lunes, 4 de agosto de 2014

Marshall Berman en Times Square

A Marshall Berman se lo conoce y recuerda sobre todo por su libro clásico Todo lo sólido se desvanece en el aire, pero en verdad se sabe poco de él, de su accidentada vida y de su apasionada relación con su ciudad: Nueva York. On the town. One hundred years of Spectacle in Times Square es un texto que devela parte de esa historia.  Fue publicado inicialmente por Radom House (2006) y posteriormente por Verso (2009). Cuenta con seis capítulos y decenas de ilustraciones.

Por el origen de este estudio, se entiende buena parte de su contenido. Cuenta el autor que un domingo de junio del 1995, antes de dormir lo llamó un amigo editor de The Village voice invitándolo a escribir sobre Times Square denunciando millonarias inversiones de grandes empresas que cambiarían la naturaleza de la calle 42, la famosa plaza y su importancia para los neoyorquinos. Le sugería que se encargara de la introducción a un dossier crítico que ya estaba armado. En primera instancia rechazó la oferta, pero al colgar el teléfono su esposa le dijo: "¡Idiota! Es tu gran oportunidad, ahora puedes juntar cosas -sexo y bienes raíces y cines y tus padres y el metro y carteles y la calle-, todo lo que siempre dices que quieres hacer". Al día siguiente, estaba aceptando la propuesta. Este llamado de atención marca el tono del libro, el espíritu con el cual Berman se sienta a redactar: "juntar cultura y política, juntar el Nueva York del pasado y del presente, juntar mi vida como hombre y mi vida como niño, juntar mi búsqueda intelectual por las verdades profundas y mi primitivo amor por las luces de colores".

Con aquella premisa como una especie de estado de ánimo intelectual y emocional a la hora de explicar un problema complejo, el autor nos invita a recorrer las 260 páginas de su libro y los cien años que contiene. Y aclara que no buscará narrar la historia de la plaza o lo que hace la gente en esa calle, sino cómo se adueña de ella, para lo cual acude a todos los recursos que tiene a la mano: documentos históricos, fotografías, recuerdos y memorias personales, observación empírica, afiches, referencias teóricas, experiencias, etc. Metodológicamente, no tiene ningún reparo en empezar contando su fascinación por los anuncios luminosos, su tránsito de infancia por la calle 42 cuando acompañaba a su padre al trabajo o aquella anécdota donde, al confesarle a su tía que él había consumido drogas y que la sensación era sentir visiones alucinantes, ella le dijo: "No necesitas de drogas para esas experiencias. Todo eso lo tienes yendo a Times Square".

En cada capítulo, el autor relata episodios sobre la enigmática plaza poniendo el acento en un momento histórico pero subrayando su sustancia. Empieza con los primeros carteles a principios del siglo pasado, se detiene en las imágenes clásicas como la foto del marino besando a una enfermera –ambos anónimos hasta la fecha- en pleno Times Square en la Segunda Guerra Mundial, la representación de lo masculino y de lo femenino, etc. En suma, transita por la manera cómo se conformó ese lugar caracterizado por la "superabundancia de sentidos" que se dejan ver tanto en cada una de las imágenes y obras que ahí se muestran, como en la historia de quienes viven una experiencia particular.

Luego de una deliciosa narración interpretativa del lugar, Berman llega al epílogo nuevamente contando un incidente personal: "Reuters y yo". Describe cómo fue forzado a retirarse de la puerta del edificio de Reuters por un agente de seguridad que tenía el mandato de no dejar detenerse a nadie. Cuando argumentó que lo único que estaba haciendo era mirar lo que pasa en la calle para escribir un libro, recibió la eterna respuesta de los agentes de seguridad: "son órdenes". Contrariado por cómo la agencia de noticias que es capaz de denunciar regímenes despóticos en todo el mundo, era la primera en impedir a los ciudadanos a transitar libremente por la calle, optó por retirarse sin hacer escándalo, continuar con la redacción de su libro y no faltar al cumpleaños número diez de su hijo, que lo estaba esperando. Pero el bochornoso episodio le permite volver a la propuesta analítica y militante de su libro: "uno de los derechos humanos primarios es el derecho a la ciudad; esto significa que la vida de ciudad es una experiencia a la cual todo ser humano tiene derecho, lo sepan o no. A la vez, las ciudades son vulnerables y necesitan amor y cuidado infinitos".

El libro nos invita no sólo al tránsito por la famosa plaza, sino sobre todo devuelve la imaginación a la interpretación sociológica, la experiencia personal como fuente de análisis, la agudeza en la observación de cualquier insumo gráfico o histórico para sacar provecho analítico. Todo permeado por una intención política: la reivindicación de ser colectivamente dueños de la urbe, de sus plazas, de sus tiempos. Marshall Berman, uno de los neoyorquinos más memorables para conocer y recorrer.

Publicado en suplemento Ideas de Página Siete (03/8/2014)

miércoles, 16 de julio de 2014

Memorial 9/11


No es fácil visitar un lugar cuya importancia está marcada por la tragedia.  Las imágenes de lo que ahí pasó siguen viniendo a la mente inevitablemente.  Recuerdo que aquella mañana, yo estaba trabajando cuando alguien dijo “un avión se ha estrellado en una de las torres en Nueva York”.  Parecía un mal chiste o un adelanto de una película de ciencia ficción.  Bajamos todos a la sala donde había una pantalla gigante y pudimos ver en vivo el fuego en uno de los edificios.  De pronto, apareció otro avión y lo vi, en “tiempo real”, estrellare en la segunda torre.  Mientras ardían ambas, uno de mis colegas dijo “acaba de cambiar la historia de la humanidad”.  A los minutos, la tele mostró el desplome de uno de los íconos de la economía mundial como un castillo de naipes.  No entendía nada; mi única certeza era ser testigo de tiempos intensos y dramáticos.

Más de dos lustros después me toca visitar nuevamente las Torres Gemelas, o más bien el espacio vacío que dejaron aquellas edificaciones a las que subí en uno de mis primeros viajes a Nueva York en 1992 –guardo algunas fotos de ese momento- y las mismas que vi hacerse polvo por la pantalla. 

Cuando llego, me encuentro con un hombre que limpia con empeño un mural en la calle lateral.  Según cuentan, está siempre ahí, tallando las letras que dicen “Nunca olvidaremos”.  Todo indica que se quedó perdido en el impactante momento; su cerebro se detuvo, como su espíritu, como el mural que cuida. Sigue anclado en el 9/11. 

En el Museo Memorial que ahí se ha construido, luego de pasar por una minuciosa auscultación y un detector de metales, me acerco a las fuentes que botan agua hacia un abismo.  Escuchando el agua caer, leo algunos de los miles de nombres inscritos alrededor de las mismas: Anthony, Ronald, Giovanna, Alexander, Gabriel, Jeffrey, James, Harper, John...  Casi tres mil personas de noventa países distintos (el mayor, alguien de 85 años; el menor, de 2). Siento los gritos, la desesperación, vienen a mi mente las personas tirándose por las ventanas.  Repaso todas las fotos que alguna vez vi, y me da la impresión de estar escuchando el desastre, el terror, la fatalidad.  Y entre tanto, el agua.

Me siento hermanado con cada persona que esa mañana entró a los edificios, como un día más de trabajo, o como bombero tratando de lidiar con algo mucho más espantoso que un incendio, algo que no sabían cómo administrar, algo a lo que jamás se habían enfrentado.  Pero también siento el grito, el miedo, el llanto de los muertos en Hiroshima y Nagasaki, en Vietnam, en el golpe militar en Chile, en el Medio Oriente, y tantos más, causados por los gobiernos norteamericanos.  Y desprecio la guerra y el poder que la provoca.


En Nueva York todo es espectacular, las dos torres lo fueron, también lo fue su destrucción.  El 11 de septiembre del 2001, la ciudad que nunca duerme, esa noche vivió su peor pesadilla.

(Publicado en El Desacuerdo, N. 20)

viernes, 11 de julio de 2014

Secretos

A todos nos gusta los secretos.

martes, 8 de julio de 2014

Quinua, con “u”

En la película Chuquiago, de Antonio Eguino (1977) uno de los personajes principales es Isico, niño aymara entregado por sus padres a una vendedora de La Paz. En su deambular por los laberintos urbanos –por aquella ciudad de micros y callejuelas, mucho antes de la era del teleférico-, llega a un mercado donde, al enseñar su cara de hambre, le regalan un plato de quinua, la comida del pobre, del más pobre de los cuatro protagonistas del film.

Pero estamos lejos de aquellos años paceños. Es curiosa la evolución de este cereal en este tiempo.  Cuando vivía en México, encontraba quinua peruana en una tienda de chinos, o, eventualmente, en algún comercio de productos extravagantes. Pero en Nueva York, es cosa de todos los días.

En el supermercado cercano a mi casa, se la exhibe en un estante entero al lado del cuscús, amaranto y otros granos de distintos lados del mundo. La variedad de la oferta es remarcable: tricolor, roja, negra, natural, mediterránea, tostada con sésamo y jengibre,  aderezada a las finas hierbas, con limón, con tomate y albahaca, con tres quesos y mostaza, con vegetales, “a la italiana”. Cuesta entre tres y seis dólares la bolsa de 200 a 400 gramos.

Todas las marcas subrayan sus propiedades nutritivas –particularmente el que sea “libre de gluten”, que es uno de los temas de la alimentación contemporánea-, y su rapidez en la cocción, sea en micro hondas o hirviéndola (en cualquier caso, antes de 15 minutos el plato estará listo y en la mesa). También alguna empresa destaca su procedencia: “Conocida como ‘grano madre’, la quinoa –con ‘o’- era la materia prima de los antiguos incas y la mayor fuente de alimentación de indígenas quechuas de la región andina de América del Sur” (claro, todo en inglés). Entre la variada oferta, me llama especialmente la atención la marca Grano Urbano, en cuya elegante presentación se muestran edificios a contraluz con un fondo oscuro y tres discretas estrellas. 

Sigo curioseando en el mismo estante y, al lado de la quinua me encuentro con otro producto familiar: “Kañiwa” -entiendo que estamos hablando de la kañahua-. Para salvar las dudas, tomo la caja en mis manos, y en la parte trasera confirmo mi intuición: “Pronunciada como ‘ka-nyi-wa’, Kañiwa –usan la letra ‘ñ’ inexistente en inglés- ha sido cultivada por miles de años en América del Sur. Era una materia prima de la antigua cultura inca”.

Sin dudar compro quinua y kañahua, pero llegando a casa las dudas vuelven a la hora de cocinarlas. Con la primera no hay problema, pero de la segunda, el último vago recuerdo que tengo son las sendas atoradas con el “pito de kañahua” que vendían en la salida del colegio en baratas bolsitas de colores. Ni siquiera sabía que era un grano negro y más pequeño que la quinua, y mucho menos que se lo podía comer sin atorarse.

La primera pregunta es dirigida a los familiares en La Paz, pero nadie sabe cómo cocinarla, y más, todos preguntan: ¿acaso se come? En estos casos, como en otros, el oráculo del internet suele tener una respuesta. Y no falla. Con solo googlear mi problema –“recetas de kañahua”- aparece una lista de opciones –todas en inglés- que permiten una variedad en su tratamiento.  Finalmente llega la hora del almuerzo y me siento a degustar el producto de “los incas y las antiguas culturas de América del Sur” –como señala el anuncio publicitario- en un barrio afroamericano –Harlem- en Nueva York.


Lo interesante de la quinua, la kañahua y tantos otros productos nacionales es que, más allá de ser un ejemplo anecdótico, se inscriben en una profunda transformación del país que va en distintas direcciones: por un lado, la internacionalización de la cultura alimenticia local –por ejemplo la quinua-, lo que conlleva acentuar las características que el comprador –en este caso neoyorquino- quiere encontrar en el producto (saludable, exótico, práctico, milenario, orgánico); pero por otro lado, la mutación del gusto y consumo local. La apertura de numerosos restaurantes en La Paz, la variedad de vinos, el éxito de los supermercados y los productos que se encuentran en ellos, y tanto más, hablan de un “proceso de cambio” que opera lejos del mundo político y del discurso oficial.

Habrá que ver de dónde viene todo esto, a dónde nos lleva, cuál es su profundidad, y la serie de preguntas que se desprenden para una investigación más sistemática que prometo emprender en los próximos años. Parto de la tesis de que todo este movimiento no es fruto sólo de la gestión evista, sino más bien se trata de una “afinidad electiva” de larga data entre la modernización capitalista en su etapa de mundialización, con la emergencia y consolidación de una cultura popular urbana. Pero claro, para discutir con más precisión habrá que formular un proyecto, hacer preguntas, decenas de entrevistas, trabajo de campo, observación participante, y todo aquello a lo que nos dedicamos los sociólogos.


Para el caso, por lo pronto, lo claro es que hoy el Isico de Antonio Eguino, se sentiría más cómodo en uno de los personajes de la Zona Sur de Juan Carlos Valdivia.

(Publicado en suplemento Ideas de Página Siete, 6/7/2014)