miércoles, 16 de julio de 2014

Memorial 9/11


No es fácil visitar un lugar cuya importancia está marcada por la tragedia.  Las imágenes de lo que ahí pasó siguen viniendo a la mente inevitablemente.  Recuerdo que aquella mañana, yo estaba trabajando cuando alguien dijo “un avión se ha estrellado en una de las torres en Nueva York”.  Parecía un mal chiste o un adelanto de una película de ciencia ficción.  Bajamos todos a la sala donde había una pantalla gigante y pudimos ver en vivo el fuego en uno de los edificios.  De pronto, apareció otro avión y lo vi, en “tiempo real”, estrellare en la segunda torre.  Mientras ardían ambas, uno de mis colegas dijo “acaba de cambiar la historia de la humanidad”.  A los minutos, la tele mostró el desplome de uno de los íconos de la economía mundial como un castillo de naipes.  No entendía nada; mi única certeza era ser testigo de tiempos intensos y dramáticos.

Más de dos lustros después me toca visitar nuevamente las Torres Gemelas, o más bien el espacio vacío que dejaron aquellas edificaciones a las que subí en uno de mis primeros viajes a Nueva York en 1992 –guardo algunas fotos de ese momento- y las mismas que vi hacerse polvo por la pantalla. 

Cuando llego, me encuentro con un hombre que limpia con empeño un mural en la calle lateral.  Según cuentan, está siempre ahí, tallando las letras que dicen “Nunca olvidaremos”.  Todo indica que se quedó perdido en el impactante momento; su cerebro se detuvo, como su espíritu, como el mural que cuida. Sigue anclado en el 9/11. 

En el Museo Memorial que ahí se ha construido, luego de pasar por una minuciosa auscultación y un detector de metales, me acerco a las fuentes que botan agua hacia un abismo.  Escuchando el agua caer, leo algunos de los miles de nombres inscritos alrededor de las mismas: Anthony, Ronald, Giovanna, Alexander, Gabriel, Jeffrey, James, Harper, John...  Casi tres mil personas de noventa países distintos (el mayor, alguien de 85 años; el menor, de 2). Siento los gritos, la desesperación, vienen a mi mente las personas tirándose por las ventanas.  Repaso todas las fotos que alguna vez vi, y me da la impresión de estar escuchando el desastre, el terror, la fatalidad.  Y entre tanto, el agua.

Me siento hermanado con cada persona que esa mañana entró a los edificios, como un día más de trabajo, o como bombero tratando de lidiar con algo mucho más espantoso que un incendio, algo que no sabían cómo administrar, algo a lo que jamás se habían enfrentado.  Pero también siento el grito, el miedo, el llanto de los muertos en Hiroshima y Nagasaki, en Vietnam, en el golpe militar en Chile, en el Medio Oriente, y tantos más, causados por los gobiernos norteamericanos.  Y desprecio la guerra y el poder que la provoca.


En Nueva York todo es espectacular, las dos torres lo fueron, también lo fue su destrucción.  El 11 de septiembre del 2001, la ciudad que nunca duerme, esa noche vivió su peor pesadilla.

(Publicado en El Desacuerdo, N. 20)

viernes, 11 de julio de 2014

Secretos

A todos nos gusta los secretos.

martes, 8 de julio de 2014

Quinua, con “u”

En la película Chuquiago, de Antonio Eguino (1977) uno de los personajes principales es Isico, niño aymara entregado por sus padres a una vendedora de La Paz. En su deambular por los laberintos urbanos –por aquella ciudad de micros y callejuelas, mucho antes de la era del teleférico-, llega a un mercado donde, al enseñar su cara de hambre, le regalan un plato de quinua, la comida del pobre, del más pobre de los cuatro protagonistas del film.

Pero estamos lejos de aquellos años paceños. Es curiosa la evolución de este cereal en este tiempo.  Cuando vivía en México, encontraba quinua peruana en una tienda de chinos, o, eventualmente, en algún comercio de productos extravagantes. Pero en Nueva York, es cosa de todos los días.

En el supermercado cercano a mi casa, se la exhibe en un estante entero al lado del cuscús, amaranto y otros granos de distintos lados del mundo. La variedad de la oferta es remarcable: tricolor, roja, negra, natural, mediterránea, tostada con sésamo y jengibre,  aderezada a las finas hierbas, con limón, con tomate y albahaca, con tres quesos y mostaza, con vegetales, “a la italiana”. Cuesta entre tres y seis dólares la bolsa de 200 a 400 gramos.

Todas las marcas subrayan sus propiedades nutritivas –particularmente el que sea “libre de gluten”, que es uno de los temas de la alimentación contemporánea-, y su rapidez en la cocción, sea en micro hondas o hirviéndola (en cualquier caso, antes de 15 minutos el plato estará listo y en la mesa). También alguna empresa destaca su procedencia: “Conocida como ‘grano madre’, la quinoa –con ‘o’- era la materia prima de los antiguos incas y la mayor fuente de alimentación de indígenas quechuas de la región andina de América del Sur” (claro, todo en inglés). Entre la variada oferta, me llama especialmente la atención la marca Grano Urbano, en cuya elegante presentación se muestran edificios a contraluz con un fondo oscuro y tres discretas estrellas. 

Sigo curioseando en el mismo estante y, al lado de la quinua me encuentro con otro producto familiar: “Kañiwa” -entiendo que estamos hablando de la kañahua-. Para salvar las dudas, tomo la caja en mis manos, y en la parte trasera confirmo mi intuición: “Pronunciada como ‘ka-nyi-wa’, Kañiwa –usan la letra ‘ñ’ inexistente en inglés- ha sido cultivada por miles de años en América del Sur. Era una materia prima de la antigua cultura inca”.

Sin dudar compro quinua y kañahua, pero llegando a casa las dudas vuelven a la hora de cocinarlas. Con la primera no hay problema, pero de la segunda, el último vago recuerdo que tengo son las sendas atoradas con el “pito de kañahua” que vendían en la salida del colegio en baratas bolsitas de colores. Ni siquiera sabía que era un grano negro y más pequeño que la quinua, y mucho menos que se lo podía comer sin atorarse.

La primera pregunta es dirigida a los familiares en La Paz, pero nadie sabe cómo cocinarla, y más, todos preguntan: ¿acaso se come? En estos casos, como en otros, el oráculo del internet suele tener una respuesta. Y no falla. Con solo googlear mi problema –“recetas de kañahua”- aparece una lista de opciones –todas en inglés- que permiten una variedad en su tratamiento.  Finalmente llega la hora del almuerzo y me siento a degustar el producto de “los incas y las antiguas culturas de América del Sur” –como señala el anuncio publicitario- en un barrio afroamericano –Harlem- en Nueva York.


Lo interesante de la quinua, la kañahua y tantos otros productos nacionales es que, más allá de ser un ejemplo anecdótico, se inscriben en una profunda transformación del país que va en distintas direcciones: por un lado, la internacionalización de la cultura alimenticia local –por ejemplo la quinua-, lo que conlleva acentuar las características que el comprador –en este caso neoyorquino- quiere encontrar en el producto (saludable, exótico, práctico, milenario, orgánico); pero por otro lado, la mutación del gusto y consumo local. La apertura de numerosos restaurantes en La Paz, la variedad de vinos, el éxito de los supermercados y los productos que se encuentran en ellos, y tanto más, hablan de un “proceso de cambio” que opera lejos del mundo político y del discurso oficial.

Habrá que ver de dónde viene todo esto, a dónde nos lleva, cuál es su profundidad, y la serie de preguntas que se desprenden para una investigación más sistemática que prometo emprender en los próximos años. Parto de la tesis de que todo este movimiento no es fruto sólo de la gestión evista, sino más bien se trata de una “afinidad electiva” de larga data entre la modernización capitalista en su etapa de mundialización, con la emergencia y consolidación de una cultura popular urbana. Pero claro, para discutir con más precisión habrá que formular un proyecto, hacer preguntas, decenas de entrevistas, trabajo de campo, observación participante, y todo aquello a lo que nos dedicamos los sociólogos.


Para el caso, por lo pronto, lo claro es que hoy el Isico de Antonio Eguino, se sentiría más cómodo en uno de los personajes de la Zona Sur de Juan Carlos Valdivia.

(Publicado en suplemento Ideas de Página Siete, 6/7/2014)

viernes, 20 de junio de 2014

Vida de ciudad

1  Jazz íntimo

       Marjorie Eliot lleva veinte años recibiendo a quien quiere visitarla en su pequeño departamento en Harlem los domingos en la tarde para tocar y escuchar jazz. La cita es puntual, a las tres y media. El espacio que toda la semana es su cotidianidad, ahora se convierte en escenario. En la sala y el comedor se recorren todos los muebles y se ponen sillas plegables. La cocina, el pasillo y cada rincón tiene un lugar dónde sentarse.

Cuando llegamos, la música ya empezó, se la escucha desde las gradas exteriores. Casi no podemos entrar, hay gente hasta en el pasillo. Con dificultad paso a mis hijas hacia adelante y yo me quedo parado, beneficiado por mi altura sólo logro ver al saxofonista, mientras escucho el piano, la trompeta y el bajo que suenan desde algún lugar de la casa. La música invade todo, por dentro y fuera. Con la poca luz, empiezo a observar las fotos, recortes de periódico y afiches que Marjorie tiene colgados en las paredes. Todos giran alrededor del jazz, la música y su historia.

Marjorie perdió dos de sus hijos. Uno de ellos se fue en domingo hace más de veinte años, y desde entonces, para que ese día no se le hiciera tan triste, llena su departamento de música y gente. En el intermedio deja su piano, se abre paso entre el mundo de personas y llega con dificultad a su cocina. Con una sonrisa encantadora que no disimula su dolor, la jazzista afroamericana, toma una charola llena de barritas de granola que las ofrece a los asistentes. Sólo se le escucha: "gracias por venir".

2     Candados en el puente de Brooklyn

De distintas maneras, quienes visitan centros turísticos han buscado guardar el registro de su paso, sea escribiendo con un plumón algo como “por aquí pasó tal”, hasta retratándose en ellos llevándose a casa el “trofeo fotográfico” del que hablaba Susan Sontag.  Pero ahora, en la era en que la imagen es tan fugaz como eficaz y que segundos después de ser tomada puede aparecer en cualquier red de internet, parece que no faltan quienes establecen otra relación más material y concreta con el lugar.  


Eso parecen indicar los candados colgados en algunos de los cables de metal del Puente de Brooklyn; los tamaños y formas son múltiples, lo único que los asemeja es la fecha y el nombre inscritos en cada uno de ellos; se dice que luego de cerrarlos, se debe tirar la llave al río para asegurar que así se quedarán por siempre.  El candado -con toda la carga simbólica que implica- parece pretender abonar a la ilusión de perpetuar el momento ahí vivido; una especie de vínculo eficaz que supere la circunstancia y permita un anclaje en la memoria y en el tiempo del instante en que se lo cerró. Un pacto de eternidad.  Cuando en el mundo prima lo líquido –como sugiere Bauman-, lo efímero, lo abstracto, parece que en algún lugar de la conciencia todavía se siente la necesidad de estar ligado a lo sólido mediante algo tan material y brutal como un invento del Siglo XVII, que impida el acceso de algún intruso, que nos proteja y nos asegure trascendencia. 

(Publicado en El Desacuerdo N. 19, junio 2014)