martes, 4 de noviembre de 2014

Tres cafés en Coyoacán

1.       Alverre. Café bistró
Se encuentra en la esquina de las calles Gómez Farías y Cuauhtémoc.  Como pocos, retoma el estilo bonaerense de la cultura del café: las ventanas hasta el piso quiebran la distancia con la calle, la barrera entre interior y exterior es discreta, permite la privacidad del espacio adentro y disfrutar de la belleza de lo que hay fuera.  Las mesas y sillas marcan un toque tradicional -de madera oscura- sobrias y elegantes. Cuadros de arte moderno cuelgan de las paredes, y la música siempre está bien escogida.  El paralelo con Buenos Aires no es casual, la tarjeta postal que regalan con la cuenta explica el origen del nombre: “Alverre.- Contracción e intercambio silábico de la frase ‘al revés’. Juego sintáctico característico del lunfardo (el lenguaje del tango, el juego y el azar…)”.
2.      Corina
En verdad no es un café sino una pastelería francesa, su nombre oficial: Caremel; pero está en la calle Corina, y respondiendo a la tradición de nombrar las cosas más por su ubicación que por su acta de bautizo, lo llamamos simplemente el “café Corina”. Lo simpático es que no tiene mesas, de hecho se trata de dos locales unidos por una pequeña puerta, ambos con un ventanal enorme a la calle. En uno de ellos, sólo hay pasteles; para su compra se procede con la rutina de las panaderías mexicanas: se toma una charola y pinzas, se pone lo que se comprará y se pasa por caja. En el otro, sólo hay una barra que casi no deja espacio con la calle, lo mínimo para poner dos taburetes siempre ocupados. En una esquina, se hace una fila -normalmente pequeña-, donde primero se pide y paga el café para luego ser entregado cliente por cliente. Lo fantástico es tanto la calidad del café como el paisaje: es una esquina con una amplia vereda, árboles, muy poco tráfico. En el ventanal de la pastelería pusieron unas tablas que sirven para sentarse, y en frente, en la misma vereda, un par de asientos de fierro forjado. Como si estuviéramos en una ciudad caribeña, todo sucede en la calle, que es donde uno disfruta del entorno urbano y encantador.
3.      La Ruta de la Seda
Lo descubrí por casualidad caminando por la zona. Es una pequeña casa en esquina con un portón viejo de madera y una ventana que da a la otra calle. El espacio es mínimo, sólo entran dos mesas y la barra donde está la caja y algunos pasteles. Parece una casa antigua de adobe de cualquier pueblo latinoamericano. Afuera, aprovechando la espaciosa vereda, hay cuatro discretas mesas -cada vez son más-. La música siempre es suave, tanto como la sofisticada pastelería: torta de té verde o de pétalos de rosa. Cuando llega el café cremoso en una pequeña tasa, no es más que la coronación que termina de armonizar el sabor y el aroma, con la vista y el oído. Un espacio delicado y encantador, como su nombre.
4.      El café: un refugio

¿Por qué hablar de cafés en Coyoacán cuando Bolivia está en plenas elecciones presidenciales? Tal vez por lo previsible de los resultados, o porque encuentro tantos parecidos en el quehacer cotidiano que no me dan ganas de escribir una coma sobre candidatos y campañas, a menudo me es difícil diferenciar unos de otros. Tal vez porque en este período se ven las miserias de los partidos y la pobreza del argumento. Tal vez por mi desencanto con la política y sus actores. Tal vez porque este sea el mejor momento para ocultarse en un café, lo más lejos posible, esperando que pase el vendaval y que vuelva la decencia a la arena pública. 

Publicado en El Desacuerdo, octubre 2014.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Sociología en el ring: Loic Wacquant

Supe de él hace muchos años cuando leí el libro que publicó conjuntamente con Pierre Bourdieu titulado Respuestas. Por una antropología reflexiva. Su participación en ese texto tenía dos intenciones, por un lado presentar la obra   del sociólogo francés, y por otro, realizar un largo interrogatorio. Al leerlo, comprendí mejor en qué consiste una "entrevista sociológica”, o más bien, qué sucede cuando dos sociólogos tienen una grabadora en frente. Más que preguntas y respuestas, lo que sucede es una auténtica tertulia, un intercambio de ideas con vaivenes que enriquecen la conversación.

Años más tarde, me encontré con otro delicioso texto de diferente naturaleza: Entre las cuerdas, cuadernos de un aprendiz de boxeador.  En esta ocasión era Wacquant solo, contando su propia experiencia de convertirse en un profesional del box. Su obra me llamó la atención por múltiples razones.  En primer lugar, el aporte teórico es remarcable. El autor se inscribe en la tradición bourdieuneana de pensar el mundo social y utiliza ese aparato conceptual para su investigación. Bourdieu desarrolló una serie de conceptos como campo, habitus, capitales, estrategia, etcétera, que le sirvieron para múltiples estudios en las más variadas experiencias sociales, desde las lógicas de distinción francesas, hasta el uso de la fotografía o el rol de la religión. 
Con insistencia acuñó la idea de que el habitus se hace cuerpo, es decir que el esquema cognitivo que permite que fluya la percepción y la acción, nos habita de tal manera que se inscribe en nuestra materia. La anotación venía de Bourdieu pero ninguno de sus libros daba cuenta con tanta claridad cómo sucedía ese proceso. Es Wacquant quien, retomando la idea de que "aprendemos con el cuerpo”, experimenta la "conversión moral y sensual”: se inscribe a un gimnasio de boxeo en un barrio negro en Chicago y se somete a un sistemático entrenamiento durante más de tres años hasta convertirse un pugilista semi-profesional y estar a punto de dejar la sociología. Empezaba así a llenar un vacío teórico.


Un segundo aspecto que no es menor, es la estrategia metodológica. Insertarse en el mundo del boxeo implicaba tanto un acercamiento paulatino y sistemático a la cultura pugilística –dinámica a la cual están acostumbrados los antropólogos cuando estudian mundos ajenos-, como la educación rigurosa del propio cuerpo. La mejor opción fue la etnografía. Durante toda su investigación  escribió rigurosamente un diario de campo (más de 2.300 páginas), hizo entrevistas, tomó fotografías y participó en todo lo que pudo. Vivió intensamente el gimnasio en cada uno de sus componentes, registró en su propio cuerpo los aprendizajes –desde el fortalecimiento de un músculo, el afinamiento de los reflejos para esquivar o dar un golpe, la estrategia para soportar el dolor, etcétera-, mientras iba anotando todo lo observado y buscando explicaciones. 


En el libro, Wacquant analiza diversas dimensiones del tema. Explica la función de un espacio deportivo en un barrio donde los índices de violencia son alarmantes, y muestra cómo la tensión calle vs. ring es fundamental; el gimnasio es un "escudo protector contra las tentaciones y los peligros de la calle”, pues la violencia tiene reglas estrictas, permite a sus participantes no sólo sobrevivir a la incertidumbre propia del vecindario, sino que además les ofrece una ruta profesional que puede generar ingresos. Cuenta las jerarquías, la función del entrenador, el rol de los íconos deportivos, las fantasías y aspiraciones, la decoración interior del gimnasio, los códigos de honor.


También el autor narra su propia experiencia de convertirse en un boxeador, todos los detalles del entrenamiento, la tensión previa a subirse al ring para un combate, la intensidad de los segundos antes de que suene la campana anunciando el fin de un round. Explica cuáles son las exigencias  para participar en un torneo, el sacrificio en sus tres dimensiones: estricta regulación alimentaria, abandono de toda vida social que distraiga, rigurosa abstinencia sexual. La factura a menudo es cara, pero es el costo de quien quiere ser un verdadero profesional. 


La narrativa de Wacquant es especialmente cautivadora, tanto que en algunos momentos uno se olvida que está leyendo un estudio científico. Eso le lleva a reflexionar sobre "la alianza de estos géneros normalmente separados: sociología, etnografía y novela”, y nos devuelve el desafío a los sociólogos sobre cómo vincular teoría y procedimiento científico con observación sostenida, profunda y participante, y una presentación elegante y seductora. La justa combinación de estas tres tradiciones es la que le dará a un trabajo un merecido lugar. Wacquant, nos enseña un camino.


Publicado en suplemento Ideas de Página Siete, 2/11/2014

lunes, 6 de octubre de 2014

García Meza: “honra, apellido, familia”

Desde que leí la semana pasada la noticia de que el Tribunal Supremo Electoral había aceptado el recurso del abogado del ex-dictador Luis García Meza para que se retirara su imagen de una propaganda política, no dejo de tener el estómago revuelto.  Ignoro el oscuro brazo perverso que esté detrás del TSE y de tan desafortunada decisión; la historia se encargará de desenmascararlo y juzgarlo en su momento. 

Es claro que la estrategia de "blanqueamiento" del ex-dictador consiste en ir cambiando su imagen de militar asesino vinculado con el narcotráfico, por un viejo enfermo y ahora injustamente prisionero que impulsó un gobierno de “renovación nacional” (basta revisar las barbaridades escritas en Wikipedia sobre su persona). Pero sólo los oídos necios pueden escuchar tales alegatos, y sólo sus cómplices apoyar semejante empresa. No es nuevo, lo mismo sucedió en Argentina con Videla, en Chile con Pinochet y en Bolivia con Banzer -tal vez el que mejor logró su cometido-. No lo logrará, la justicia llega, y los familiares de las víctimas no se callan, no nos callamos. 

Hay que recordar que Luis García Meza dio un golpe de Estado el 17 de julio de 1980, es responsable de la muerte de Marcelo Quiroga Santa Cruz, del genocidio en la Calle Harrington y otras múltiples atrocidades por las cuales fue juzgado y condenado a 30 años de cárcel sin derecho a indulto. Montó un aparato paramilitar llamado "Servicio Especial de Seguridad" que salía en ambulancias a buscar militantes de izquierda. Todavía se me eriza la piel cuando paso por una pequeña calle en Sopocachi donde estaban estacionadas sus vagonetas, o cuando rememoro el miedo que sentíamos porque vengan a casa y destrocen todo. Todavía recuerdo con inquietante claridad la imagen de Luis Arce Gómez, su Ministro del Interior, decir en la televisión que teníamos que “andar con el testamento bajo el brazo”. Yo tenía diez años, pocos para tener que aprender qué era un testamento.

El argumento del TSE es de broma. Un vocal dijo: “Se votó en consenso. Es un aspecto de carácter legal, porque cualquier reo solo pierde el derecho a la locomoción. No se puede usar la imagen de una persona (cuando afecta) el ejercicio pleno de sus derechos”, y se sostiene que se estaría vulnerando su "honra, apellido y familia".  Primero me llama la atención el “consenso”: ¿todos estuvieron de acuerdo? ¿Es que ese Tribunal no leyó nada de historia de Bolivia? ¿No hay nadie que dé la cara por los muertos? ¿Nadie que los recuerde y que les rinda homenaje? ¿Nadie que reconozca que si no hubiera sido por ellos, por su vida y sacrificio, el TSE y la democracia en el país no existirían?

En ningún momento en el spot se vulnera la "honra, el apellido y la familia" del ex-dictador. La honra la perdió hace rato cuando decidió violar todas las normas de la democracia, cuando se convirtió en asesino y mandó a matar a tanta gente. García Meza perdió la dignidad varios años atrás, y no ha hecho ningún esfuerzo para recuperarla. El apellido él mismo lo ensució con sangre, tendrán que pasar décadas y nuevos nombres para limpiarlo. Por supuesto que su proceder no salpica automáticamente a sus parientes, nadie escoge a su familia -lo sabemos bien- y cada uno es responsable de sus actos. Lo que me queda claro es que mostrar la foto del ex-dictador -en tiempo de campaña política o no- no afecta ningún derecho humano, no es una calumnia, ni siquiera una agresión personal y mucho menos familiar. Es simplemente un repaso por los hechos del pasado. ¿Cómo pretende el Tribunal hacernos creer que este caso se trata de "un aspecto de carácter legal" cuando a todas luces hay una intención política en su resolución? 

¿Qué quiere ahora García Meza –y el Tribunal-, ser recordado como un demócrata, visionario, estatista? ¡Por favor! Sólo veamos -por elemental que parezca- cómo se define un tirano en el diccionario de la Real Academia: "Dicho de una persona: que obtiene contra derecho el gobierno de un Estado, especialmente si lo rige sin justicia y a medida de su voluntad. Dicho de una persona: que abusa de su poder, superioridad o fuerza en cualquier concepto o materia, y también simplemente del que impone ese poder y superioridad en grado extraordinario". Tras tan simple descripción, ¿quién se atreve a decir que García Meza no fue tirano? 

Que el candidato a la presidencia Juan del Granado utilice la imagen histórica de García Meza en una propaganda, es asunto suyo. Se puede estar a favor o en contra de Juan, ese no es el punto, aunque no nos haría mal recordar que fue él, efectivamente, quien con una valentía y coraje de otros tiempos impulsó el Juicio del Siglo cuando todo estaba en contra y logró meter en prisión al ex-dictador. Quienes fuimos víctimas de la dictadura -y en general toda la sociedad boliviana-, no podemos si no estar por siempre agradecidos por su honesto proceder. Pero el tema aquí es que se censure una fotografía que pertenece a la historia política nacional, que se quiera borrar lo que realmente sucedió en el país en aquellos años de terror.

No voy a narrar la historia tantas veces contada del asesinato de mi padre, Luis Suárez Guzmán el 15 de enero del 1981, cómo encontramos su cuerpo torturado, destrozado, cómo nos amenazaron posteriormente durante meses. No voy a traer las lágrimas de la ausencia. Pero que sepa García Meza, el Tribunal Supremo Electoral y la nación, que mientras tengamos un suspiro más de vida, no nos quitarán la palabra. Se llevaron a mi padre, no se llevarán su memoria.

Publicado en suplemento Ideas de Página Siete (La Paz, Bolivia), 5/10/2014


viernes, 3 de octubre de 2014

Sobre García Meza y el Tribunal Electoral en Bolivia

Por que no nos podemos quedar callados cuando se trata de nuestra historia, de nuestros muertos, de la historia de la democracia boliviana y de quienes dieron la vida para que hoy podamos celebrarla...

jueves, 18 de septiembre de 2014

Gramsci en el Bronx

Es la iniciativa del artista Thomas Hirschhorn (julio-septiembre 2013) expuesta en un barrio popular en Bronx, Nueva York. Se trata de una construcción artesanal toda de madera con varios cuartos y espacios para discusión y recreación.  Hay una cafetería, una sala de conferencias al aire libre, un cuarto de computadoras –con el simpático título: “Internet, una ventana al mundo”-, una biblioteca.  Todo hace alusión al intelectual italiano, y en una de las salas se exhiben algunos objetos personales de sus largos años en prisión: tenedores, peine, billetera.  La biblioteca alberga varios libros suyos que pueden ser consultados in situ. Además hay una radio que transmite por internet y un programa de actividades variado e intenso, con conferencistas de varios lados y temas diversos. El lugar está construido provisionalmente y con la intención de durar sólo unos meses, con materiales de madera, ventanas de plástico, sillones recogidos de la calle y forrados con papel, etc.
La propuesta de Hirschhorn es rendir un homenaje a distintos pensadores en diferentes lugares y momentos.  En 1999 hizo el Monumento Spinoza, en el 2000 a Deleuze, en el 2002 a Bataille.  Para Gramsci, escogió uno de los barrios más desatendidos y estigmatizados en Nueva York, se puso en contacto con los vecinos, y buscó que la instalación no sea la llegada de un artista ajeno que hace su obra, sino que más bien se produzca una interacción con ellos.  Por eso, quienes la cuidan y atienden son los propios habitantes.
La obra, por un lado, implica en sí misma un producto estético particular, una especie de reciclaje de lo urbano desde lo urbano en un ámbito de marginalidad.  Pero por otro lado, se convierte en un espacio de intercambio y reproducción cultural donde hay conferencias, lectura de poemas, talleres, libros, discusión y café. De hecho por sus pasillos transitan tanto algún académico que vino de otro barrio y de una universidad prestigiosa, como los niños afroamericanos que salieron a jugar a su parque que, ahora, tiene una construcción extraña pero atractiva. Además, se colgaron en algunos de los edificios grandes afiches con frases de Gramsci.  De ellas, me quedo con una que en cierto sentido sintetiza la apuesta: “todo humano es un intelectual”.

Lindo homenaje al pensador italiano que pasó su vida en prisión.  Seguro que esa es una de las mejores maneras de liberarlo.
(Publicado en El Desacuerdo, N. 22. La Paz - Bolivia)

martes, 2 de septiembre de 2014

Martín Chambi. Fotógrafo fundamental

Recuerdo que en un viaje a Cuzco en el 2003 ocupé parte de mi tiempo en buscar la casa de Martín Chambi.  Tenía la dirección de un estudio que no recuerdo de dónde la conseguí, encontré la calle y el número –tarea tediosa para una vacación-, pero cuando llegué no había nada.  Lo único que pude averiguar luego de mi pesquisa fue el teléfono de algún familiar suyo. Lo llamé buscando algo, no sé qué, pero no supo darme ninguna información sobre tu antecesor; desilusionado, sólo opté por felicitarlo y mostrarle mi admiración por uno de los más talentosos fotógrafos del Siglo XX.
Chambi nació en 1891 en Coaza, departamento de Puno, en el altiplano peruano, cerca del Lago Titicaca en una familia campesina. Vivió en Arequipa –donde trabajó con el fotógrafo Max Vargas- y Cuzco donde instaló su estudio.  Realizó varias exposiciones en Arequipa, Puno, Cuzco, Lima, La Paz, Santiago de Chile, Viña del Mar.  Ganó la Medalla de Oro en la Exposición Internacional de Bolivia en 1925.  Murió en 1973. El ambiente político cultural que le tocó vivir fue de particular creatividad intelectual poniendo en el centro la discusión sobre lo indígena.  Recordemos que José Carlos Mariátegui publicó en 1928 por primera vez su ya clásico texto Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, y su revista Amauta era una referencia de la discusión de la época.  Cuzco se encontraba en el debate, surgían varias corrientes y grupos, y el estudio de Chambi se convirtió en uno de los espacios de intercambio cultural.
Tal vez por eso la mirada de Chambi es autónoma, creativa e inteligente.  Se retrata a sí mismo y su contexto.  Su intención es tan política como etnográfica: “Llevo en mi archivo más de doscientas fotografías de diversos aspectos de la cultura quechua.  He recorrido y recorreré las regiones andinas en esta peregrinación.  Sobre todo, he escudriñado con la lente de mi cámara fotográfica todos los rincones de palacios  fortalezas de Cuzco (…). Me siento como un representante de la raza; ella habla en mis fotografías”.
A diferencia de la foto colonizadora de la época –particularmente europea- que “descubre” al indio al mismo tiempo que lo hace con las excentricidades africanas, Chambi muestra el mundo complejo de la vida rural, de la cual él mismo forma parte.  No se monta en el paradigma liberal del progreso, propio de algunos gobiernos e intelectuales latinoamericanos que veían en lo popular un impedimento para el desarrollo. No exalta romántica, ingenua o folklóricamente lo indígena, sino que retrata su cotidianidad y fortaleza cultural en múltiples dimensiones.  Por ejemplo, una serie de imágenes retoma la grandeza de Machu Picchu mucho antes de que se convirtiera en un lugar turístico.  Tanto las vistas panorámicas de los complejos urbanos como el detalle de la “Piedra de los doce ángulos” o el “Muro de las cinco ventanas de Wiñay Wayna” (1941), enseñan cómo tecnología y cultura fueron las que forjaron al lugar y su gente. 
Chambi no busca una postal, un indio de museo. Lo fotografía en el estudio y en el campo, en la fiesta y en la montaña, en la escuela y en la comunidad. En la imagen “Campesina de Combapata” (Cuzco, 1934), en el “Grupo de campesinos de Tinta” (1930), o en la maravillosa “Familia de Ezequiel Arce con su cosecha de papas”, todos -padres hijos y hermanos- están sentados en una pirámide de papa que es el fruto del trabajo y de la tierra.  No miran a Chambi, sino al futuro y al pasado a la vez.  Cuerpo, comunidad, cultura y naturaleza. 
Ante la cámara del fotógrafo también posa la élite cuzqueña, sus fiestas, sus mansiones, sus bodas y hazañas.  Pero no los exalta, tampoco los ve desde abajo.  Los reconoce, los muestra, les asigna un lugar.  Los monta en la tecnología, en el automóvil, en la moto, en el tren. Pero no los contrasta con el mundo rural, no los contrapone, no hace de ellos los responsables de una promesa de modernización.  No jerarquiza su medio poniéndose a él mismo en la escala inferior; sólo dibuja los distintos rostros de una compleja colectividad.

En varias imágenes aparece el propio Martín Chambi, en su estudio o en el campo, solo o acompañado; pero de todas ellas, me quedo con el “Autorretrato” de 1923.  Con un impecable manejo de la luz, Chambi mira su propia imagen en una placa fotográfica.  Es una metáfora de todo su trabajo. Mira y se mira. Retrata y se retrata. Sus fotos muestran un fotógrafo que supo conjugar cultura y universalidad, tiempo y trascendencia.  
Publicado en Suplemento Ideas, de Página Siete (31/08/2014)

lunes, 4 de agosto de 2014

Marshall Berman en Times Square

A Marshall Berman se lo conoce y recuerda sobre todo por su libro clásico Todo lo sólido se desvanece en el aire, pero en verdad se sabe poco de él, de su accidentada vida y de su apasionada relación con su ciudad: Nueva York. On the town. One hundred years of Spectacle in Times Square es un texto que devela parte de esa historia.  Fue publicado inicialmente por Radom House (2006) y posteriormente por Verso (2009). Cuenta con seis capítulos y decenas de ilustraciones.

Por el origen de este estudio, se entiende buena parte de su contenido. Cuenta el autor que un domingo de junio del 1995, antes de dormir lo llamó un amigo editor de The Village voice invitándolo a escribir sobre Times Square denunciando millonarias inversiones de grandes empresas que cambiarían la naturaleza de la calle 42, la famosa plaza y su importancia para los neoyorquinos. Le sugería que se encargara de la introducción a un dossier crítico que ya estaba armado. En primera instancia rechazó la oferta, pero al colgar el teléfono su esposa le dijo: "¡Idiota! Es tu gran oportunidad, ahora puedes juntar cosas -sexo y bienes raíces y cines y tus padres y el metro y carteles y la calle-, todo lo que siempre dices que quieres hacer". Al día siguiente, estaba aceptando la propuesta. Este llamado de atención marca el tono del libro, el espíritu con el cual Berman se sienta a redactar: "juntar cultura y política, juntar el Nueva York del pasado y del presente, juntar mi vida como hombre y mi vida como niño, juntar mi búsqueda intelectual por las verdades profundas y mi primitivo amor por las luces de colores".

Con aquella premisa como una especie de estado de ánimo intelectual y emocional a la hora de explicar un problema complejo, el autor nos invita a recorrer las 260 páginas de su libro y los cien años que contiene. Y aclara que no buscará narrar la historia de la plaza o lo que hace la gente en esa calle, sino cómo se adueña de ella, para lo cual acude a todos los recursos que tiene a la mano: documentos históricos, fotografías, recuerdos y memorias personales, observación empírica, afiches, referencias teóricas, experiencias, etc. Metodológicamente, no tiene ningún reparo en empezar contando su fascinación por los anuncios luminosos, su tránsito de infancia por la calle 42 cuando acompañaba a su padre al trabajo o aquella anécdota donde, al confesarle a su tía que él había consumido drogas y que la sensación era sentir visiones alucinantes, ella le dijo: "No necesitas de drogas para esas experiencias. Todo eso lo tienes yendo a Times Square".

En cada capítulo, el autor relata episodios sobre la enigmática plaza poniendo el acento en un momento histórico pero subrayando su sustancia. Empieza con los primeros carteles a principios del siglo pasado, se detiene en las imágenes clásicas como la foto del marino besando a una enfermera –ambos anónimos hasta la fecha- en pleno Times Square en la Segunda Guerra Mundial, la representación de lo masculino y de lo femenino, etc. En suma, transita por la manera cómo se conformó ese lugar caracterizado por la "superabundancia de sentidos" que se dejan ver tanto en cada una de las imágenes y obras que ahí se muestran, como en la historia de quienes viven una experiencia particular.

Luego de una deliciosa narración interpretativa del lugar, Berman llega al epílogo nuevamente contando un incidente personal: "Reuters y yo". Describe cómo fue forzado a retirarse de la puerta del edificio de Reuters por un agente de seguridad que tenía el mandato de no dejar detenerse a nadie. Cuando argumentó que lo único que estaba haciendo era mirar lo que pasa en la calle para escribir un libro, recibió la eterna respuesta de los agentes de seguridad: "son órdenes". Contrariado por cómo la agencia de noticias que es capaz de denunciar regímenes despóticos en todo el mundo, era la primera en impedir a los ciudadanos a transitar libremente por la calle, optó por retirarse sin hacer escándalo, continuar con la redacción de su libro y no faltar al cumpleaños número diez de su hijo, que lo estaba esperando. Pero el bochornoso episodio le permite volver a la propuesta analítica y militante de su libro: "uno de los derechos humanos primarios es el derecho a la ciudad; esto significa que la vida de ciudad es una experiencia a la cual todo ser humano tiene derecho, lo sepan o no. A la vez, las ciudades son vulnerables y necesitan amor y cuidado infinitos".

El libro nos invita no sólo al tránsito por la famosa plaza, sino sobre todo devuelve la imaginación a la interpretación sociológica, la experiencia personal como fuente de análisis, la agudeza en la observación de cualquier insumo gráfico o histórico para sacar provecho analítico. Todo permeado por una intención política: la reivindicación de ser colectivamente dueños de la urbe, de sus plazas, de sus tiempos. Marshall Berman, uno de los neoyorquinos más memorables para conocer y recorrer.

Publicado en suplemento Ideas de Página Siete (03/8/2014)