domingo, 10 de febrero de 2019

Claves para entender el proceso boliviano actual

Poco a poco, Bolivia empieza a ocupar la atención internacional por las elecciones que se avecinan. En el país de las emociones y las posiciones -como bien definió nuestra nación un amigo mío-, es difícil procurar un análisis sin levantar una bandera. A pesar de eso voy a proponer tres tesis no apasionadas en esta primera entrega.
Primero, considero un error leer el proceso boliviano con los ojos de la política internacional. Ahora que Venezuela está en el ojo de la tormenta, se puede especular sobre el destino de Bolivia, de la izquierda de retirada, del ascenso de la derecha en el continente, etc. Pero no hay que hacer puentes fáciles, Evo no es Maduro, Mesa no es Macri y mucho menos Bolsonaro. La economía boliviana no se puede comparar con la venezolana, el MAS no tiene nada que ver con el peronismo-kirchnerismo, etc. Todo puente analítico debe ser específico, y evitar una generalización rápida, y en el límite irresponsable.
En segundo lugar, la relación de Bolivia con lo internacional no debe ser leída desde la política latinoamericana sino desde el proceso cultural de la incorporación al régimen del consumo de la globalización. Me explico. Si algo tiene el gobierno de Morales, es la creación de un nuevo país que con características sociológicamente muy contundentes: urbano, joven, consumista, menos entusiasta en términos políticos, competitivo, conectado a internet y con un fluido manejo de los “códigos de modernidad”, como se los llamaba antaño. Hoy un joven boliviano se diferencia poco, o menos que antes, con otro de un país lejano. No es casual que llegue un grupo de Corea del Sur y que sea recibido con un público que lo conoce en detalle. Es decir, Evo hizo un país, sin quererlo y tal vez sin saberlo, globalizado.
El tercer punto es que considero que el “proceso de cambio” creó con éxito las bases de una nueva era -con rupturas y continuidades de las que me ocuparé en otro texto-. El nuevo diseño de nación es relativamente exitoso, logró integración territorial, estabilidad política, crecimiento económico, integración simbólica, rotación moderada de élites (cada punto habría que matizarlo y sostenerlo con datos). No hay que dejar de mencionar que los costos de cada logro son brutales y a menudo dramáticos, vale la pena traer a colación aquella sabia tesis que afirma que cada éxito (económico, cultural o social) tiene una contraparte perversa que oculta (habrá que pensar en el costo social, ambiental, la política oscura del gobierno, etc.), pero el hecho es que “el modelo” sí marcha. Incluso creo que el mayor logro del gobierno es que su modelo funcionaría más allá del propio MAS. Se nos quiere hacer creer que el “proceso de cambio” solo seguiría con Evo, pero no es cierto, en buena medida continuaría -como tendencia societal- más allá del presidente (aunque ni gobierno ni oposición aceptarían esa tesis porque muestra que se parecen más de lo que se diferencian).
Voy a hacer una comparación analítica que espero que no sea tomada tendenciosamente. Cuando Pinochet iba a dejar el gobierno de Chile en 1988 luego de los resultados del referéndum, la derecha chilena decía que no se sentía derrotada porque el proyecto iba a seguir su curso con el rostro de una nueva burocracia. Cuando se creía que Patricio Aylwin iba a ser un candidato contra Pinochet, este mandó un mensaje muy claro: “vamos a mantener las reglas del juego”. En el fondo estaba diciendo que el régimen dictatorial había vencido, que sus fundamentos -su concepción del estado y del mercado- no iban a hacer tocados. Y así fue.
Paradojas de la historia: hoy en Bolivia creo que el proyecto de Evo ya ganó -como Pinochet en los 80 en Chile-, porque el país que deja -si realmente lo deja- tiene parámetros claros, y en algunos puntos irreversibles. Lo curioso es que yo solo veo una manera de matar el “proceso del cambio”: que su padre no acepte los resultados de las urnas -ya empezó con lo del 21 F-; que Evo prefiera tirarse al precipicio con el país polarizado en las manos escuchando el canto de las sirenas antes que dejar crecer a su creatura.
En la próxima entrega desarrollaré algunos puntos más sobre el tema.

Publicado en El Deber el 10 de febrero del 2019

domingo, 27 de enero de 2019

No vuelva un 15 de enero

No lo puedo evitar. Cada 15 de enero las emociones se me alteran y revivo la partida de mi padre hacia aquella reunión política de la que nunca volvería. Era 1981. Este año ha corrido mucha tinta sobre el tema. He leído con agrado artículos, entrevistas, comentarios, una bella historieta con el dibujo de los ocho mártires por la democracia. Bien por los homenajes.
Entre todo lo dicho, creo que hay que subrayar la idea de que los mártires le pertenecen a la historia boliviana, ningún grupo debe buscar capitalizarlos con fines inmediatos. Veo con espanto cuando se habla de ellos haciendo un rápido e irresponsable paralelo de su lucha contra la dictadura y la batalla actual contra el Gobierno de Evo Morales. Pero con el mismo horror veo la indiferencia del Gobierno masista ante quienes lucharon por la democracia que hoy todos gozamos. Lo dijo muy bien Gonzalo Lema y me voy a permitir reproducir un largo párrafo de un artículo suyo:
“El viejo MIR, el histórico, compuesto por muchachos, peleó, junto a otros grupos y valientes individuos por todo esto. No puede sonar a cuento el día que murió el primero de ellos. Y luego el segundo, importantes tanto como inteligentes y sensibles jóvenes que fueron quedando en el camino hasta llegar a la masacre de la calle Harrington el 15 de enero de 1981. ¿Por qué el Gobierno actual no los honra como fundadores de la democracia que vivimos? Sin estos muertos, sin su sangre, ¿cómo se hubiera desarrollado nuestra historia? Todavía campea el egoísmo entre nosotros. La ceguera. La falta de ecuanimidad. Todavía no hemos entendido que cada generación hizo todo lo que pudo hacer, en su propio contexto histórico, peleando con sus armas contra los enemigos de la nación. No tenemos ojos sino para lo nuestro. Una visión cortísima muy parecida a la egolatría. El Gobierno del MAS debe dar un paso adelante y reconocer la lucha de tanta gente que, en su medio, a su modo, peleó por construir Bolivia. Ya lo sabemos: la vida tiene larguísima data. No comenzó con nosotros. Tampoco terminará con nadie”.
Firmo cada una de las letras de Lema. Me dijeron, por ejemplo, que parece que en el nuevo Palacio de Gobierno, entre los tantos murales, no aparecen los 8 compañeros. Ojalá la información sea falsa, sería tan vergonzoso como cuando el Gobierno militar del dictador René Barrientos borró el mural de Alandia Pantoja en 1965 en Palacio. La historia no se calla haciendo desaparecer personajes de los muros.
En fin, me quedo con dos regalos del 15 de enero. En esta fecha, vuelvo a escuchar varias veces la preciosa canción de Entre 2 aguas: “Gritando estas largas horas, que los héroes no están muertos (…). Ocho nombres en mi recuerdo (…). No vuelva otro 15 de enero”.
Termino con el segundo regalo. En alguna red social me encontré una bella foto de Lucho Suárez, mi papá. Nunca la había visto. Está alegre, riendo, aplaudiendo, creyendo en la esperanza, en el amanecer, construyendo el futuro.




Publicado en El Deber el 27 de enero del 2019.

lunes, 14 de enero de 2019

Martirio y democracia

El 15 de enero es una fecha propicia para recordar la masacre de la calle Harrington (La Paz) en 1981, donde fueron asesinados ocho dirigentes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria en la dictadura de Luis García Meza. Pero ahora quiero concentrarme en otro ángulo de aquel trágico acontecimiento, pensar más bien la dimensión internacional.
El MIR de los 70 tenía una plataforma en Europa muy bien montada. Durante largas conversaciones mi entrañable amigo Guy Bajoit me contó los movimientos de los miristas en Bélgica, las reuniones de militantes, las giras para conseguir apoyo, la construcción de una agenda pública. El dinamismo era mayor, incluso se dice que en varias ocasiones otros partidos políticos latinoamericanos pedían la intervención del MIR para lograr contactos e intercambios. La mística mirista involucró a muchos militantes no bolivianos que se solidarizaron con el proyecto e hicieron suyo el sueño de la Bolivia libre.
Siempre me he preguntado cómo ese sector de militantes vivió el asesinato de los jóvenes dirigentes, cómo recibieron la noticia, cuánta zozobra, rabia e impotencia corrió por sus venas, cuánto se lloró su partida.
Francia fue un polo fundamental de apoyo a las luchas por la democracia latinoamericana, y Bolivia no fue la excepción. Los exiliados, los núcleos de discusión, formaban una comunidad dinámica. Pero también hay que recordar el impresionante compromiso de europeos que en Bolivia arriesgaban el pellejo colaborando con la resistencia. Por la embajada francesa pasaron decenas de dirigentes que salían al exilio, una parte de la recuperación democrática se la explica también desde esa trinchera. Algún día se deberá escribir el capítulo sobre esa otra cara de la historia.
Con esa pregunta como telón de fondo el próximo jueves 17 de enero se llevará a cabo en el Instituto de Altos Estudios de América Latina, de la Universidad Sorbonne Nouvelle en París, el evento Martirio y democracia. Participarán el entonces embajador francés en La Paz Raymond Cesaire, el investigador Yvon Le Bot, que vivió una temporada allá en aquellos años; el sociólogo argentino-francés Denis Merkel y el investigador Franck Poupeau.
Será una ocasión para recordar y rendir homenaje a quienes partieron antes y que lucharon por que hoy vivamos las condiciones políticas que nadie parece recordar que costaron lucha y sangre; para repetir con fuerza que quienes hoy disfrutan de cualquier espacio en la vida política deben su libertad de acción y palabra a la historia, a esa historia que muchos miran solo de reojo.
También será un momento para recordar que ningún régimen político actual tiene parangón con aquellos años y que cualquier comparación es desatinada e interesada y no hace más que deshonrar la memoria o instrumentalizarla con un fin electoral coyuntural.

Finalmente, será la ocasión para festejar la solidaridad universal, la fraternidad de los pueblos libertarios, que, más allá de tiempos y fronteras, se hermanan cuando sienten alguna injusticia.

Publicado en El Deber el 13 de enero del 2019.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Ojalá

El escenario político boliviano del 2019 va a estar dinámico, por decir lo menos. El clima electoral va a empezar a imponerse y penetrar en todos los rincones. Las discusiones van a ser cada vez más acaloradas. Al interior de las familias, los amigos, los grupos de discusión, se verán rabiosas posiciones y vaya a saber cuántas amistades o amores perecen en el camino.
Como sucede siempre en las campañas, el argumento dejará de ser el eje central, y su lugar lo ocupará la propaganda, la calumnia, la descalificación. El centro de atención estará en la banalidad, en el desliz de algún candidato, en alguna revelación mediáticamente eficaz. Todos buscarán hundir al otro con las armas que tengan a la mano, falsedades o mentiras, verdades a medias, poco importa. Siempre he sostenido que las campañas políticas son el momento donde la estupidez toma la palestra, somete a la razón; es el tiempo donde los estadistas dejan su plaza a los estrategas. 
Estas elecciones van a ser especialmente extrañas. De los candidatos, es lamentable que Jaime Paz intente desempolvar su historia ya maltrecha, sólo acumulará derrotas y marginalidad electoral demostrando que no es “un político de raza”, como alguna vez se autodenominó. Víctor Hugo Cárdenas, que fue quien abrió las puertas del Palacio al mundo indígena, el único vicepresidente que en su toma de protesta habló en tres lenguas originarias -difícil explicar a Evo Morales sin vincularlo de alguna manera, mal que le pese, al camino ya trazado por Cárdenas-, rifará su capital simbólico mostrando un rostro cristiano, conservador y vergonzoso, sin aportar ya nada al escenario político. Felix Patzi y Oscar Ortiz representan dos extremos, pertinentes, comprensibles, con alguna base, una posición y una apuesta, pero poco interesantes.
El corazón de la disputa estará entre Evo Morales y Carlos Mesa. El primero utilizará el aparato de estado para sus fines electorales, pagará su campaña con los impuestos de todos los bolivianos, haciendo lo que siempre criticamos desde la izquierda y que es cada vez más inadmisible para cualquier régimen político. En vez de mirar adelante, se empeñará en mandar al país a la era de Goni, armará una campaña basada en la polarización de los 90, momento en el que él era un importante bastión -uno de tantos, no el único, no hay que olvidarlo-. Negará al país que construyó, al de clases medias, jóvenes, urbanas, consumistas, desideologizadas, pragmáticas. Dará la espalda a la verdadera “Generación Evo”, negará a su creatura. Revivirá al fantasma de la Bolivia que luchaba contra el neoliberalismo bloqueando en el Chapare, no la que transita por teleféricos y carreteras interprovinciales. Será el padre que se dirige a su hijo adulto como si todavía fuera niño, contándole que el “cucu” vendrá a robarle sus juguetes. En esa tarea, a Evo no le temblará la mano si tiene que polarizar la nación hasta extremos absurdos, preferirá lanzarse al precipicio abrazado de sus caprichos y terquedades antes que acariciar la sensatez. No le importará matar al verdadero proceso de cambio del cual es el padre, si él no queda en la dirección. Mostrará que su mezquindad es más grande que su visión de país, demostrará que es más un padrastro egoísta que un verdadero padre de la nación (ojalá me equivoque).
Mesa buscará la unidad frente a Evo, ser la alternativa más real. Tendrá primero que elaborar un discurso que el país escuche, más allá de los temas fáciles como la corrupción, los gastos, los abusos o los errores. Tendrá que canalizar el desencanto amorfo de sectores tan distintos en una sola dirección, lo que no es fácil sin contar con aparato ni pilares ideológicos contundentes. Se verá obligado a recibir cualquier apoyo, a sumar con la ilusión de después dividir, sin contemplar el costo de la factura.
El gran logro de Evo es la creación de un país con bases sólidas, las reglas del juego ya están dadas, y él fue el principal arquitecto, para bien y para mal. Las bases del diseño de país, la transformación de la sociedad ya se logró de múltiples maneras y es un proceso difícilmente reversible. Por eso lo curioso es que la plataforma de Morales y Mesa es, en el fondo, muy similar. Si la baraja hubiera salido diferente, no hubiera sido extraño encontrarlos en una misma fórmula. Aunque sea políticamente incorrecto, creo que son más los aspectos que los unen que los que los separan. En estas elecciones no está en juego un modelo societal, está en juego el capricho personal y el nombre del piloto. El plan del vuelo ya está relativamente trazado.
Termino. Ojalá que las elecciones no nos dejen tan magullados. Ojalá que el país sobreviva a los embates ciegos y furibundos que nos esperan. Ojalá que las furias no nos lleven a todos al abismo.
Publicado en El Deber el 30 de Diciembre del 2018

domingo, 16 de diciembre de 2018

París en las calles

Varios amigos y colegas me han preguntado mi opinión sobre el movimiento gilets jaunes, y yo he hecho lo propio: vengo interrogando a quien puedo sobre su postura frente a lo que está sucediendo en Francia en las últimas semanas. Las respuestas son diversas, a menudo contradictorias.
Hay que recordar que el movimiento empieza como una reacción al impuesto a los carburantes. Esta medida genera costos para el desplazamiento en vehículos particulares en lugares donde el transporte público es ineficiente. ¿Por qué chalecos amarillos? Una de las normas del uso de automóviles obliga a los conductores a portarlos en caso de tener algún incidente. Por eso son tan populares y, sin quererlo, se convirtieron en una bandera.
Si bien las manifestaciones iniciales fueron en contra del alza de la gasolina, no hay que olvidar que hace poco se exentó del pago de impuestos a las grandes fortunas, lo que fue leído con indignación. Luego se unieron decenas de grupos y demandas paralelas -desde jubilados hasta estudiantes- y ahora estamos lejos del punto de partida. Uno de los últimos pliegos petitorios contenía cuarenta puntos, cada vez más armados, articulados, tocando problemas fundamentales de la sociedad francesa que iban desde la economía hasta la política migratoria o educativa. Algunas demandas eran sensatas, otras tal vez exageradas, pero empezaban a mostrar una reflexión que acompaña al movimiento.
Se trata de un movimiento sin liderazgos claros (ni partidarios ni sindicales), que acumula hartazgos de distinto tipo, muy dinámico y activo, con un apoyo popular impresionante y que ha puesto en jaque a las autoridades pero en general al sistema político francés. Por su parte, las reacciones oficiales han sido lentas, torpes y tardías, en un momento en que el presidente y su Gobierno atraviesan por la más baja popularidad. Macron tardó un mes en ofrecer una respuesta mediática.
En la actualidad, los gilets jaunes se han convertido en un canal de expresión del descontento con una política escandalosa que ha beneficiado a los empresarios y ha empezado a desmontar el estado social, los beneficios en salud y educación -acaban de aprobar el alza de las colegiaturas para estudiantes extranjeros, lo que sería el inicio de la privatización del sistema educativo para todos-. La demanda ahora es por mayor poder adquisitivo, es decir por una economía incluyente. Hoy está sobre la mesa lo social, lo económico y lo político.


París, la hermosa ciudad que en los últimos años se ha empeñado en mostrarse amable para el turismo como todas las capitales europeas -lo que ha significado una gentrificación brutal-, hoy recuerda su lugar en la historia de las movilizaciones sociales. En el metro, encima de alguna publicidad pegada en la pared, alguien pintó con plumón negro: “Febrero 1848 – diciembre 2018”, recordando la insurrección popular que dio origen a la Segunda República. El fantasma de la Francia revolucionaria recorre el país. Habrá que ver hasta dónde llega.


Publicado en El Deber el 16 de Diciembre del 2018

domingo, 2 de diciembre de 2018

Las enseñanzas de Brasil

La antropóloga brasilera Rita Segato escribe una brillante crítica a la cual no le falta ni una coma. Cito extractos: “Una democracia que no es pluralista es simplemente una dictadura de la mayoría. Y eso vale para todos. Vale para los fascistas cuando ganan elecciones, y vale también para las izquierdas (…). Hacer aliados circunstanciales para garantizar la ‘acumulación de fuerzas’ no significa estimular el debate. Por otro lado, ni la acumulación de fuerzas ni la toma del Estado sin el trabajo afiligranado de transformación de la sociedad han llegado jamás a destino, en país alguno, en su propósito de reorientar la historia hacia un futuro de mejor vida para más gentes. Es en la sociedad que se cambia la vida, no en el Estado. Ahora hemos perdido en el Estado y en la sociedad”. 

En otro pasaje retoma una crítica en sentido de que el Partido de los Trabajadores “abandonó un proyecto político y se adhirió solo a un proyecto de poder”. Con el poder como meta, sobrevino desvinculación de los intereses del movimiento social respecto de los intereses del partido político asalariado, lo que condujo a las alianzas tácticas y eficaces, y al “miedo al pluralismo y la disidencia” reforzando las estructuras estatales y el control de la participación a través de las mismas. 

Por otro lado, se confundió la ampliación del consumo con la ampliación de la ciudadanía, lo que “redujo la idea de ciudadanía a las aspiraciones de consumo como meta central. Se rompieron por este camino vínculos comunitarios que podrían llevar a una real politización. Real politización requiere profundización del debate siempre. Hoy se ve que la ampliación del consumo sin ampliación de la conciencia y comprensión crítica de los valores propios de la teología del capital tiene pies de barro”. 

 Segato concluye: “Es doloroso, pero la autocrítica y el conocimiento de la historia son la única garantía de poder caminar hacia una sociedad de mayor bienestar para las personas. Sin hacerlo andaremos en círculos convencidos de que tomando el Estado, por las armas o por las urnas, podremos reorientar la historia en otra dirección (…). Pero no [hay que] olvidar que el cambio se hace en la sociedad y lo hace la gente. Y eso es lo que ha fallado: no se trabajó la conciencia colectiva, no se cambió la gente, a pesar de que se mejoró la vida de las mayorías”. 

 Como siempre, hay puentes y distancias del análisis de Rita Segato con la experiencia boliviana, pero en el fondo, una buena parte de las premisas de su crítica caben como anillo al dedo al masismo. Si la cosa sigue así, el partido de gobierno, cegado en su ambición de poder, será el responsable de enterrar el proyecto popular del cual en algún momento formó parte fundamental.

Publicado en El Deber el 2 de diciembre del 2018

martes, 20 de noviembre de 2018

Las enseñanzas de Nicaragua

Para muchos de nosotros, la Revolución Nicaragüense fue un hito en nuestra formación política. Recuerdo que en 1979, mientras veíamos con mi papá el Festival de la Canción Iberoamericana por la televisión -en blanco y negro, claro-, cuando los países tenían que optar por un cantante una voz dijo: “aquí Nicaragua libre con su voto”. Inmediatamente mi padre reaccionó: “si no fuera por la dictadura, desde aquí hubiéramos dicho: ‘aquí Bolivia libre con su voto’”. 
Desde ahí, siempre el pequeño país centroamericano estuvo presente. En 1990 cuando el sandinismo perdió las elecciones, en México asistí a una conferencia de Daniel Ortega quien explicó las razones de la derrota; era un evento de apoyo a la Revolución, y recuerdo que el dirigente enfatizaba que, al ver los resultados desfavorables, se les ocurrió muchas salidas, pero nunca desconocer la voluntad popular.
Mucha agua ha corrido bajo este puente. Hoy me encuentro con un libro sugerente del sociólogo belga Bernard Duterme (director del Centro Tri-Continental) titulado ¿Nicaragua, todavía sandinista? La pregunta es adecuada, pues para todos es conocido que la represión de Ortega en los últimos meses y en general su posición en esta nueva temporada pone en duda su pasado revolucionario. 
El libro examina críticamente los mecanismos a través de los cuales Ortega logró su consolidación en el poder, los costos y qué tuvo que abandonar en el camino. Reflexiona sobre el “control total de las instituciones” y la concentración del poder de la pareja presidencial. Asimismo, expone las fuentes y los beneficiarios de la nueva economía, los costos ambientales y la participación de organismos internacionales. En suma, el autor critica la intención del gobierno de Ortega de mostrarse como el líder revolucionario que fue cuando ya no es más que su fantasma. El sueño de un “poder legítimo, nacionalista e antimperialsita, cristiano, socialista y solidario”, se convirtió en una realidad “neoliberal, autocrática y conservadora”.
En Bolivia tenemos mucho qué aprender del proceso nicaragüense. Aunque soy enemigo de los paralelismos fáciles, hay rasgos de la descomposición ideológica que en Nicaragua se ven con claridad y que deberían llamarnos la atención. Una parte de las críticas de Duterme al sandinismo le caben como anillo al dedo al evismo. Cualquier retórica revolucionaria puede vaciarse de contenido y la imagen del Che puede terminar como una marca de zapatos. Lamentablemente, todo indica que hacia allá vamos. Me quedaría con la pregunta prima hermana a la de Duterme: ¿todavía es revolucionario el “proceso de cambio” en Bolivia? Tengo mis reservas.

Publicado en El Deber el 18 de noviembre del 2018