domingo, 19 de febrero de 2017

lunes, 13 de febrero de 2017

Pensar la nación


Hugo José Suárez
Claudio Lomnitz (1957, profesor de la Universidad de Columbia) es uno de los autores cuyos libros compro prácticamente sin mirar el título, sé que sus letras están garantizadas. Así me pasó con La idea de la muerte en México (F.C.E. 2006), El regreso del camarada Ricardo Flores Magón (Era, 2016), y varios más que guardo en lugar especial. Unos meses atrás me encontré en una librería de Coyoacán con La nación desdibujada, México en trece ensayos (Malpaso, 2016); sin pensarlo, casi hipnotizado, minutos más tarde me vi frente al cajero. Y no me arrepiento.
El texto reúne documentos de distinta naturaleza que giran alrededor de una sola intención que explica el autor en el segundo párrafo: “El libro es una invitación a pensar la cuestión nacional contemporánea y ofrece al lector varios de los puntos de entrada por donde yo he procurado sondear de una temática que es de suyo polifacética” (p. 5).
El primer valor del documento está en recuperar los escritos paralelos a la producción académica formal en un solo volumen con un hilo conductor. Ahí uno se puede encontrar con un ensayo, una conferencia, un prólogo, un artículo. Se trata de recuperar las reflexiones que por distintas razones acaban desperdigadas en múltiples soportes y cuya compilación facilita su acceso a los lectores y permite comprender mejor el pensamiento de un autor.
También se agradece poder leer al universitario en sus episodios más personales, que a menudo se pierden –acaso se ocultan- en las grandes obras. Por ejemplo, Claudio explica que redactó esas letras porque migró a Nueva York en 1988 desarraigando a su familia: “Mis hijos a veces resentían esa decisión, y la cuestionaron en varios momentos. Quise escribir un libro acerca del México de los años ochenta para que ellos comprendieran algún día el contexto en que los había desarraigado” (p.8). En la misma dirección, en el apartado “A caballo en el río Bravo” el autor narra su trayectoria personal, su vida en Santiago de Chile –donde nació-, su llegada a México, sus estudios de antropología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, su migración a la academia norteamericana, sus lecturas, su relación con sus padres. En suma, como bien sugería George Deveraux hace tiempo, no se oculta bajo la alfombra. Por el contrario, sus experiencias, sus miedos, sus apuestas están sobre la mesa y permiten comprender más sus escritos.
El documento muestra otra manera de analizar lo social no acudiendo solo a los lugares comunes y grandes nombres sobrados de legitimidad. Un ensayo sobre Octavio Paz convive con una reflexión sobre las “travesuras de Memín Penguín” –caricatura de los años 50 en México-; con la misma soltura habla de Oscar Lewis –autor del clásico Los hijos de Sánchez- que de Mamá Rosa -mujer responsable de un albergue para niños en Michoacán intervenido por autoridades federales-.
Son muchas más las virtudes del libro, a quien quiera leerlo, le recomiendo que empiece por el apartado “A caballo en el Bravo”, pues se encontrará con Lomnitz en sus hazañas vitales y sus vaivenes académicos. Verá con mayor claridad por qué escribe a galope entre la Ciudad de México y Nueva York, por qué se siente propio y ajeno en ambos lugares. Y sugiero continuar con el Bonus: “La etnografía y el futuro de la antropología en México”, para tener clara la importancia de la antropología, de mirar los datos más allá de los números, de darse el tiempo para convivir y pensar. Entenderá que escribir, describir y descubrir forman parte de un mismo proceso, y que toma tiempo, esfuerzo y mucha pasión. Luego se puede transitar por cualquiera de los capítulos; no dudo que, cuando concluya, el lector quedará satisfecho de haber compartido unas horas con un autor indispensable.
Publicado en el diario "El Deber" 



domingo, 5 de febrero de 2017

31 minutos en concierto

Hugo José Suárez

El programa de televisión chileno para niños 31 minutos (que empezó sus emisiones en el año 2003) es de lo mejor que ha pasado por la pantalla chica. Sus personajes, que son títeres sencillísimos, evocan la vida al interior de la tele desde una posición crítica que deja al desnudo lo frívolo y patético del discurso emitido desde los lujosos estudios que caracterizan ese mundo. Es el mejor intento de criticar la tele desde la tele, usando los recursos más simples y teniendo la imaginación como divisa principal.
En un momento en el que el aparato mediático se había convertido en el lugar de legitimidad del discurso neoliberal, de promoción de figuras vacías de farándula que alcanzaban la gloria y la fama en unos meses, de venta de productos inservibles con fantásticas publicidades que ocultaban la miseria de lo que vendía, y un largo etcétera que caracterizó la televisión chilena –y la latinoamericana con honrosas excepciones-, 31 minutos apostó por lo contrario: un programa hecho con calcetines con botones y material de reciclaje, con alto contenido crítico, mucha música e inteligencia.
Los directores entendieron bien que no es necesario apagar la tele para criticarla, sino que uno se puede meter a la entraña del monstruo y desde ahí disparar contra el sistema con mayor eficacia. Comprendieron también que un programa para niños no sólo es para ellos –como Los Simpson-, o más bien no es privativo para los adultos. Tuvieron claro que los niños no son idiotas ni humanos incompletos a los que hay que hablarles como subnormales, que son seres muy listos, exigentes, sinceros y entretenidos.
Hace unas semanas tuve el gusto de asistir a un concierto de 31 minutos en la Ciudad de México. En cuanto vi anunciada su presencia, compré boletos para mí y mi familia, seguro de que mis hijas la pasarían tan bien como yo. Y así fue.
Llegamos temprano, yo tenía muchas preguntas sobre cómo sería el show, pues se trata de un programa de títeres que pasa en televisión, ¿qué harían en un teatro tradicional? Nuevamente su creatividad me cautivó. El escenario estaba dividido en dos, adelante los músicos, y atrás el lugar para los muñecos. A los costados, dos pantallas. Uno podía seguir el espectáculo sea por la pantalla gigante, o dirigir la mirada al primer o segundo escenario. Construyeron una historia con el personaje principal –Tulio, un vanidoso conductor de noticiero- que era una sátira al delirio de grandeza de quienes trabajan diariamente en ese medio, e introdujeron sus magníficas canciones en el relato. Tuvieron al público mexicano aplaudiendo, gritando y cantando, especialmente cuando al interpretar “Diente blanco no te vayas” la empalmaron con el estribillo “Dime cuando tú vas a volver” de la canción Querida, del compositor recientemente fallecido Juan Gabriel, lo que fue motivo de algarabía general en todo el auditorio. Cada minuto de 31 minutos fue excitante, un deleite, una fiesta de la creatividad y la crítica lúcida.
Volví a casa –luego de atravesar, a la salida del concierto, por los mercaderes que vendían todo tipo de recuerdos a precios descabellados- a seguir escuchando canciones y charlar con mis hijas sobre el contenido y no dejar de admirar a esos maravillosos productores que supieron combinar Mafalda con el Show de los Muppets. Por suerte, la imaginación no tiene límites y no necesita más que entusiasmo y libertad para fluir. Quizás esa es la mejor enseñanza de 31 minutos.

Publicado en el diario "El Deber" 

lunes, 16 de enero de 2017

Dos conferencias


Hugo José Suárez
Cuando era estudiante iba a cuanta conferencia podía. Me pasaba tardes y mañanas escuchando lo que decían muchas personas. Como la Ciudad de México es muy grande, a menudo desplazase hasta el lugar del encuentro implicaba más tiempo de transporte que de evento, pero valía la pena.  Escuché a académicos, políticos, líderes sociales y religiosos. Pude ver “personalmente” –como parte de un público amplio- a Enrique Dussel, Leonardo Boff, Sergio Méndez Arceo, Rigoberta Menchú, Eduardo Galeano, Pablo González Casanova, Michael Lowy, y tantos más. Los años fueron pasando y paulatinamente mi tiempo para asistir a conferencias se iba reduciendo. Hoy, dedicarle unos minutos a un coloquio o seminario es un lujo que no me puedo dar muy a menudo. El asunto es más dramático porque trabajo en la Ciudad Universitaria de la UNAM, donde todos los días hay actividades académicas a cuál más interesante y con personalidades muy destacadas. Como diría Sabina, vivo “como párroco en un burdel”; si asistiera al 20% de lo que pasa por aquí, no tendría tiempo para mis propias investigaciones y quedaría despedido rápidamente.
Pero a pesar de todo, hace unas semanas le robé un espacio a mi agenda y asistí a dos conferencias en un día, no lo hacía desde mis años estudiantiles –donde, entre otras, me permitía también ver dos o tres películas en una tarde..., qué tiempos aquellos-. La primera fue de Ilán Semo, un académico muy sugerente de la Universidad Iberoamericana que habló sobre El dilema del tiempo presente. Explicó cómo se está transformando la sociedad contemporánea a través de la “condición electrónica”; a mediados de la década pasada, decía Semo, el apabullante ingreso de formas nuevas de comunicación como WhatsApp, Twiter, Facebook, Instagram, etc., creó una nueva manera de producir subjetividades. Eso llevó a entender la vida colectiva de otra manera, se disolvió la relación entre el productor de un mensaje y el receptor del mismo –todos somos productores y receptores a la vez-; cambió la noción de verdad –todos tenemos una verdad que la exponemos en la web sin filtro ni prueba-; se acabaron las “voces centrales” –o instituciones monopolizadoras de los sentidos- que guiaban en las múltiples esferas de la vida; se disolvió la idea de acontecimiento como un momento especial intensificando lo fugaz que puede no tener correlato con la realidad (aunque paralelamente crecen los eventos donde se necesita el contacto cara-a-cara, como los masivos conciertos, encuentros políticos o deportivos).  Estamos atrapados en la red –somos su extensión- y atravesamos por la reconfiguración de las formas societales.
En la tarde, vi a Manuel Delgado, antropólogo catalán, que habló de El espacio público y otros espejismos urbanos. El ejemplo de Barcelona. Su análisis se centró en la crítica del concepto de “espacio público”. Realizó una genealogía de esta idea para entender que, desde su origen, tuvo que ver con una manera republicana de entender el lugar de los intercambios en la calle que fue mutando hasta asumir ahora formas perversas. Tomó el ejemplo de Barcelona –de donde es originario y donde trabaja- para mostrar que en realidad  la idea de “espacio público” ha permitido la delegación de los lugares donde antes todos tenían derecho a participar, a grandes empresas que, por un lado mercantilizan cada metro cuadrado con negocios millonarios, y por otro crean una ciudad para el turismo sacrificando a los lugareños, sus formas de vida y cultura. Así, la Barcelona que se vende como el ícono de ciudad moderna, limpia, culta, organizada y exitosa, no es más que una muestra de cómo se puede sacrificar al vecino y convertir la urbe –o más bien su centro histórico- en una preciosa pieza de museo que sirve para impactar a los paseantes y generar dinero. Retomando la lectura crítica de Henri Lefebvre, Delgado denunció cómo las grandes corporaciones empresariales han convertido el centímetro de la ciudad en un valor de cambio privándolo de vida y cultura local.
En suma, aquel día aprendí más de lo que me imaginaba. En mi clase siguiente, recomendé a mis estudiantes que no dejen de asistir a cuanta conferencia puedan, palabras que las vuelco para mí mismo. Nada mejor que un seminario para aprender, discutir y crecer.

Publicado en diario"El Deber"


lunes, 5 de diciembre de 2016

Netflix


Hugo José Suárez

No me gusta la televisión. De hecho la he evitado desde hace mucho tiempo, y ahora de plano ya no tengo el aparato en casa. Cada que me toca ver algún fragmento, normalmente en los consultorios o salas de espera, me convenzo de haber tomado la decisión correcta. Mi distancia con la caja mágica se acentuó cuando vine a vivir a México y sentí mi inteligencia ofendida cada que caía en cualquier programa de Televisa o TV Azteca, acaso la basura mediática más lograda.

El caso es que luego de un tiempo de resistencia, decidí suscribirme a Netflix, y ahora soy un consumidor compulsivo de sus series. No veo tele, veo Netflix en mi dispositivo electrónico. Lo que me llama la atención es el lugar que ha ocupado esta forma de consumo de imágenes y cómo ha transformado tantas cosas.

Vamos por partes. En estos tiempos de individualización, donde cada uno decide contenidos y momentos para consumo mediático, Netflix permite no estar obligado a tener que esperar un episodio a la hora que el programador lo decida, sino más bien cuando uno pueda hacerlo. Así, no pasa nada si un día no pudiste ver un capítulo, o si se te atravesó algo; ya habrá ocasión para retomar la historia.

De hecho una de las razones por las que no seguía una serie completa en cualquier canal, era por la dificultad de obligarme a estar frente a la pantalla a una determinada hora. Eso se acabó. Recuerdo que cuando era niño se transmitía la serie americana Dallas, y todos sabían en qué estado estaba el famoso personaje “Jr.”. Lo propio con telenovelas como Rosa de Lejos. Es más, el día en que iban a transmitir el último capítulo fue casi un feriado nacional. Hoy, ese escenario es imposible. Con mis amigos cercanos comentamos las distintas series vistas pero uno va empezando, el otro al medio, y el otro ya la terminó.

Cada cual a su ritmo, lo que no impide que podamos discutir e intercambiar opiniones.
Por otro lado, hay que decir que las telenovelas mexicanas prisioneras de los intereses de Televisa son de tan mala calidad que da vergüenza ajena. La simple comparación con cualquier programa en Netflix es notable en todos los aspectos: actuación, libreto, escenario, ritmo, contenido y un largo etcétera.

En mi tableta he visto historias que me han llevado a las emociones, a las lágrimas o la rabia, al miedo o la risa, a la razón o al entretenimiento, además con un agudo sentido crítico de la realidad. Por ejemplo, la crudeza de la política nunca fue tan bien presentada como en House of Cards, los límites de la tecnología en la vida diaria se los expone en Black Mirror, la transformación de un tipo ordinario en un magnífico dealer está en Breaking Bad.

Llama la atención que lo que puso en jaque al monopolio televisivo en México no fueron los esfuerzos de canales culturales o de producciones alternativas de la izquierda, sino una empresa norteamericana que simplemente puso la calidad por delante y entendió que el espectador es alguien medianamente inteligente que quiere ver en la pantalla historias que le hablen de la vida diaria sin matices cursis. Por último, es extraña la manera cómo Netflix se ha introducido a la vida marital. Antes, coordinar con la pareja para sentarse frente a la televisión en el mismo momento a ver una novela por más de una semana consecutiva era motivo de pleito. Hoy la negociación es más fluida, los tiempos se equiparan con más facilidad, todo se resuelve en la cama con una pequeña pantalla sin mediación alguna. Varios de mis amigos han hecho del momento de ver Netflix el espacio de encuentro de pareja, más importante que ir a pasear al parque.

No faltará quién con legítima suspicacia piense que Netflix me pagó esta columna. No es el caso –lamentablemente casi no cobro por lo que escribo-. Lo cierto es que Netflix ya se instaló en nuestras vidas –al menos en la mía- y, la verdad, estoy feliz enredado en su telaraña. Más adelante comentaré algunas historias que me llamaron la atención; ahora dejo estas letras, me espera una nueva temporada de mi serie favorita


Publicado en diario  El Deber

lunes, 28 de noviembre de 2016

Lo dejo a su conciencia


Hugo José Suárez
En mi muro del Facebook aparece la información sobre una página donde se puede descargar gratuitamente el libro de uno de mis autores favoritos: Howard Becker. En este momento de mi trayectoria como investigador, estoy repensando las herramientas de mi disciplina para la comprensión de la vida colectiva, así que el libro me viene como anillo al dedo; titula: Para hablar de sociedad, la sociología no basta. Por supuesto que sin dudarlo bajo el documento en PDF y veo el índice con avidez. La rápida mirada de los capítulos y de unas páginas me conduce a una clara determinación: lo necesito.
Cuando me sucede algo así, no puedo quedarme quieto. Salgo de mi casa luego de la comida y me dirijo directamente a una de las librerías más conocidas de Coyoacán. Le pido al librero que lo busque y cuando lo tengo entre mis manos, estoy convencido de que lo compraré, poco importa cuánto deba pagar por él. Lo curioso es que cuando miro el precio, aparece más barato de lo que me habían dicho originalmente: en vez de 700 pesos -500 con descuento- la pegatina dice 100 pesos.
Me asombra, así que le pido al vendedor que coteje el valor para ver si era el correcto. Se pone nervioso, ingresa a uno de los cuartos y sale un empleado muy formal –con todo y corbata- del departamento administrativo. Me dice solemnemente: “El libro cuesta 700 pesos, pero tiene descuento del 20%. Uno de los trabajadores se equivocó y puso 1 en vez de 7. Por ley le tengo que cobrar lo que está anunciado, pero la diferencia la va a pagar nuestro empleado que cometió el error. Lo dejo a su conciencia”.
Inmediatamente mi cabeza empieza a funcionar sobre la decisión que debo tomar. El dilema es pagar el precio fruto de un error que será cobrado al trabajador o pago lo que tenía pensado invertir sin afectar a nadie. Tengo dudas, así que sigo interrogando: “¿si no lo pago, se le cobrará al empleado de su salario o cubrirá la empresa la diferencia?”. La respuesta, verdadera o falsa, es obvia: “es el trabajador”. Ya decidí, yo lo cubro.
Me quedé reflexionando mucho tiempo básicamente en dos ideas. Por un lado, la perversa relación capital-trabajo que funciona con reglas en las cuales nunca la empresa pierde, todo déficit será cubierto por los trabajadores o por los clientes. Por otro lado, recordé el episodio de una serie de televisión que vi hace muchos años donde una persona en situación dramática tenía que decidir si hacía el bien o si afectaba a un tercero que no conocía, y al tener certeza de que sería un desconocido, optó por no importarle el destino del otro.
Cuando dejé la librería –libro en mano y billetera vacía- seguí elucubrando si me había visto muy ingenuo en vez de aprovechar la oportunidad del error ajeno en favor de mi economía, y cosas así. Pero todas mis disquisiciones terminaron cuando llegué a mi oficina, pues al buscar el lugar dónde ubicar mi nuevo tesoro, llegué al estante que alberga mis varios libros de Becker, y, sorpresa, ¡ese título ya lo tenía!
No es la primera vez que me pasa, he adquirido en varias ocasiones libros que descansan en mi biblioteca. Volví a acudir a mi red de Facebook y puse a Becker en oferta en mi muro: “vendo el libro Para hablar de la sociedad a preció económico”. Rápidamente una estudiante se pronunció y fue a parar sus manos.

Termino. De manera inesperada, Becker me volvió a invitar a hacer sociología de la vida diaria, utilizando las experiencias personales –y la necesidad de redactarlas reflexivamente- como fuente para entender la sociedad. No cabe duda, es un maestro de inagotables formas y agradables sorpresas. Al final de cuentas, el libro me salió barato.

martes, 22 de noviembre de 2016

El rincón de las solteronas


Hugo José Suárez
En el restaurante San Miguelito, en Morelia (Michoacán), me encuentro con lugar muy particular. Al fondo, luego de pasar entre mesas y comensales y observar objetos barrocos y coloniales, está El rincón de las solteronas. Empiezan los problemas. Mis hijas me preguntan “¿qué es una solterona?”.
Tengo que acudir a mis explicaciones sociológicas intentando no estigmatizar a nadie y recuerdo algunas cosas dichas por Pierre Bourdieu en su libro El baile de los solteros-. Les explicó que en otros tiempos el matrimonio era una institución fundamental que se lo entendía como el proceso de formalizar un lazo de un varón con una mujer –y en esas épocas sin ninguna otra combinación posible-. De acuerdo a los contextos, aquello debería suceder en años específicos de la vida de un individuo, y quien se pasaba, prácticamente perdía la oportunidad de formar una familia tradicional convirtiéndose, automáticamente, en una –o una- solterón o solterona.
Mis palabras suenan aburridas. La cosa se pone interesante para mis hijas cuando, más allá de cualquier argumento sociológico, entramos a la sala y nos encontramos con preciosas figuras de San Antonio de cabeza. Todo empieza a fluir. Es ampliamente conocida la práctica de voltear al Santo en caso de no cumplir con el deseo de encontrar pareja. Pero tener al frente una figura de metro y medio, con toda la indumentaria de sacerdote, reposando sobre su cuero cabelludo como si estuviera en posición yoga, es desconcertante. Lo rodean una serie de objetos que terminan de darle color a la experiencia.
Un exvoto muy cuidado pintado en madera, narra –con todo y fecha- el proceso del milagro. A la izquierda, una mujer vestida con traje oscuro, da las espaldas y se dirige a San Antonio con el siguiente texto: “Bendito, te pido con desesperación que llegue a mi vida el hombre que me quiera y se case conmigo”; es el  7 de septiembre del 2008. A la derecha, la misma mujer está, ahora mirando de frente, con un bello traje de novia completamente blanco, un ramo de alcatraces en las manos y en posición de oración. Dice: “Te agradesco (sic) profundamente el que me concedieras el milagro de que llegara el amor de mi vida”. Ha pasado exactamente un año.
Otro exvoto menos colorido y cuidado, tiene un dibujo tosco de un varón arrodillado frente al Santo a quien le escribe con tinta blanca sobre cartón beige: “Glorioso San Antonio que apartas las mujeres del mal... Me apartas dos para mañana...”.
Finalmente, antes de irme, me llevo un papelito con la Plegaria firmada por J. Cruz Márquez: “Oh glorioso San Antonio, santo de mujeres, no te estés haciendo pato y consígueme un marido, aunque te tardes un rato (...). No te pido un guapo mozo, no lo quiero con dinero, sólo un feo o andrajoso, y hasta un simple ranchero. Tampoco quiero exigirte un flamante diputado, sino un humano cualquiera, sea solo, viudo o divorciado. No me importa que esté picado, que sea cojo o hasta ciego, pues si tú así me lo das, yo lo acepto desde luego. Escúchame Toño mío, óyeme santo glorioso, consígueme a un baboso, que se atreva a ser mi esposo. Mira que si no lo haces, y conmigo eres ingrato, por Dios que te ha de pesar, pues de cabeza te has de quedar...”.

Dejó el restaurante, mis hijas ya no requieren más explicaciones. Es hora de partir.

Publicado en diario "El Deber"