martes, 2 de mayo de 2017

Whatsapp

Hugo José Suárez


Hace más de treinta años, cuando dejé La Paz y me fui a estudiar a México, el medio de comunicación con mi madre y hermana era el correo postal y, eventualmente, una corta llamada telefónica de no más de 10 minutos cada quince días. La economía familiar no daba para más, el segundo de comunicación por el auricular costaba una fortuna; había que ser preciso y rápido, ahorrarse las vueltas y los sentimientos para concentrarse en la información sustantiva: nada de llantos o formalidades de etiqueta que robaban tiempo a lo indispensable. Además, claro está, había que comprar o rentar una línea a alguna empresa luego de un trámite largo y complejo; si no se lograba tenerla, había que prestarse el teléfono de un amigo generoso. Recuerdo que una vez falló la coordinación con los dueños del teléfono, me hablaron desde Bolivia cuando no había nadie en el departamento y yo estaba afuera escuchando el timbre de la llamada pero sin poder entrar para contestar. Fue desesperante.
Con el correo el ritmo era distinto, imprimía su propio sello al intercambio. Los periódicos llegaban una vez al mes con el respectivo retraso, y las cartas traían novedades sucedidas semanas atrás. A menudo yo enviaba casetes grabados con canciones, relatos, llantos para transmitir lo que vivía en la distancia.
Y bien, sabemos que todo eso quedó atrás. Primero llegó el correo electrónico: era difícil concebir que un texto pudiera llegar a su destinatario en cosa de segundos. Luego Facebook, WhatsApp, Twitter y cuanto cobija lo que se viene a llamar “red social”.
De todas esas posibilidades de comunicación en internet, quiero referirme a WhatsApp. Me asombra la rapidez y contundencia de los mensajes, que acompañados por imágenes predeterminadas o no, facilitan la comunicación. Pero además establece una complicidad -a menudo involuntaria- pues el emisor puede saber si su texto fue efectivamente enviado, recibido y hasta leído. Hoy es difícil ocultarse bajo el pretexto de “no me llegó tu carta”, de ahí nace la frase “me dejaste en visto” cuando, habiendo tenido acceso al mensaje, deliberadamente se guardó silencio.
Otra particularidad del WhatsApp es la comunicación colectiva. Sirve para todo. A estas alturas todos “pertenecemos” -queramos o no- a varios grupos: la familia ampliada, la familia pequeña, los padres del curso de mis hijas, mi grupo religioso de la adolescencia, mi promoción del colegio al que pertenecía a mis 18 años, los compañeros de la universidad, los que me invitaron a cenar este sábado, y muchos más. Al final del día, si no se controla la participación en colectividades, el celular termina por recibir unos cincuenta mensajes innecesarios y sin importancia, la mayoría de ellos son “caritas felices”, sonrisas, oraciones, aplausos o “me gusta”. Tanto se ha abusado de los grupos que han surgido reglas espontáneas para regular el uso.
A estas alturas es difícil explicar a las nuevas generaciones cómo le hacíamos para comunicarnos un par de décadas atrás, y sin embargo las cosas fluían. No sé si me gusta o no esta sensación de estar constantemente conectado o “disponible”, en ocasiones me perturba, pero también me facilita la vida.
No reniego del WhatsApp, lo uso regularmente y agradezco sus múltiples posibilidades, aunque mi protocolo de redacción epistolar todavía sea a la antigua: no pongo la fecha y el lugar en la primera línea pero empiezo con una frase formal y amable (estimado, querido, etc.), continúo con la narración respectiva del asunto que me convoca, cierro con una palabra educada de despedida (atentamente, saludos, abrazo) y concluyo con mi nombre. Nada de caritas o aplausos. Además, intento cuidar la ortografía, los acentos, los puntos y comas.
Tal vez estoy un poco desfasado, pero ya sabemos que la modernidad es el tiempo de los desencuentros: todos estamos atrapados en distintas redes.

viernes, 21 de abril de 2017

Reacción a la reacción


Hugo José Suárez

La semana pasada, luego de que seis políticos hicieran pública la “Declaración conjunta en defensa de la democracia y la justicia” puse en mi muro de Facebook lo siguiente: “Harto recuerdo a los pactos de antaño me hizo ver la juntucha de ayer con la bandera boliviana y las palabras tan vacías como ‘Democracia y libertad’, palabras ahora de boca en boca y que dicen poco. Lamentable el reloaded”.
No voy a comentar el contenido del documento, su mensaje político, o quién ganan o pierde (de hecho creo que ganan los que sueñan con una venezuelización maniquea aunque el país se vaya al abismo, sus promotores están en el gobierno y fuera de él y se parecen tanto unos a otros…). Tampoco  voy a referirme a la descalificación personal que algunos añadieron en mi muro –“como tú no eres perseguido político tu opinión es cómoda y vacía” o “además de tu vista parcial del asunto eres precipitado y opinas como quien se baja del camión ‘al vuelo’”-, que por supuesto no merecen respuesta, ni a quienes muy respetuosamente en un espíritu de diálogo apoyaron o cuestionaron mis palabras con argumentos siempre sugerentes. Quiero concentrarme en lo que está detrás de algunos comentarios, en las premisas sobre las que reposan (y no lo hago en un clima de confrontación, en verdad agradezco la mayoría de las opiniones).
Tres son los pecados que se me inculpan.
i.      Estar afuera. Se me dice: “se nota que no vives en Bolivia”, “tal vez te está haciendo falta venir”, “sería saludable una vuelta prolongada”. Desde la primera vez que dejé el país he lidiado con la condena de vivir en el extranjero. Escribiré en algún momento un ensayo más largo, ahora solo quiero subrayar lo curioso que es escuchar repetidas veces el mismo argumento cuando alguien no concuerda con mi punto de vista. Como si “estar” implicara coincidir con sus opiniones. Por supuesto que jamás se me invita a repensar mis posiciones si éstas refuerzan cómo piensa quien me critica. Enorme tema que merece mucha más tinta, queda como promesa.
ii.     La imposición de lo posible. Se me dice que si no es así, “¿entonces qué?”, “lo perfecto es enemigo de lo bueno”. Es ampliamente conocido que el discurso político impone el horizonte de posibilidad, las reglas del juego, los márgenes de la discusión, mostrando que no existe otra opción, que no hay caminos alternos más allá de lo que ellos -los políticos- decidieron de antemano. Y ahí estamos obligados a jugar las cartas. Esta tiranía de la razón política aparece una y otra vez, y siempre la intento evitar. En tiempo electoral, cuando debemos “optar” en un escenario predefinido, es más tosca: se trata de callar, acatar y votar. Y sin embargo sabemos que siempre hay otras combinaciones, otras opciones que el propio juego del poder esconde voluntariamente, y la misión de cualquier intelectual es hacerlas visibles. Claro que hay otras rutas distintas a las que aparecieron la semana pasada en el sexteto, ellos lo saben, nosotros también.
iii.    El que no propone, debe callar. Se me exige una salida: “¿y la alternativa es? ¿Cuál es la propuesta?”, “¿qué hacemos?”, “unos tratan de hacer algo, otros no hacen nada”. A menudo se acude a la idea de que quien emite una crítica debe tener la solución, es como si -permítanme el ejemplo banal- a un usuario de transporte público se le prive de denunciar la disfuncionalidad del servicio porque no se le ocurre otra cosa mejor. La propuesta y la crítica no tienen necesariamente que venir de la misma fuente, es más, preferible que sean el resultado de una deliberación colectiva mayor. El derecho de criticar no está sujeto a la obligación de proponer.
En fin, se me acabó el espacio en un tema que da para mucho. No prometo continuar con esto, pero sí anuncio que estoy preparando un libro sobre la relación entre lo político y el rol del intelectual, aunque habrá que esperar unos años hasta que dé a luz.

Por último, si en algo creo, es en la renovación de la izquierda, sin caudillos absolutos e indispensables ni partidos autoritarios, sin maniqueísmos, sin la premisa de amigo vs. enemigo como base de intercambio político. Creo más en quienes tienden puentes que en quienes construyen murallas y cavan trincheras, pero entendámonos bien, puentes en el horizonte de una sociedad progresista, igualitaria, auténticamente democrática y libertaria. Se me acusará de ingenuo, y seguro que tienen razón, pero espero no estar tan solo en este magullado país que paso a paso se dirige a la confrontación con insospechadas consecuencias.

Publicado en el diario El Deber.

martes, 18 de abril de 2017

Waze


Hugo José Suárez

Cuando llegué a la Ciudad de México por primera vez, a mediados de 1988, lo primero que mis amigos me regalaron fue una Guía Roji. Era un libro largo, de unas 200 páginas y cubierta roja. Se trataba de un mapa de toda la ciudad, indispensable para cualquier habitante de la urbe. Estaba dividida en dos partes, por un lado, un directorio de calles ordenadas alfabéticamente, con coordenadas horizontales y verticales que permitieran ubicar cualquier lugar; por otro, los pequeños mapas respectivos.
En efecto, en la Guía Roji estaba toda la ciudad. Sólo era necesario tener el nombre de la calle y la colonia, se buscaba en la primera parte y se encontraba en el mapa la indicación precisa de la ubicación. Asunto resuelto, sólo había que trazar la ruta (en mi caso, siempre en metro y microbuses) para llegar al destino.
Con mi libro rojo y alargado bajo el brazo recorrí decenas de calles, lo cargaba como predicador evangélico de domingo, no salía sin él. Al cabo de cinco años de arduo uso, quedó deshojado y maltratado por tantas travesías, pero en pie. Cuando terminé la carrera y tenía que dejar el país, lo regalé a uno amigo como herencia con historia.
Contar a mis hijas lo que viví con ese libro en mis años de estudiante es otro desafío. Por supuesto no entienden cómo un ser humano vivía sin un celular, y sobre todo cómo podía ir de un lado a otro. Claro, actualmente las decenas de aplicaciones han cambiado nuestra relación con el espacio, el tiempo, los mapas, las personas y cuanto hay. Hoy, para ir donde sea, es suficiente entrar a Waze, poner el nombre de la calle y en cosa de segundos el dispositivo -inteligente, le dicen- me dirá la ruta, el tiempo de llegada y hasta si me encontraré con control policial. Fabuloso. Ya casi no hay lugar al que no pueda ir. Los mapas mentales y las rutas que antes elaboraba quedaron atrás, deposito mi confianza en la tecnología. Y cuando estoy manejando, sigo las indicaciones del programa -a menudo con acentos extraños- que con precisión de reloj suizo me guía como si estuviera con los ojos cerrados. Metros antes de girar a la izquierda, una misteriosa voz me advierte que debo hacerlo, y así hasta llegar donde me dirijo. Waze me conduce por territorios que no tenía idea que existían, evitando tráfico y accidentes. Parece magia.

Pero, a veces se nos olvida, la tecnología puede fallar. Semanas atrás me compré un celular nuevo, y cuando hice funcionar el Waze, resulta que mi GPS no estaba habilitado. Intenté resolver el impasse sin éxito. Me lancé confiado en que todo saldría bien, pero fue un fracaso. Veía en el pequeño mapa un botón rojo -que se supone era yo- pero iba atrás de la realidad, es decir que las indicaciones de “gire a la derecha, en 300 metros a la izquierda”, etc. llegaban tarde. Con lo caótica que es la Ciudad de México, pasarse una calle es el peor error que un conductor puede cometer, volver a encontrar el camino puede tomar largos minutos. Me detuve en varias ocasiones, volví a programar, busqué cómo resolver mi conexión con el GPS, intenté rutas alternas, y nada funcionaba. Al final, llegué de milagro siguiendo aquel mapa mental de mis años de estudiante, transitando las avenidas más conocidas que, si bien estaban llenas, tenía certeza de que me llevarían a casa. Extrañé mi Guía Roji, ando buscando una pero no sé dónde comprarla, creo que ya ni la editan. La buscaré en alguna aplicación de mi celular, ojalá la encuentre. 

Publicado en el Diario el Deber.

lunes, 20 de marzo de 2017

Ingrata

Hugo José Suárez









Café Tacvba siempre me ha sorprendido, normalmente para bien. Durante años, canté a gritos su célebre canción Ingrata. Es cierto, coreaba sin ningún pudor “pues si quiero hacerte daño solo falta que yo quiera lastimarte y humillarte (…) Por eso ahora tendré que obsequiarte un par de balazos pa’ que te duela. Y aunque estoy muy triste por ya no tenerte voy a estar contigo en tu funeral”. A menudo la cantábamos en sendas borracheras, varones y mujeres, recordando algún episodio amoroso fallido. Pero a pesar del sentimiento puesto en cada nota cantada, juro por lo que más quieran, que jamás se me pasó por la mente pegarle balazos a quien dirigía mi voz ni quise ir a sepelio alguno.

Los integrantes de Cafeta, a quienes sigo, quiero y admiro hace más de 20 años, han decidido no tocar más Ingrata para no incentivar los feminicidios, como una manera de protesta frente al alto índice de violencia y por la sensación de que su letra puede promover agresiones .

Ahí está el problema. Denunciar la violencia es absolutamente legítimo y necesario, pero hay que poner las cosas en su lugar. La música –además de otras artes- reposa en la capacidad de figuración, de moverse en el plano de la ficción, representando situaciones no necesariamente reales pero que permiten conducirnos al laberinto de los sentimientos. La abstracción y el evocar escenarios imaginarios es lo que hace que una canción sea potente, trascendente, que nos haga llorar o reír, que nos permita volar o imaginar. Es gracias a ese proceso mágico que un compositor puede arrancarnos lágrimas, rabia o pasión tan solo escuchando sus palabras. Puede despertar nuestros miedos, nuestras furias, aquello que nos hace humanos.

Si tomáramos literalmente todo lo que se dice en la música –o en las novelas-, habría que empezar una auténtica cacería de brujas, una relectura de lo escrito hasta ahora y censurar, recortar, arreglar lo excesivo, como lo hace el fiscalizador de imágenes eróticas en la maravillosa película Cinema Paradiso.
Imagino a una comisión de aburridos caballeros que, como creyentes ortodoxos que leen la Biblia al pie de la letra y cuando se dice que “si tu mano te hace pecar córtatela” van por un hacha, revisen las letras de tanto que se ha escrito con un plumón rojo. Se encontrarían con párrafos como “rata inmunda, animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho, infrahumano, espectro del infierno, maldita sabandija, cuánto daño me has hecho” (Rata de dos patas), o el memorable episodio donde Camelia la texana da siete plomazos al que lo traicionó. Tendrían que empezar a borrar, y borrar, y borrar. ¿Qué quedaría del bolero o del corrido en México si se le quita la figuración y el drama? Correcto: casi nada.

Durante largos siglos el catolicismo jugó un rol perverso controlando la producción estética. Los artistas pudieron poco a poco quitarse las cadenas y transitar por el sendero de la libertad dejando que la creatividad sea su principal guía. Todo indica que hoy se vuelve a erigir un sistema de control de lo políticamente correcto. Un nuevo mainstream cultural impone parámetros dentro de los cuales se debe mover quien quiera expresar algo. El fantasma del control renace, y Cafeta, el grupo más transgresor, crítico y lúcido de los 90, cayó en sus redes.


Me quedo con una última reflexión de un amigo en su muro de Facebook: “Tengo Ingrata versión en vivo en un cd doble original ¿qué debo hacer con este material, según la corrección política? 1. Quemarlo. 2. Esconderlo en un armario secreto. 3. Subastarlo como objeto extraño. 4. Reclamar a los tacubos la devolución de mi dinero”. Y algún cibernauta igual de audaz le dice: “te lo compro”

Publicado en diario "El Deber".

lunes, 27 de febrero de 2017

La historia de Carmela


Llegó, a ojo de buen cubero, con 14 años encima a la finca de mi tío en Yungas, habrá sido a mediados de los cuarenta del siglo pasado. Era de corta estatura y generoso volumen, morena, cabello negro como sus ojos. Risueña, agradable e inteligente, se quedó a trabajar en casa y no se separó de la familia hasta su muerte. No conocía su historia, ignoraba todo dato de su pasado, así que decidió crearse una vida y nutrirla con todo lo que se encontraba en el camino.  
Empezó buscando un apellido. Mi abuelo tenía un grupo con el que jugaba regularmente ajedrez en casa, todos caballeros ilustres de la época; uno de ellos se llamaba Aurelio Calderón de la Barca. Cuando Carmela escuchó el apellido, quedó encantada y decidió adoptarlo. Ya tenía un nombre completo: Carmela Calderón de la Barca. Pero todavía quedaban espacios libres para llenar un carnet de identidad. Supo que el festejo de la Virgen del Carmen es el 16 de julio, además, día de La Paz; todo cuadraba: tuvo fecha de nacimiento. Lo del año y demás detalles faltantes fueron resueltos frente al notario del pueblo.
Carmela fue niñera cuando mi madre era pequeña y luego pasó a ser empleada doméstica. Mi abuela tenía la costumbre de enseñar a las sirvientas a nadar, bordar, leer y escribir. Carmela fue muy buena alumna, aprendió todo menos las letras, por ello no podía leer una receta, lo que no le impedía aprenderlas de memoria. Su proceso pedagógico no reposaba en la libreta de anotaciones, sino en la experiencia, acuñó una máxima que luego repetimos en la familia hasta el cansancio: “No me digas cómo hacer, haremos”. Y claro, una vez aprendido el procedimiento, no se le olvidaba más.
En una ocasión, mis padres discutían a puerta cerrada. Entró Carmela y subiendo el tono y con el dedo índice alzado, se dirigió a mi padre: “No le vas a gritar, porque esta es una niña, y a mi niña nadie le grita”. Desde entonces bajaban la voz cuando discutían para impedir que volviera a intervenir. 
Le gustaban las fiestas y los alcoholes, cada que llegaba una celebración religiosa, desaparecía por tres días y volvía con los ojos demacrados, mostrando el dejo de la fiesta. Y claro, luego llegaban los hijos y Carmela no podía identificar con claridad al padre, el cálculo era: si nace en febrero, fue la fiesta de tal Virgen; si es en marzo, entonces es de otra. 
Durante la dictadura, todos dejamos mi casa de San Miguel por temor a que los paramilitares fueran a buscar a mi padre y arrasaran con todo. Le pedimos a Carmela que también dejara el domicilio porque no era seguro. Batalló, no quería separarse del hogar, tuvimos que convencerla de la brutalidad del régimen. Aun así, en el tiempo que estuvimos fuera, todos los días iba a ver si la casa seguía en pie.
Tuvo una relación estrecha con mi abuela y mi madre –y de paso con nosotros-.  Se trasladó a Cochabamba a acompañar a su hijo. Un día se enfermó, fue al hospital y murió pidiendo ver a “mi madrina de La Paz”. Nos enteramos tarde de la partida de Carmela Calderón de la Barca, se fue con muchas historias, recuerdos y cariño.
Para terminar, ¿por qué escribir sobre Carmela y no sobre el Museo de Evo Morales que ha llenado las planas las últimas semanas? ¿Quién merece un museo? ¿El presidente en turno preocupado por custodiar los regalos recibidos en sus años de gloria y presumir las poleras con las que jugaba fútbol o las miles de Carmelas que son el corazón de nuestro país?


Publicado en el Deber 12 /02/2017

Todorov Cruzando fronteras

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domingo, 19 de febrero de 2017