lunes, 17 de julio de 2017

Capitalismo de segunda


Capitalismo de segunda
Hugo José Suárez

He leído a muchos autores que explican que la economía mundial funciona en buena medida a partir del internet, que la compra-venta de productos por ese canal es impresionante, fácil, ágil y seguro. De hecho, tengo la grata experiencia de haber usado ese medio cuando viví en Nueva York: adquirí desde zapatos hasta computadoras y todo llegaba a la puerta de mi casa. Así que decido comprar un teclado musical para mi hija, pagar con tarjeta de crédito y recibirlo unos días más tarde. Finalmente, radico en México, país que se jacta de tener un mercado moderno y al hombre más rico del mundo entre sus ciudadanos. 
Me recuesto en mi cama y desde mi iPad empiezo la operación como lo hice tantas veces en otras ocasiones. Busco el instrumento en varias páginas web, encuentro una oferta en una de las tiendas más reconocidas, un sello mundial que se presenta diciendo ser la empresa que ofrece el mejor precio. Procedo, doy mi dirección, los datos de mi tarjeta, correo electrónico, etc., y aprieto el botón clave: comprar. Minutos después recibo la notificación de que el pedido va en curso. 
Hasta aquí todo va bien, pero olvidé que estamos en México… Al día siguiente me hablan del banco a mi celular, me dicen que si soy yo el que hice la compra y por razones de seguridad me piden una serie de datos. Estoy manejando, así que les digo que devolveré la llamada en una hora, cuando esté en un lugar más adecuado. Lo hago, respondo todas las preguntas para que tengan la certeza de que quiero el teclado para mi hija.
Pasan dos días y no tengo noticias, ni de la tienda ni del banco. Me contacto con el comercio y me informan que mi pedido se canceló por problemas de con el banco, les hablo y me aseguran que ya liberaron el pedido. Vuelvo a la tienda y me confirman que, por más que la tarjeta esté aprobada, el sistema -el famoso, oscuro, caprichoso y temperamental sistema- la rechazó y que tengo que volver a hacer el pedido (claro, si no llamaba, no me hubiera enterado de nada).
Repito la operación. Me recuesto en mi cama con mi iPad, busco el producto, etc., pero claro, la promoción ya pasó y ahora está más caro, ni modo. En el último paso, cambio de tarjeta y aprieto la indicación clave: comprar. Me rechaza. Lo intento nuevamente con otra tarjeta, nada. Me comunican que existe un teclado en la sucursal que queda a una hora y media de mi casa, son las seis de la tarde, cierran a las ocho, tendría que atravesar la ciudad. No tiene ningún sentido.
Al día siguiente, tomo conciencia de que estoy en México, donde todo funciona a medias pero con la fachada de “empresas de clase mundial”. Voy al centro comercial más cercano, veo, escucho, tiento el teclado en cuestión, pago en efectivo -a precio más elevado- y me lo llevo a casa. Algún día escribiré un libro -pensando claro en Ibargüengoitia- que titule: “Instrucciones para vivir en un capitalismo de segunda”.   

PD. No quiero irme sin dejar mi palabra solidaria para Rafael Archondo y Pablo Solón, personas honestas, íntegras y progresistas. El acecho por parte de las autoridades no es más que una triste muestra de que el poder ha perdido la brújula, ojalá que la encuentre antes de que sea demasiado tarde. 

Publicado en el Diario el Deber. 16/05/17

martes, 4 de julio de 2017

Los rostros del colonialismo


El desarraigo. La violencia del capitalismo en una sociedad rural.
Pierre Bourdieu y Abdelmalek Sayad.
Siglo XXI,
Buenos Aires, 2017.



Hugo José Suárez
La editorial Siglo Veintiuno de Argentina -que tiene títulos especialmente sugerentes- ha puesto en circulación uno de los primeros escritos de Bourdieu y Sayad. Se trata de una investigación llevada a cabo a finales de los 50 y principios de los 60 del siglo pasado que apareció publicada inicialmente en 1964 por Les Editions de Minuit en Francia, al año siguiente se cuenta con una versión de Nova Terra en Barcelona, y recién en el 2017 sale a la luz el título en una casa editorial latinoamericana.
Se sabe que Argelia fue el primer lugar de trabajo de investigación de Bourdieu, entonces filósofo, donde tuvo que comprender una sociedad en profunda transformación atravesada por un contexto de guerra. El joven y brillante estudiante de la prestigiosa escuela parisina tenía que poner a prueba sus conocimientos abstractos para ver si realmente eran eficaces; munido de sus lecturas filosóficas y sus referencias etnográficas, su confrontación con la realidad lo llevó a construir el primer esbozo de su aparato teórico sociológico, que años más tarde se constituiría en una de las principales corrientes contemporáneas. Bourdieu afirmó muchas veces que fue gracias a su estancia argelina que pudo emprender su proyecto intelectual en todas sus dimensiones.
El libro analiza “los estragos ocasionados por los reagrupamientos de población [que] son, sin duda, los más profundos y de mayores consecuencias a largo plazo de cuantos ha sufrido la sociedad argelina entre 1955 y 1962”. Estos desplazamientos forzados impulsados por la política colonial del momento provocan rupturas, tensiones, reorganizaciones de la sociedad rural con consecuencias económicas, laborales, habitacionales y simbólicas. En los capítulos se transita por las tensiones de ser “ciudadano sin ciudad” o “campesino descampesinizado”, las consecuencias de la imposición sistemática de “una organización idéntica del habitad, incluso en las regiones de más difícil acceso” (p.47), la tensa relación y contradicción entre “los modelos de comportamiento y el ethos económico importados por la colonización, [que] coexisten -en cada individuo- con los modelos y el ethos heredado de una tradición ancestral” (p. 201). En suma, las angustias de una modernización forzada que provoca miseria y desfases insalvables.
Leído en la distancia, el documento pone varios temas sobre la mesa. Primero, es una apuesta por un tipo de sociología pegada al dato y que no escatima en el uso de toda fuente siempre que refuerce el argumento y la explicación. Así, se toman cifras estadísticas, mapas o testimonios con igual seriedad; de hecho en ese tiempo Bourdieu construye un acervo fotográfico que sería publicado luego como Imágenes de Argelia (2003). Por otro lado, como lo dice Amín Pérez en el excelente prólogo, Bourdieu y Sayad hacen sociología pura y dura recolectando información en calles y campos cuando la violencia está en su momento más dramático. No es una reflexión de biblioteca y seminario universitario, todo lo contrario: diariamente sufren los embates de la guerra lo que obliga a la reflexión sobre la dimensión política de toda investigación; esta situación impuso una profunda reflexividad constante y, lo subraya Pérez, la “apuesta indisociablemente científica y política” (p. 14). De varias maneras, esta propuesta irá cobrando cada vez más forma en la relación de Bourdieu con lo público y el compromiso social, lo que se recoge en un libro posterior intitulado Intervenciones (2002). Por último, esta obra se ocupa del tema de la colonización, de la imposición los sectores dominantes locales vinculados a intereses y lógicas imperiales que arrasan con su población acelerando el proceso capitalista a toda costa. Leído desde América Latina, la colonización argelina y las consecuencias analizadas por los autores tienen mucho qué dialogar con la experiencia de este lado del planeta. De hecho, es una lástima y difícil de entender que un libro tan pertinente y útil para nuestro contexto, haya tenido que esperar más de medio siglo para ser publicado por este rumbo. Habla mal de nuestra política editorial y del diálogo entre experiencias de dominación y resistencia en el sur.

El desarraigo es sin duda uno de los textos indispensables para comprender mejor la sociedad contemporánea, y para impulsar una sociología lúcida y políticamente transgresora.
Publicado en Diario Pagina Siete 02/07/17 

lunes, 3 de julio de 2017

El demonio llamado política


Hugo José Suárez

Una de las deudas conmigo mismo es escribir un libro sobre la política. Suena pretensioso, más para alguien que no ha trabajado seriamente el tema, pero la idea no es elaborar un complejo tratado trayendo conceptos y discutiendo con autores que harto, acaso demasiado, se han ocupado de ella. Lo que quiero hacer es una reflexión personal, con base en mi propia trayectoria.

Sucede que estuve involucrado en el ejercicio de lo público desde mi infancia, pues mi padre, comprometido con el quehacer nacional, luchó contra la dictadura en los setenta, en aquellos años en los que alzar la voz por la democracia implicaba arriesgar el pellejo -como bien diría Mauricio Lefebvre-, y fue asesinado en 1981. También quisiera traer a la memoria los meses y años posteriores, cuando mi hermana y yo le pedíamos a mi madre, con voz entrecortada, que no se metiera en política por temor a perderla.

En el libro que ahora anuncio como embrión, quiero recordar ese primer momento, los diálogos, los miedos, las pasiones, las emociones. Luego buscaré concentrarme en las varias ocasiones en las que me invitaron a candidatear para algún puesto, en las campañas que participé, en las decepciones y los asombros. En los varios cantos de sirenas que llegaron a mis oídos y mi constante esfuerzo -nada fácil- por desoírlos.

Un episodio fundamental tendrá que ser mi encantamiento por el Proceso de Cambio, mi militancia por el mismo y la defensa a capa y espada de Evo Morales en cualquier palestra. Pero tendrá que ir acompañada de la reflexión crítica posterior, de mis dudas, de mi suspicacia y de las evaluaciones más mesuradas no al calor de “patria o muerte”, de la idea de “amigo-enemigo”, o peor del papanatismo –definido por la RAE como “actitud que consiste en admirar algo o a alguien de manera excesiva, simple y poco crítica”-, sino desde la distancia del tiempo y del espacio, y sobre todo desde el no haber atravesado por el ejercicio del poder. El capítulo final estará dedicado a reflexionar sobre el rol del intelectual y su relación con la política.

Esta intención que me viene rondando hace un buen tiempo se vio reanimada al leer un episodio del historiador marxista Eric Hobsbawm en su autobiografía Años interesantes. Una vida en el siglo XX (Ed. Crítica, Barcelona, 2003). El capítulo 9 titulado “Ser comunista” está dividido en dos partes, primero cuenta la experiencia de quienes adhiriéndose a esta doctrina no atravesaron por el ejercicio del poder, y, en la segunda parte, se refiere a quienes sí lo hicieron: “ellos no eran ajenos al poder, eran el poder; no eran la oposición, sino el Gobierno, a menudo de países donde no eran del agrado de su población. La policía no era su enemigo, sino su agente. Y para ellos el futuro glorioso tras la revolución no era un sueño, sino una realidad” (p. 138).

Sobre la primera opción, Hobsbawn dice: “El poder no corrompe necesariamente a las personas en cuando individuos, aunque no resulta fácil resistirse a esa corrupción. Lo que hace el poder, especialmente en tiempos de crisis y de guerra, es obligarnos a realizar actos que son inaceptables cuando los lleva a cabo un particular, y a intentar justificarlos. Los comunistas como yo, cuyos partidos nunca subieron al poder ni se vieron involucrados en situaciones que requieran decisiones acerca de la vida y la muerte de los demás (la resistencia, los campos de concentración), lo tuvimos más fácil” (p. 127).


Me quedo con esa última reflexión. Parte de mi “ventaja” es que nunca ocupé un cargo público, nunca tuve deudas con un líder ni subordinados, nunca debí guardar fidelidades que me lleven a oscuros laberintos de intercambios de favores y complicidades. Cierto, diría con Hobsbawn que la “tuve más fácil”, y la verdad, con tanta agua recorrida bajo el puente, creo que fue lo mejor.    
  
Publicado en el Diario El Deber 02/07/2017 


                                                                                 

domingo, 18 de junio de 2017

California: ida y vuelta


Hugo José Suárez

Debo asistir a un congreso de sociología de las religiones en la Universidad de Claremont, en California, a dos horas de Los Ángeles. Tengo poca información sobre cómo llegar, pero también voy con fe -por algo es un evento sobre creencias- que todo saldrá como lo planeado. Me compro un boleto de avión que sale de la Ciudad de México a Tijuana, pues me dicen que hay un túnel fantástico que, sin salir del aeropuerto, te despacha al otro lado: San Diego, Estados Unidos, y de ahí es fácil llegar a mi destino.
Empiezo mi viaje. Cuando llego a la terminal aérea de Tijuana, camino cauteloso y desconfiado siguiendo las flechas del “Cross Border Xpress”. Paso por un estante donde un empleado me cobra 16 dólares por el uso del servicio, camino y luego de un par de vueltas laberínticas llego a una placa pegada en el piso dividida por una línea y un punto en dos partes idénticas. En el lado izquierdo dice en letras sobresalientes: “Boundary of the United States of America”, y en el derecho: “Límite de los Estados Unidos mexicanos”. Llegué. Le sigue un letrero parco que sólo anuncia “Welcome to the USA”. Unos metros adelante me reciben enormes imágenes pegadas en la pared con bellos paisajes californianos y varias frases en inglés: “All families welcome”, “All dreams welcome”, “All adventures welcome”.
Cuando llego a las casetas con los agentes de migración, no lo puedo creer, no hay fila, paso inmediatamente, el funcionario ve mi pasaporte y con una sonrisa en menos de un minuto me despacha. Y como cereza del pastel, una amiga me espera a la salida para ir en coche hasta Claremont (son sólo dos horas de autopista). Todo salió perfecto, es la entrada menos accidentada a Estados Unidos. Estoy gratamente desconcertado.
En California caigo en cuenta de la importancia de tener automóvil. Sólo puedo ir a la esquina a pie, pero ni pensar intentar llegar más lejos. El transporte público es desastroso y la relación tiempo y desplazamiento es insensata: si vas en coche llegas a todo lado en 10 o 20 minutos, si pretendes caminar e ingeniártelas para atravesar las autopistas sin ser atropellado, todo está a no menos de una hora. Conseguir un taxi, además de ser carísimo, es igual de difícil.
Lo más grave viene cuando termina el evento y tengo que volver un día antes de que lo haga la amiga que gentilmente me llevó. Pregunto por las opciones para el regreso y nadie me logra dar información precisa. Intento averiguar por internet mecanismos para volver al túnel fantástico y pasar a Tijuana para tomar mi vuelo, pero las combinaciones son confusas. Finalmente encuentro una ruta.
Salgo de la Universidad en un taxi -Uber- hacia la estación del tren más cercano (pago 7 dólares). Espero que pase el tren hacia Los Ángeles (otros diez dólares), tardo una hora más. Continúo hacia San Diego en otro tren que demora tres horas en llegar (37 dólares más). Ahora me toca un “Trolly” -que en México llamamos “tren ligero” urbano- otra hora hasta la frontera. Salgo y ya todo se ve mexicano aunque todavía estoy en Estados Unidos, busco un taxi que por 25 $us me lleva al fabuloso punto de partida de mi viaje. En el camino el chofer -que por cierto intenta engañarme un dólar- me indica dónde desembocaba uno de los famosos túneles ocultos del narcotraficante Joaquín “Chapo” Guzmán en el estacionamiento de un tráiler, a unas cuadras de las autoridades.

En resumidas cuentas, si a la ida tardé dos horas en llegar, la vuelta me costó siete horas y más de 80 dólares. Me quedó claro por qué una migrante le dijo a mi amiga que para integrarse en la sociedad californiana no es necesario saber inglés; lo imprescindible es saber manejar y tener automóvil. La próxima vez lo tomaré en cuenta.

Publicado en diario el Deber 18 de Junio del 2017

martes, 13 de junio de 2017

viernes, 9 de junio de 2017

Recuerdos con Francois Houtart



Hugo José Suárez
IIS-UNAM



La muerte de Francois Houtart (7/6/2017) me ha puesto a repasar varios episodios vividos a su lado y su enorme generosidad. Sabía de él por dos frentes: por un lado, era uno de los pilares académicos que desde la Universidad Católica de Lovaina (UCL) contribuyeron con la formación del Movimiento de Izquierda Revolucionaria boliviano, profesor de líderes políticos que por lo pronto prefiero no nombrar, promotor de reflexiones sobre la izquierda y el socialismo; por otro lado, lo había leído como sociólogo de la religión, director de la revista Social Compass, director de tesis de latinoamericanos fundamentales para la sociología de la religión como el brasileño Pedro Ribiero de Oliveira, el venezolano Otto Maduro o el chileno Cristian Parker, todos grandes maestros. Religión y política eran los dos ejes de Houtart.
La primera vez que lo visité fue cuando tenía 24 años, en 1994. Pasé por Lovaina y me alojé en casa de unos conocidos suyos que él consiguió. Pude conocer a Genevieve Lemerciener, colega suya con quien publicó varios libros y artículos; poco después Genevieve murió, alguna vez acompañé a Francois a visitar su tumba.
Yo tenía la intención de estudiar un doctorado en la UCL y que él dirigiera mi trabajo, pero lamentablemente ya estaba jubilado. Eso no impidió que me diera todo su apoyo para conseguir una beca de estudios y que acompañara mi tesis hasta su defensa.
Dos años después ya era estudiante doctoral en la UCL. A mi llegada a Bélgica me encontré con la grata sorpresa del festejo de los 20 años del Centro Tricontinental (CETRI). Houtart fundó esa institución en 1976 para promover la solidaridad con los movimientos de liberación y movimientos sociales de Asia, Africa y América Latina. Con pocos recursos, convirtió su casa en Lovaina la Nueva en la sede del CETRI. Su recámara era lo único que él ocupaba; aparte había una sala de reuniones, cuartos para estudiantes, un centro de documentación y estudio, además de una biblioteca especializada que luego fue administrada por la UCL. Por el CETRI pasaban múltiples líderes políticos y sociales e intelectuales de la izquierda mundial.
Pero decía que tuve la suerte de asistir a la celebración de las dos décadas del CETRI; recuerdo haber visto a Pablo González Casanova, Samir Amín o Ernesto Cardenal, quien en esa ocasión recibía el Premio Cultura y Emancipación de los Pueblos que lo otorgaba el propio CETRI. Pedí permiso a Francois para cubrir fotográficamente el evento, y guardo hasta la fecha una simpática toma de Cardenal leyendo Mafalda.
Aprendí muchas cosas de Houtart. Sus libros fueron clave en mi formación, desde aquella fabulosa investigación sobre Sri Lanka (Religión e ideología), hasta sus reflexiones sobre su amigo Camilo Torres, sus estudios sobre Haití o Nicaragua, o sus textos de sociología de la religión (a propósito, hace un par de meses me encontré con una conferencia suya sobre ciudad y religión que apareció con inigualable pertinencia para mis inquietudes actuales de investigación).
Sostuve largas conversaciones, tanto en su casa como en mi departamento lovainense. Las tertulias abordaban muchos temas, contaba cómo fue su relación tensa con la propia UCL; sus intercambios con Vaticano en los distintos momentos, desde su participación en el Concilio Vaticano II hasta sus distancias con Juan Pablo II; su estancia en Chicago y su estudio sobre la religiosidad urbana; su relación con Cuba, Nicaragua, Bolivia y tantos países más. Alguna vez vino a casa luego de un viaje a La Habana, pues había sido invitado por Fidel como asesor cuando el Papa estaba de visita en la isla en 1998. Trajo una caja de puros regalados por el mismo Fidel que los compartió con nosotros. Aunque yo no fumaba en ese tiempo, por supuesto que lo guardé como un fetiche.
El CETRI siempre fue considerado un hogar para muchos estudiantes latinoamericanos. En mis años de doctorante, entre 1996 y 1998, abrió sus puertas para acoger al Foro Latinoamericano, que era un colectivo de jóvenes progresistas que nos juntábamos semanalmente a reflexionar sobre la situación de nuestros países. Además, los domingos, luego de seguir en la semana mis cursos de sociología de la religión, acudía al CETRI a las “misas sociológicas” -como las denominaba un amigo colombiano- de Francois. Era una reunión de no más de 5 a 7 personas, y en su homilía Houtart compartía sus actividades que siempre eran asombrosas: sus últimos viajes y encuentro con líderes religiosos o políticos, las publicaciones o nuevos movimientos sociales, todo a la luz de lo religioso.
Mi cariño hacia el Francois era enorme, por lo que le ofrecí vender la revista del CETRI, Alternatives Sud, en conferencias o eventos. Andaba con mi cajita de libros por las aulas de la UCL, acomodándolos al fondo de auditorios en una mesa en la espera de que algo se vendiera. En 1998, con otro sociólogo chileno hicimos un libro que juntaba mis fotos tomadas en Bélgica y los poemas que a él le nacían al verlas. Por supuesto no teníamos quién editara algo así; fue nuevamente Houtart que solidariamente se ofreció a publicar el libro que se llamó Destellos del norte, mirada y palabra del sur.
En el 2006 escribí Bolivia. País rebelde al calor de la llegada de Evo Morales al gobierno, es acaso mi libro más militante. Se lo mandé a Francois quien inmediatamente me sugirió publicarlo en francés, me conectó con una editorial y salió a la luz meses más tarde.
La última vez que lo vi fue en Bruselas hace unos diez años. Le regalé la reedición del libro póstumo de mi padre Luis Suárez Los cuatro días de la eternidad, le tomé una foto con el documento entre sus manos. Hace unos meses supe que venía a dar una conferencia en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM pero lamentablemente no pude acudir a escucharlo. Lástima, hubiera sido el un encuentro de despedida.
En su larga y fructífera vida, Francois Houtart articuló distintas dimensiones. Abrió brecha en la sociología de la religión utilizando las ciencias sociales -particularmente la clave marxista- para entender los procesos religiosos. Sus investigaciones representaron un giro a cómo se estudiaba la religión hasta mediados del siglo pasado, Houtart puso los datos en la lógica de explicación del fenómeno religioso. Fue un innovador intelectual que abrió una línea sociológica tremendamente pertinente, lo que se ve reflejado tanto en sus libros como en el sello que puso a la dirección de la revista Social Compass y en los estudiantes que formó.
Por otro lado, nunca dejó el compromiso político. Tenía claro que debía jugar el rol de vincular Asia, Africa, América Latina y Europa, promoviendo los movimientos sociales del sur. Por eso fundó el CETRI y sostuvo la revista Alternatives Sud. Fue uno de los pensadores del altermundismo y estuvo en centenas de foros y conferencias. Siempre con una palabra atinada y progresista. Así se entiende que su última trinchera haya ejercido como profesor y activista en Ecuador, donde murió.

Incansable, trabajador, lúcido, comprometido y solidario. Descansa, maestro.