lunes, 25 de abril de 2016

Villoro pensando en Villoro

Hugo José Suárez

Los viernes compro el periódico mexicano Reforma. Normalmente lo evito por su tamaño, su posición política y su tratamiento de la noticia. Pero ese día escribe Juan Villoro y no me lo quiero perder. Hace unos meses (27/11/2015) el escritor dedicó su columna a su padre, el notable filósofo Luis Villoro fallecido hace un par de años y en cuyo honor se acaba de publicar un libro (La alternativa. Perspectivas y posibilidades de cambio, Fondo de Cultura Económica, México, 2015). Empieza la nota manifestando lo difícil que es hablar de un familiar fallecido. Recuerda lo curioso que es ser hijo de un filósofo, sobre todo cuando tienes que explicar en la escuela a qué se dedica tu progenitor.
Me detengo en tres pedazos, casi al final, que merecen un comentario aparte. Se pregunta el articulista: “¿Puede la política coexistir con la ética? Sí, siempre y cuando el ejercicio del poder sirva a la comunidad y no sea un fin en sí mismo”. El cuestionamiento no es nuevo, claro, por mi parte me puse la interrogante hace décadas con mis primeras lecturas sociológicas. Antes de eso, no tenía duda que sí era posible, pues mi propio padre me había dado el ejemplo con su militancia en los 80, pero cuando mis amigos llegaron al gobierno en Bolivia a partir del 2006, y vi cómo paso a paso el poder los fue carcomiendo y conduciendo hacia un viaje sin retorno, ahora tengo serias dudas de una respuesta afirmativa. Me pregunto si la política –y por tanto el juego del poder-, siguiendo la reflexión de Villoro, puede sacudirse de su necesidad de autoreproducción, y por tanto, si puede dejar de ser, al menos en alguna medida, “un fin en sí mismo”.
Cambio de pasaje. Dice el articulista refiriéndose al levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN): “Desde 1994, no han faltado noticias de Chiapas, pero lo más importante apenas ha sido cubierto: el heroísmo de la vida diaria, la paciente transformación de una de las regiones más pobres del país en un tejido mulitcultural, donde el ‘nosotros’ se pronuncia más que el ‘yo’”. Quizás la vida diaria sea la dimensión más heroica de la política. El desafío está en vivir el día a día sin reflectores, sin tribuna, sin discurso, con la convicción de que se está haciendo lo que se debe hacer. Algo así decía el sacerdote Luis Espinal, asesinado en 1980: “gastar la vida no se hace con gastos ampulosos, y falsa teatralidad. La vida se da sencillamente, sin publicidad, como el agua de la vertiente, como la madre que da el pecho a su wawa, como el sudor humilde del sembrador”.
Finalmente, concluye Villoro, “no hay cambio político sin imaginación”. Quizás la imaginación debería estar antes de la política, pero a menudo la última termina devorando la primera a los pocos segundos de convivencia.
En fin, decía que regularmente los viernes compro aquel periódico sólo para leer a mi articulista preferido. Y hasta ahora, nunca he quedado decepcionado.

Publicado en El Deber, 24 de abril del 2016


lunes, 11 de abril de 2016

Cuba entre el Che y Mick Jagger

Hugo José Suárez
En 1992 hice un viaje a La Habana. No conocía la isla, pero las evocaciones de la Revolución cubana impregnaban mi vida diaria: mi cuarto estaba empapelado de afiches del Che y Lenin y la música de la Nueva Trova penetraba mis oídos. Recuerdo escenas en mi dormitorio escuchando aquel fabuloso concierto en Nicaragua en 1983, luego del triunfo sandinista; acompañado de mi soledad, entre mis cuatro paredes cantaba las canciones de Silvio como si formara parte del público.
El caso es que recién en los noventa pude visitar Cuba. Era acaso el peor período de la Revolución, la Perestroika había hecho lo suyo en los ochenta y la caída del Muro de Berlín auguraba una pronta derrota del régimen de Fidel. En Miami corrían apuestas sobre los meses que le quedaban de gobierno al histórico líder.
Me impresionaron muchas cosas, empezando, por supuesto, por las espectaculares mujeres que abundaban en calles y plazas. Pero lo que vuelve a mi memoria es la fiesta de clausura de un curso de literatura latinoamericana en la Casa de las Américas, claro, los asistentes eran básicamente intelectuales.
A la hora del baile, infaltable en el país salsero por excelencia, todos salían a la pista. Lo curioso era que con las notas, los mozos dejaban las charolas a un lado y sacaban a bailar a las chicas más lindas de la noche que aceptaban con gusto. Terminaba la pieza, y volvían a las charolas y a ofrecer bebidas. Ese acto, impensable en México o en Bolivia, mostraba equidad en el baile, ahí lo que estaba en juego no era la posición social sino la competencia danzante.
Hoy la isla vuelve a jalonear mi atención con la visita de Obama y de los Rolling Stones hace unas semanas. Cuando empezó la lenta apertura e intercambio entre Estados Unidos y Cuba en el 2015, miré atento y con cautela el proceso. Siempre he pensado que con el bloqueo, si bien se golpeaba la economía del país caribeño, el imperio norteamericano perdía la oportunidad de imponer su cultura como lo hizo con toda América Latina; de alguna manera era un bloqueo en las dos direcciones.
La victoria de Estados Unidos hacia el continente no está solo en su intervención secreta en dictaduras o en las políticas internas, está además, en su capacidad de aplastar cualquier cultura nacional. En nuestros países todos quieren tomar Coca-Cola y viajar a Disney a darle la mano a Micky Mouse.
Con la apertura, Cuba tendrá la tentación de entrar en esa lógica, y si no van con cuidado, a la vuelta de los años  podremos viajar a La Habana a visitar un gran parque de diversiones y comer McDonald’s. Por eso me parece importante el concierto de los Rollings.
El régimen cubano debería aprovechar esta coyuntura para vincularse con lo mejor de la cultura anglófona, antes de que lo peor del país del norte toque sus puertas. La visita de Mick Jagger debería ser el inicio –o más bien la consolidación- de una relación de ida y vuelta, relación que por cierto tiene larga data.
Espero próximamente festivales de cine donde pasen todas las películas de Woody Allen o Tarantino; quiero que Bob Dylan cante en la Plaza de la Revolución y que en la televisión cubana se transmitan las mejores series de Netflix. Y de vuelta, que Silvio toque en el Central Park, que Padura dé conferencias en Columbia y que se haga un musical sobre Elpidio Valdés en Broadway. Que el puente entre las dos naciones se lo construya sobre los cimientos de lo mejor de la cultura de cada una, que sean sus representantes más progresistas los que consoliden nuevos lazos. Sólo así estaremos ante el inicio de algo nuevo y no frente a la debacle de uno de los proyectos sociales más prometedores del siglo XX.

Luego de ver a los Stones, me quedo con ese fabuloso grafiti en algún lugar de La Habana con la foto del Che –la más clásica tomada por Korda, donde está con la boina y la barba fina mirando al infinito-, con la lengua de Mick Jagger en la boca. Ahí está el nuevo camino de la Revolución. En suma, me debo un viaje por allá. Prometo cumplirlo más temprano que tarde.

martes, 5 de abril de 2016

Reseña del libro "Mirarse para adentro" de Amalia Decker

Hugo José Suárez

Amalia Decker vuelve a las librerías con una nueva novela: Mamá cuéntame otra vez (Ed. Kipus, Cochabamba, 2015). Como lo hizo en otras ocasiones, la autora entreteje tres dimensiones a la vez: la política, la autobiográfica  y la histórica, todo alrededor de la trayectoria de su personaje principal. En el texto se cuenta la vida de Camila, una joven veinteañera de clase media alta proveniente de una familia con un pasado profundamente militante (a propósito, lo de Camila imagino que no es casual, buena parte de los padres de esa generación –por ejemplo Oscar Eid- le pusieron ese nombre a sus hijos en honor al guerrillero colombiano Camilo Torres).

En medio una historia de amor, Camila dialoga constantemente con su madre, quien a finales de los sesenta perteneció al Ejército de Liberación Nacional y vivió los durísimos episodios de Teoponte y todo el ambiente político de la época, con sus mayores miserias y sus heroísmos. El diálogo entre madre e hija es el hilo de la narración que muestra una confrontación generacional de dos realidades completamente distintas.

Decker enseña su posición crítica -y en muchos sentidos autocrítica- de la generación a la que pertenece considerándola como ignorante, ingenua, equivocada y torpe. Repasa “las atrocidades que se cometieron porque el fin justificaba los medios y por la obcecación en la idea militar que obligaba a acatar, sellar secretos eternos y no pensar” (192). Toda la novela tiene ese tono devastador frente al “ ‘espíritu revolucionario’ que me obnubilaba”, y lo que llama el “estado colectivo de enajenación mental” que atrapó a los militantes de los setenta.  Implacable, en algún momento Camila le dice a su progenitora: “sólo tenía ganas de decirles que fueron más sordas que una tapia y más ciegas que los limosneros de las iglesias” (p. 170).  De manera honesta, además de mostrar la crueldad de la represión, la escritora devela tanto los errores tácticos de las dirigencias, como las suspicacias y autoritarismos internos que llevaron a ajusticiamientos y excesos inadmisibles.

El segundo eje de la novela es la crítica a los revolucionarios actuales, por supuesto pensando en el masismo y la “Revolución democrática” del “proceso de cambio”, que habrían perdido todo el misticismo que caracterizaba la acción política de las décadas pasadas. De hecho, el hijo de una de las protagonistas –y su ex-esposo- encarnan esa posición. Reflexiona la autora: “Estoy convencida de que los ‘revolucionarios’ de hoy son más pragmáticos y menos soñadores que los de antes; de hecho, cuando ya han tomado el poder tienen pocos escrúpulos para imponer sus criterios, aunque opten por un discurso extremo ya sea épico o lírico, siempre parecido al del pasado” (p. 54). Camila, al comparar a su hermano militante con los compañeros de su madre dice: “¿Y tú crees que a mi hermano lo mueve el viento romántico que movió a tu generación? Hoy los tonos son diferentes, muchos gritos a voz pelada, mucha amenaza y aparente coraje, pero nunca los huevos que tuvieron ustedes para intentar su revolución en silencio, clandestinamente, con una entrega irrepetible, sin perseguir la fama mediática ni el poder personal” (p. 62).

Una tercera dimensión es la referida a Cuba y su situación actual. La autora retoma la crítica más tradicional y los argumentos clásicos contra el régimen: la falta de democracia electoral, la restricción para viajar, las dificultades de la vida diaria en la isla, etc.

La novela tiene varias virtudes además de su ágil redacción y su capacidad de atrapar al lector. La primera es que muestra situaciones, diálogos, cotidianidades de los setenta a los cuales no estamos acostumbrados a volver y que a menudo olvidamos con vergonzosa facilidad. Podemos estar o no de acuerdo con su interpretación, pero transitar por esos encuentros y tensiones nos ayuda a entender mejor cómo fueron las esperanzas y las disputas de esa joven generación que le apostó al cambio de rumbo, acaso en el momento equivocado.

Por otro lado, elabora un bosquejo de las posiciones ideológicas y políticas en la Bolivia actual. Se concentra en lo que ella misma representa, heredera de la izquierda guerrillera, luego dirigente y diputada de izquierda en los ochenta y actualmente escritora de clase media alta. Desde ahí sitúa a quienes están jugando las fichas de la arena política. Es cierto que deja mal parados a los “revolucionarios” de hoy subrayando sólo su perfil más tosco y caricaturizado, pero queda claro que esa es la facultad y libertad de quien escribe. Por otro lado, analiza la trayectoria –aunque no desarrolla otras posibilidades importantes en Bolivia- de la generación de guerrilleros de los años del Che. Se puede ver en qué se convirtieron, dónde llegaron, cómo cargan con su pasado y, sobre todo, cómo administran y resuelven las tensiones de antes o cómo exorcizan sus fantasmas.

Quizás el mayor límite de la novela es juzgar –y juzgarse- al pasado con los lentes del presente, lo que desdibuja incluso el propio ambiente épico que llevó a cientos de conciencias a entregarlo todo por el socialismo y la revolución, que en ese momento se lo veía no como un camino suicida sino como una posibilidad histórica real. A ratos, la autora, desde esa prisión y trinchera, no logra reconstruir las razones de la pasión por la política que caracterizó a ese colectivo.


En suma, creo que es un texto muy valioso que nos ayuda a entender una de las posturas respecto del pasado político boliviano y que empieza a llenar un vacío autoreflexivo sobre ese período tan apasionado e intenso. Es un libro infaltable en la biblioteca de quienes quieren entender mejor las vicisitudes de la cultura política izquierdista en el país. Es, además, una invitación a que distintas voces también cuenten su historia en esa historia que todavía nos resuena con tanta fuerza.

Publicado en Página Siete (3/04/2016

La madera que forja historia


Reseña del libro "El legado mesiánico. La sillería del coro de San Agustín"
Carlos Martínez Assad
UNAM,

México, 2015


Hugo José Suárez

Carlos Martínez Assad es uno de los autores más eclécticos y creativos de nuestro tiempo. Quizás su principal característica es ser curioso, arriesgado e imaginativo. Pertenece a una generación que se construyó entre la conferencia y la novela, entre el cine y la teoría, entre la calle y el aula.

La obra de Martínez Assad navega con igual soltura entre el cine, la historia o la literatura. Un año ofrece un texto sobre la ciudad que nos dejó el cine; otro nos invita a acompañarlo a un viaje por el Líbano con la valija llena de recuerdos de su abuelo; uno más profundiza en la experiencia cruzada de maestros rurales en Hidalgo y una familia migrante de medio oriente que se instala en el corazón del campo mexicano.

Su propuesta intelectual ha sido construir puentes más que levantar murallas. Ha publicado importantes estudios sobre historia, ha estudiado la relación entre el Medio Oriente y México. Apasionado por la imagen, ha producido películas y promovido acervos fotográficos.

El libro El legado mesiánico se encuentra en esta larga búsqueda histórica y explicativa. Se trata de una edición muy cuidada que presenta analíticamente la sillería en cuestión. Sus 266 páginas de papel Multiart de 150 gramos contienen texto y fotos de alta calidad a través de las cuales uno casi puede meterse en cada uno de los retablos.

Está dividido en cuatro partes: El convento y el templo de San Agustín, La gran obra de la sillería del coro, La doctrina teológica de San Agustín en la sillería, La sillería del coro. El autor propone un análisis en varios niveles que contemplan el contexto de la elaboración con sus implicaciones en la historia del arte, y la inmersión en la propia obra resultado de una intención teológica particular que debe ser deconstruida.

La sillería se enmarca en el importante emprendimiento de la orden agustina que llegó a México por Veracruz tempranamente en 1533 poco después de dominicos y franciscanos. La empresa religiosa tuvo amplio impacto construyendo varios templos y conventos con obras de arte que forman parte del patrimonio cultural de la nación. La sillería fue encomendada al maestro ensamblador y tallador Salvador Ocampo en 1701 que se obligaba a “hacer, labrar y acabar dicha sillería poniendo en ella demás de su trabajo personal y maestría los oficios más primorosos que de dicho oficio hubiese...”.

Si bien el cuidado artesanal estaba en las mejores manos de la época, el contenido religioso recaía en el padre provincial de los agustinos fray Ramón Gaspar, a quien se le debe la interpretación teológica. La magnífica sillería, compuesta por 157 retablos finamente tallados en madera, permaneció en el templo de San Agustín hasta 1861 cuando fue desmantelado luego de la nacionalización de los bienes eclesiásticos. Hay distintas versiones sobre su paradero, pero el caso es que en 1895 la obra ya ensamblada se la exhibió en el Aula General –que luego se llamara El Generalito- de lo que hoy es el Museo de San Idelfonso.

Es fundamental la pregunta sobre el por qué elaborar una otra de esas magnitudes. Se sabe que la evangelización tuvo como principales aliadas a las imágenes, que fueron la manera más eficaz de transmitir el mensaje cristiano a un pueblo multilingüe y con profundos referentes religiosos propios, como el mexicano. Pero esa no parece ser la única razón. Las pinturas y las imágenes ocupaban un rol preponderante en la tarea de transmitir mensajes, la sillería más bien estaba reservada al uso y aprecio de una pequeña élite ilustrada y practicante que tenía acceso a ella, lo que indica que su intención no sólo fue la divulgación sino, y tal vez fundamentalmente, la elaboración de un relato teológico sólido.

Lo que muestra Martínez Assad es que en la sillería hay una intención teológica que retoma los preceptos de san Agustín. El Génesis está representado en 46 retablos y el Apocalipsis en 19, siendo los libros más utilizados. La idea de fondo es mostrar una visión del pecado original como inherente a la condición humana, se trata de enseñar, como lo hiciera Agustín en la Ciudad de Dios, que la libertad del ser humano puede conducirlo a dejarse gobernar por las pasiones y vicios de la carne, y que sólo someterse a Dios es el camino para tener un “justo control sobre el cuerpo”.

La última parte del libro –casi el 80% de las páginas- está dedicada a mostrar cada uno de los retablos en una fotografía de alta calidad acompañada por el texto original, citando el libro, capítulo y versículo bíblico. Esa es una de las delicias del documento, poder pasear por cada uno de los episodios descubriendo el origen y comprendiendo que cada pieza forma parte de una inteligencia teológica apoyada en la Biblia. La precisión de las imágenes permite sumergirse en los escenarios, apreciar los detales, las casas, los rostros, los vestidos, y son una invitación a visitar la sillería en San Idelfonso con la convicción de estar frente a una de las grandes obras de arte de México.

Publicado en la Jornada Semanal (3/04/2016

lunes, 28 de marzo de 2016

Concierto de plantas para plantas

La semana pasada escuché un programa en la radio en el cual se debatía sobre la llamada “inteligencia artificial”, a propósito de que una computadora venció al campeón mundial del milenario juego chino Go. Tenía mi siguiente artículo en la cabeza: iba a reflexionar sobre la humanización de la tecnología y de los animales, sobre proceso a través del cuál el hombre crea rivales artificiales y se asusta cuando “le ganan”, y aquellas antigua ilusión de dar vida a la materia que atraviesa tanto Pinocho como RoboCop.
Cabalmente en estos días, mi esposa encontró el ejemplo que iba perfecto con mi argumento: una instalación donde las plantas daban un concierto para otras plantas. Todo cuadraba, era un evento donde se proponía que la naturaleza hacía algo estrictamente humano, como es un concierto.
Pues bien, mis razones se fueron esfumando cuando llegué al Jardín Botánico de la UNAM para ver de qué se trataba.
El músico Ariel Guzik –que además es herbolario, inventor y artista plástico dedicado a crear “mecanismos e instrumentos que exploran y dialogan con diversos lenguajes de la naturaleza”-, se empeñó hace varios años en crear puentes entre los sonidos de seres vivos, su energía y vibración, vinculándolos con artefactos capaces de resentirlas en forma de música. En este caso, el Concierto para plantas “es una instalación itinerante en donde el ejecutor es una planta conectada mediante pequeños electrodos a un Laúd y la música es dirigida a un público también conformado por plantas”.
Cierto, todo parece muy loco. Me acerco a un pequeño invernadero que en la puerta tiene un letrero que dice “disfruta del concierto en silencio”. Al interior hay un camino circular rodeado a ambos lados de cientos de cactus chicos en macetitas color terracota. Todos muy bien cuidados, una bellísima variedad cactácea que nunca había visto: los hay largos y esbeltos, expandidos por el suelo como serpientes, redondos, con flores, con hojas llenas de espinas, lizos, distintos tonos de verde, con pelusa o sin ella. En el centro, sobre un fino mantel rojo, está el artista, un elegante cactus verde claro con tres largas y delicadas ramas con dos delgados alambres incrustados en las hojas conectándolo al laúd de madera fina a su lado, puesto sobre una manta café claro.
Entro sin provocar ruido haciendo caso a las indicaciones y empiezo a escuchar una melodía suave que acaricia los oídos y te transporta a algún lugar místico donde te sientes flotar entre las notas. Camino un poco más, intento que mis pasos no perturben el ambiente, me dejo ir, o más bien me dejo llevar. Estoy cautivado, encantado. Veo un letrero en el piso: “Las plantas están disfrutando de su concierto, favor de no tocarlas”, y me siento un ser vivo más que también disfruta de esa maravilla.
Me queda claro: tendrá que esperar mi reflexión analítica sobre cómo el hombre transfiere sus cualidades al mundo natural. Aquí, hoy comulgo con la naturaleza.  
(Publicado en El Deber, 27/03/2016)
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lunes, 14 de marzo de 2016

El Face


Hugo José Suárez

Siempre llego tarde a la tecnología. Cuando todos mis amigos tenían un celular, yo tuve que sufrir un accidente en auto para convencerme de que, en ese momento, era indispensable tenerlo para pedir auxilio. Lo mismo me pasó con el Face: muchos abrieron sus cuentas y yo fui uno de los últimos.  Al principio anduve con cautelosa desconfianza por cada una de las páginas por las que transitaba, cuando invitaba a alguien a ser mi “amigo”, sentía que me estaba comprometiendo demasiado, lo propio cuando me llegaba alguna solicitud. Pero fueron pasando los meses y los años; ahora tengo centenas de “amigos” y prácticamente no hay día que no entre al menos dos o tres veces a mi cuenta. Ahí está lo bueno, lo malo y lo feo.

Me asombra la intimidad hecha pública. Las fotos de enamorados, la comida, el mensaje amoroso -que se supone debería tener sólo un destinatario-, el sufrimiento, la alegría, el festejo. Parece que la gente disfrutaría compartiendo cosas que, en principio, sólo le importan a su emisor, o, si acaso a un receptor específico.

También es curiosa esa comunidad ilusoria a la cual uno siente pertenecer. Da la impresión de que escribiendo algo en “mi muro” todos lo verán, pero en realidad, no deja de ser como tirar al mar una botella con un mensaje sin tener claro cuál será su destino.

Los protocolos de comunicación en Face son tremendamente reductores y dirigidos.  Hasta hace poco, sólo se podía poner un “me gusta” a lo que el otro había subido en su cuenta; eso conducía a situaciones paradójicas donde frente a una noticia dramática o algo desagradable, quienes se sentían solidarios no tenían otra opción que un “me gusta”. La nueva iniciativa ha sido diversificar la participación con cinco reacciones más: un corazón y cuatro caritas sea de risa, sorpresa, llanto o enojo.

Por otro lado, los administradores de esa empresa han comenzado a brindar facilidades para la identificación con causas sociales. Así, el día del la diversidad sexual, cualquier usuario podía colorear su foto con líneas del arcoíris, o frente a los atentados en París, se teñía la imagen con la bandera francesa.

En ambos casos, el peligro es que el Face, por un lado, marca las formas de comunicación estandarizando los sentimientos y las maneras de expresarlos (no hay una carita para el desasosiego) empobreciendo y homogenizando la riqueza de las lenguas, y por otro lado, impone una agenda política y social.

Pero si hay algo irritante es el día del cumpleaños. Imagino que a todos les pasa, pero cuando llega el mío, recibo tantas felicitaciones que es difícil disfrutarlas cualitativamente. En el caso de varios mensajes, me es imposible identificar al responsable ni la calidad del vínculo que nos une. A algunos “amigos” no he visto en años, y como el tiempo hace lo suyo con los cuerpos, seguro que no los reconocería si me los encuentro en la calle.

También es cierto que, gracias al Face uno se entera de asuntos que no están en la prensa. Como vivo en México, parte de lo que sé de Bolivia es porque tengo tantos “amigos” allá que me entero de tensiones y pormenores imposibles de percibir de otra manera.

Visto positivamente, no hay que dejar de mencionar el rol de las llamadas “redes sociales” en la democratización de la información, la ruptura de los cercos mediáticos propios del poder monopólico o incluso la posibilidad de movilización social. Además, como lo ha señalado Benito Taibo en su sugerente libro Desde mi muro, donde recoge lo escrito en un par de años, ahí también circulan ideas libres y es un lugar de creatividad.



En suma, como se decía para la televisión años atrás, por el Face pasan moscas y mariposas, el chiste está en saberlas escoger y diferenciar. Y dejo este artículo aquí porque ya casi llegué a los 4000 caracteres y se hizo tarde: me urge ver si tengo nuevos mensajes, amigos o “me gusta” en mi cuenta.

Publicado en El Deber,13/3/2016


martes, 8 de marzo de 2016

Mujer, teóloga y feminista Diálogo con Ivonne Gebara (1998, publicada en América Libre N. 13)

Hugo José Suárez

Una de las mujeres que conoció en su historia personal la censura de la Iglesia es la religiosa brasileña Ivonne Gebara. En 1994, al escribir temas relativos a la mujer, el aborto, teología y otros, fue censurada por el Vaticano. Con la intención de que reformulara sus planteamientos fue «invitada» a trasladarse a Europa a realizar estudios teológicos en una institución católica.

Hoy, años más tarde, nos encontramos con ella en la Universidad Católica de Lovaina en vísperas de defender un doctorado con el tema de «El mal visto desde la mujer», como una crítica a la teología occidental que organizó su pensamiento a través de la jerarquización valorativa fundada en el patriarcado. Luego de un agradable almuerzo en la «Grand Rue» de Lovaina La Nueva y de redescubrir a una mujer fantástica de la que tanto habíamos escuchado hablar, iniciamos el diálogo.

¿Cómo es que te conviertes en una teóloga feminista?

Yo estudié en Lovaina y llegué a Recife, Brasil, en agosto de 1973; estaba en plena efervescencia la Teología de la Liberación, así que volví a estudiar teología a través de ella. Leía todo lo que publicaban Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff y otros. Empecé de una manera muy entusiasta. En esos años -1973-1975- no pensaba en ser feminista. Había escuchado algo de Betty Fridam en Estados Unidos y en ese entonces no me gustaba nada; yo estaba interesada en la opción por los pobres.

Al final de los años setenta empecé a percibir que muchas cuestiones relativas a las mujeres no entraban en la reflexión de la Teología de la Liberación. Por ejemplo, el tema del cuerpo, la sexualidad, los problemas como el aborto, su culpabilidad, el trabajo en el hogar, etc., y comencé a ser más sensible a eso. Me sentía mal, pero tampoco tenía valor y coraje para hablar más fuerte de esto. Hasta que en 1980 leí en Concilium dos artículos; uno de Doroté Sölle, un texto bellísimo sobre la cultura de la obediencia, donde explica cómo el nazismo es fruto de la cultura de la obediencia, y nosotras, como mujeres, por nuestra sumisión y «complejo de inferioridad», hemos subrayado esa cultura. También leí el artículo de una estadounidense, Rosemary Radford, que habla de las imágenes de Dios. Comencé a leer a las feministas de Brasil, que tenían un periódico llamado «Mulherio». Empecé, de igual manera, a interesarme por la lucha de las Madres de la Plaza de Mayo. Yo misma había vivido la represión de la dictadura durante la cual una de mis compañeras fue asesinada. El feminismo me dio algunas luces para entender en parte lo que pasó en aquel tiempo a muchas mujeres.

Así, el feminismo ha sido para mí un encuentro, una conciencia, un encuentro con mujeres del medio popular, un malestar, un aprendizaje ... y de repente procedí a hablar y no sé cómo me volví teóloga feminista. No puedo decir que fue una determinada mujer la que me hizo cambiar, sino un movimiento, una conciencia creada por periódicos, libros, artículos y por el cotidiano vivir en un barrio, por mirar cómo vive la gente.

¿Cómo se ubica tu reflexión respecto a la Teología de la Liberación?
Me siento en la misma onda de la opción por los pobres, de las mayorías, de la cuestión de las contradicciones de clase y todo ese análisis sociológico. Este corte fundamental de la opción por los pobres sigue igual; pero lo que introduzco (y por eso digo que hay diferencia y no oposición) es que, desde el feminismo hago una crítica a la teología patriarcal que nunca ha considerado la intervención del género (construcción social de género). ¿Cómo siguen sin denuncia las injusticias que fueron cometidas sobre las mujeres? Por ejemplo, ¡cuántas mujeres han sido violadas en las revoluciones y guerras!, como en Ruanda, Haití. ¿Por qué el cuerpo de la mujer se torna un arma de guerra? ¿Por qué hacen la guerra sobre el cuerpo de la mujer? ¿Por qué nunca lo denuncian? Denuncian siempre las injusticias sociales, pero en estas injusticias hay cuerpos que son más injusticiados que otros.

¿La Teología de la Liberación se movía de todas maneras dentro del esquema patriarcal de pensamiento?

Sí, aunque la Teología de la Liberación ha tenido el valor de introducir el método sociológico y el análisis económico en la teología; ha explicado quiénes son «los pobres», que salen de una abstracción y generalidad de pobres de espíritu para convertirse en pobres concretamente hablando. En eso sí pienso que la Teología de la Liberación ha dado una contribución valiosa, pero no ha criticado el esquema teológico tradicional, la estructura del Dios creador, del Hijo único que sufrió por nosotros, etc.; entonces creo que hay que hacerlo ahora, porque vivimos en una sociedad muy sacrificial y la teología tiene una responsabilidad en esto, cómo salir de este sacrificio que la sociedad nos impone.

Luego de tus accidentales vuelcos por Europa y de la censura que te impusieron, ahora estás a punto de defender tu trabajo sobre «El mal visto desde la mujer». ¿Cómo desarrollas este tema?

Para abordar este trabajo, no tomo primero las teorías teológicas sobre el mal, el pecado o el sufrimiento, sino más bien a los testigos, que son, en primer lugar las mujeres que cuentan su dolor. Ellas no hacen un discurso teórico y sistematizado sobre el dolor, sino que esto se encuentra mezclado en sus vidas. Tomo así el libro de Isabel Allende, Paula, en el que el mal es considerado como «mi país en el tiempo de la dictadura militar». La fuente de salvación para Isabel es escribir, escribir para no morir, para continuar aguantando el sufrimiento. Después tomo a una escritora india llamada Kamala Marcandaya, quien sufre el mal en la vida cotidiana, en su lucha por buscar comida, por sanar a su hijo enfermo, etc.; este tipo de dolor es para mí muy propio de las mujeres. También tomo los testimonios que presenta un periodista brasileño, Gilberto Dimestain, quien ha seguido la ruta de la prostitución de niñas; él, como periodista, ha viajado por donde ellas están, ha hablado con ellas y luego ha escrito un libro, y yo intento responder a la pregunta ¿cuál es el gran mal que ellas viven? Además hablo de las mujeres del Movimiento por la Vivienda de Brasil, de Domitila Chungara de Bolivia, de Sor Juana Inés de la Cruz de México y de otros casos concretos. La pregunta es cómo experimentan eso que nosotros llamamos «el mal». Ese es mi punto de partida. Luego tengo un capítulo sobre mi experiencia personal y hago algo que no es muy común en la teología en Lovaina: trabajar con la mediación de género. Y cuando digo género quiero decir que hombre y mujer no son realidades biológicas, sino realidades culturales, o sea que no se tiene un sexo biológico sino un sexo cultural; porque nos dicen qué es un hombre y qué es una mujer, cómo se tienen que comportar, etc. Mi preocupación es detectar el discurso plural del mal y descubrir cómo esta pluralidad es vivida por grupos distintos de mujeres y entro a lo que llamo el discurso teológico, donde planteo la pregunta, ¿cuál es el Dios de las mujeres?

¿Desde el enfoque de género no existe una noción de lo femenino y lo masculino? ¿Todo sería una construcción social?

Pienso que sí. Claro, está el hecho biológico, pero desde el momento en que nace una chica, ella entra en la construcción social, el papá y la mamá van a empezar a tratarla como a una hija. O sea que el hecho bruto de lo biológico no significa nada, o significa algo, pero es un biológico ya culturalizado. No creo que haya una esencia masculina o una esencia femenina preexistente al hombre histórico y a la mujer histórica que somos; no hay algo preexistente, más bien la diferencia biológica que tenemos es al mismo tiempo una diferencia cultural. Te dicen que tú, como hombre, no puedes hacer determinadas cosas, te visten de una manera, etc. Hay una construcción social de la cuestión biológica.

¿Cómo se desarrolla la interiorización del modelo jerárquico y masculino en la vida cotidiana de las mujeres y en la institución eclesial?

Es clarísima la jerarquía presente en el discurso. Cuando escuchas a las mujeres de Sao Paulo que trabajan en el movimiento por la vivienda, es interesante, porque ellas sienten la jerarquía, dicen: «hay algo cuando uno nace hombre o cuando nace mujer», y cuando se nace mujer te dicen «tú vas a aprender a lavar la loza y limpiar la casa», y cuando se nace hombre le dicen «tú vas afuera, a la calle, vas a ganar la vida»; al niño se le repite: «tú vas a dirigir a las mujeres». Si bien el discurso no siempre se explicita en esos términos, la cultura te educa de una manera en que son rarísismas las mujeres del medio popular que no tienen la mentalidad de sumisión.

Y esta realidad es más fuerte todavía en las instituciones como la Iglesia. Si tú preguntas cuántos son los sacramentos, son siete, pero en realidad son siete para los hombres y seis para las mujeres. La desigualdad está presente, las responsabilidades de poder y de decisión que tienen las mujeres dentro de la Iglesia son casi nulas. ¿Cuál es la elaboración teológica reconocida por la Iglesia que ha sido hecha por las mujeres? Sólo la de algunas que han repetido la misma cosa que los hombres, pero si intentas hablar desde tu dolor, desde cómo te sientes mujer, con tus sufrimientos, no te escuchan. El dolor de la mujer no es normativo, el dolor del hombre sí. La crucifixión del hombre Jesús tiene más sentido que el dolor de su madre María. La sangre de Jesús es redentora, nunca se habló de la sangre de las mujeres, que más bien es considerada como impureza. Yo quiero mostrar esas contradicciones dentro de la religión.

En este momento la Iglesia católica vive un estancamiento doctrinal (si no un retroceso) y son pocas las perspectivas de cambio. ¿Crees que existen posibilidades del sacerdocio para las mujeres o se puede pensar, por ejemplo, que alguna vez el Papa podría ser mujer?


Ahora no es posible, pero creo que el problema no es que nosotras como mujeres accedamos a ser papas. El problema es que este modelo jerárquico (jerarquía no sólo social sino también sexual) tiene que cambiar. La cuestión no es que la Iglesia establezca que las mujeres sean ordenadas, sino más bien el que exista una concepción distinta del ser humano. La salida no es ordenar a las mujeres, sino empezar a cambiar las relaciones, contenidos y acciones. Por ejemplo en los temas como el aborto, la sexualidad, los métodos anticonceptivos, etc., la posición de la jerarquía católica es muy conservadora con todo lo que es el cuerpo. En el caso de la planificación familiar, para ellos existe el método natural y el artificial y entonces, desde esa perspectiva, no deberían aceptar los marcapasos en el corazón, pues eso también es artificial; si haces una separación tan rígida, el tema se complica. Existe entonces una idea de naturaleza que hay que cambiar; el sacerdocio de las mujeres no es esencial, sino que se reconozca su derecho a pensar, actuar, tener liderazgo, decir cosas distintas que los hombres y que sean reconocidas por eso. Hay que crear nuevas relaciones en la sociedad; eso quiere decir que también hay que repensar los contenidos teológicos, porque hay cosas que ya no se pueden sustentar, que han sido válidas en un mundo teocéntrico y medieval, donde todo era organizado desde una imagen de Dios como «padre todo poderoso, creador del cielo y de la tierra», pero ahora ya no se tiene esa idea de Dios. Los nuevos paradigmas de la ciencia, los movimientos ecológicos, feministas, etc., han hecho cambiar la mentalidad, por lo que ya no se puede decir lo mismo que antes.