martes, 21 de junio de 2016

Noticias

Hugo José Suárez

La vida en la red nos ha cambiado la relación que teníamos con la noticia, o lo que entendíamos por ella. Hace unas semanas, una amiga puso en su muro de Face algo como “gracias por pensar en mí, por suerte todos estamos bien”. No fue difícil intuir que si asumía que “todo está bien” era porque podría haber estado mal, es decir algo grave había pasado que no la afectó.
Seguí mi búsqueda por el propio Face, varias personas se referían a lo sucedido en Bélgica como una barbaridad y muchos informaban que salieron bien librados. Entré a las páginas de periódicos donde abundaban los datos sobre un atentado terrorista, pero lo curioso es que, como acababa de acontecer, todas las notas abonaban a algo ya contado, y no explicaban exactamente de qué se trataba.
Rápidamente supe que estaban buscando al tercer terrorista, las reacciones de los gobiernos, quién se atribuía los atentados, etc., pero por más que buscaba con empeño, no daba con la fuente primaria que me diga lo básico y que responda a la tradicional fórmula “qué, quién, cuándo, cómo”. Claro, un tiempo más tarde, y sobre todo al día siguiente, pude leer en el periódico la noticia completa, aunque antes ya había hablado con mis amigos en Bélgica que me contaron todo con detalles.
Me queda claro que en esta era de la hiperinformación, a menudo la primera fuente es la de los conocidos que en alguna red nos dicen cualquier cosa, y como consecuencia, es muy difícil rastrear la calidad y veracidad del dato.
Todos recordamos aquel histórico episodio en 1938 donde Orson Welles empezó una transmisión de radio narrando la invasión extraterrestre; mucha gente que llegó tarde al inicio del programa creyó que la ficción era noticia, lo que causó pánico. Hoy vivimos en el paraíso soñado por Welles: todas las historias que suceden en la red pueden ser ciertas o falsas, todos se pueden inventar algo, tergiversar datos o transmitir información con sólidas fuentes. Por ejemplo, sobre un tema de salud, una ocurrencia fácil e irresponsable tiene el mismo lugar que el resultado de un estudio científico. En la política sucede lo mismo, se puede mentir hasta el cansancio, y comprobar lo cierto o lo falso resulta casi imposible. Es emblemático el caso de aquella foto donde se muestra un supermercado tenebrosamente vacío como prueba de la escasez alimentaria en Venezuela; después de un tiempo se supo que la imagen había sido tomada en Estados Unidos.
Si bien desde el inicio del periodismo las posibilidades de falsear los hechos –o darles la orientación oficial del medio-  ya estaban ahí, ahora esa tendencia ha explotado múltiples direcciones. Curiosa contradicción: en la red tenemos acceso a toda la información, pero no podemos creer casi en nada.
En el internet, el plato de comida de un amigo es tan importante como una declaración de guerra; no hay un filtro ni una jerarquía. La comunidad imaginaria a la que pertenecemos en la web está conformada por agencias muy serias de noticias y por quienes comparten su estado de ánimo. Todo tiene el mismo valor.
En suma, en estos tiempos, hay que obrar con cautela para no dejarse llevar por el terrorismo mediático al cual estamos sometidos diariamente.


domingo, 22 de mayo de 2016

Fernando del Paso y el “acto de escribir”

Hugo José Suárez

Carlos Fuentes decía con atinada precisión que los escritores mexicanos tienen “el privilegio de la voz dentro de sociedades en las que es muy raro tener ese privilegio”. Y es cierto. En México lo que le pase a un escritor es motivo de alboroto en el mundo de la cultura; un cumpleaños, un premio, una obra, un viaje, un encuentro y, por supuesto una desaparición, hacen que los estantes de las librerías se llenen de sus títulos y los periódicos les regalen amplios reportajes.  Y no es para menos, pues este país ha sido cuna de plumas privilegiadas (entre otras cosas, en la última década cinco mexicanos han ganado el prestigioso Premio Cervantes).

Lo curioso es que, por un lado, los profesionales de la palabra a menudo están fuera de las universidades, se mueven más bien en el circuito de las editoriales, las revistas culturales, periódicos y conferencias; por otro lado, también resulta extraño que los académicos de las ciencias sociales –sociólogos, antropólogos, historiadores- no tienen la misma palestra; su lugar está bien asentado en la vida universitaria que es sólida, dinámica y muy consolidada, pero es difícil y atípico que alguno atraviese la frontera de la fama y se convierta en una referencia más allá del ámbito académico. Por supuesto que el cumpleaños de cualquier sociólogo, por destacado que sea y muchos años que cumpla, pasa desapercibido.

Sin duda que la palabra del literato pesa mucho, aunque también es cierto que su rol ha sido paulatinamente relegado perdiendo su importancia en la creación de la identidad nacional. En la época de oro del cine mexicano cuando desde las pantallas se creaba la imagen del país, eran los literatos los encargados de los libretos, y por tanto de las ideas fundamentales de la nación. Pero a la vuelta de los años, como una manera de control político, se los fue marginando y más bien se dio el poder a industrias culturales vergonzosas como Televisa o Tv Azteca. Al final del día, Luis Miguel terminó siendo más importante que Agustín Lara, y el Chavo del Ocho desplazó a María Félix, convirtiéndose en el nuevo rostro de la mexicanidad. Esa es, seguramente, una de las mayores victorias de la élite local, y la factura más cara por la Revolución de 1910.

Pero más allá de estas desavenencias, hace unas semanas el Premio Cervantes fue otorgado al escritor Fernando del Paso, autor de varias obras fundamentales como Noticias del Imperio, José Tigo, Palinuro de México. Los días posteriores, Del Paso estuvo presente en todo lado: las librerías –como decía- llenaron estantes con sus obras, el periódico La Jornada publicó su foto en la primera plana, la revista Gaceta del Fondo de Cultura Económica estuvo dedicada íntegramente a su trabajo, tuvo varias entrevistas en radio, etc.

Confieso no haber leído a Del Paso, lo haré para ponerme a tono con el país, pero al escucharlo en los múltiples medios en estas semanas, no me cabe duda de lo mucho que podemos aprender de él. Para el escritor “son las artes, es el lenguaje y el pensamiento la distinción mayor que hay entre el hombre como animal y el resto de los animales”. Su práctica regular con las letras es gozo y desafío “yo necesito escribir, aunque me cuesta mucho trabajo, lo necesito, necesito hacerlo para vivir”.

El novelista nos invita a la escritura cotidiana y valora el momento en que uno se sienta a hacerlo: “las ideas no son previas al acto de escribir, nacen con el acto de escribir”. La creación no es un libreto previamente establecido en la cabeza al que sólo le falta plasmarse en una pantalla como si fuera un dictado, es en ese momento cuando pasan cosas inesperadas, surgen ideas, se organizan, unas nacen otras mueren. El autor nos invita a divertirnos con las letras, con las palabras, con las frases, con las historias. Invita a que cada uno se convierta en un narrador de su propia vida, en un contador de historias, en un escribidor compulsivo. Es mucho lo que se puede decir de Del Paso –“constructor de catedrales” como ha sido llamado-, pero por lo pronto me quedo con esa sabrosa invitación a pasar horas frente al teclado en compañía de las ideas, construyendo historias, disfrutando del “acto de escribir”.



Publicado en "El Deber" 22 de Mayo del 2016

martes, 10 de mayo de 2016

Mezcal

Hugo José Suárez

De lejos, el mezcal es el trago mexicano que más me gusta. Se ganó su lugar por su aroma y por la sensación que te deja en la boca. Pero luego de un viaje a Oaxaca, quedo todavía más enamorado de esa bebida muy bien llamada espirituosa.
Voy a Matatlán, una pequeña población a menos de una hora de la capital de Oaxaca. Desde la entrada se nota la presencia del mezcal en la vida diaria. Las tiendas abundan en la carretera, y llegando al centro de la plaza con quien me ponga a hablar termino en el tema irremediablemente. Para empezar a estar a tono, me pido una nieve de tuna combinada con mezcal.
Caminando por una desolada calle, una señora se me acerca y me invita a visitar su “palenque”, así se les dice a los talleres o pequeñas fábricas familiares donde se produce la bebida. Camino unas cuadras y me sumerjo en un sorprendente mundo. En el patio de la casa, están las piñas de maguey siendo trozadas por un hombre que usa un hacha. Las recogieron de las montañas esos días. Me dicen que hay distintos tipos de agaves, desde el “espadín” que se lo puede sembrar y cosechar hasta el “tobalá” que es silvestre, se lo consigue en los campos por tanto es más escaso y más caro -hay que tener paciencia, pues algunos magueyes pueden tardar hasta siete años en crecer-. Luego se los entierra en un horno previamente calentado con piedras y abundante carbón. El agave dura cinco días bajo tierra completamente cubierto hasta cambiar de consistencia y color, y quedar listo para ser molido a través de una piedra de cantera en forma de rueda -movida por un caballo- que los tritura.  El paso siguiente son las tinas de fermentación donde permanece entre 5 a 15 días dependiendo del clima, y finalmente se ponen los trozos pequeños en un alambique de cobre donde, calentado a leña, se destila logrando que pacientemente, gota a gota, vaya saliendo el mezcal en un recipiente.
Pero ahí no termina el asunto. Falta la maduración -que dependerá de lo que se busca: reposado, añejo, joven-, y por último la comercialización, que es muy compleja porque no todos tienen una tienda ni vinculación estable con el mercado. A menudo los clientes de los consigue uno a uno.
Todo el proceso me lo explica el propietario del palenque -tomándose casi una hora de su tiempo-, que además es el dueño de casa y padre de familia. Mientras, sus hijos entran y salen y los nietos hacen lo suyo en el patio interior. El proceso dura alrededor de 20 días sin contar los años que tardan en crecer las plantas en la montaña. Cada fábrica artesanal involucra a unas 20 familias. Por supuesto que al final me hacen probar los distintos tipos de mezcal y me voy con varios litros en mi mochila –y unas copas en el cuerpo-.  
Quedó impactado con largo procedimiento, los años de espera, el tiempo invertido, el esfuerzo de tantas manos para lograr ese resultado. En Matatlán todos subrayan con orgullo lo artesanal de su producto, lo que queda fuera de duda luego de presenciar cada paso para conseguirlo.

A partir de ahora, cada que me tome una copa de mezcal –que será todavía más a menudo-, mientras el líquido impregne mi boca,  repasaré por mi memoria la detallada explicación recibida en esos días oaxaqueños; sentiré la fuerza con la que se corta el maguey, el calor de las piedras bajo la tierra que lo cuece y transforma, la piedra tirada por un caballo que lo tritura, su estancia en las barricas de madera esperando la fermentación y la mágica destilación que convierte el vapor en alcohol. Y repetiré la jocosa y sabia sentencia popular harto conocida en estas tierras: “para todo mal, mezcal, para todo bien, también; y si no hay remedio, litro y medio”.

                                                                                       Publicado en "El Deber" 8 de mayo del 2016 


lunes, 25 de abril de 2016

Villoro pensando en Villoro

Hugo José Suárez

Los viernes compro el periódico mexicano Reforma. Normalmente lo evito por su tamaño, su posición política y su tratamiento de la noticia. Pero ese día escribe Juan Villoro y no me lo quiero perder. Hace unos meses (27/11/2015) el escritor dedicó su columna a su padre, el notable filósofo Luis Villoro fallecido hace un par de años y en cuyo honor se acaba de publicar un libro (La alternativa. Perspectivas y posibilidades de cambio, Fondo de Cultura Económica, México, 2015). Empieza la nota manifestando lo difícil que es hablar de un familiar fallecido. Recuerda lo curioso que es ser hijo de un filósofo, sobre todo cuando tienes que explicar en la escuela a qué se dedica tu progenitor.
Me detengo en tres pedazos, casi al final, que merecen un comentario aparte. Se pregunta el articulista: “¿Puede la política coexistir con la ética? Sí, siempre y cuando el ejercicio del poder sirva a la comunidad y no sea un fin en sí mismo”. El cuestionamiento no es nuevo, claro, por mi parte me puse la interrogante hace décadas con mis primeras lecturas sociológicas. Antes de eso, no tenía duda que sí era posible, pues mi propio padre me había dado el ejemplo con su militancia en los 80, pero cuando mis amigos llegaron al gobierno en Bolivia a partir del 2006, y vi cómo paso a paso el poder los fue carcomiendo y conduciendo hacia un viaje sin retorno, ahora tengo serias dudas de una respuesta afirmativa. Me pregunto si la política –y por tanto el juego del poder-, siguiendo la reflexión de Villoro, puede sacudirse de su necesidad de autoreproducción, y por tanto, si puede dejar de ser, al menos en alguna medida, “un fin en sí mismo”.
Cambio de pasaje. Dice el articulista refiriéndose al levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN): “Desde 1994, no han faltado noticias de Chiapas, pero lo más importante apenas ha sido cubierto: el heroísmo de la vida diaria, la paciente transformación de una de las regiones más pobres del país en un tejido mulitcultural, donde el ‘nosotros’ se pronuncia más que el ‘yo’”. Quizás la vida diaria sea la dimensión más heroica de la política. El desafío está en vivir el día a día sin reflectores, sin tribuna, sin discurso, con la convicción de que se está haciendo lo que se debe hacer. Algo así decía el sacerdote Luis Espinal, asesinado en 1980: “gastar la vida no se hace con gastos ampulosos, y falsa teatralidad. La vida se da sencillamente, sin publicidad, como el agua de la vertiente, como la madre que da el pecho a su wawa, como el sudor humilde del sembrador”.
Finalmente, concluye Villoro, “no hay cambio político sin imaginación”. Quizás la imaginación debería estar antes de la política, pero a menudo la última termina devorando la primera a los pocos segundos de convivencia.
En fin, decía que regularmente los viernes compro aquel periódico sólo para leer a mi articulista preferido. Y hasta ahora, nunca he quedado decepcionado.

Publicado en El Deber, 24 de abril del 2016


lunes, 11 de abril de 2016

Cuba entre el Che y Mick Jagger

Hugo José Suárez
En 1992 hice un viaje a La Habana. No conocía la isla, pero las evocaciones de la Revolución cubana impregnaban mi vida diaria: mi cuarto estaba empapelado de afiches del Che y Lenin y la música de la Nueva Trova penetraba mis oídos. Recuerdo escenas en mi dormitorio escuchando aquel fabuloso concierto en Nicaragua en 1983, luego del triunfo sandinista; acompañado de mi soledad, entre mis cuatro paredes cantaba las canciones de Silvio como si formara parte del público.
El caso es que recién en los noventa pude visitar Cuba. Era acaso el peor período de la Revolución, la Perestroika había hecho lo suyo en los ochenta y la caída del Muro de Berlín auguraba una pronta derrota del régimen de Fidel. En Miami corrían apuestas sobre los meses que le quedaban de gobierno al histórico líder.
Me impresionaron muchas cosas, empezando, por supuesto, por las espectaculares mujeres que abundaban en calles y plazas. Pero lo que vuelve a mi memoria es la fiesta de clausura de un curso de literatura latinoamericana en la Casa de las Américas, claro, los asistentes eran básicamente intelectuales.
A la hora del baile, infaltable en el país salsero por excelencia, todos salían a la pista. Lo curioso era que con las notas, los mozos dejaban las charolas a un lado y sacaban a bailar a las chicas más lindas de la noche que aceptaban con gusto. Terminaba la pieza, y volvían a las charolas y a ofrecer bebidas. Ese acto, impensable en México o en Bolivia, mostraba equidad en el baile, ahí lo que estaba en juego no era la posición social sino la competencia danzante.
Hoy la isla vuelve a jalonear mi atención con la visita de Obama y de los Rolling Stones hace unas semanas. Cuando empezó la lenta apertura e intercambio entre Estados Unidos y Cuba en el 2015, miré atento y con cautela el proceso. Siempre he pensado que con el bloqueo, si bien se golpeaba la economía del país caribeño, el imperio norteamericano perdía la oportunidad de imponer su cultura como lo hizo con toda América Latina; de alguna manera era un bloqueo en las dos direcciones.
La victoria de Estados Unidos hacia el continente no está solo en su intervención secreta en dictaduras o en las políticas internas, está además, en su capacidad de aplastar cualquier cultura nacional. En nuestros países todos quieren tomar Coca-Cola y viajar a Disney a darle la mano a Micky Mouse.
Con la apertura, Cuba tendrá la tentación de entrar en esa lógica, y si no van con cuidado, a la vuelta de los años  podremos viajar a La Habana a visitar un gran parque de diversiones y comer McDonald’s. Por eso me parece importante el concierto de los Rollings.
El régimen cubano debería aprovechar esta coyuntura para vincularse con lo mejor de la cultura anglófona, antes de que lo peor del país del norte toque sus puertas. La visita de Mick Jagger debería ser el inicio –o más bien la consolidación- de una relación de ida y vuelta, relación que por cierto tiene larga data.
Espero próximamente festivales de cine donde pasen todas las películas de Woody Allen o Tarantino; quiero que Bob Dylan cante en la Plaza de la Revolución y que en la televisión cubana se transmitan las mejores series de Netflix. Y de vuelta, que Silvio toque en el Central Park, que Padura dé conferencias en Columbia y que se haga un musical sobre Elpidio Valdés en Broadway. Que el puente entre las dos naciones se lo construya sobre los cimientos de lo mejor de la cultura de cada una, que sean sus representantes más progresistas los que consoliden nuevos lazos. Sólo así estaremos ante el inicio de algo nuevo y no frente a la debacle de uno de los proyectos sociales más prometedores del siglo XX.

Luego de ver a los Stones, me quedo con ese fabuloso grafiti en algún lugar de La Habana con la foto del Che –la más clásica tomada por Korda, donde está con la boina y la barba fina mirando al infinito-, con la lengua de Mick Jagger en la boca. Ahí está el nuevo camino de la Revolución. En suma, me debo un viaje por allá. Prometo cumplirlo más temprano que tarde.

martes, 5 de abril de 2016

Reseña del libro "Mirarse para adentro" de Amalia Decker

Hugo José Suárez

Amalia Decker vuelve a las librerías con una nueva novela: Mamá cuéntame otra vez (Ed. Kipus, Cochabamba, 2015). Como lo hizo en otras ocasiones, la autora entreteje tres dimensiones a la vez: la política, la autobiográfica  y la histórica, todo alrededor de la trayectoria de su personaje principal. En el texto se cuenta la vida de Camila, una joven veinteañera de clase media alta proveniente de una familia con un pasado profundamente militante (a propósito, lo de Camila imagino que no es casual, buena parte de los padres de esa generación –por ejemplo Oscar Eid- le pusieron ese nombre a sus hijos en honor al guerrillero colombiano Camilo Torres).

En medio una historia de amor, Camila dialoga constantemente con su madre, quien a finales de los sesenta perteneció al Ejército de Liberación Nacional y vivió los durísimos episodios de Teoponte y todo el ambiente político de la época, con sus mayores miserias y sus heroísmos. El diálogo entre madre e hija es el hilo de la narración que muestra una confrontación generacional de dos realidades completamente distintas.

Decker enseña su posición crítica -y en muchos sentidos autocrítica- de la generación a la que pertenece considerándola como ignorante, ingenua, equivocada y torpe. Repasa “las atrocidades que se cometieron porque el fin justificaba los medios y por la obcecación en la idea militar que obligaba a acatar, sellar secretos eternos y no pensar” (192). Toda la novela tiene ese tono devastador frente al “ ‘espíritu revolucionario’ que me obnubilaba”, y lo que llama el “estado colectivo de enajenación mental” que atrapó a los militantes de los setenta.  Implacable, en algún momento Camila le dice a su progenitora: “sólo tenía ganas de decirles que fueron más sordas que una tapia y más ciegas que los limosneros de las iglesias” (p. 170).  De manera honesta, además de mostrar la crueldad de la represión, la escritora devela tanto los errores tácticos de las dirigencias, como las suspicacias y autoritarismos internos que llevaron a ajusticiamientos y excesos inadmisibles.

El segundo eje de la novela es la crítica a los revolucionarios actuales, por supuesto pensando en el masismo y la “Revolución democrática” del “proceso de cambio”, que habrían perdido todo el misticismo que caracterizaba la acción política de las décadas pasadas. De hecho, el hijo de una de las protagonistas –y su ex-esposo- encarnan esa posición. Reflexiona la autora: “Estoy convencida de que los ‘revolucionarios’ de hoy son más pragmáticos y menos soñadores que los de antes; de hecho, cuando ya han tomado el poder tienen pocos escrúpulos para imponer sus criterios, aunque opten por un discurso extremo ya sea épico o lírico, siempre parecido al del pasado” (p. 54). Camila, al comparar a su hermano militante con los compañeros de su madre dice: “¿Y tú crees que a mi hermano lo mueve el viento romántico que movió a tu generación? Hoy los tonos son diferentes, muchos gritos a voz pelada, mucha amenaza y aparente coraje, pero nunca los huevos que tuvieron ustedes para intentar su revolución en silencio, clandestinamente, con una entrega irrepetible, sin perseguir la fama mediática ni el poder personal” (p. 62).

Una tercera dimensión es la referida a Cuba y su situación actual. La autora retoma la crítica más tradicional y los argumentos clásicos contra el régimen: la falta de democracia electoral, la restricción para viajar, las dificultades de la vida diaria en la isla, etc.

La novela tiene varias virtudes además de su ágil redacción y su capacidad de atrapar al lector. La primera es que muestra situaciones, diálogos, cotidianidades de los setenta a los cuales no estamos acostumbrados a volver y que a menudo olvidamos con vergonzosa facilidad. Podemos estar o no de acuerdo con su interpretación, pero transitar por esos encuentros y tensiones nos ayuda a entender mejor cómo fueron las esperanzas y las disputas de esa joven generación que le apostó al cambio de rumbo, acaso en el momento equivocado.

Por otro lado, elabora un bosquejo de las posiciones ideológicas y políticas en la Bolivia actual. Se concentra en lo que ella misma representa, heredera de la izquierda guerrillera, luego dirigente y diputada de izquierda en los ochenta y actualmente escritora de clase media alta. Desde ahí sitúa a quienes están jugando las fichas de la arena política. Es cierto que deja mal parados a los “revolucionarios” de hoy subrayando sólo su perfil más tosco y caricaturizado, pero queda claro que esa es la facultad y libertad de quien escribe. Por otro lado, analiza la trayectoria –aunque no desarrolla otras posibilidades importantes en Bolivia- de la generación de guerrilleros de los años del Che. Se puede ver en qué se convirtieron, dónde llegaron, cómo cargan con su pasado y, sobre todo, cómo administran y resuelven las tensiones de antes o cómo exorcizan sus fantasmas.

Quizás el mayor límite de la novela es juzgar –y juzgarse- al pasado con los lentes del presente, lo que desdibuja incluso el propio ambiente épico que llevó a cientos de conciencias a entregarlo todo por el socialismo y la revolución, que en ese momento se lo veía no como un camino suicida sino como una posibilidad histórica real. A ratos, la autora, desde esa prisión y trinchera, no logra reconstruir las razones de la pasión por la política que caracterizó a ese colectivo.


En suma, creo que es un texto muy valioso que nos ayuda a entender una de las posturas respecto del pasado político boliviano y que empieza a llenar un vacío autoreflexivo sobre ese período tan apasionado e intenso. Es un libro infaltable en la biblioteca de quienes quieren entender mejor las vicisitudes de la cultura política izquierdista en el país. Es, además, una invitación a que distintas voces también cuenten su historia en esa historia que todavía nos resuena con tanta fuerza.

Publicado en Página Siete (3/04/2016

La madera que forja historia


Reseña del libro "El legado mesiánico. La sillería del coro de San Agustín"
Carlos Martínez Assad
UNAM,

México, 2015


Hugo José Suárez

Carlos Martínez Assad es uno de los autores más eclécticos y creativos de nuestro tiempo. Quizás su principal característica es ser curioso, arriesgado e imaginativo. Pertenece a una generación que se construyó entre la conferencia y la novela, entre el cine y la teoría, entre la calle y el aula.

La obra de Martínez Assad navega con igual soltura entre el cine, la historia o la literatura. Un año ofrece un texto sobre la ciudad que nos dejó el cine; otro nos invita a acompañarlo a un viaje por el Líbano con la valija llena de recuerdos de su abuelo; uno más profundiza en la experiencia cruzada de maestros rurales en Hidalgo y una familia migrante de medio oriente que se instala en el corazón del campo mexicano.

Su propuesta intelectual ha sido construir puentes más que levantar murallas. Ha publicado importantes estudios sobre historia, ha estudiado la relación entre el Medio Oriente y México. Apasionado por la imagen, ha producido películas y promovido acervos fotográficos.

El libro El legado mesiánico se encuentra en esta larga búsqueda histórica y explicativa. Se trata de una edición muy cuidada que presenta analíticamente la sillería en cuestión. Sus 266 páginas de papel Multiart de 150 gramos contienen texto y fotos de alta calidad a través de las cuales uno casi puede meterse en cada uno de los retablos.

Está dividido en cuatro partes: El convento y el templo de San Agustín, La gran obra de la sillería del coro, La doctrina teológica de San Agustín en la sillería, La sillería del coro. El autor propone un análisis en varios niveles que contemplan el contexto de la elaboración con sus implicaciones en la historia del arte, y la inmersión en la propia obra resultado de una intención teológica particular que debe ser deconstruida.

La sillería se enmarca en el importante emprendimiento de la orden agustina que llegó a México por Veracruz tempranamente en 1533 poco después de dominicos y franciscanos. La empresa religiosa tuvo amplio impacto construyendo varios templos y conventos con obras de arte que forman parte del patrimonio cultural de la nación. La sillería fue encomendada al maestro ensamblador y tallador Salvador Ocampo en 1701 que se obligaba a “hacer, labrar y acabar dicha sillería poniendo en ella demás de su trabajo personal y maestría los oficios más primorosos que de dicho oficio hubiese...”.

Si bien el cuidado artesanal estaba en las mejores manos de la época, el contenido religioso recaía en el padre provincial de los agustinos fray Ramón Gaspar, a quien se le debe la interpretación teológica. La magnífica sillería, compuesta por 157 retablos finamente tallados en madera, permaneció en el templo de San Agustín hasta 1861 cuando fue desmantelado luego de la nacionalización de los bienes eclesiásticos. Hay distintas versiones sobre su paradero, pero el caso es que en 1895 la obra ya ensamblada se la exhibió en el Aula General –que luego se llamara El Generalito- de lo que hoy es el Museo de San Idelfonso.

Es fundamental la pregunta sobre el por qué elaborar una otra de esas magnitudes. Se sabe que la evangelización tuvo como principales aliadas a las imágenes, que fueron la manera más eficaz de transmitir el mensaje cristiano a un pueblo multilingüe y con profundos referentes religiosos propios, como el mexicano. Pero esa no parece ser la única razón. Las pinturas y las imágenes ocupaban un rol preponderante en la tarea de transmitir mensajes, la sillería más bien estaba reservada al uso y aprecio de una pequeña élite ilustrada y practicante que tenía acceso a ella, lo que indica que su intención no sólo fue la divulgación sino, y tal vez fundamentalmente, la elaboración de un relato teológico sólido.

Lo que muestra Martínez Assad es que en la sillería hay una intención teológica que retoma los preceptos de san Agustín. El Génesis está representado en 46 retablos y el Apocalipsis en 19, siendo los libros más utilizados. La idea de fondo es mostrar una visión del pecado original como inherente a la condición humana, se trata de enseñar, como lo hiciera Agustín en la Ciudad de Dios, que la libertad del ser humano puede conducirlo a dejarse gobernar por las pasiones y vicios de la carne, y que sólo someterse a Dios es el camino para tener un “justo control sobre el cuerpo”.

La última parte del libro –casi el 80% de las páginas- está dedicada a mostrar cada uno de los retablos en una fotografía de alta calidad acompañada por el texto original, citando el libro, capítulo y versículo bíblico. Esa es una de las delicias del documento, poder pasear por cada uno de los episodios descubriendo el origen y comprendiendo que cada pieza forma parte de una inteligencia teológica apoyada en la Biblia. La precisión de las imágenes permite sumergirse en los escenarios, apreciar los detales, las casas, los rostros, los vestidos, y son una invitación a visitar la sillería en San Idelfonso con la convicción de estar frente a una de las grandes obras de arte de México.

Publicado en la Jornada Semanal (3/04/2016