lunes, 16 de julio de 2018

Fútbol


Hugo José Suárez
Tengo una relación distante con el fútbol, no sé por qué. Estudié en un colegio jesuita en La Paz donde lo único que se practicaba era el balompié; yo que era alto y flaco, más bien dotado para el vóleibol, jamás formé parte de equipo alguno. Además, la masculinidad homogeneizadora que se forjaba alrededor de ese deporte iba en contra de mis facultades y sensibilidades.
Mis amigos que sí sabían patear la pelota gozaban en la escuela de privilegios escandalosos: llegaban tarde a clases porque tenían entrenamientos, se reprogramaba sus exámenes si se cruzaban con algún campeonato, tenían equipos deportivos modernos a su disposición. Incluso se convertían en el modelo del estudiante ejemplar. Nunca entendí por qué en una institución inspirada en San Ignacio y dirigida por sacerdotes de sofisticada formación teológica y filosófica, se descuidaba tanto todo lo proveniente de las humanidades (por ejemplo había una semana deportiva sin clases, jamás de un festival de teatro o cine).
Pero sumergido en un ambiente de donde el fútbol era preponderante, no dejé de entrar en la dinámica propia de aquel tiempo. Recuerdo que tenía, como todos los estudiantes de entonces, equipos enteros construidos con corcholatas para jugar en una canchita –una pequeña frazada adaptada-, con arcos de alambre y una pelotita de plástico. Hacíamos campeonatos espléndidos en los cuales cada cual llevaba alguna selección nacional construida por uno mismo con recortes de los rostros de jugadores pegados al interior de la chapa. Como mis amigos solían estar al día con la discusión internacional, escogían equipos y nombres de celebridades. En cambio yo, sobre-politizado y en un ambiente de dictadura y lucha por la democracia, optaba por equipos de afinidad ideológica, aunque sin destreza deportiva. Así, mis favoritos eran Cuba o Nicaragua, que se enfrentaban contra Brasil, Alemania o Argentina. No se equivoquen: a veces Nicaragua podía someter a Brasil; cosas que sólo se daban en esas condiciones.
En los últimos años me he acercado un poco más al fútbol. Los escritos de Juan Villoro o de Eduardo Galeano me ha entretenido, tanto como un buen partido. Sé que se me criticará de intelectualizar lo que antes que nada es un despliegue de sentimientos, pero ese camino ha surtido efecto, incluso en el mundial del 2014 que me tocó verlo en Nueva York, estuve en algunas cantinas disfrutando del juego con una cerveza al frente en un ambiente totalmente gringo. Gocé mucho, lo confieso.
El mundial que ahora está en curso trajo una novedad: el interés de mis hijas. Los días que iba a jugar México, ellas me pidieron que les comprara una polera oficial y se negaron rotundamente a acompañarme a un café a ver el encuentro, lo iban a hacer con sus amigos en la escuela. Mi hija de 11 años me conmovió: ¿cómo no voy a apoyar a mi país? Todos mis argumentos y mi frialdad se vinieron abajo.
Hoy al final del día se sabrá quién es el nuevo campeón. Intentaré ver el partido, estoy aprendiendo a entregarme a esas emociones.

Publicado en El Deber - 20/06/2018

Unas líneas con Sergio Pitol

Hugo José Suárez
En México, cada que muere un escritor, se alborota el medio cultural. Se le dedican sendas portadas de periódicos, programas en las televisoras culturales, suplementos dominicales e infaltablemente estantes en las librerías con todos sus títulos. Y claro, los lectores comunes, como yo, nos preguntamos cuántos libros suyos tenemos en nuestras bibliotecas o cuánto hemos leído de él. En mi caso, a menudo con un dejo de culpa, me doy cuenta de lo poco que lo conocí al recién desaparecido. Es lo que me sucedió con Sergio Pitol, que partió el 12 de abril del 2018 en Veracruz.
Al enterarme de su fallecimiento, rápidamente fui a adquirir los textos que más me llamaban la atención. Aquí mis primeras reacciones a quemarropa de las joyitas con las que me topé.
Pitol escribió El arte de la fuga (Era, 2011, México D.F.), un libro biográfico pero con un sello extremadamente personal que transita por los géneros siguiendo “la intuición y el instinto” como consejeras primordiales: 
“Decidí entonces hacer un libro que fuese un desplazamiento por distintos momentos de mi existencia como lector y como autor (…). Y el libro se fue creando a través del instinto. Sabía que no era ni una crónica de mi vida ni una autobiografía ni estaba yo escribiendo mis memorias. Rompí la cronología, traté de desgastar los géneros para que se imbricaran uno con otro: partes que parecían crónicas que terminaban en un cuento, ensayos que de repente se volvían narración y al final tenían una fuga ensayística. Eran acontecimientos y fugas de lo narrado.”
En un episodio del mismo escrito habla de política. Elabora un diagnóstico lúcido -en 1996- del México sumido en una catástrofe civilizatoria, que hoy resuena con una pertinencia que asombra y asusta: “Cuando observo el deterioro de la vida mexicana pienso que solo un ejercicio de reflexión, de crítica y de tolerancia podría ayudar a encontrar una salida a la situación”.
Y critica la relación con el poder: “La conexión entre el escritor y el príncipe ha estado desde el principio de los tiempos minada por el equívoco; es una amistad peligrosa. Un novelista tiene que aprender a mantener un diálogo con los demás, pero sobre todo consigo mismo, debe aprender a escrutarse y a oírse; eso le ayudará a saber quién es. Si no lo logra, en vez de una novela construirá un artefacto verbal que intentará simular una forma narrativa, pero cuya respiración será la equivocada. Recogerá, tal vez, algo que está en la atmósfera. El autor sabe que le agradará al César o al vulgo, da lo mismo; la ha escrito para alguna de esas dos deidades”. 
En otra reflexión Pitol sostiene una premisa que parece máxima sociológica: “Uno conoce siempre a saltos, fragmentadamente, tiene conciencia de los efectos, pero al no identificar las causas es como si no conociera nada”. O lo que parece un complemento: “Así suceden las cosas. Vuelva usted a preguntar qué somos, adónde vamos y una bofetada lo librará de las pocas muelas que le quedan”.
Termino con un pedazo de El viaje (Era, 2015, México D.F.), donde nuevamente evoca “la reacción del instinto”, y valora “los esfuerzos intelectuales para no enmohecerse, para no dejar de pensar, para impedir que sus estudiantes se conviertan en robots”, consigna que debería convertirse en una aspiración generalizada, especialmente en la academia mexicana que camina firmemente hacia la burocratización del conocimiento.

Murió Sergio Pitol, un escritor de muchos tiempos

Publicado en El Deber el 20/05/2018

La fe y las promesas

Hugo José Suárez
Unas semanas atrás, TV – UNAM tuvo la atinada iniciativa de proyectar películas premiadas en el Festival de Cannes, por la conmemoración de los más de 70 años del prestigioso evento. Me invitaron a comentar el filme Pagador de promesas, de Anselmo Duarte (1962), que obtuvo una Palma de Oro, la primera película extranjera en ganar esa distinción y la primera brasilera nominada a los premios Óscar en 1963 (confieso que, a pesar de su éxito y pertinencia, no la había visto).
El filme retoma la novela de Alfredo Dias Gomes, autor, entre otros, de El bien amado, telenovela de alto impacto en Bolivia en los 70. Se cuenta la travesía de Zé, un creyente del noreste rural de Brasil que realizó la promesa a Santa Bárbara de llevarle una cruz hasta el templo que se encuentra ubicado en la capital del estado, si salvaba a su burro, al que le cayó un rayo. La Santa cumple, por lo que él tiene que hacer lo propio: parte con la cruz al hombro hasta las puertas de la iglesia, pero cuando quiere ingresar se encuentra con el sacerdote y empiezan todos sus problemas.
El cura, de formación tradicional, averigua que, por un lado, el origen de la promesa era la vida de un animal, pero, por otro lado, que la idea nació del intercambio que tuvo Zé en el marco de una celebración de candomblé. Indignado, el prelado le niega el ingreso al recinto sagrado.
El episodio adquiere dimensiones mayores. Las altas autoridades eclesiales reaccionan apoyando al sacerdote, los creyentes negros se movilizan con cantos y bailes en la puerta de la iglesia, los periodistas ponen a Zé en las primeras planas haciéndole decir consignas revolucionarias que no dijo. El revuelo es mayor movilizando a autoridades eclesiales, políticas, periodísticas y a distintos sectores sociales.
La película dibuja a la iglesia brasilera, previa al Concilio Vaticano II y a la Teología de la Liberación, con una orientación conservadora que considera demoniaco todo lo que provenga de la religiosidad popular; al frente está el mundo complejo y diverso de creyentes que acuden a una u otra expresión religiosa sin encontrar grandes contradicciones, más bien como un continuo sagrado que no se quiebra por adscribirse o al catolicismo o al candomblé. Es contundente la idea que Zé repite varias veces: “Promesa es promesa”, lo que muestra una forma religiosa basada en el contrato directo entre divinidad y fiel -sin presencia de autoridades religiosas- que no puede ser negociado, por eso su terquedad por entrar al templo a dejar la cruz incluso cuando todos le dicen que bien puede depositarla en la puerta. 
También se deja ver la diferencia entre el mundo rural que se mueve con lógicas propias de la relación con la naturaleza y el ámbito urbano –moderno que depende más de la dinámica económica industrial en ciernes con actores políticos y periodísticos distintos-. 
La película es una ventana a las tensiones propias de la experiencia religiosa brasilera -y latinoamericana en muchos aspectos-: el sincretismo, la relación con la imagen, el rol de las religiosidades no católicas y su tenso intercambio con las autoridades eclesiales, la naturaleza del tipo de creyente, la presencia de la política, los medios y el mercado.
Sin duda el panorama religioso actual se ha modificado considerablemente, pero la lucidez de la película es sorprendente, dejando sobre la mesa temas que son discutidos hasta nuestros días. El pagador de promesas da para mucho, se trata sin duda de una de las mejores producciones que he visto en pantalla grande sobre la religiosidad en el continente, un paso obligado para quienes nos interesa el tema.


Publicado en El Deber el 03/06/2018

Hacer sociología en Azcapotzalco

Hugo José Suárez 
Hace unas semanas, la embajada de Bolivia en México tuvo la generosidad de proponerme presentar mi texto Hacer sociología sin darse cuenta en la Feria del Libro de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Azcapotzalco (UAM-A), en la cual Bolivia era invitado de honor. Para mí, el evento iba a ser muy especial porque la UAM-A fue la primera universidad que pisé en México, cuando llegué a estudiar a finales de 1988. 
Tenía solo 18 años y en esas aulas empezaba a descubrir un mundo de conocimientos, sensaciones, experiencias nuevas. Provenía de La Paz, de un colegio católico y conservador de clase media alta; el pequeño ambiente de mi barrio (San Miguel) y la estrechez de un origen social tan encarrilado no me permitían ver más allá de los dos kilómetros que me rodeaban material y simbólicamente. Llegar a la UAM fue descubrir miles de cosas.
Recuerdo un maestro, anarquista, creo que de la asignatura Doctrinas Políticas y Sociales II –o algo así–, que al final del trimestre se reunió con cada estudiante y nos pidió que nos autocalificáramos. Yo estaba contrariado, en mi colegio jesuita jamás había sucedido nada por el estilo. Le dije que merecía la máxima nota, y me la puso. Todavía no había leído a Foucault y sus reflexiones sobre cómo el examen es un momento donde se expresa y concentra el poder del maestro, tampoco sabía de Bourdieu y su militancia por desenmascarar las sutiles formas que ocultan jerarquías y que son aceptadas por todos como si no hubiera otro camino. Y, sin embargo, mi profesor estaba ahí, enseñándome que el conocimiento y su transmisión no requerían de mediaciones.
También tengo en la memoria otro profesor, gay, creo que enseñaba Técnicas de Investigación y Aprendizaje. Desde el primer día, además de invitarnos a varias exposiciones en las galerías de arte de la ciudad, nos invitó a escribir un diario. “¿Qué es eso? ¿Eso es sociología?”, pensé confundido. Resulta que, aplicado como soy, hice la tarea en mi máquina de escribir Olivetti, muy propia de los estudiantes de la época. Decía el maestro que si no se nos ocurría nada especial, simplemente contáramos alguna cotidianidad, pero que no nos fuéramos a dormir sin haber pasado por el teclado. Periódicamente le mostrábamos nuestros escritos, que eran corregidos con empeño. Tampoco sabía todavía que un sociólogo como Richard Sennett, a quien leí lustros más tarde, sugería algo similar y abogaba por “el acto de escribir” como una tarea regular e ineludible de los cientistas sociales. Hasta hoy sigo cumpliendo la tarea.
No tengo en mente el nombre de estos dos profesores, mejor así, me quedo solamente con sus enseñanzas, que son las que trascienden; ese es el sueño de todo buen maestro. Fue en esos intensos meses –solo estuve un año en esa unidad, luego me cambié al sur porque me quedaba más cerca– cuando tuve claro mi proyecto de vida: en algún salón luego de alguna lectura o clase, antes de llegar a los 20 años, decidí que iba a ser doctor y que me dedicaría a la academia. 
Quizás desde esos años es que se forjó mi vocación universitaria y mi convicción de que es en las aulas donde se construyen horizontes nuevos. A estas alturas tengo poca fe en ofertas políticas o religiosas, pero sigo confiando en la universidad como lugar de transgresión y creatividad.

Compartir mi libro en ese espacio, acompañado de las palabras lúcidas y cálidas de Laura Moya, destacada profesora de la UAM-A que me honró presentándolo, fue como cerrar un círculo, 30 años más tarde.


Publicado en El Deber -  21/06/2018 

miércoles, 16 de mayo de 2018

El fotógrafo (Guibert/ Lefèvre/ Lemecier)


Hugo José Suárez

Didier Lefèvre se marchó a Afaganistán para documentar una misión humanitaria en plena guerra entre soviéticos y muyahidines. Guibert y Lemercier armaron un bello libro.



Es un cómic difícil de clasificar. El libro fue publicado primero en francés en 2010, luego en varias lenguas y en castellano en 2015 (Astiberri Ediciones). El personaje principal -Didier- es un fotógrafo que tiene que realizar un reportaje para la institución Médicos Sin Fronteras (MSF) en un arriesgado viaje de Afganistán a Paquistán a mediados de 1986, en plena intervención rusa. La historia cuenta con crudeza lo difícil del desplazamiento a pie acompañados de guías, caballos y mulas; la llegada a poblaciones de acceso accidentado. La ruta es dura tanto por las condiciones climáticas y geográficas (perder el sendero implica perder la vida) como por la guerra que dejó campos minados por todos lados. Es muy común encontrarse con viajeros fuertemente armados y escuchar bombardeos cercanos. El objetivo de los funcionarios de MSF es llegar a Chitral, una pequeña población paquistaní en el corazón del conflicto. Su misión es atender a decenas de heridos de guerra con insumos básicos. La tarea de Didier es registrar el viaje fotográficamente.
Con eso en mente, cámara en mano, Didier realiza más de 4.000 tomas en decenas de cartuchos. Hay que recordar que es el tiempo de la fotografía analógica –lo digital prácticamente no existe-, que implica trabajo manual y cuidado de cada uno de los aparatos para capturar una imagen, revelarla y finalmente imprimirla.

El cómic no fue concebido desde el inicio del proyecto, más bien fue una elaboración posterior. Con el enorme cuerpo de fotografías, Guibert y Lemercier hicieron equipo: uno se encargó de los textos y los dibujos, y el segundo de las maquetas y los colores. Armaron una narrativa muy particular en la que el viaje de Lefèvre es, por supuesto, el hilo conductor.

El experimento narrativo es extraño pero bien logrado. Está lejos de las fotonovelas aburridas y forzadas a las que estábamos acostumbrados. La historia propiamente dicha se la cuenta con realistas viñetas a color donde intercambian los personajes; las fotos –en blanco y negro- entran cuando se quiere mostrar lo que Didier miró. El texto que las acompaña está en primera persona, complementando la reflexión del viajero y conduciéndonos a los lectores al escenario. Las tomas se las enseña en distintos tamaños, a veces más grandes, otras se reproduce íntegramente la tira de contactos. A menudo se encuadra la foto que se quiere resaltar a mano con plumón rojo, a la vieja usanza de quienes identificaban la toma correcta con un lápiz especial, en el tiempo del cuarto oscuro y de los negativos. El efecto es de un realismo que a veces espanta: en algún cuadro se narra una operación a un herido de bala, en otro el dolor de un niño con la mano quemada.




Publicado en Diario Página Siete 13 de mayo del 2018

La muerte de un tirano



Hugo José Suárez
En estas semanas, la memoria se me ha removido intensamente. Hace menos de un mes me llamó mi entrañable amigo desde la infancia Antonio Araníbar Arze, contándome una difícil y emotiva tarea. Su familia era muy cercana a Raquel Jimeno, la ‘Batu’, española que fue a Bolivia en los años 70 y terminó como militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, el MIR de entonces. Fue una mujer clave en el proceso de recuperación democrática, querida por mis padres, amiga solidaria como pocas.
                                                                                     
La Batu se fue del país y murió a finales del año pasado en España, siempre añorando Bolivia y con eternas ganas de volver.  Su cuerpo fue cremado. Antonio habló con la familia de Batu y convinieron cumplir su deseo. Viajó a España y llevó los restos a La Paz, luego de una larga travesía. En un emotivo y sencillo acto, se esparcieron sus cenizas sobre la tumba de los Mártires por la Democracia, que se ubica en el Cementerio General de La Paz. Finalmente, luego de tantas idas y venidas, la Batu descansa con sus entrañables compañeros. La próxima vez que visite La Paz, recordaré cada uno de los episodios vividos en San Miguel, cuando yo solo tenía diez años, y gobernaba la dictadura de Luis García Meza, que aterrorizaba a todos.

Y precisamente el domingo 29 de abril, mientras me disponía a vacacionar con mi familia, me entero de la muerte del dictador García Meza. Inevitablemente, vuelvo a los episodios más duros de esa horrenda temporada. El miedo, el toque de queda, las conversaciones peligrosas en la escuela, aprender a distinguir a un paramilitar, cuidarse de alguna ambulancia que pueda tener agentes dentro. El Servicio Especial de Seguridad (SES), que era una instancia especial cuyas vagonetas circulaban llenas de matones fuertemente armados con cara de espanto.  Los tiroteos en las noches, los relatos escalofriantes sobre qué hacían los paramilitares cuando encontraban a sus víctimas, incluidos niños. Descubrí rápidamente lo que era la tortura, la clandestinidad, el exilio y la muerte.
El 15 de enero de 1981, la dictadura de García Meza atrapó y asesinó luego de una larga tortura a mi padre, al lado de siete compañeros más. En los meses previos había matado a Marcelo Quiroga y a Luis Espinal. La amenaza del ministro del Interior, Luis Arce Gómez, de “andar con el testamento bajo el brazo”, se convertía en programa político. Las pretensiones de la tiranía no pudieron prosperar, Bolivia demostró una vocación democrática inigualable. Volvió la democracia en 1982. Luego un equipo de abogados, encabezados por Juan del Granado, a quien el país le debe eterna gratitud, logró encarcelar al dictador.

García Meza pasó unos años preso en Chonchocoro; luego, con las artimañas aprendidas y el dinero robado al Estado, logró que la mayoría de su estancia fuera en el hospital militar, una vergüenza para esa institución. Con extraño orgullo su abogado refriega al país que los últimos años no estuvo en la prisión. Queda claro que el tirano crea sus relevos. García Meza murió engañando al país, aprovechándose de sus servicios, sin pedir perdón, arrogante, cuidado por súbditos que no conocen la vergüenza.

Con los sentimientos removidos, puse un par de reflexiones en internet alusivos al tema. Me sorprendieron dos reacciones, por un lado, un sector que defiende y justifica cada una de las acciones del tirano; perdón por mi ingenuidad, pero pensé que ya no había esos especímenes. Pero, por otro lado, un grupo que trata de vincular la dictadura de García Meza con el proceso político actual, lo que me parece un desatino, un oportunismo impreciso y tendencioso, además de una ofensa al país, su historia y a las víctimas de la dictadura. García Meza es el último dictador del periodo militar, con su muerte se cierra un capítulo, cualquier analogía con otro momento no hace más que confundir. Las dos reacciones me dejaron claro que queda mucho por hacer, que se debe promover el respeto de los derechos humanos como cultura cívica innegociable y que la historia debe primar para no confundir procesos ni hacer puentes que son un atropello a la razón y a la moral.

Cuando recibí la noticia de la muerte del dictador, pensé qué les iba a decir a mis hijas, cómo contarles. Salí a caminar temprano con ellas, les hablé de su abuelo Luis Suárez, les dije que lo mataron en un periodo cruento de la historia de Bolivia cuando gobernaba García Meza, que acababa de morir. Les dije que, a pesar de todo, no lograron matar la esperanza, que a pesar de la maldad, también existe la justicia.


Publicado en el Deber  06 de Abril del 2018

domingo, 8 de abril de 2018

Miguel Covarrubias. Maestro ecléctico




Hugo José Suárez



En algún lugar de la bodega en La Paz donde dejé mis cosas antes de migrar a México, está esperándome un precioso afiche de Miguel Covarrubias. Lo compré, si mal no recuerdo, en una exposición un museo en la Ciudad de México, seguramente el año 1990. La pintura es solemne, colorida, rítmica y sensual: una mujer negra, cantando, con un vestido verde ajustado, rodeada de otros músicos. Es jazz, es Harlem, es la tercera década del siglo pasado. Esas notas hechas color me acompañaron una larga temporada observándome desde una pared, cómplices de cada una de mis travesuras de alcoba.

Covarrubias (México, 1904-1957) fue un artista desobediente, autodidacta y creativo. Miembro de una generación de grandes nombres en la plástica Mexicana (Rivera, Orozco, Siqueiros), supo construir una voz propia que no lo empate a ninguno de sus contemporáneos. Caricaturista, pintor, fotógrafo, etnólogo, ilustrador, muralista, documentalista; eso, y mucho más. Personalmente, es uno de los personajes que más me atrae de aquellos tiempos iluminados. Por supuesto que celebro su constante compromiso político con la izquierda mexicana -no militante de ninguna agrupación específica-, pero sobre todo me gusta su curiosidad por la otredad, su obsesión por mostrar al otro en sus lienzos.

A mediados de la década del 20 del siglo pasado, el pintor mexicano se traslada a Nueva York y se sumerge en la cultura negra en el afamado barrio afroamericano el Harlem. Buena parte de ese período de su obra está en la búsqueda de los rostros, los gestos, los rasgos de aquella poderosa experiencia cultural. Es un escenario curioso: un mexicano -que, según dicen, ni hablaba bien el inglés- dibujando al mundo marginal negro. En 1927 publica Negro Drawings, que recoge varias de sus ilustraciones sobre el tema.

En su constante movimiento, luego de dejar Estados Unidos, Covarrubias viaja por varios países; se queda largas temporadas en Bali donde también se esfuerza por retratar la cultura diferente. Vuelve a México con la intensión de investigar sobre los pueblos indígenas, da clases de etnología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, dirige la Escuela de Danza del Instituto Nacional de Bellas Artes. Realiza murales y documentales e impulsa la antropología y la arqueología mexicanas.

Es un pensador es difícilmente clasificable, por eso fue definido como un renacentista desde la caricatura cuya principal trinchera fue su imaginación. Transita por lienzos y cámaras con igual soltura, por la etnología o la escritura mezclando belleza y conocimiento, sin obedecer cánones que separan las disciplinas, guiado sólo por su capricho por conocer, plasmar, descubrir y expresar.

En un reciente viaje a Oaxaca, tuve la atinada intuición de pasar por el Centro de las Artes de San Agustín -que es un antigua antigua fábrica de hilados restaurada por iniciativa de Francisco Toledo-, y me encontré con la grata sorpresa de la exposición Miguel Covarrubias. Imágenes de un mexicano universal. Recorrí las piezas deteniéndome en cada una de ellas, tratando de seguir el trazo y la intensión del maestro. Su visión de Nueva York me recordó mis propias impresiones de aquella ciudad, su mirada del mundo indígena mexicano me devolvió a mis viajes por el encanto de tantas culturas en el México profundo. Sus videos me reanimaron las ganas por ser un coleccionista de imágenes.

Covarrubias es, sobre todo, una fuente que inspira, un promotor de la transgresión, una invitación a sacudir la inventiva de cualquier atadura de época: una refrescante brisa del pasado.


Publicado en el Deber 08/04/2018