de macho que cuida la hembra, siendo que, antes de su brutal participación, si bien la discusión se acaloraba, no dejaba de estar dentro de los márgenes de la convivencia urbana. 

2. Me toca sentarme en el último asiento del bus en la Avenida Miguel Ángel de Quevedo. Cada que puedo intento evitar el transporte público por su implacable incomodidad e ineficiencia, pero a veces no tengo otra salida. A mi lado hay dos señoras y un joven. Vamos rebotando, con la puerta abierta y el frío que penetra por todo el cuerpo. Una mujer le pide al conductor, gritando porque está lejos, que cierre la puerta trasera. Por supuesto que no le hace caso. Repite la solicitud tres veces sin ningún impacto, hasta que el joven que está a mi lado dice con voz varonil y fuerte: "Cierre la puerta porque nos está haciendo frío. Gracias". Inmediatamente la solicitud es cumplida como orden. La mujer sentada a mi derecha comenta: "así había que pedirle, con una voz fuerte, de hombre".


3. En la misma avenida, pero ahora en un trolebús, me toca un incidente entre el chofer y el conductor de un automóvil. No es más que un intercambio de bocinas y amagues de choque típicos del Distrito Federal. Uno de los pasajeros que va parado como yo, de origen popular, tal vez rural, le grita enojado al otro conductor desde dentro del bus -lo que por supuesto se escucha en cada rincón-: "Te he de buscar, te he de madrear". Y todos siguen su camino. 

Hugo José Suárez  

lunes, 22 de junio de 2015

Paseo Neoyorkino

1. Guerra de almohadas
Camino por la Quinta avenida hacia el sur hasta desembocar en Washington Square, histórica plaza donde se gestaron parte de las luchas de los actores sociales de los sesenta en Estados Unidos, donde la vida cultural siempre fue intensa y transgresora. A lo lejos, alcanzo a ver mucha gente en el centro y plumas flotando encima de ellos. No entiendo qué pasa. Me acerco y me encuentro con policías detrás de una valla con un montón de almohadas destrozadas. Un pequeño cartel da la información oficial sobre un evento del día anterior que, aunque nada tiene que ver, parece explicar lo que sucede: "¿Qué está pasando aquí? Estamos instalando nueva energía en el Arco de Washington. Gracias por su paciencia". Doy unos pasos y termino de comprender, se trata de una guerra de almohadas, una especie de carnaval de golpes juguetones entre conocidos y desconocidos hasta dejar que el viento se lleve lo que queda de aquel objeto que alguna vez sirvió para apoyar la cabeza y descansar. Mientras me alejo, me cruzo con pequeños grupos de jóvenes que van, almohada en mano, a formar parte de la fiesta. El juego de niños se trasladó a una de las plazas más importantes de Nueva York.
2. Necrológicos en los parques
Los neoyorquinos tienen una particular relación con el uso del espacio público, una mezcla de responsabilidad y propiedad. En varios parques y plazas, abundan las bancas que fueron donadas o remozadas gracias a tal o cual familia, y claro, como eso no puede permanecer en el anonimato, una placa se encarga de recordarnos quién y cuándo lo hizo. Pero lo que más llama la atención es que, a la vez, al menos en el Riverside Park, las placas son mensajes necrológicos en honor de algún pariente informando su período de vida, el cariño de sus dolientes y su relación con el parque. Así, por ejemplo, los hijos y amigos de Jody Pope recuerdan cuánto los quizo, cuánto amó la vida y la ciudad de Nueva York, o los familiares de Albert Marks (1919-1999) rememoran cómo el difunto tomaba fotos, disfrutaba del canto de los pájaros y paseaba a los niños en ese lugar. Al verlos, no puedo evitar el paralelo con las múltiples cruces en las calles de colonias populares de la Ciudad de México, que según dice la tradición popular, permiten a las almas un viaje en paz y marcan el punto de partida de este mundo.
3. Museo Metropolitano de Arte
Hay muchas maneras de recorrer un museo. A mí, lo que más me gusta es, en vez de hacerlo con agenda previamente definida, dejarme llevar por el instinto y el azar. Así, introducirse a las salas implica dejar que la mirada, la sensación, sea la que me detenga en una u otra pieza. Me siento en un laberinto al abrigo de lo estético; dejo que las emociones me obliguen a la pausa o al andar, dejo que un cuadro me exija tiempo frente a él o que otro me deje partir. Dejo, pensando en Barthes, que el punctum construya mi itinerario. La razón llega en un segundo movimiento, cuando leo los datos que me contextualizan el cuadro y me permiten entenderlo mejor. 
Tengo así algunos gratos episodios, como cuando me encontré con Madonna and Child de Berlinghiero. Me quedé mirándola, no podía desprenderme, sentía sus ojos clavados en los míos, sus manos me atraían, su luz resplandecía, su rostro me encantaba, su presencia me hipnotizaba. No sé cuánto tiempo quedé mirándola, o más bien no sé cuánto quedamos mirándonos.  Lo propio me pasó cuando fui a la sección del mundo islámico; recorrí maravillado por tantos objetos, tantos detalles, tanta fuerza concentrada, hasta que llegué a un ejemplar original del Corán. Me quedé quieto al frente, disfrutándolo, como si entendiera algo de sus incomprensibles letras. 

Hay muchas maneras, decía, de visitar un museo. Yo disfruto de perderme en él como cuando uno se adentra en una biblioteca sin saber qué terminará en sus manos. Es un viaje de aventura, un viaje donde sólo hay que obedecer a los sentidos y dejarse llevar por ellos. 
Publicado en suplemento Ideas de Página Siete, 21/06/2015

lunes, 8 de junio de 2015

Adiós a El Desacuerdo

Recibo con tristeza la noticia de que periódico El Desacuerdo llegó a su fin. Las razones, me dicen, responden a lo difícil que es llevar un proyecto de ese tipo sin apoyos formales sostenidos. El Desacuerdo dio una bocanada de aire fresco a la política local y al periodismo. Siendo claramente progresista, no fue militante; logró no ser una trinchera, un refugio de conversos que comparten elogios y destilan descalificaciones a quienes no forman parte del club. Eso abunda en nuestro medio, es tan difícil encontrarse con espacios donde el argumento sensato fluya en distintas direcciones y discuta con quien opina distinto. El periódico no abandonó ni ocultó su simpatía con el llamado "proceso de cambio", pero no dejó de ser distante y crítico.

El Desacuerdo se sumó a la larga lista de iniciativas que en Bolivia tuvieron una similar intención y, lamentablemente, corta vida. Recuerdo que en 1993 lanzamos con un grupo de amigos el periódico Caraspas en un momento en el que las cosas se movían. A menudo revivo la imagen de ese pequeño colectivo repartiendo su palabra impresa en El Prado, incluso le hicimos llegar un ejemplar a Fidel Castro y a Rigoberta Menchú que en esos días estaban de visita. También me hizo recordar el suplemento Bien puesto, con otra gente desbordante de entusiasmo y creatividad, o la revista Puntos suspendidos, donde, por cierto, publicaba nuestro querido Álvaro antes de que la fama y el poder tocaran sus puertas. En suma, esos y tantos espacios cuyo principales capitales son la responsabilidad, el compromiso, el dinamismo y las enormes ganas de decir algo.

Los nombres que pasaban por el periódico siempre eran agradables, sus letras constantemente sugerentes. Las ideas y los argumentos jugueteaban con la elegancia en la escritura y la coherencia en la diagramación. Los temas no eran político-céntricos sino que, raro en Bolivia, se permitía otros temas y enfoques, desde el fútbol hasta la arquitectura, además de firmas que llegaban de más allá de nuestras fronteras.

Casi desde el nacimiento del periódico, me invitaron a colaborar. Confieso que nunca me sentí tan bien acogido. Propuse una columna corta, cotidiana, algo para leer rápido, alguna historia donde se podía reflejar cualquier paseante urbano; la llamé “Vida de ciudad”. Además, retomé lo que ya había hecho en otros espacios: introducir en el texto una fotografía no que ilustre, sino que acompañe el relato, que abra nuevas interpretaciones, que explique y dialogue con lo escrito. En las pocas entregas, escribí con una libertad casi irresponsable, sin miramientos, dejando que el teclado transmita la experiencia vivida. Pocas veces estuve así de cómodo frente a la pantalla. 

En fin, a menudo estos proyectos nacen con fecha de vencimiento por sus propias características. Lo lamento. Como decíamos hace un par de décadas, "vale lo que está escrito", y El Desacuerdo, ya dejó rastros de su paso. Nos volveremos a encontrar en otras páginas, en esta “vida de ciudad”. 
Publicado en suplemento Ideas de Página Siete (7-6-2015)

jueves, 21 de mayo de 2015

La partida de Rubén Vargas


Me entero, por internet, que murió Rubén Vargas. Busco más información y sólo encuentro un aviso periodístico que anuncia que “su salud se deterioró en las últimas semanas…”. No entiendo. Inevitablemente repaso los episodios con él: cuando me lo presentó Omar Rocha y le hicimos una entrevista hace tanto tiempo –la foto que reproduzco es precisamente de esa ocasión-, cuando le pedí que editara alguno de mis libros, o el último reencuentro en un café hace un par de años en la Calle 21. Lamento su partida, me quedo con aquel poema suyo me publicamos, creo que en Caraspas en 1994 y que hasta ahora me lo sé de memoria: “sólo una línea nos separa del mundo, tu piel”. 



lunes, 20 de abril de 2015

Paredes de Coyoacán

Las paredes de Coyoacán hablan, sólo hay que saber escucharlas.