martes, 2 de agosto de 2016

Aeropuerto de Bruselas


Hugo José Suárez

Llegar a Bélgica era especial. Normalmente lo hacía vía Ámsterdam, Madrid o París. El ingreso formal a Europa era por una de esas ciudades, así que en una de ellas me tocaba lidiar con los odiosos agentes de migración –tan parecidos unos a otros sin importar en qué idioma te hablen-. Ya en el aeropuerto belga todo era distinto. La gente elegante pero sencilla. La infraestructura no lujosa, funcional. Se sentía estar en el país de Hergé –el creador de Tintín-  y de Jacques Brel. La arrogancia francesa, la parefernalia holandesa o la torpeza española quedaban atrás. Y al abrirse la última puerta, siempre me encontraba con mi entrañable amigo Guy Bajoit que me esperaba con una sonrisa y un abrazo enormes.
Pero la última vez que pisé esa tierra, todo fue diferente, pues lo hice unos meses después del atentado terrorista que cobró la vida de 35 viajeros en uno de los países más tranquilos de Europa.
Partí de la ciudad de México pasando por Ámsterdam. Al empezar a caminar por la terminal aérea, sentí estar en un gran centro comercial. Pasaban los minutos y yo seguía desplazándome entre estantes y tiendas de todo tipo. No sólo los tradicionales perfumes y tragos, sino todo lo imaginable que, por supuesto, uno no necesita en un viaje: relojes, camisas, pantalones, ropa interior o incluso autos. Me preguntaba por qué mi avión me había dejado en un shopping estilo americano –de los que veo a cada rato en México- y no en aquél agradable lugar donde solía desembarcar.
Luego, por suerte, me encontré con la nave de Tintín, aquella con la que se supone fue a la luna. Se me entró el alma al cuerpo, pero la alegría duró poco. Me dirigí a recoger mis maletas y me topé con militares vestidos con uniformes de guerra, pistolas, armas largas, cascos, chaleco anti balas, botas; todo me evocaba a las películas de la Segunda Guerra Mundial. En los tres años que viví en Bélgica, jamás me había cruzado con un sujeto vestido así. Ahora estaban regados por todo lado.
Cuando se abrió la última puerta donde solía abrazarme con mi entrañable amigo, no vi a nadie. Por mi cara de desconcierto, un funcionario me indicó que los que recibían invitados ya no podían entrar al edificio. Le expliqué que iban a recogerme y que no tenía cómo comunicarme si no coincidíamos en esa puerta. Me dijo que tenía que acercarme a otra salida, al frente del estacionamiento. Pero me advirtió: “fíjese desde adentro si lo están esperando, pues si sale, ya no podrá volver a entrar”. Así fue. Me acerqué a la puerta que daba a la calle y sin poner un pie afuera, busqué el rostro conocido entre un montón de gente que hacía lo mismo, de un lado y del otro. Cuando lo vi, por la emoción casi se me olvidó el ambiente y las cámaras de vigilancia que me estaban rodeando.
Cuento esto porque en aquel aeropuerto confluyen tres signos perversos de nuestro tiempo: el horror del terrorismo que debe ser condenado desde toda tribuna; la lógica de mercado que homogeneiza –con grandes firmas que venden lo mismo en todo lado-, que aplana las culturas y formas locales, la modestia y la sencillez –propias del mundo valón que conocí en “la petite Belgique”-; y la reacción bruta y brutal de los gobiernos europeos que dando la espalda a su tradición humanista, desempolvan su lenguaje militar de antaño –que les ha costado tan caro a ellos y a todo el planeta- devolviendo los soldados a la calle e instaurando una dinámica de vigilancia, miedo y amedrentamiento.
En fin, entre todo este gris panorama que muestra que el mundo anda mal, por suerte el cariño de mis amigos, su sabiduría y sencillez me dejaron todavía con la esperanza de que las cosas allá pueden ser diferentes.
Publicado en el Deber, 31 de Julio de 2016




sábado, 23 de julio de 2016

Un 17 de julio. El golpe

Hugo José Suárez

Me tocó escribir hoy, domingo 17 de julio, a treinta y seis años del Golpe de Estado de Luis García Meza y Arce Gómez, en 1980. Me tocó hacerlo desde La Paz –no desde México donde normalmente lo hago-, transitando entre territorios y recuerdos.

Meses antes de la fecha fatal, ya se respiraba el aire tenso. En las conversaciones diarias rondaba la pregunta sobre cuándo volvería el ejército a las calles y a la Plaza Murillo. Cada fin de semana sin sorpresas era un alivio. Quedaba esperar al próximo. Cuando el 21 de marzo asesinaron a Luis Espinal, que era amigo de mi padre y colaboraban juntos en el semanario Aquí, quedó claro que todo era posible, se acercaba la tempestad.

Era jueves 17 de julio de 1980. Tras las noticias del golpe iniciado en Trinidad, mi mamá reunió a los hijos de militantes de izquierda del Colegio Franco Boliviano, donde ella trabajaba, y los llevó a mi casa de San Miguel. Ahí esperamos que uno a uno pasaran los padres a buscarlos en el transcurso de la tarde.

Cuando pienso en esos turbulentos días me invaden muchos sentimientos. Tengo muy presente la imagen de tanques en la UMSA, mi hermana, mi madre y yo estábamos en un micro pasando frente al edificio y ella nos decía “miren con atención para que no se olviden”.  También recuerdo las tanquetas subiendo por la Avenida Busch en Miraflores alumbrando las casas con reflectores; yo me alojaba en la casa de mi abuelo, que era militar, buscando protección. Mientras desde afuera nos alumbraban, en la habitación apagábamos los interruptores y nos agachábamos tras las paredes. En la tele, Arce Gómez sentenciaba la frase que se hizo histórica: “todos aquellos elementos que contravengan al decreto ley, tienen que estar con el testamento bajo el brazo, porque vamos a ser taxativos, no va a haber perdón”. Las cartas estaban echadas, la brutalidad tomaba forma de gobierno. Con mis diez años, entendí muy bien que nosotros, al menos mi padre, era uno de esos “elementos” a los que se refería el tenebroso ministro.

Luego vinieron los meses del miedo. Escuché muchas veces las recomendaciones que le hacían a mi madre sobre las actividades políticas de mi papá: “dile al Lucho que no se meta”, “dicen que el Lucho está en la lista negra”, “que se cuide” y cosas así. Hubo ocasiones en que nos trasladamos de casa como medida de seguridad. Los episodios de cuidado estaban a la orden. Una vez salimos con mis padres en el auto rumbo al centro, adelante iban papá y mamá, atrás mi hermana y yo, en el puente de Calacoto había una redada militar. Mis padres nos dijeron que guardáramos la calma. Teníamos una canasta de verduras que emulaba un día familiar de compras de mercado, pero en el fondo del cesto habían panfletos en contra del gobierno. Paramos, inspeccionaron el automóvil, por suerte no se dieron cuenta de nada. Respiramos tranquilos y continuamos nuestra ruta.

De ese tipo de experiencias estaba llena nuestra vida cotidiana, aprendimos rápidamente a controlar los nervios, a no hablar de más en el colegio, a saber quiénes eran los buenos y quiénes los malos en esta historia.

Me quedan muchas cosas de aquellos meses intensos. Tengo una decena de casetes de mi papá con grabaciones de reuniones políticas, encuentros con estudiantes, marchas, discursos en el parlamento, conferencias y tantas cosas más; algún día, si los sentimientos me lo permiten, escribiré un libro con ese material. Pero sobre todo me queda el ejemplo de lucha, de vida, de compromiso. La dictadura dejó mártires, pero sobre todo dejó un legado de esperanza, un testimonio de personas que en las peores circunstancias supieron cuál era el camino correcto. En esta nueva era donde la política parece ser un cálculo frío y descarnado –sin importar de dónde surja- , cuánto convendría voltear hacia atrás y escuchar el susurro de aquellos que supieron articular ética y política.

Termino con un poema de mi padre, Luis Suárez, escrito el mismo 17 de julio de 1980:

Adolorida está la tierra
y adolorida la semilla que da fruto,
mientras que el bruto
la pisa,
sin saber que si ella muere
morirá también él,
más tarde o más de prisa.
Adolorida la razón
pero no muerta,
porque fluye el pensar

aún ante la palabra sin puerta.


Publicado en el Deber, 17 de Julio del 2016

lunes, 4 de julio de 2016

Canciones contadas o cuentos cantados

Hugo José Suárez
Juan Villoro me vuelve a sorprender. Hace unos meses salió un libro suyo que por supuesto lo compré ni bien lo tuve en frente: Tiempo transcurrido (F.C.E., 2015). Nada nuevo. Son historias cotidianas en la ciudad de México que dibujan lo que fue esta urbe en los ochenta, cuando había casetas telefónicas que funcionaban con monedas de 20 centavos, cuando emergía la cultura punk como uno de los rostros alternativos, cuando el grupo Los Caifanes sonaban en la radio.
Como siempre, el relato de Villoro atrapa y transporta al escenario donde nos quiere conducir, que en este caso es su propio pasado y la vida cotidiana de una generación. Eran tiempos donde no había narco, ni EZLN, ni teléfonos inteligentes. Era un tiempo tan lejano, y sin embargo, a la vuelta de la esquina.
Pero el libro trae una innovación más: un disco grabado en un concierto de Villoro con músicos también de aquellos años. No, por suerte a Juan no se le ocurre cantar, hace lo que sabe: contar. El CD tiene diez cuentos cantados donde, mientras la lectura teje historias, la música lo acompaña subiendo o bajando el tono y la intensidad. Es impresionante, pues ambos, palabra y melodía, tienen ritmo, coherencia, dialogan entre sí fundiéndose en una sola narrativa. El cine mudo nos enseñó lo bien que se llevan las imágenes con las notas. Aquí vemos cómo versos y melodías hacen el amor sin convertirse en canciones, sin someterse, sin actor principal y actor secundario. Ninguno lleva la batuta. Ambos provocan una misma sonrisa.
De tantas historias, a cual más entretenidas, me detengo en Chicago. Cuenta Villoro que se subió a un taxi con la intención de “atravesar el caótico Distrito Federal” -“los taxis son espacios narrativos donde no se necesita otro estímulo que el silencio para que el conductor empiece a hablar”-. Luego de un previsible intercambio, al enterarse el chofer que el escritor no conocía la fría ciudad estadounidense, empieza un parlamento sobre aquella urbe preocupado por lo desafiante de su tarea: “¿cómo le explicaré para que me entienda, cómo le digo?”. Para ello, no se sumerge en la descripción sobre las características propias aquella ciudad sino que más bien evoca constantemente lugares del Distrito Federal. Compara avenidas, barrios, edificios, plazas, tipos de habitantes. Todo para que Villoro tenga una idea clara de lo que ignora. Luego de un magnífico relato concluye: “no sé si me di a entender mi jefe, como usted no conoce Chicago…”.
Lo notable de la narración del taxista es la capacidad de leer una ciudad desde los parámetros de otra. Es la analogía perfecta e inteligente en la cual el conductor trae imágenes de un lugar desconocido para el pasajero y las monta en su universo familiar para que comprenda de qué está hablando. Operación compleja a la que están acostumbrados los escritores, y algunos taxistas…
Precisamente semanas después de mi lectura viajé a Oaxaca con un grupo de estudiantes de la UNAM, por supuesto todos profundamente chilangos –es decir, oriundos de la Ciudad de México-. Estuvimos como cinco días juntos compartiendo comida, dormida y, sobre todo, bebida (mezcal). El caso es que cuando nos sentábamos a la mesa del mercado a comer, o cuando pedíamos alguna bebida, las referencias constantemente provenían del mundo cultural capitalino. Unas tortillas grandes eran llamadas “sopes”; unas alargadas, “huaraches”, eliminando así la especificidad de lo oaxaqueño. Ahí comprendí mejor lo que Villoro decía en su cuento: “el chilango perfecto es el que puede ir a cualquier otra ciudad del mundo pero nunca sale del Distrito Federal”.

Villoro, siempre imaginativo, reinventando la ciudad y las maneras de apropiarse de ella.


Publicado en "El Deber" 3 de Julio de 2016

martes, 21 de junio de 2016

Noticias

Hugo José Suárez

La vida en la red nos ha cambiado la relación que teníamos con la noticia, o lo que entendíamos por ella. Hace unas semanas, una amiga puso en su muro de Face algo como “gracias por pensar en mí, por suerte todos estamos bien”. No fue difícil intuir que si asumía que “todo está bien” era porque podría haber estado mal, es decir algo grave había pasado que no la afectó.
Seguí mi búsqueda por el propio Face, varias personas se referían a lo sucedido en Bélgica como una barbaridad y muchos informaban que salieron bien librados. Entré a las páginas de periódicos donde abundaban los datos sobre un atentado terrorista, pero lo curioso es que, como acababa de acontecer, todas las notas abonaban a algo ya contado, y no explicaban exactamente de qué se trataba.
Rápidamente supe que estaban buscando al tercer terrorista, las reacciones de los gobiernos, quién se atribuía los atentados, etc., pero por más que buscaba con empeño, no daba con la fuente primaria que me diga lo básico y que responda a la tradicional fórmula “qué, quién, cuándo, cómo”. Claro, un tiempo más tarde, y sobre todo al día siguiente, pude leer en el periódico la noticia completa, aunque antes ya había hablado con mis amigos en Bélgica que me contaron todo con detalles.
Me queda claro que en esta era de la hiperinformación, a menudo la primera fuente es la de los conocidos que en alguna red nos dicen cualquier cosa, y como consecuencia, es muy difícil rastrear la calidad y veracidad del dato.
Todos recordamos aquel histórico episodio en 1938 donde Orson Welles empezó una transmisión de radio narrando la invasión extraterrestre; mucha gente que llegó tarde al inicio del programa creyó que la ficción era noticia, lo que causó pánico. Hoy vivimos en el paraíso soñado por Welles: todas las historias que suceden en la red pueden ser ciertas o falsas, todos se pueden inventar algo, tergiversar datos o transmitir información con sólidas fuentes. Por ejemplo, sobre un tema de salud, una ocurrencia fácil e irresponsable tiene el mismo lugar que el resultado de un estudio científico. En la política sucede lo mismo, se puede mentir hasta el cansancio, y comprobar lo cierto o lo falso resulta casi imposible. Es emblemático el caso de aquella foto donde se muestra un supermercado tenebrosamente vacío como prueba de la escasez alimentaria en Venezuela; después de un tiempo se supo que la imagen había sido tomada en Estados Unidos.
Si bien desde el inicio del periodismo las posibilidades de falsear los hechos –o darles la orientación oficial del medio-  ya estaban ahí, ahora esa tendencia ha explotado múltiples direcciones. Curiosa contradicción: en la red tenemos acceso a toda la información, pero no podemos creer casi en nada.
En el internet, el plato de comida de un amigo es tan importante como una declaración de guerra; no hay un filtro ni una jerarquía. La comunidad imaginaria a la que pertenecemos en la web está conformada por agencias muy serias de noticias y por quienes comparten su estado de ánimo. Todo tiene el mismo valor.
En suma, en estos tiempos, hay que obrar con cautela para no dejarse llevar por el terrorismo mediático al cual estamos sometidos diariamente.


domingo, 22 de mayo de 2016

Fernando del Paso y el “acto de escribir”

Hugo José Suárez

Carlos Fuentes decía con atinada precisión que los escritores mexicanos tienen “el privilegio de la voz dentro de sociedades en las que es muy raro tener ese privilegio”. Y es cierto. En México lo que le pase a un escritor es motivo de alboroto en el mundo de la cultura; un cumpleaños, un premio, una obra, un viaje, un encuentro y, por supuesto una desaparición, hacen que los estantes de las librerías se llenen de sus títulos y los periódicos les regalen amplios reportajes.  Y no es para menos, pues este país ha sido cuna de plumas privilegiadas (entre otras cosas, en la última década cinco mexicanos han ganado el prestigioso Premio Cervantes).

Lo curioso es que, por un lado, los profesionales de la palabra a menudo están fuera de las universidades, se mueven más bien en el circuito de las editoriales, las revistas culturales, periódicos y conferencias; por otro lado, también resulta extraño que los académicos de las ciencias sociales –sociólogos, antropólogos, historiadores- no tienen la misma palestra; su lugar está bien asentado en la vida universitaria que es sólida, dinámica y muy consolidada, pero es difícil y atípico que alguno atraviese la frontera de la fama y se convierta en una referencia más allá del ámbito académico. Por supuesto que el cumpleaños de cualquier sociólogo, por destacado que sea y muchos años que cumpla, pasa desapercibido.

Sin duda que la palabra del literato pesa mucho, aunque también es cierto que su rol ha sido paulatinamente relegado perdiendo su importancia en la creación de la identidad nacional. En la época de oro del cine mexicano cuando desde las pantallas se creaba la imagen del país, eran los literatos los encargados de los libretos, y por tanto de las ideas fundamentales de la nación. Pero a la vuelta de los años, como una manera de control político, se los fue marginando y más bien se dio el poder a industrias culturales vergonzosas como Televisa o Tv Azteca. Al final del día, Luis Miguel terminó siendo más importante que Agustín Lara, y el Chavo del Ocho desplazó a María Félix, convirtiéndose en el nuevo rostro de la mexicanidad. Esa es, seguramente, una de las mayores victorias de la élite local, y la factura más cara por la Revolución de 1910.

Pero más allá de estas desavenencias, hace unas semanas el Premio Cervantes fue otorgado al escritor Fernando del Paso, autor de varias obras fundamentales como Noticias del Imperio, José Tigo, Palinuro de México. Los días posteriores, Del Paso estuvo presente en todo lado: las librerías –como decía- llenaron estantes con sus obras, el periódico La Jornada publicó su foto en la primera plana, la revista Gaceta del Fondo de Cultura Económica estuvo dedicada íntegramente a su trabajo, tuvo varias entrevistas en radio, etc.

Confieso no haber leído a Del Paso, lo haré para ponerme a tono con el país, pero al escucharlo en los múltiples medios en estas semanas, no me cabe duda de lo mucho que podemos aprender de él. Para el escritor “son las artes, es el lenguaje y el pensamiento la distinción mayor que hay entre el hombre como animal y el resto de los animales”. Su práctica regular con las letras es gozo y desafío “yo necesito escribir, aunque me cuesta mucho trabajo, lo necesito, necesito hacerlo para vivir”.

El novelista nos invita a la escritura cotidiana y valora el momento en que uno se sienta a hacerlo: “las ideas no son previas al acto de escribir, nacen con el acto de escribir”. La creación no es un libreto previamente establecido en la cabeza al que sólo le falta plasmarse en una pantalla como si fuera un dictado, es en ese momento cuando pasan cosas inesperadas, surgen ideas, se organizan, unas nacen otras mueren. El autor nos invita a divertirnos con las letras, con las palabras, con las frases, con las historias. Invita a que cada uno se convierta en un narrador de su propia vida, en un contador de historias, en un escribidor compulsivo. Es mucho lo que se puede decir de Del Paso –“constructor de catedrales” como ha sido llamado-, pero por lo pronto me quedo con esa sabrosa invitación a pasar horas frente al teclado en compañía de las ideas, construyendo historias, disfrutando del “acto de escribir”.



Publicado en "El Deber" 22 de Mayo del 2016

martes, 10 de mayo de 2016

Mezcal

Hugo José Suárez

De lejos, el mezcal es el trago mexicano que más me gusta. Se ganó su lugar por su aroma y por la sensación que te deja en la boca. Pero luego de un viaje a Oaxaca, quedo todavía más enamorado de esa bebida muy bien llamada espirituosa.
Voy a Matatlán, una pequeña población a menos de una hora de la capital de Oaxaca. Desde la entrada se nota la presencia del mezcal en la vida diaria. Las tiendas abundan en la carretera, y llegando al centro de la plaza con quien me ponga a hablar termino en el tema irremediablemente. Para empezar a estar a tono, me pido una nieve de tuna combinada con mezcal.
Caminando por una desolada calle, una señora se me acerca y me invita a visitar su “palenque”, así se les dice a los talleres o pequeñas fábricas familiares donde se produce la bebida. Camino unas cuadras y me sumerjo en un sorprendente mundo. En el patio de la casa, están las piñas de maguey siendo trozadas por un hombre que usa un hacha. Las recogieron de las montañas esos días. Me dicen que hay distintos tipos de agaves, desde el “espadín” que se lo puede sembrar y cosechar hasta el “tobalá” que es silvestre, se lo consigue en los campos por tanto es más escaso y más caro -hay que tener paciencia, pues algunos magueyes pueden tardar hasta siete años en crecer-. Luego se los entierra en un horno previamente calentado con piedras y abundante carbón. El agave dura cinco días bajo tierra completamente cubierto hasta cambiar de consistencia y color, y quedar listo para ser molido a través de una piedra de cantera en forma de rueda -movida por un caballo- que los tritura.  El paso siguiente son las tinas de fermentación donde permanece entre 5 a 15 días dependiendo del clima, y finalmente se ponen los trozos pequeños en un alambique de cobre donde, calentado a leña, se destila logrando que pacientemente, gota a gota, vaya saliendo el mezcal en un recipiente.
Pero ahí no termina el asunto. Falta la maduración -que dependerá de lo que se busca: reposado, añejo, joven-, y por último la comercialización, que es muy compleja porque no todos tienen una tienda ni vinculación estable con el mercado. A menudo los clientes de los consigue uno a uno.
Todo el proceso me lo explica el propietario del palenque -tomándose casi una hora de su tiempo-, que además es el dueño de casa y padre de familia. Mientras, sus hijos entran y salen y los nietos hacen lo suyo en el patio interior. El proceso dura alrededor de 20 días sin contar los años que tardan en crecer las plantas en la montaña. Cada fábrica artesanal involucra a unas 20 familias. Por supuesto que al final me hacen probar los distintos tipos de mezcal y me voy con varios litros en mi mochila –y unas copas en el cuerpo-.  
Quedó impactado con largo procedimiento, los años de espera, el tiempo invertido, el esfuerzo de tantas manos para lograr ese resultado. En Matatlán todos subrayan con orgullo lo artesanal de su producto, lo que queda fuera de duda luego de presenciar cada paso para conseguirlo.

A partir de ahora, cada que me tome una copa de mezcal –que será todavía más a menudo-, mientras el líquido impregne mi boca,  repasaré por mi memoria la detallada explicación recibida en esos días oaxaqueños; sentiré la fuerza con la que se corta el maguey, el calor de las piedras bajo la tierra que lo cuece y transforma, la piedra tirada por un caballo que lo tritura, su estancia en las barricas de madera esperando la fermentación y la mágica destilación que convierte el vapor en alcohol. Y repetiré la jocosa y sabia sentencia popular harto conocida en estas tierras: “para todo mal, mezcal, para todo bien, también; y si no hay remedio, litro y medio”.

                                                                                       Publicado en "El Deber" 8 de mayo del 2016 


lunes, 25 de abril de 2016

Villoro pensando en Villoro

Hugo José Suárez

Los viernes compro el periódico mexicano Reforma. Normalmente lo evito por su tamaño, su posición política y su tratamiento de la noticia. Pero ese día escribe Juan Villoro y no me lo quiero perder. Hace unos meses (27/11/2015) el escritor dedicó su columna a su padre, el notable filósofo Luis Villoro fallecido hace un par de años y en cuyo honor se acaba de publicar un libro (La alternativa. Perspectivas y posibilidades de cambio, Fondo de Cultura Económica, México, 2015). Empieza la nota manifestando lo difícil que es hablar de un familiar fallecido. Recuerda lo curioso que es ser hijo de un filósofo, sobre todo cuando tienes que explicar en la escuela a qué se dedica tu progenitor.
Me detengo en tres pedazos, casi al final, que merecen un comentario aparte. Se pregunta el articulista: “¿Puede la política coexistir con la ética? Sí, siempre y cuando el ejercicio del poder sirva a la comunidad y no sea un fin en sí mismo”. El cuestionamiento no es nuevo, claro, por mi parte me puse la interrogante hace décadas con mis primeras lecturas sociológicas. Antes de eso, no tenía duda que sí era posible, pues mi propio padre me había dado el ejemplo con su militancia en los 80, pero cuando mis amigos llegaron al gobierno en Bolivia a partir del 2006, y vi cómo paso a paso el poder los fue carcomiendo y conduciendo hacia un viaje sin retorno, ahora tengo serias dudas de una respuesta afirmativa. Me pregunto si la política –y por tanto el juego del poder-, siguiendo la reflexión de Villoro, puede sacudirse de su necesidad de autoreproducción, y por tanto, si puede dejar de ser, al menos en alguna medida, “un fin en sí mismo”.
Cambio de pasaje. Dice el articulista refiriéndose al levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN): “Desde 1994, no han faltado noticias de Chiapas, pero lo más importante apenas ha sido cubierto: el heroísmo de la vida diaria, la paciente transformación de una de las regiones más pobres del país en un tejido mulitcultural, donde el ‘nosotros’ se pronuncia más que el ‘yo’”. Quizás la vida diaria sea la dimensión más heroica de la política. El desafío está en vivir el día a día sin reflectores, sin tribuna, sin discurso, con la convicción de que se está haciendo lo que se debe hacer. Algo así decía el sacerdote Luis Espinal, asesinado en 1980: “gastar la vida no se hace con gastos ampulosos, y falsa teatralidad. La vida se da sencillamente, sin publicidad, como el agua de la vertiente, como la madre que da el pecho a su wawa, como el sudor humilde del sembrador”.
Finalmente, concluye Villoro, “no hay cambio político sin imaginación”. Quizás la imaginación debería estar antes de la política, pero a menudo la última termina devorando la primera a los pocos segundos de convivencia.
En fin, decía que regularmente los viernes compro aquel periódico sólo para leer a mi articulista preferido. Y hasta ahora, nunca he quedado decepcionado.

Publicado en El Deber, 24 de abril del 2016