lunes, 22 de junio de 2015

Paseo Neoyorkino

1. Guerra de almohadas
Camino por la Quinta avenida hacia el sur hasta desembocar en Washington Square, histórica plaza donde se gestaron parte de las luchas de los actores sociales de los sesenta en Estados Unidos, donde la vida cultural siempre fue intensa y transgresora. A lo lejos, alcanzo a ver mucha gente en el centro y plumas flotando encima de ellos. No entiendo qué pasa. Me acerco y me encuentro con policías detrás de una valla con un montón de almohadas destrozadas. Un pequeño cartel da la información oficial sobre un evento del día anterior que, aunque nada tiene que ver, parece explicar lo que sucede: "¿Qué está pasando aquí? Estamos instalando nueva energía en el Arco de Washington. Gracias por su paciencia". Doy unos pasos y termino de comprender, se trata de una guerra de almohadas, una especie de carnaval de golpes juguetones entre conocidos y desconocidos hasta dejar que el viento se lleve lo que queda de aquel objeto que alguna vez sirvió para apoyar la cabeza y descansar. Mientras me alejo, me cruzo con pequeños grupos de jóvenes que van, almohada en mano, a formar parte de la fiesta. El juego de niños se trasladó a una de las plazas más importantes de Nueva York.
2. Necrológicos en los parques
Los neoyorquinos tienen una particular relación con el uso del espacio público, una mezcla de responsabilidad y propiedad. En varios parques y plazas, abundan las bancas que fueron donadas o remozadas gracias a tal o cual familia, y claro, como eso no puede permanecer en el anonimato, una placa se encarga de recordarnos quién y cuándo lo hizo. Pero lo que más llama la atención es que, a la vez, al menos en el Riverside Park, las placas son mensajes necrológicos en honor de algún pariente informando su período de vida, el cariño de sus dolientes y su relación con el parque. Así, por ejemplo, los hijos y amigos de Jody Pope recuerdan cuánto los quizo, cuánto amó la vida y la ciudad de Nueva York, o los familiares de Albert Marks (1919-1999) rememoran cómo el difunto tomaba fotos, disfrutaba del canto de los pájaros y paseaba a los niños en ese lugar. Al verlos, no puedo evitar el paralelo con las múltiples cruces en las calles de colonias populares de la Ciudad de México, que según dice la tradición popular, permiten a las almas un viaje en paz y marcan el punto de partida de este mundo.
3. Museo Metropolitano de Arte
Hay muchas maneras de recorrer un museo. A mí, lo que más me gusta es, en vez de hacerlo con agenda previamente definida, dejarme llevar por el instinto y el azar. Así, introducirse a las salas implica dejar que la mirada, la sensación, sea la que me detenga en una u otra pieza. Me siento en un laberinto al abrigo de lo estético; dejo que las emociones me obliguen a la pausa o al andar, dejo que un cuadro me exija tiempo frente a él o que otro me deje partir. Dejo, pensando en Barthes, que el punctum construya mi itinerario. La razón llega en un segundo movimiento, cuando leo los datos que me contextualizan el cuadro y me permiten entenderlo mejor. 
Tengo así algunos gratos episodios, como cuando me encontré con Madonna and Child de Berlinghiero. Me quedé mirándola, no podía desprenderme, sentía sus ojos clavados en los míos, sus manos me atraían, su luz resplandecía, su rostro me encantaba, su presencia me hipnotizaba. No sé cuánto tiempo quedé mirándola, o más bien no sé cuánto quedamos mirándonos.  Lo propio me pasó cuando fui a la sección del mundo islámico; recorrí maravillado por tantos objetos, tantos detalles, tanta fuerza concentrada, hasta que llegué a un ejemplar original del Corán. Me quedé quieto al frente, disfrutándolo, como si entendiera algo de sus incomprensibles letras. 

Hay muchas maneras, decía, de visitar un museo. Yo disfruto de perderme en él como cuando uno se adentra en una biblioteca sin saber qué terminará en sus manos. Es un viaje de aventura, un viaje donde sólo hay que obedecer a los sentidos y dejarse llevar por ellos. 
Publicado en suplemento Ideas de Página Siete, 21/06/2015

lunes, 8 de junio de 2015

Adiós a El Desacuerdo

Recibo con tristeza la noticia de que periódico El Desacuerdo llegó a su fin. Las razones, me dicen, responden a lo difícil que es llevar un proyecto de ese tipo sin apoyos formales sostenidos. El Desacuerdo dio una bocanada de aire fresco a la política local y al periodismo. Siendo claramente progresista, no fue militante; logró no ser una trinchera, un refugio de conversos que comparten elogios y destilan descalificaciones a quienes no forman parte del club. Eso abunda en nuestro medio, es tan difícil encontrarse con espacios donde el argumento sensato fluya en distintas direcciones y discuta con quien opina distinto. El periódico no abandonó ni ocultó su simpatía con el llamado "proceso de cambio", pero no dejó de ser distante y crítico.

El Desacuerdo se sumó a la larga lista de iniciativas que en Bolivia tuvieron una similar intención y, lamentablemente, corta vida. Recuerdo que en 1993 lanzamos con un grupo de amigos el periódico Caraspas en un momento en el que las cosas se movían. A menudo revivo la imagen de ese pequeño colectivo repartiendo su palabra impresa en El Prado, incluso le hicimos llegar un ejemplar a Fidel Castro y a Rigoberta Menchú que en esos días estaban de visita. También me hizo recordar el suplemento Bien puesto, con otra gente desbordante de entusiasmo y creatividad, o la revista Puntos suspendidos, donde, por cierto, publicaba nuestro querido Álvaro antes de que la fama y el poder tocaran sus puertas. En suma, esos y tantos espacios cuyo principales capitales son la responsabilidad, el compromiso, el dinamismo y las enormes ganas de decir algo.

Los nombres que pasaban por el periódico siempre eran agradables, sus letras constantemente sugerentes. Las ideas y los argumentos jugueteaban con la elegancia en la escritura y la coherencia en la diagramación. Los temas no eran político-céntricos sino que, raro en Bolivia, se permitía otros temas y enfoques, desde el fútbol hasta la arquitectura, además de firmas que llegaban de más allá de nuestras fronteras.

Casi desde el nacimiento del periódico, me invitaron a colaborar. Confieso que nunca me sentí tan bien acogido. Propuse una columna corta, cotidiana, algo para leer rápido, alguna historia donde se podía reflejar cualquier paseante urbano; la llamé “Vida de ciudad”. Además, retomé lo que ya había hecho en otros espacios: introducir en el texto una fotografía no que ilustre, sino que acompañe el relato, que abra nuevas interpretaciones, que explique y dialogue con lo escrito. En las pocas entregas, escribí con una libertad casi irresponsable, sin miramientos, dejando que el teclado transmita la experiencia vivida. Pocas veces estuve así de cómodo frente a la pantalla. 

En fin, a menudo estos proyectos nacen con fecha de vencimiento por sus propias características. Lo lamento. Como decíamos hace un par de décadas, "vale lo que está escrito", y El Desacuerdo, ya dejó rastros de su paso. Nos volveremos a encontrar en otras páginas, en esta “vida de ciudad”. 
Publicado en suplemento Ideas de Página Siete (7-6-2015)

jueves, 21 de mayo de 2015

La partida de Rubén Vargas


Me entero, por internet, que murió Rubén Vargas. Busco más información y sólo encuentro un aviso periodístico que anuncia que “su salud se deterioró en las últimas semanas…”. No entiendo. Inevitablemente repaso los episodios con él: cuando me lo presentó Omar Rocha y le hicimos una entrevista hace tanto tiempo –la foto que reproduzco es precisamente de esa ocasión-, cuando le pedí que editara alguno de mis libros, o el último reencuentro en un café hace un par de años en la Calle 21. Lamento su partida, me quedo con aquel poema suyo me publicamos, creo que en Caraspas en 1994 y que hasta ahora me lo sé de memoria: “sólo una línea nos separa del mundo, tu piel”. 



lunes, 20 de abril de 2015

Paredes de Coyoacán

Las paredes de Coyoacán hablan, sólo hay que saber escucharlas.


lunes, 6 de abril de 2015

En  2013 la editorial Sexto Piso presentó dos nuevos cómics: Pancho Villa toma Zacatecas, de Paco Ignacio Taibo II y Eko, y Septiembre zona de desastre, de Frabrizio Mejía Madrid y José Hernández. En ambos casos se trata de escritores de amplia trayectoria y personalidad, con caricaturistas especialmente creativos y agudos.
La toma de Zacatecas -que recuerda esa fundamental y victoriosa batalla que abrió las puertas de Villa hacia   la ciudad de México- es una narración sombría, prima la imagen, el texto hilvana las oscuras viñetas donde predomina el negro, tanto que al abrir sus páginas se siente el olor a tinta, como si los autores nos quisieran llevar al escenario de batalla, a la crudeza de la muerte. Y no es para menos.
 Se transita por la compleja realidad de la guerra en su rostro más dramático, se muestran los preparativos previos al ataque a la ciudad minera custodiada por los federales, un bastión estratégico -a ser defendido a sangre y fuego- que finalmente fue tomado por los revolucionarios luego de una sangrienta confrontación. Pero en la historia el humor también tiene un lugar cuando se explica lo que "de Villa se decía”, recordando desde sus amores hasta su gusto por las malteadas de fresa, sus sombreros o su proyecto social.
Eko hace gala de su manejo de los ambientes.  Empieza introduciendo al lector a la historia como si se tratara de una primera toma panorámica cinematográfica, como si quien abre las páginas estuviera en el tren que se dirige a la guerra y sólo ve al frente un tornado gigante que lo espera. Y luego no escatima en usar múltiples recursos gráficos, desde mapas, hasta primeros planos o la reproducción de afiches de filmes posteriores sobre Villa. Pero también en su narración entran las imágenes fantásticas de la cultura popular mexicana, desde las calacas hasta el águila y la serpiente (atravesadas por dos carabinas). Ya el caricaturista había demostrado maestría en la construcción de personajes imaginarios, particularmente con Denisse, cuya sensualidad coqueteaba con el sadismo empapado de imaginación erótica. Ahora se trata de mezclar el espanto de la guerra con la excitación previa a la batalla, el miedo con la gloria.
Particular mención merece el coronel Montejo -ampliamente descrito-, quien perdiera un ojo jugando a la ruleta en una cantina de un hotel de Chihuahua, lo que no impidió su valiente desempeño militar. Luego de la victoria en Zacatecas, Villa ordena ley seca para evitar saqueos y excesos, pero Montejo no sólo que no cumple el mandato, sino que, cuando es amonestado, completamente ebrio mata de un disparo a quien le recuerda la orden. Al ser informado del incidente, Villa decide que lo fusilen. El último deseo del coronel -que se acerca al paredón con un puro en la mano y con la mirada firme de su único ojo- es enviar un mensaje a Villa. A regañadientes y bajo amenaza del propio Villa, el emisario repite lo ordenado: Pues que dijera que se fuera usted mucho a chingar a su madre y de pasada yo a la mía”. El legendario revolucionario, sentado en un cómodo sillón,  con las botas sobre el escritorio y un arma en la espalda reacciona: "Ah, que cabrón tan valiente... ¿y lo fusilamos? (...). Carajo me hubiera dicho antes y lo perdonamos”. Paradójico retrato de los códigos de moral, coraje y justicia.
En Septiembre zona de desastre, Mejía y Hernández recorren por las calles y los momentos de  aquella mañana del 19 de septiembre de 1985, cuando la ciudad de México vivió uno de los temblores más destructivos que arrasó con todo lo que pudo.
Se comienza con escalofriantes historias anónimas que cuentan cómo se vive un drama mayúsculo, para luego concentrarse en la vida cotidiana de un joven de 17 años -por cierto, nunca se dice su nombre- que tiene una relación rutinaria con la ciudad,  que sólo es para él "el trayecto de la escuela a la casa”. Pero esa mañana, cuando "tenía que haber leído a David Ricardo y resolver unos problemas de física” para sus clases del día siguiente, no fue el reloj quien lo despertó, sino el estruendo de su departamento que se desmoronaba, la vajilla y los libros que se venían abajo, los focos que reventaban al chocar con el techo y la pared de su sala que desaparece. El adolescente sale a recorrer las calles rumbo a su escuela y es testigo de la ciudad completamente derruida. Los edificios en el piso, las avenidas llenas de escombros, vidrios rotos por todo lado, tanques de gas tirados, coches aplastados, y un intenso y escalofriante olor a muerte. Un sentimiento se apodera de él: "la ciudad, que nunca había sido mía, ya no existía. Y en ese momento quise recuperarla”.
La calle se convierte repentinamente en el escenario de la tragedia, pero a la vez de la solidaridad. La gente se organiza sin necesidad de una autoridad que diera órdenes. Todos saben que tienen algo por hacer, toman los instrumentos a su alcance, palas, picotas, manos, sudor y empiezan la tarea de rescate. "La ciudad era otra”, y no sólo por las estructuras caídas y por los miles de muertos, sino por una nueva idea de colectividad que naciera espontáneamente.
Los autores se esfuerzan por mostrar que la fatalidad despierta la conciencia. Se cuenta cómo el Gobierno estuvo pasmado frente a un hecho inesperado que no supo administrar. Cómo se intentó mostrar fortaleza chovinista -por ejemplo el Presidente rechazó ayuda internacional y no se permitió aterrizar a un avión de la Cruz Roja- cuando era evidente su incapacidad para dar respuesta a la tragedia. Se devela cómo se mintió con respecto de la magnitud de lo sucedido mostrando cifras mínimas en términos de muertos y edificios afectados, y se dio por cerrado el episodio a las dos semanas, cuando ya no se creía poder encontrar más sobrevivientes. Se ordenó el ingreso de maquinaria pesada. Pero lo sucedido repercutió en la política y en la sociedad, "el terremoto siguió durante años”: "De la tragedia emergió una ciudad de los sin casa que estaban dispuestos a protestar por tener que vivir en azoteas, sin servicios, amontonados en un cuarto. Sabíamos que si México dejaba de pagar un mes de deuda externa, podíamos darle a todo chilango una vivienda digna”.
El relato retoma imágenes fotográficas del momento, datos periodísticos, viñetas de otros caricaturistas y reflexiones de Carlos Monsiváis. Un pequeño canario rescatado de los escombros -amarillo, en una caricatura en blanco y negro- que es adoptado por el personaje principal, representa la esperanza: "Acostado, viendo el techo de tirol, seguía pensando que la vida no tiene sentido, pero que, a veces, de vez en cuando, lo tiene porque se lo construimos, sacándoselo de las entrañas, a golpes de ganas, a golpes de suerte”. Su canario se llama Septiembre.

Las dos historietas, situadas en momentos y lugares distintos, coinciden en una visión de la historia, de los pueblos que toman la responsabilidad de su destino frente a cualquier circunstancia. Sin duda, son una invitación tanto al compromiso como al gusto por la calidad de un relato hecho de imágenes y palabras.

viernes, 20 de marzo de 2015

La partida de Líber Forti

Hay mucho qué decir de Líber, tan grande. Entre otras cosas, novio de mi abuela durante largos años (más adelante contaré algunos episodios). Por lo pronto va esta foto que le tomé en 1999. No le gustaban ni fotos ni entrevistas, "voy a pensar que tengo algo importante qué decir si empiezo a aceptarlas", aseguró alguna vez. Le robé esta imagen, tímido, cubierto, atrás de sus manos impresionantes y su legendaria pipa.

lunes, 9 de febrero de 2015

Gustu.

Luego de mi última visita a La Paz, no quiero dejarla sin pasar por el restorán de moda: el Gustu. Como se sabe, es una iniciativa de Claus Meyer, afamado chef danés, que en el 2013 decidió abrir una escuela de cocina en esta ciudad y que ahora se ha convertido en uno de los mejores lugares para comer en el planeta. Parte de su propuesta es aprovechar los productos naturales del país y mezclarlos creando nuevos platos.

El Gustu quiebra con la forma de consumo boliviano en distintas dimensiones. Los dos polos dinámicos de la alimentación tradicionalmente fueron la cocina popular y la "internacional". Cada uno tuvo sus formas, ingredientes, secretos, innovaciones, protocolos en el servicio, personajes, etc. Lo popular se ofreció preponderantemente en los mercados, en restoranes especializados, en puestos de la calle. Su público fue amplio y surgieron grandes íconos tanto en la preparación como en la degustación. Del otro lado, hubo locales que se convirtieron en la referencia de la cocina "internacional", por ejemplo el Chalet La Suisse, que desde el nombre, la arquitectura, la decoración y el menú, se notaba el esfuerzo por sentirse en otro lado. Ese fue un espacio reservado para la élite acostumbrada a la servidumbre, a recibir un trato diferencial, a que se note la distinción. Los comensales estaban por encima de los sirvientes, y sólo podían hablar al "tú por tú" con el dueño, por supuesto con rasgos étnicos similares a los suyos, que eventualmente podía salir a preguntar si todo estaba en orden. Durante años -antes de la era del Evo y la emergencia de nuevos agentes económicos- los sectores populares tenían prácticamente prohibido el ingreso.

Es cierto que en medio hubo una cocina que podríamos llamar bisagra entre la élite y lo popular, por ejemplo las salteñas -con sus distintos nombres-, los Pollos Copacabana, las hamburguesas Iglú, etc. que se distinguieron por su sencillez, poca ceremonia para su consumo, preparación relativamente ágil y público de múltiples orígenes. También es cierto que los varios ámbitos culinarios tenían sus propias innovaciones y dinamismo y no faltaron quienes construyeron puentes entre ellos. 

El Gustu llega a Bolivia en un momento en el cual la explosión en combinaciones y posibilidades de innovación está a la orden, tanto en los placeres de la degustación, como en la estética, la moda, la música, la política, etc. Llega en el tiempo del cambio, y no es casual. Con su propuesta, el restorán se desplaza de lo anteriormente conocido y busca consolidar la fusión de productos de distintos orígenes. No impulsa la introducción y promoción de un sello y sabor globalizados -estilo McDonald’s o Coca-Cola- sino la creación de otras rutas sacando provecho de lo que la naturaleza y la cultura ofrecen. Así, algún plato contiene palmito de Cochabamba y charque que alpaca -el resultado, dicho sea de paso, es delicioso-.
Llama la atención cómo se intenta crear un discurso culinario nacional, tanto a través de la mezcla de ingredientes -resultado al cual nuestro paladar no estaba acostumbrado: el charque siempre lo comíamos con mote, papa, huevo y mucha llajua, jamás con palmito- como con nombres regionales. Por ejemplo, los tragos vienen diferenciados por departamentos, para cada uno hay dos o tres opciones con variados ingredientes.  Quizás esta es la primera vez que el lenguaje nacional se hace cocina no como la suma de las tradiciones regionales sino como su fusión.

En otro orden, que no es menor, sorprende el trato descolonizado que recibe el cliente. Si a la hora de la comida la elite paceña estaba acostumbrada a hacerse servir y que se note la clase a la que pertenecía, en el Gustu quien atiende las mesas no se presenta como un sirviente de clase inferior sino como un trabajador que conoce lo que hace y lo explica con maestría. Cada plato o trago es traído por una persona diferente -a menudo con rasgos sociales de origen popular- que explica la preparación y el contenido con la naturalidad de quien cumple un oficio que disfruta. 


Confieso que en el Gusto uno puede agasajar el paladar sacudiéndose de los protocolos coloniales de la cocina de elite boliviana; el valor principal está en lo que se sirve en el plato, no en la parafernalia que lo rodea. Un detalle: no puedo concluir una buena comida sin un expreso cortado. En el Gustu no hay; no me quejo, entiendo sus razones.

Publicado en Página Siete 8-02-2015