miércoles, 16 de abril de 2014

Nueva York. La ciudad de lo inesperado

Me escribe un amigo solicitándome un texto sobre la Ciudad de México. En primera instancia, rechazo la invitación, por un lado, porque el último año estoy viviendo en Nueva York, pero además porque estoy atravesando por un momento de profunda crítica a la vida urbana del Distrito Federal, tanto que de sentarme a redactar algo, seguro me saldría mal. Así que prefiero concentrarme en Nueva York.

Pero la tarea se me hace difícil. Hace meses que vengo escribiendo diariamente sobre mi vida cotidiana en esta ciudad -lo que espero pronto se convierta en un libro-; la cantidad de experiencias me desborda. ¿En qué concentrarme? ¿Cuento una visita al Memorial del 11 de septiembre? ¿Una exposición en el Museo de Arte Moderno? ¿Una charla banal con padres de familia de una escuela pública? ¿Un día de compras en IKEA? Me invaden las ideas y tomo la decisión más adecuada: voy a la Grand Central, en el corazón de la ciudad, a tomar un café, mirar y pensar.

Me siento en un local del subsuelo mientras la gente pasa y alguien toca violín pidiendo unos pesos. Leo el periódico que regalan en el metro y me detengo en la noticia de que el día anterior Obama fue de compras a la tienda GAP de la calle 42, a unas cuadras de donde estoy. Fue una sorpresa para todos, el personal quedó evidentemente alebrestado. Pienso en el juego de lo fortuito propio de esta urbe: un día Paul McCarney toca en Times Square sin avisar a nadie; otro Bansky vende su obra en el Parque Central anónimamente, y así hasta el cansancio. 
Mientras me entretengo entre las letras, se anuncia que se suspenden todas las salidas de los trenes, la gente se queda expectante, con la mirada en un horizonte que no existe mientras escuchan la noticia por altoparlantes. Se cierra la puerta que conduce a los andenes, algunos conductores salen y se piden un café en el mismo lugar en el que yo me encuentro. Como no termino de entender el mensaje y no sé el por qué de la decisión; continúo con mis lecturas y la vida en la Grand Central sigue su curso.

Son las once de la mañana, salgo hacia la Biblioteca Pública de Nueva York que está en la 5ta. Avenida, camino por la calle 42. Cuando me conecto al WiFi -gratuito- de la biblioteca, me entero de la tragedia: a las nueve se incendió un edificio que luego se derrumbó en la calle 116 en Harlem, relativamente cerca de donde yo vivo. Hay muertos, heridos –la mayoría latinos-, sirenas, bomberos y mucho humo. Es la razón por la que se suspendieron los trenes. Curioso, la noticia la encuentro en la página de un periódico boliviano.

En mi camino de regreso a casa, la gente no se muestra más estresada que otros días, pero hay una extraña sensación en el ambiente. Leo en una publicidad en el metro (en castellano): "En esta ciudad todos nos partimos la espalda. Es tiempo de que tengas un buen seguro". Sonrío.


Se dice que Nueva York es la ciudad que nunca duerme. Yo creo que es la que siempre sorprende.

(Publicado en El Desacuerdo, N. 17, Abril 2014)


miércoles, 19 de marzo de 2014

José María Arguedas. Sociólogo.

Una reciente conferencia me hizo descubrir a un autor que siempre escuchaba nombrar pero que nunca tuve el tiempo de leer con detenimiento (me queda la tarea pendiente). Sin duda, José María Arguedas es de una riqueza extraordinaria y ya mucho se ha escrito sobre lo escrito, pero quiero detenerme en algunos aspectos que me llaman la especialmente la atención desde el lente sociológico.

Quizás hay que empezar por aquella importancia que Arguedas le da a la experiencia -"lo que he sentido"- para su proyecto creativo y cognitivo a la vez.  Se habla desde lo que se vive, por eso es imposible separar las dimensiones de lo humano: cantar, hablar, escribir, descubrir, pensar, contar y crear son procesos imbricados. Así, cuando afirma "...los que sabemos cantar en quechua", no sólo se refiere a una competencia músico-lingüística, sino a una auténtica cosmovisión. En esa dirección, es clave la siguiente frase: "Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de todos nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias". La capacidad de conocer está en "todos nuestros sentidos" que son los que nutren y "cargan" el "ánimo". De alguna manera, Arguedas estaría dialogando con la teoría del habitus que se hace cuerpo de Pierre Bourdieu: en código sociológico, diríamos que es el proceso de experiencias vividas en distintas posiciones sociales en una trayectoria particular, el que construye las disposiciones que nos permiten una visión coherente del mundo. En una carta especialmente sugerente, Arguedas dice: "¿Hasta dónde entendí el socialismo? No lo sé bien. Pero no mató en mí lo mágico". Esta frase es visionaria en un momento en el que la idea del socialismo impregnaba toda la discusión política e ideológica. Arguedas no niega su influencia y su diálogo con las ideas socialistas, pero, a diferencia de la ortodoxia propia de la época, acepta que "no mató en mí lo mágico", por tanto la religión, la fiesta, el encantamiento. Esta es acaso la tensión que atraviesa íntegramente su obra, la doble pertenencia, o esa manera compleja de circular entre distintos mundos culturales. Años más tarde, la sociología francesa, sabiendo que -como sugirió Weber- la modernidad es por principio una sociedad caracterizada por el desencantamiento del mundo, habló no de la secularización y el exilio de lo religioso, sino m{as bien de la "modernidad religiosa", es decir que las creencias circulan de otra manera en lugar de desaparecer. Arguedas ya lo decía con claridad, ni el proyecto más racional en su versión progresista occidental -el socialismo- en el momento de mayor legitimidad, logró matar en él "lo mágico".

Arguedas también sostiene que su proyecto intelectual no es solamente estético, sino a la vez analítico: "Yo vivo para escribir, y creo que hay que vivir desincondicionalmente para interpretar el caos y el orden". Comprender y explicar -diría Weber- "el caos y el orden" está en el corazón de su escritura.

Finalmente, ahora que tanto el mundo intelectual como el académico están regidos por las lógicas laborales y por la tiranía del mercado, Arguedas, criticando a los escritores de su tiempo tentados por las consultorías, dice: "escribimos por amor, por goce y por necesidad, no por oficio".

Cuánto refresca releer a aquellos que supieron mirar y escribir en otros tiempos para todos los tiempos. José María Arguedas es uno de ellos.

(Publicado en suplemento Ideas de Página Siete, Bolivia)

jueves, 13 de febrero de 2014

Marcel Proust y el dilema de las identidades

Es ampliamente conocida la imagen que Marcel Proust (1871-1922) describe en A la búsqueda del tiempo perdido donde el personaje moja una magdalena en su té y al hacerlo despierta en su memoria las historias de su infancia, pero poco se habla de otras facetas del célebre escritor francés. En una sugerente conferencia en el Centro de Estudios Mexicanos de la Universidad de Columbia, Rubén Gallo presenta un avance de lo que será su libro de próxima aparición: Marcel Proust y América Latina. Lo interesante de su análisis radica en que se concentra no sólo en el escritor sino en los latinoamericanos que tuvo cerca. Recuerda el conferencista que Proust era tremendamente localista, realizó muy pocos viajes en su vida, conoció pocas culturas diferentes a la suya, pero su condición homosexual le permitió pensar la diferencia desde otro lugar, sin necesidad de un desplazamiento territorial sino más bien de condición sexual. 

Los intelectuales latinoamericanos de la época, y con quienes Proust tiene contacto (incluido su amante de origen venezolano Reynaldo Hahn), llegan a un ambiente intelectual parisimo muy exigente y distinto al que se abrió las décadas posteriores. Para tener un lugar se deben "afrancesar" militantemente, conocer bien la lengua, escribirla con elegancia, manejar los códigos culturales locales. Por eso la discusión que es especialmente interesante, pues los autores de este lado del mundo tienen un dilema complejo: se "integran" dejando atrás su origen, o viven marginales en una batalla de antemano perdida.

El escritor mexicano Ramón Fernández (1894-1944) es precisamente uno de estos intelectuales que bien encarnan la tensión. Hijo de diplomático mexicano con una cronista de modas francesa, se forma desde su infancia en París, escribe en esa lengua y consolida un prestigioso lugar en el mundo literario de la época, sosteniendo muy poco contacto con México. Entonces qué, ¿es mexicano, es francés? El problema se complica administrativamente -el propio Estado no sabe cómo lidiar con ello- porque su novia, es profesora de colegio y al querer casarse con él perdería su nacionalidad debiendo asumir la de su nuevo marido y, consiguientemente, dejaría el trabajo pues por ley un maestro escolar debe ser francés.  

Por parte de las comunidades intelectuales las reacciones también son complejas. No faltan quienes adoptan a los ahora nuevos franceses y los llaman "los nuestros". En el caso de Fernández, su obra se integra de tal manera al patrimonio cultural galo que uno de sus poemas termina siendo lectura obligatoria y oficial en la educación primaria. De parte de los latinoamericanos, hay una importante tendencia de considerar poco legítimos a quienes se fueron, quitándoles la posibilidad de hablar como mexicanos, cubanos o venezolanos. En ese contexto, la resolución que encuentra Fernández es adecuada y eficiente para su tiempo: "Soy ciudadano mexicano viviendo en París".

El dilema se resuelve en parte en las décadas siguientes. Cortázar escribía desde París reivindicando su manera argentina de hacerlo. Los varios migrantes de Europa de Este como Kundera, Koudelka, o árabes como Maalouf plantean el tema desde otro lugar, provocando un quiebre en el orgullo chovinista francés.   Maalouf que escribe sobre el mundo árabe desde Francia -y recibe los premios más prestigiados- desarrolla quizás una de las tesis más complejas sobre el tema en su obra Identidades asesinas.


Como fuera, recorrer los dilemas de las identidades, los desplazamientos -territoriales, sociales, sexuales-, las mutaciones y la manera de encontrar salidas, es una de las cosas más entretenidas y vitales de la práctica intelectual.

(Suplemento Ideas, Página Siete, febrero, 2014)

miércoles, 15 de enero de 2014

Miedo (15 de enero de 1981)

No voy a hablar de lo que se siente al apagar las luces de la casa cuando un auto llega a la puerta y uno cree que pueden ser los paramilitares que vienen a allanar el hogar. Tampoco de aquella escena cuando estábamos con mis padres en la residencia de mi abuelo en la Av. Bush y las tanquetas pasaban por la calle con potentes reflectores apuntando a los dormitorios. No voy a evocar las interminables horas del 14 al 15 de enero de 1981, cuando mi papá salió para no volver; durante todo el 15 nos comunicábamos con mi madre regularmente con una sola pregunta: ¿hay esperanzas de que papá esté vivo? hasta que a eso de las cuatro de la tarde la respuesta fue: "no, lo han matado, está aquí conmigo". Esa tarde no tuve miedo, la muerte ya no me daba miedo, la pena me inundaba.

Los meses y años siguientes, miedo y pena fueron compañías ineludibles. A veces una, a veces la otra. En muchas ocasiones me acerqué a mi madre dormida corroborando que siguiera viva. Pero en la misa de seis meses del asesinato de mi padre, el miedo nuevamente tuvo rostro. En cuanto acabó la eucaristía en la Iglesia María Auxiliadora todos salimos al Prado. Llovía, eran como las ocho de la noche. Los familiares habían mandado a hacer arreglos florales con los nombres de los ocho compañeros asesinados el 15 de enero, la idea era ir en romería hasta Sopocachi a la casa donde los tomaron presos (actualmente calle Mártires de la Democracia, entonces Harrington). Salimos con mi madre y hermana, y a los primeros pasos vi caer a mi madre mientras empezaban los gases lacrimógenos que dispersaron a todo el mundo. Mi tía nos tomó fuertemente del brazo a mi hermana y a mí y nos llevó a su auto. Mientras bajábamos a su casa, habíamos perdido completo contacto con mi madre.  Las preguntas sobre su paradero nos aterraban. Sentí miedo, miedo de que ella también me fuera arrebatada por la dictadura. Por suerte no fue así, apareció unas horas más tarde y nos contó cómo estuvo ese tenso episodio.

Unos meses después, creo que en la misa de un año, se decidió organizar un evento en la puerta de la casa donde fueron detenidos, en la calle Harrington. Las cosas habían empezado a relajarse en el país pero todavía el poder militar hacía lo suyo. Antes de ir al evento, mi madre nos dijo con claridad: "no sabemos qué va a pasar. Puede que haya bombas, gases, tiros, o puede que no pase nada. Yo voy a ir, si quieren pueden quedarse en casa". Mi abuela, mi hermana, mi tío y yo decidimos ir sin saber con qué podíamos encontrarnos, sólo teníamos la convicción de estar juntos. Horas antes mi madre había hablado con Antonio expresándole su temor, él le respondió: "eso quieren, que sintamos, miedo, yo también tengo miedo, pero es lo primero que tenemos que vencer". Y así fue. La pequeñísima calle estaba repleta de gente. Un camión servía de tarima para los oradores, en algún momento pidieron que los familiares subamos a la misma. Los dientes de mi hermana tiritaban, mi abuelo la abrazaba y yo sentía las piernas débiles, sólo quería que todo se acabara y regresar a casa. En la tarima, mi madre nos dijo al oído que si algo pasaba, si alguna bomba explotaba, corriéramos hacia arriba, pues había menos gente. Cuando el evento terminó, volví a respirar tranquilo.

Traigo estos relatos para compartir el miedo sentido en aquella infancia donde la política y sus formas violentas eran parte de nuestra vida diaria, aquellos años que hoy son historia, pero que no debemos olvidar. 

(Suplemento Ideas de Página Siete).

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Mandela Descafeinado

Muere Nelson Mandela y la avalancha de homenajes no se hace esperar. Todos quieren decir algo, hasta los que no tienen nada qué decir. Mandela muerto es reinventado, para unos fue un estadista, para otros un humanista, un luchador de los derechos humanos, un conciliador, un “líder universal”, y así hasta el cansancio.

Obama crea un Mandela a su conveniencia, lo propio los medios internacionales y hasta Shakira o el último usuario de "facebook" que pone en su "muro" alguna evocación particular. Pero convertirse en un lugar común a mí me despierta suspicacia.  Bien lo resume Slavoj Zizek: “Su gloria universal es también un signo de que en realidad no perturba el orden del poder global”.

Y en el mundo de las reinterpretaciones de un personaje público por excelencia, dirijo la atención a la lectura de Masimo Modonesi (La Jornada, 7-12-2013) que recuerda no los episodios del último Mandela sino del incansable y estratégico luchador social: “Era un hombre forjado en la izquierda sudafricana, un militante comprometido que, después de intentar el camino democrático de las movilizaciones de masas, se fue radicalizando en los años 60 y optó por la lucha armada, por la revolución como proceso insurreccional”. Y continúa Modonesi: “el movimiento encabezado por Mandela, el African National Congress (ANC), propugnaba y era expresión de una lucha de liberación nacional combinada a una lucha de clases y no desdeñaba tener en su seno un componente importante de comunistas que constituían la columna vertebral de la organización y destacaban por dedicación y formación política. En plena guerra fría Mandela era un terrorista, enemigo de los intereses norteamericanos y amigo de los gobiernos antiimperialistas, Cuba y Libia para poner ejemplos contrastantes”.

Cierto, Modonesi concluye que si uno analiza el conjunto de la vida política de Mandela, se puede decir que “fue sustancialmente un hombre de oposición, y no un estadista”. Confieso también que me siento más atraído por la imagen del luchador que por el Presidente. Se me tachará de anarquista, pero me seducen menos los estatistas que los activistas. Mis amigos que pasaron de militantes a ministros me han enseñado la dura lección de cómo el poder transforma las conciencias, los estilos, las formas. Nada más duro que batallar contra ese demonio que se instala dentro y que convierte al militante en funcionario de estado.


Entre tanta cosa, me quedo con el homenaje a Mandela que se le hace en la tradicional calle 125 de Harlem, en Nueva York. Es el barrio negro, temido en los noventa y resignificado en el nuevo siglo, que cambió el nombre de sus calles a luchadores sociales negros de la historia de Estados Unidos, y en cuyas aceras se venden productos de la cultura afro-americana. El famoso Teatro Apolo se pone de luto y anuncia en su luminoso letrero: "Él cambió nuestro mundo". Abajo al ras del suelo, de forma más discreta, alguien pega en la pared la fotocopia de una imagen de Mandela sonriente, le cuelgan collares y veladoras, agua y flores. Los negros neoyorquinos de Harlem bajan a Mandela de la tarima de los “grandes hombres de la humanidad”, rompen su estatua petrificada, lo sacan de las portadas de los periódicos más importantes del mundo y lo hacen suyo. Ahí, en esa lucha cotidiana, es donde Mandela se hace inmortal.
Suplemento Ideas de Pagina Siete (22-12-2013)

domingo, 17 de noviembre de 2013

El mundo árabe en su complejidad

Hace diez años, Carlos Martínez Assad invitaba a un viaje –personal, casi introspectivo- por las tierras de sus orígenes en el libro Memoria del Líbano (Océano, 2003). Se trataba de un relato íntimo, familiar, analítico e histórico a la vez; un largo cuaderno de viaje donde dialogaba con su madre, con su abuelo, con aquellos deliciosos recuerdos de las historias familiares donde sus antecesores dibujaban un mundo mágico y fantástico que el autor, hijo y nieto, sólo pudo descubrir físicamente años más tarde, en dos viajes que fueron la base del texto.

Hoy el escritor mexicano de origen libanés pone otro libro sobre la mesa. Ahora no se trata de rastrear su propio pasado, sino de mirar la historia de la región árabe y las tensiones que están en juego en el mundo contemporáneo.  El título explica el contenido: Los cuatro puntos orientales. El regreso de los árabes a la historia (Océano y UNAM, 2013). Entre las múltiples posibles lecturas de un texto rico, extenso y documentado, sugiero poner la atención en tres ejes interconectados.

Primero: la política. Martínez Assad tiene claro que su libro toca un tema y una región que está en el centro de la geopolítica mundial. No esquiva el complejo problema de la violencia expandida, lo pone en el centro y denuncia con datos, argumentos e interpretaciones, los intereses imperiales y las formas brutales de intervención de Estados Unidos y sus aliados en las distintas guerras que han costado miles de vidas: "Quienes escriben (hacen) la historia no siempre son visibles en los medios que dan noticia de los hechos cotidianos. Son las potencias (...) las que sostienen la pluma" (p. 18).

Por eso el autor sitúa en extensas páginas la historia de las guerras en medio oriente, las brutales intervenciones en episodios traumáticos para la región como la Guerra en Iraq y los intereses petroleros y políticos de Estados Unidos. Pero no deja de recordarnos la potencia cultural árabe, por ejemplo, repasa la historia y el esplendor de Bagdad, la Ciudad de la Paz, que en el siglo VIII tenía cuatro veces más habitantes que París y la biblioteca más sofisticada de su época durante siglos.

Segundo: la cultura. El atentado terrorista del 11 de septiembre del 2001 fue el argumento final que coronaba la tesis del “choque de las civilizaciones” que con entusiasmo había anunciado Samuel Huntington hacía años en su libro que llevaba precisamente ese título. La reflexión académica se convertía finalmente en una agenda geopolítica piloteada por Bush; la narrativa era perfecta, la cultura violenta venía del mundo árabe y la redentora de los Estados Unidos. Martínez Assad denuncia: "es lamentable que sean más conocidas las acciones de los islamistas fundamentalistas partidarios de la guerra (...), que las argumentaciones de quienes desde los países musulmanes auspician el diálogo entre Oriente y Occidente" (p. 23).

El autor propone un desplazamiento analítico, se trata de "desligarse (...) de la explicación que busca entender todo a través del enfrentamiento entre Occidente y Oriente" (132) y acercarse más bien a la discusión sobre la cultura en un contexto de intercambios globales.  Para ello, se detiene en puentes culturales especialmente relevantes como los escritores Amín Maalouf y Orhan Pamuk, transitando por sus obras, reinterpretándolas en un código de intercambio y mediación entre estos mundos.  Y lo propio hace con la música y el cine, como lenguajes que crean intercambios y que abren caminos. Para entender la complejidad del mundo árabe, parece sugerir el autor, la mejor entrada es detenerse en sus “escritores que tienen la habilidad para rastrear en los territorios del alma” (267).

Tercero: la identidad. En su primer texto Memoria del Líbano, Martínez Assad decía que “hay que tener cuando menos dos mundos porque, de lo contrario, se corre el riesgo de quedar encarcelado en uno de ellos” (p. 151). Su constante repaso por la obra de Maalouf lo conduce a tomarse en serio las “identidades asesinas” y el problema del otro.  Por ello subraya con insistencia "el gran abanico cultural formado por los pueblos que lo conforman", o ese "océano de identidades que es Medio Oriente" (p. 267). Explica el complejo vaivén de las identidades sobrepuestas, de la necesidad de “verse en el otro para entenderse a sí mismo" (p. 266).

Cuando la invasión mediática homogeniza el argumento y parece imposible observar con relativa claridad lo que pasa en algún lugar del planeta, acercarse a un libro como el de Martínez Assad permite refrescar la mirada. Salir de los simplismos y empezar a comprender la complejidad de los procesos socio-culturales. Descubrir el mundo árabe guiados por este texto parece una excelente decisión. 

(Publicado en suplemento Ideas de Página Siete, 17-11-2013)


lunes, 21 de octubre de 2013

Los oscuros laberintos de la política

Tengo una larga relación con la política aunque ella nunca me tuvo entre sus manos.  Los primeros recuerdos son aquellos de la dictadura, a finales de los setenta, cuando mi padre era militante del Movimiento de Izquierda Revolucionara –hablo del MIR entonces, no de la decadente “Nueva Mayoría” de los noventa- y yo, de menos de diez años, lo acompañaba a algunos eventos, desde los lúdicos o épicos hasta los dramáticos.  Quizás por esa impronta moral es que sólo en los últimos años empecé a descubrir nuevas dimensiones perversas en el quehacer político que antes no podía observar.  Me explico.

Cuando Evo Morales llegó a la Presidencia en el 2006, viví la emoción revolucionaria.  Luego de años el sueño se cumplía.  Encontré sentido a cientos de cosas, desde el asesinato de mi padre en 1981 hasta la última movilización urbana.  Todo cuadraba, la narrativa del Pachacuti también me tocaba, incluso siendo un intelectual urbano clasemediero. 

Mis mejores amigos se incorporaron al aparato de Estado en sus distintos ámbitos.  Me contagiaron su entusiasmo.  Pero los años fueron pasando y el poder se apoderó de ellos.  Como mis retornos al país son esporádicos porque vivo en México, en cada encuentro el escenario es distinto.  Una amiga me dijo alguna vez que cuando uno vuelve de vacaciones primero hay que preguntar si quienes eran pareja siguen juntos antes de continuar una conversación. En política es igual: los encuentros y desencuentros están a la orden y van tan rápido que es imposible seguirlos cuando se vive lejos. Por eso en cada vuelta me esperan sorpresas. 

La más lamentable fue la ruptura de matrimonios ideológicos que pensé que sobrevivirían al poder.  No fue así.  Ahora cuando voy a Bolivia visito a todos por separado.  Imposible volver a juntarlos ni siquiera alrededor de una guitarra. Las diferencias se han convertido en odios, en resentimientos, en palabras hirientes y caminos sin retorno. Quien es el bueno y quien el malo, no lo sé, pero veo con ingenua melancolía que la amistad y la cordura se esfumaron. Confieso que a veces esa situación me incomoda, pero a la vez -finalmente soy sociólogo- me ha permitido observar otras dimensiones de la política que antes no podía verlas con claridad. 

Cuento esta experiencia personal porque gracias a ella pude salir de mi romántica manera de creer en la política y entender sus rostros ocultos.  Ahora creo que al menos hay que pensar en tres dimensiones para explicarla.

La primera–aquella con la que me inauguré- es la utópica.   Las ideas más nobles ocupan el epicentro de la discusión y la práctica. Los valores son los que marcan el ritmo de la acción pública, el análisis y la estrategia giran alrededor suyo. Es tiempo de heroísmo y héroes, de morir por las ideas, de considerar traidor al que las abandona o claudica.

La segunda es la del estadista. Cuando se está en ejercicio de poder las decisiones son cosa de todos los días. Se requiere una agenda pública, un proyecto de desarrollo social, económico, administrativo, cultural, que repose en una visión de Estado; una perspectiva a largo plazo y una estrategia operativa para llegar a él. Ahí el que tiene la batuta es quien tiene claro hacia dónde se debe guiar a la sociedad y cuáles son las acciones concretas.

Finalmente, el pragmatismo del poder. Con el poder entre las manos, no sólo hay que tomar decisiones de largo aliento, sino que se debe administrar lo mínimo y lo máximo de su ejercicio. Hay que jerarquizar, nombrar ministros, repartir el poder en proporciones desiguales, formar un grupo cercano y de confianza, exiliar a los amigos dudosos o muy críticos, tener claro el juego de aliados y enemigos, de cercanos o arribistas, de técnicos o militantes. Ahí hay que cortar cabezas, hay que serruchar al que se descuida y cuidarse de todos, crear alianzas y equilibrios que permitan gobernar.

Estas tres categorías no pretenden ser un juicio de valor sino más bien un instrumento analítico, las tres son indispensables. El que tiene éxito es quien sabe calibrarlas, no dejar que una coma a la otra, o más bien subrayar una o la otra en el tiempo correcto.


Si repasamos nuestra historia, sería fácil encontrar quienes personifican de mejor manera cada una de estas dimensiones; y si nos concentramos en períodos específicos podremos ver cuál fue el principio que guió la acción.   En suma, se acercan aires electorales, será el tiempo del pragmatismo exacerbado, que es, seguramente, el más perverso de los tres componentes de la política.  Este es el mejor momento para estar afuera.

(Publicado en suplemento Ideas de Página Siete, 20-oct-2013)