domingo, 9 de septiembre de 2018

Ganesh en París


Por Hugo José Suárez




En alguna de las pequeñas calles del distrito 18, están colados algunos anuncios impresos en papel bond que invitan a la celebración de Ganesh, uno de los dioses hinduistas. Se trata del Temple Sri Manicka, uno de los primeros en su género instalados en París, en 1985, donde se dice que, aunque acuden muchos indios, la mayor parte de sus devotos son de Sri Lanka. La invitación parece uno de esos típicos afiches de santos y vírgenes que recorren los barrios populares de la Ciudad de México. Es el domingo, no me perderé la cita. 
Llego a la calle en cuestión y una empresa india de telecomunicaciones está repartiendo un jugo extraño de dos sabores: uno rosado que parece de frutilla, y el otro blanco con pequeños locotitos, picante claro. Continúo el recorrido y me encuentro con que la mayoría de los comercios pusieron en la acera altares con incienso, plátanos, flores, afiches y algunos la imagen de la divinidad.
Por la calzada, pequeñas montañas de coco adornados y cubiertos con un polvo amarillo. Los carros alegóricos van pasando, uno jalado por varones y otro por mujeres; ellas vestidas con atuendos típicos de muchos colores vivos, los hombres descubiertos de la cintura para arriba, y abajo una túnica blanca. Detrás de la procesión los cantos y rezos femeninos inundan el ambiente, algunas de ellas llevan adornos con coco y flores en la cabeza; otras, bandejas de cerámica con fuego que es alimentado en el camino. 
Al cabo de una media hora, buena parte de las montañitas de coco están destrozadas en el piso. Entre tanto, decenas de tiendas de comida india, de cadenas de televisión e internet, videos pirata -especialmente producción de Bollywood-, ropa, abarrotes y especias. Entre el público, muchísima gente de ese lugar del planeta, además de turistas de distintos orígenes y franceses interesados en el evento. 

El paisaje indio es contundente, sólo los discretos nombres de las calles, algo de la arquitectura, una “boulangerie-patisserie” y la presencia policial, nos recuerdan que estamos en París. Los rostros, la música, los atuendos, las imágenes, el tipo de práctica religiosa, los sabores y olores, nos transportan a India. No sólo es un ambiente cultural envolvente, también la atmósfera mística es penetrante; mi hija de 11 años sólo atina a decir: “si yo fuera este Dios, les daría todo lo que quisieran”.
Una experiencia fabulosa, una oportunidad de intercambio con aquellos contextos tan diferentes y alejados de nuestro horizonte y del que sabemos tan poco. Acaba de entrar en mi agenda la necesidad de conocer India. Ya di el primer paso.

Publicado en El Deber el 9 de Septiembre del 2018

domingo, 26 de agosto de 2018

Desde París


Por Hugo José Suárez

Cuando que empecé esta columna, quise que las letras estén vinculadas al contexto directo que tenía en frente. Lo dije al principio: escribiré desde algún café de Coyoacán de la Ciudad de México disfrutando cada golpe de tecla. Creo que las palabras llevan consigo, además, el resultado del ambiente desde dónde se las produce. Hoy quiero hablar del lugar que será mi nueva morada temporal.
Tengo la fortuna de que me otorgaron la Cátedra Alfonso Reyes del Instituto de Altos Estudios de América Latina, en la Universidad de Sorbonne Nouvelle, y la Cátedra Jacques Leclercq en la Universidad Católica de Lovaina, lo que, unido a la comisión académica que generosamente me brinda mi institución de origen, la UNAM, me permitirá vivir un año en París. Por tanto, cada entrega será despachada desde este lugar del planeta. Pero la intención será la misma: registrar la vida diaria, comentar libros y películas, episodios o posiciones políticas.
De cierta manera, estas líneas serán material para un libro que pienso publicar sobre esta estancia parisina, similar a Un sociólogo vagabundo en Nueva York, que fue el resultado de mi sabático en dicha ciudad.
Empiezo evocando mi relación con París. Haciendo el doctorado en Bélgica, pude conocer personas extraordinarias que trabajaban acá. Me conecté con Pierre Bourdieu -en otra ocasión cuento esa historia- y él me vinculó con Franck Poupeau -entonces su asistente en El Colegio de Francia-, luego conocí a Françoise Martínez y Christophe Giraud. 
Eran años especiales, muy dinámicos, a finales de los 90. Bourdieu ocupaba el lugar central de la vida intelectual francesa y su posición era de confrontación y denuncia del neoliberalismo. Del lado boliviano, eran los mejores años del pensamiento crítico que, desde la marginalidad académica -y la prisión- denunciaban la intelectualidad cortesana seducida por el discurso neoliberal. Los movimientos sociales emergían y ponían sobre la mesa otras formas de la política. 
En esos años, a mi vuelta de Bélgica, impulsamos colectivamente el grupo “Ciencia social y acción”, que discutía la propuesta del sociólogo francés desde la perspectiva local, lo que dio como fruto el libro Bourdieu leído desde el sur. Eran aires frescos que fluían en varias direcciones, la academia francesa se nutrió de nuestras reflexiones y nosotros de las suyas.
Todo eso quedó atrás. Bourdieu murió, el panorama académico y político parisino es distinto. En Bolivia, el impulso renovado de finales de los noventa o se convirtió en libros desde una trinchera universitaria, o se burocratizó en el laberinto estatal perdiendo toda creatividad e imaginación. Creo que no es mucho lo que se puede rescatar de ese proceso político-intelectual, o tal vez sea una alarma sobre hacia dónde no hay que dirigirse y cómo el poder puede destrozar ideas, proyectos y amistades.

Es otro tiempo, pero un mismo lugar. Ya decía: van estas líneas desde París, con nuevos aires que iré compartiendo en estas entregas.

Publicado en El Deber el 26 de Agosto del 2018

domingo, 12 de agosto de 2018

Justicia y dignidad

Acaba de salir a la luz la segunda edición de Justicia y dignidad. Alegato y sentencia en el juicio a la dictadura de García Meza (UMSA – Didáskalos, 2018). He vuelto a recorrer esas páginas con especial interés porque ahí está mi propia historia –el asesinato de mi padre en 1981– y, por supuesto, la del país en su conjunto.
A estas alturas, es difícil recordar el ambiente de aquellos años. El juicio empezó a mediados de los años 80 cuando el dictador Luis García Meza todavía andaba campante por clubes y plazas en todo el país. Déspota y arrogante, era común verlo sin que se le moviera un pelo de vergüenza. Por eso, el inicio del juicio a la cabeza de Juan del Granado fue una labor titánica que duró nueve años.
En toda esa temporada, la interpretación de la historia no estaba resuelta, todavía la disputa por la verdad estaba en juego y la moneda en el aire. De hecho, en el libro se refleja la argumentación torcida y mentirosa del exdictador y su intención por convencer que no tenía responsabilidad alguna.
En aquel tiempo, García Meza contaba con muchos recursos –desde conexiones, alianzas y complicidades hasta el dinero robado–, lo que le permitió tener un equipo a su disposición; en cambio, Juan y las víctimas teníamos que sumar esfuerzos para cuestiones operativas, desde vivienda hasta fotocopias.
Como se refleja en el libro, la acusación fue en cuatro áreas: delitos contra la Constitución, asesinatos en la Central Obrera Boliviana, genocidio en la calle Harrington y delitos contra la economía del Estado. La sentencia final fue dictada por la Corte Suprema de Justicia en abril de 1993 y fue recibida con una celebración popular en la plaza 25 de Mayo en Sucre; el dictador fue condenado a 30 años de prisión sin derecho a indulto.
El libro es estremecedor. Las fotos muestran la esperanza de las víctimas, de Juan y de quienes impulsaban la justicia, que contrasta con la mirada del exdictador, que, sentado en la silla de los acusados, no abandonaba su perverso rostro. Los testimonios cuentan los detalles de las torturas, los asesinatos, el sufrimiento, las persecuciones. Además, se reproducen las fuentes que sustentan las acusaciones.

La reedición del documento nos devuelve un pedazo del Juicio del Siglo, pero es mucho más: se trata de un emblema que tiene que resonar y ser reactualizado constantemente. Ahí se narra la justicia y la dignidad no solo de los afectados directamente por la dictadura, sino de toda la nación que logró someter a un dictador y condenarlo con la ley en las manos. Y por supuesto que nos recuerda lo agradecidos que debemos estar con Juan del Granado y el equipo impulsor del juicio. Es un libro que no debe faltar en ningún estante, pero sobre todo una historia que debe reconfortarnos y empujarnos a mirar el futuro de otra manera.

Publicado en El Deber el 12 de Agosto

domingo, 29 de julio de 2018

Luis Miguel

Por Hugo José Suárez

La primera vez que lo vi fue en el transcurso de los 80, en televisión. Como es de mi edad –nacimos ambos en 1970– de distintas maneras Luis Miguel siempre ha estado ahí, en ocasiones invisible, y a veces insoportablemente presente. En el último tiempo, se había convertido en un fantasma, todo lo que se escuchaba de él era que había cancelado un concierto o sus problemas con las drogas y su desequilibrio emocional. Pero de pronto, lo desenterraron y ahora otra vez se lo escucha en el taxi o en la sala de espera de cualquier lugar.
Hay que recordar que su carrera exitosa estuvo pegada a su vínculo con el poder del PRI en México. Debutó cantando al presidente José López Portillo con ocasión de la boda de su hija en 1981 –tenía 11 años–, luego con los favores del inmensamente corrupto y autoritario Arturo Durazo, jefe de policía de la Ciudad de México –entonces Distrito Federal–, logró un ascenso formidable. Se convirtió en la propuesta cultural de Televisa y devino en la cara estética del proyecto neoliberal de los 80. Con él se consolidaba la estrategia de la agenda de una nueva identidad nacional gestionada desde Televisa, de la mano del Chavo del Ocho y la amplia gama de telenovelas. México abandonaba así la era de oro del cine; María Félix era sustituida por Verónica Castro o Lucía Méndez; Agustín Lara o Jorge Negrete por Luis Miguel.
Al lado suyo surgieron otros personajes de laboratorio, más o menos exitosos, como Timbiriche, Lucerito, las Flans, etc. Pero ninguno alcanzó el vuelo de Luis Miguel. Además, en los 80 se empezaba a consolidar el rock mexicano en una nueva generación con grupos como La Maldita Vecindad, la Santa Sabina, Café Tacvba, Los Caifanes, que eran abiertamente contestatarios y se mofaban de todo lo que viniera de Televisa.
Hay que reconocer que Luis Miguel tiene tres grandes virtudes. Primero, sin duda tiene muy buena voz, bien educada, precisa y limpia. Segundo, su manejo de escenario es impecable –según todos los que lo han visto en acción–, no es casual que sea quien más taquilla vendió en el Auditorio Nacional en México. Finalmente, la producción que gira a su alrededor es impresionante en todos los frentes, desde las cámaras hasta las composiciones, el marketing, los ingenieros de sonido, etc.
Dicho eso, el famoso cantante estaba de capa caída y perseguido por el éxito de su pasado, pero alguien decidió revivir el espectro, y lo hizo bien. Aprovechó el pasado glorioso, lo estructuró en un melodrama estilo novela de Televisa de los 80, pero se montó en la narrativa y soporte digital de Netflix que ha revolucionado la manera del consumo de series. El resultado es muy atractivo, ahora todos hablan de la vida y milagros de Luis Miguel y se lo escucha hasta en la sopa. La serie aparece en un periodo de ascenso político de la izquierda mexicana con Andrés Manuel López Obrador como vencedor de las elecciones y justo cuando Televisa estaba perdiendo televidentes y, claro, muchísimo dinero. Además, es una estrategia para atraer al público adolescente que vive en las redes sociales y combatir a los youtubers –autónomos, diversos, incontrolables– que son la referencia de ese enorme sector

En suma, la serie es el reciclaje de la nostalgia ochentera sobre otra plataforma tecnológica con intenciones políticas y comerciales. Nada nuevo. Ganan Luis Miguel, Netflix y los empresarios de la industria cultural. Perdemos todos los demás.

Publicado en El Deber el 29 de Julio

lunes, 16 de julio de 2018

Fútbol


Hugo José Suárez
Tengo una relación distante con el fútbol, no sé por qué. Estudié en un colegio jesuita en La Paz donde lo único que se practicaba era el balompié; yo que era alto y flaco, más bien dotado para el vóleibol, jamás formé parte de equipo alguno. Además, la masculinidad homogeneizadora que se forjaba alrededor de ese deporte iba en contra de mis facultades y sensibilidades.
Mis amigos que sí sabían patear la pelota gozaban en la escuela de privilegios escandalosos: llegaban tarde a clases porque tenían entrenamientos, se reprogramaba sus exámenes si se cruzaban con algún campeonato, tenían equipos deportivos modernos a su disposición. Incluso se convertían en el modelo del estudiante ejemplar. Nunca entendí por qué en una institución inspirada en San Ignacio y dirigida por sacerdotes de sofisticada formación teológica y filosófica, se descuidaba tanto todo lo proveniente de las humanidades (por ejemplo había una semana deportiva sin clases, jamás de un festival de teatro o cine).
Pero sumergido en un ambiente de donde el fútbol era preponderante, no dejé de entrar en la dinámica propia de aquel tiempo. Recuerdo que tenía, como todos los estudiantes de entonces, equipos enteros construidos con corcholatas para jugar en una canchita –una pequeña frazada adaptada-, con arcos de alambre y una pelotita de plástico. Hacíamos campeonatos espléndidos en los cuales cada cual llevaba alguna selección nacional construida por uno mismo con recortes de los rostros de jugadores pegados al interior de la chapa. Como mis amigos solían estar al día con la discusión internacional, escogían equipos y nombres de celebridades. En cambio yo, sobre-politizado y en un ambiente de dictadura y lucha por la democracia, optaba por equipos de afinidad ideológica, aunque sin destreza deportiva. Así, mis favoritos eran Cuba o Nicaragua, que se enfrentaban contra Brasil, Alemania o Argentina. No se equivoquen: a veces Nicaragua podía someter a Brasil; cosas que sólo se daban en esas condiciones.
En los últimos años me he acercado un poco más al fútbol. Los escritos de Juan Villoro o de Eduardo Galeano me ha entretenido, tanto como un buen partido. Sé que se me criticará de intelectualizar lo que antes que nada es un despliegue de sentimientos, pero ese camino ha surtido efecto, incluso en el mundial del 2014 que me tocó verlo en Nueva York, estuve en algunas cantinas disfrutando del juego con una cerveza al frente en un ambiente totalmente gringo. Gocé mucho, lo confieso.
El mundial que ahora está en curso trajo una novedad: el interés de mis hijas. Los días que iba a jugar México, ellas me pidieron que les comprara una polera oficial y se negaron rotundamente a acompañarme a un café a ver el encuentro, lo iban a hacer con sus amigos en la escuela. Mi hija de 11 años me conmovió: ¿cómo no voy a apoyar a mi país? Todos mis argumentos y mi frialdad se vinieron abajo.
Hoy al final del día se sabrá quién es el nuevo campeón. Intentaré ver el partido, estoy aprendiendo a entregarme a esas emociones.

Publicado en El Deber - 20/06/2018

Unas líneas con Sergio Pitol

Hugo José Suárez
En México, cada que muere un escritor, se alborota el medio cultural. Se le dedican sendas portadas de periódicos, programas en las televisoras culturales, suplementos dominicales e infaltablemente estantes en las librerías con todos sus títulos. Y claro, los lectores comunes, como yo, nos preguntamos cuántos libros suyos tenemos en nuestras bibliotecas o cuánto hemos leído de él. En mi caso, a menudo con un dejo de culpa, me doy cuenta de lo poco que lo conocí al recién desaparecido. Es lo que me sucedió con Sergio Pitol, que partió el 12 de abril del 2018 en Veracruz.
Al enterarme de su fallecimiento, rápidamente fui a adquirir los textos que más me llamaban la atención. Aquí mis primeras reacciones a quemarropa de las joyitas con las que me topé.
Pitol escribió El arte de la fuga (Era, 2011, México D.F.), un libro biográfico pero con un sello extremadamente personal que transita por los géneros siguiendo “la intuición y el instinto” como consejeras primordiales: 
“Decidí entonces hacer un libro que fuese un desplazamiento por distintos momentos de mi existencia como lector y como autor (…). Y el libro se fue creando a través del instinto. Sabía que no era ni una crónica de mi vida ni una autobiografía ni estaba yo escribiendo mis memorias. Rompí la cronología, traté de desgastar los géneros para que se imbricaran uno con otro: partes que parecían crónicas que terminaban en un cuento, ensayos que de repente se volvían narración y al final tenían una fuga ensayística. Eran acontecimientos y fugas de lo narrado.”
En un episodio del mismo escrito habla de política. Elabora un diagnóstico lúcido -en 1996- del México sumido en una catástrofe civilizatoria, que hoy resuena con una pertinencia que asombra y asusta: “Cuando observo el deterioro de la vida mexicana pienso que solo un ejercicio de reflexión, de crítica y de tolerancia podría ayudar a encontrar una salida a la situación”.
Y critica la relación con el poder: “La conexión entre el escritor y el príncipe ha estado desde el principio de los tiempos minada por el equívoco; es una amistad peligrosa. Un novelista tiene que aprender a mantener un diálogo con los demás, pero sobre todo consigo mismo, debe aprender a escrutarse y a oírse; eso le ayudará a saber quién es. Si no lo logra, en vez de una novela construirá un artefacto verbal que intentará simular una forma narrativa, pero cuya respiración será la equivocada. Recogerá, tal vez, algo que está en la atmósfera. El autor sabe que le agradará al César o al vulgo, da lo mismo; la ha escrito para alguna de esas dos deidades”. 
En otra reflexión Pitol sostiene una premisa que parece máxima sociológica: “Uno conoce siempre a saltos, fragmentadamente, tiene conciencia de los efectos, pero al no identificar las causas es como si no conociera nada”. O lo que parece un complemento: “Así suceden las cosas. Vuelva usted a preguntar qué somos, adónde vamos y una bofetada lo librará de las pocas muelas que le quedan”.
Termino con un pedazo de El viaje (Era, 2015, México D.F.), donde nuevamente evoca “la reacción del instinto”, y valora “los esfuerzos intelectuales para no enmohecerse, para no dejar de pensar, para impedir que sus estudiantes se conviertan en robots”, consigna que debería convertirse en una aspiración generalizada, especialmente en la academia mexicana que camina firmemente hacia la burocratización del conocimiento.

Murió Sergio Pitol, un escritor de muchos tiempos

Publicado en El Deber el 20/05/2018

La fe y las promesas

Hugo José Suárez
Unas semanas atrás, TV – UNAM tuvo la atinada iniciativa de proyectar películas premiadas en el Festival de Cannes, por la conmemoración de los más de 70 años del prestigioso evento. Me invitaron a comentar el filme Pagador de promesas, de Anselmo Duarte (1962), que obtuvo una Palma de Oro, la primera película extranjera en ganar esa distinción y la primera brasilera nominada a los premios Óscar en 1963 (confieso que, a pesar de su éxito y pertinencia, no la había visto).
El filme retoma la novela de Alfredo Dias Gomes, autor, entre otros, de El bien amado, telenovela de alto impacto en Bolivia en los 70. Se cuenta la travesía de Zé, un creyente del noreste rural de Brasil que realizó la promesa a Santa Bárbara de llevarle una cruz hasta el templo que se encuentra ubicado en la capital del estado, si salvaba a su burro, al que le cayó un rayo. La Santa cumple, por lo que él tiene que hacer lo propio: parte con la cruz al hombro hasta las puertas de la iglesia, pero cuando quiere ingresar se encuentra con el sacerdote y empiezan todos sus problemas.
El cura, de formación tradicional, averigua que, por un lado, el origen de la promesa era la vida de un animal, pero, por otro lado, que la idea nació del intercambio que tuvo Zé en el marco de una celebración de candomblé. Indignado, el prelado le niega el ingreso al recinto sagrado.
El episodio adquiere dimensiones mayores. Las altas autoridades eclesiales reaccionan apoyando al sacerdote, los creyentes negros se movilizan con cantos y bailes en la puerta de la iglesia, los periodistas ponen a Zé en las primeras planas haciéndole decir consignas revolucionarias que no dijo. El revuelo es mayor movilizando a autoridades eclesiales, políticas, periodísticas y a distintos sectores sociales.
La película dibuja a la iglesia brasilera, previa al Concilio Vaticano II y a la Teología de la Liberación, con una orientación conservadora que considera demoniaco todo lo que provenga de la religiosidad popular; al frente está el mundo complejo y diverso de creyentes que acuden a una u otra expresión religiosa sin encontrar grandes contradicciones, más bien como un continuo sagrado que no se quiebra por adscribirse o al catolicismo o al candomblé. Es contundente la idea que Zé repite varias veces: “Promesa es promesa”, lo que muestra una forma religiosa basada en el contrato directo entre divinidad y fiel -sin presencia de autoridades religiosas- que no puede ser negociado, por eso su terquedad por entrar al templo a dejar la cruz incluso cuando todos le dicen que bien puede depositarla en la puerta. 
También se deja ver la diferencia entre el mundo rural que se mueve con lógicas propias de la relación con la naturaleza y el ámbito urbano –moderno que depende más de la dinámica económica industrial en ciernes con actores políticos y periodísticos distintos-. 
La película es una ventana a las tensiones propias de la experiencia religiosa brasilera -y latinoamericana en muchos aspectos-: el sincretismo, la relación con la imagen, el rol de las religiosidades no católicas y su tenso intercambio con las autoridades eclesiales, la naturaleza del tipo de creyente, la presencia de la política, los medios y el mercado.
Sin duda el panorama religioso actual se ha modificado considerablemente, pero la lucidez de la película es sorprendente, dejando sobre la mesa temas que son discutidos hasta nuestros días. El pagador de promesas da para mucho, se trata sin duda de una de las mejores producciones que he visto en pantalla grande sobre la religiosidad en el continente, un paso obligado para quienes nos interesa el tema.


Publicado en El Deber el 03/06/2018