martes 24 de noviembre de 2009

Tertulia sociológica


Después de tantas andanzas, salió el texto. Cuánta distancia hay entre el libro ya publicado y el tiempo de su elaboración.

Va este documento, para pensar la sociología actual.

Ojalá se lo disfrute.

Hugo José

jueves 17 de septiembre de 2009

Las derechas

Hace algunos días, Arnaldo Córdova, el investigador mexicano, escribió un diagnóstico crudo y brillante de la derecha en México:

“La derecha, cuando es una fuerza dominante, hegemónica y, más todavía, gobernante, es, por necesidad, sinónimo de barbarie y de oscurantismo. Destruye todos los valores que sustentan las libertades de los individuos y es enemiga jurada de la igualación de los mismos en cuanto a oportunidades de mejoramiento, de preparación cultural y hasta de identidades que puedan ir más arriba de lo que ella es en su pequeñez y en su miseria espiritual. Es elitista por naturaleza, no obstante que ella no es modelo para nadie ni en nada. No soporta que aquellos que son diferentes de ella, por inteligencia, por el color de la piel o por la humildad de su origen la superen o aspiren siquiera a ello” (La Jornada, 6-09-09)

Sin duda que Córdova está pensando en el Partido de Acción Nacional (PAN) que es quien gobierna México hace nueve años y ha impuesto un espantoso toque conservador y católico a su gobierno. Pero me permito robarme la descripción para pensar en Bolivia, donde si bien por suerte la derecha no es una “fuerza dominante, hegemónica y gobernante” –o lo es solamente en algunas restringidas regiones-, sí es un “sinónimo de barbarie y de oscurantismo”.

Cada una de las palabras de Córdova le caben a la derecha boliviana: destruye los valores de la libertad, enemiga de la igualdad, elitista, miserable espiritualmente. No otra cosa significa el binomio Manfred – Leopoldo que recientemente se destapó como opción presidencial. Uno matón de dictaduras, el otro matón de pueblo; ambos herederos de lo peor de la cultura autoritaria boliviana. ¿Cuándo la derecha va a poder renovarse y ofrecer al país verdaderas alternativas de nación? ¿Les cuesta mucho conseguir rostros nuevos, ideas frescas y sensatas? ¿Cuándo los dinosaurios van a desaparecer?

jueves 27 de agosto de 2009

Guerra del Chaco

Aprendí más de la Guerra del Chaco en las largas tertulias familiares que en los libros de la escuela. A mi abuelo, cuando tenía menos de 20 años, le tocó marchar al sur formando parte del famoso grupo Tres pasos al frente. Todas las reuniones en las que él participaba salía el tema, y sus anécdotas eran inagotables. Ahí van dos de ellas.

La distancia entre el ejército boliviano y el paraguayo era muy corta, alrededor de 100 metros, por lo que ambos bandos escuchaban todo del contrario. Los paraguayos cantaban bellas canciones con distintos instrumentos, incluso mandolina, y al final de cada canción, lanzaban un insulto. La tropa boliviana para no quedar atrás, decidió hacer lo propio, pero los instrumentos eran menos sofisticados, se construían charangos con los pocos insumos que podían encontrar en el lugar. Una de esas noches, un campesino de origen aymara cantó la siguiente cueca con un sello lingüístico andino inconfundible:

Esta 4ta. Compañía
la que te hua a huencer
cueste lo que cueste vidita
en el Chaco Boreal

¡¡¡Pela cojoro!!!

En otra ocasión, un subteniente paceño que manejaba el arte de la palabra, en pleno campamento empezó a declamar un poema con la fuerza y elocuencia necesarias. En un momento mirando fijamente a la tropa dijo: “¿¡…y tú me quieres!?”; y volvió a repetir con más contundencia: “¿¡…y tú me quieres!?”; por último lo hizo una vez más elevando el tono: “¿¡…y tú me quieres!?”. Y un soldado que se sintió aludido respondió: “sí mi subteniente”.

La risa general terminó con la declamación.

miércoles 15 de julio de 2009

16 de julio

He recorrido cientos de veces la Plaza Murillo y leído hasta el cansancio la Proclama de la Junta Tuitiva. Me tocó hoy, justo en el bicentenario, estar tan distante del festejo, justo ahora, que hay tanto por festejar.

Casi me sé de memoria algunos pasajes de la Proclama: “Hasta aquí hemos tolerado una especie de destierro en el seno mismo de nuestra Patria (…). Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez (…). Ya es tiempo de organizar un sistema nuevo de gobierno fundado en los intereses de nuestra Patria…”. Y cada vez que repaso esas palabras, se las quito a Murillo y la pongo en boca de tantos otros, antes y después de él. La escucho en las sublevaciones indígenas, en los revolucionarios del 52, en los guerrilleros de los 60, en los luchadores por la democracia de los ochenta, en los defensores de la nación del 2000 adelante. También me resuenan esas ideas más allá de nuestras fronteras, en las luchas sociales en Europa, en América Latina, en el 68, en el zapatismo. El alcance universal se deja ver, esa bandera le pertenece a todos los movimientos de emancipación de la humanidad, es un aporte desde los andes a la dignidad de los pueblos.

Y repetirlas hoy desde la Bolivia pluricultural, desde la nueva Constitución Política del Estado, desde el proceso de Revolución Democrática, adquiere nuevo sentido. Dejan de ser palabras muertas petrificadas en una plaza. Ahora tienen vida, ya no sólo son historia, son también proyecto, horizonte de acción. Hoy no tenemos duda de que la tea de Murillo sigue encendida, y que “nadie la podrá apagar”.

* * *

Quería escribir sobre Arce Gómez y su vuelta a Bolivia, pero se me empaña el alma y los dedos se entumecen. Sólo se me vienen a la mente las palabras de Vallejo: “quiero escribir, pero me sale espuma”.

viernes 26 de junio de 2009

Fidelia

Nunca supe su apellido. Fidelia venía a casa regularmente, pero era imposible agendar sus visitas. Aparecía y ya. Ignorábamos su teléfono, dirección o alguna información más privada. Cada que llegaba, mi madre y abuela la recibían con un “¡dónde te has perdido, pero que bueno que viniste!”.

Y es cierto. Su llegada siempre era bienvenida. Fidelia era una costurera de mucha calidad, dominaba el “zurcido invisible” con el que impresionaba a propios y extraños. A su arribo, una canasta de ropa le esperaba: botones que poner, calcetines que zurcir, camisas que coser, trajes que adecuar. Una parte del trabajo lo hacía en casa, otra se la llevaba, y todos esperábamos con ansias su próxima visita.

Eso sí, Fidelia tenía fama de floja. No hacía otro trabajo que no sea el de su oficio. Dificilísimo meterla a la cocina, no a cocinar, sino a lavar platos, ordenar trastes y servir el té. Por ello mi abuelita, especialista en categorizar a las personas que hacían servicios, le puso el apodo de “mano sobre mano”. Yo nunca entendí tal sobrenombre, hasta que una tarde la vi, sentada frente a la televisión “mano sobre mano”. Tal cual. Tenía la capacidad de quedarse toda una tarde, sin exagerar ni un minuto, viendo la tele en la misma posición, hasta que cayera la noche y llegara la hora de partir.

Ignoro el paradero actual de Fidelia, la fiel, pero los botones que cosió a mis camisas siguen tan firmes como la memoria con la que hoy la evoco.

jueves 4 de junio de 2009

El piano

Eran los años de la dictadura en Bolivia, seguramente la de García Meza. Una amiga de mi papá tuvo que salir bruscamente del país, y dejó un piano a su recaudo. Tengo grabada la imagen del traslado del pesado y voluminoso instrumento: eran como seis o siete personas que bajaron por unas escaleras en espiral dos pisos de un sencillo departamento cerca al Parque Riosiño, dejando las paredes rasguñadas por el mueble. Cuando llegó a mi casa, ya bastante destemplado, el piano ocupó el lugar principal. Se lo veía desde la entrada, y sus notas se escuchaban una cuadra antes de llegar a la puerta.

Recuerdo a mi papá tocando en él Historia de amor (Astrud Gilberto). Habrá sido unas semanas antes de que lo mataran. También tengo en mente las varias ocasiones en las que improvisaba o sacaba canciones “al oído”, mientras nosotros estábamos alrededor suyo. Mis manos y las de mi hermana también pasaron por esas teclas, aunque ella fue más apasionada y prolífica que yo. Con los años, el mueble se convirtió en un miembro más de la familia que sostenía y traducía nuestras nostalgias y emociones.

Un par de décadas más tarde, cuando volví de un largo viaje, me encontré con la dueña del piano. Ella le había perdido la pista, y mi traicionera sinceridad hizo recordarle que lo tenía en casa. Unos días después vino a recogerlo. Mi conciencia quedó tranquila, pero su partida dejó un vacío, y no sólo en la sala. Hoy, a tanta distancia, cada que escucho azarosamente la melodía que tocaba mi papá y que yo sólo puedo tararearla, se me estremece el alma, y revivo su imagen sentado en el enigmático piano tocando esas inolvidables notas.

viernes 8 de mayo de 2009

Influenza: la epidemia del encierro



Al salir de la ducha a las siete de la mañana como cualquier viernes, escucho en la radio que se han suspendido las clases. La noche anterior el ministro de salud emitió un comunicado informando el brote de influencia porcina y se decretó la alerta sanitaria. Inicialmente, no sabemos bien qué pasa, y empieza la batería de información en los medios masivos. Repentinamente ellos ocupan el lugar más protagónico en la casa, en vez de escuchar música, pasamos el día pegados al informativo. La invasión de datos nos abruma, de pronto sabemos diferenciar con cierta maestría entre gripe porcina o aviar, entre pandemia o epidemia. Pero nuestro saber superficial es menor que la angustia creciente. El vínculo entre miedo y salud, que es uno de los más perversos, ahora se acentúa. Comienza la duda, ¿tendré yo influenza? ¿la tendrá alguno de los de mi familia? ¿mi vecino? ¿el cajero del supermercado? El otro se convierte en un potencial enfermo, buscamos la soledad como protección.

En el transcurso de las horas, las autoridades, en un mar de confusiones, toman el timón de un barco sin destino. Sus comunicaciones no aclaran, confunden. Sabemos de la presencia del Estado en la vida social, pero ahora lo sentimos con más contundencia: organiza la cotidianidad. Sus indicaciones son lapidarias: no salgan a la calle, no hagan deporte al aire libre, no asistan a lugares con muchas personas. El Estado total organiza la vida privada, el Big Brother que imaginó Orwell cobra vida, nos vigila, dice que nos protege de un terrible enemigo que circula por el aire. La presencia del Estado abruma, lo sentimos en la habitación, en el baño, en la sala, en la cocina.

Confinados en mi departamento, esperamos que pasen las horas tratando de matar el tedio. Al quinto día salimos en el auto a dar una vuelta, intentando no abrir las ventanas para evitar riesgos. La gran ciudad de veinte millones de habitantes parece un pueblo fantasma, las calles están vacías, los restaurantes cerrados, las pocas personas sueltas andan con tapabocas.

El hastío nos inunda. Apagamos las radios, todos los noticieros dicen lo mismo. Desconfiamos de lo que dicen las autoridades cuya presencia mediática resulta insoportable. Se nos acabó la imaginación para continuar con el encierro. No queremos más que ver el final del túnel.

A dos semanas, las cosas empiezan a volver a la normalidad. Se retoman las clases, el trabajo, el tráfico. Aparentemente pasó el momento más riesgoso de contagio, pero nuestro inquieto espíritu quedó cubierto con un tapabocas. Redescubrimos la fragilidad de la vida humana, y de las normas de organización de la vida social.