lunes, 20 de abril de 2015

Paredes de Coyoacán

Las paredes de Coyoacán hablan, sólo hay que saber escucharlas.


lunes, 6 de abril de 2015

En  2013 la editorial Sexto Piso presentó dos nuevos cómics: Pancho Villa toma Zacatecas, de Paco Ignacio Taibo II y Eko, y Septiembre zona de desastre, de Frabrizio Mejía Madrid y José Hernández. En ambos casos se trata de escritores de amplia trayectoria y personalidad, con caricaturistas especialmente creativos y agudos.
La toma de Zacatecas -que recuerda esa fundamental y victoriosa batalla que abrió las puertas de Villa hacia   la ciudad de México- es una narración sombría, prima la imagen, el texto hilvana las oscuras viñetas donde predomina el negro, tanto que al abrir sus páginas se siente el olor a tinta, como si los autores nos quisieran llevar al escenario de batalla, a la crudeza de la muerte. Y no es para menos.
 Se transita por la compleja realidad de la guerra en su rostro más dramático, se muestran los preparativos previos al ataque a la ciudad minera custodiada por los federales, un bastión estratégico -a ser defendido a sangre y fuego- que finalmente fue tomado por los revolucionarios luego de una sangrienta confrontación. Pero en la historia el humor también tiene un lugar cuando se explica lo que "de Villa se decía”, recordando desde sus amores hasta su gusto por las malteadas de fresa, sus sombreros o su proyecto social.
Eko hace gala de su manejo de los ambientes.  Empieza introduciendo al lector a la historia como si se tratara de una primera toma panorámica cinematográfica, como si quien abre las páginas estuviera en el tren que se dirige a la guerra y sólo ve al frente un tornado gigante que lo espera. Y luego no escatima en usar múltiples recursos gráficos, desde mapas, hasta primeros planos o la reproducción de afiches de filmes posteriores sobre Villa. Pero también en su narración entran las imágenes fantásticas de la cultura popular mexicana, desde las calacas hasta el águila y la serpiente (atravesadas por dos carabinas). Ya el caricaturista había demostrado maestría en la construcción de personajes imaginarios, particularmente con Denisse, cuya sensualidad coqueteaba con el sadismo empapado de imaginación erótica. Ahora se trata de mezclar el espanto de la guerra con la excitación previa a la batalla, el miedo con la gloria.
Particular mención merece el coronel Montejo -ampliamente descrito-, quien perdiera un ojo jugando a la ruleta en una cantina de un hotel de Chihuahua, lo que no impidió su valiente desempeño militar. Luego de la victoria en Zacatecas, Villa ordena ley seca para evitar saqueos y excesos, pero Montejo no sólo que no cumple el mandato, sino que, cuando es amonestado, completamente ebrio mata de un disparo a quien le recuerda la orden. Al ser informado del incidente, Villa decide que lo fusilen. El último deseo del coronel -que se acerca al paredón con un puro en la mano y con la mirada firme de su único ojo- es enviar un mensaje a Villa. A regañadientes y bajo amenaza del propio Villa, el emisario repite lo ordenado: Pues que dijera que se fuera usted mucho a chingar a su madre y de pasada yo a la mía”. El legendario revolucionario, sentado en un cómodo sillón,  con las botas sobre el escritorio y un arma en la espalda reacciona: "Ah, que cabrón tan valiente... ¿y lo fusilamos? (...). Carajo me hubiera dicho antes y lo perdonamos”. Paradójico retrato de los códigos de moral, coraje y justicia.
En Septiembre zona de desastre, Mejía y Hernández recorren por las calles y los momentos de  aquella mañana del 19 de septiembre de 1985, cuando la ciudad de México vivió uno de los temblores más destructivos que arrasó con todo lo que pudo.
Se comienza con escalofriantes historias anónimas que cuentan cómo se vive un drama mayúsculo, para luego concentrarse en la vida cotidiana de un joven de 17 años -por cierto, nunca se dice su nombre- que tiene una relación rutinaria con la ciudad,  que sólo es para él "el trayecto de la escuela a la casa”. Pero esa mañana, cuando "tenía que haber leído a David Ricardo y resolver unos problemas de física” para sus clases del día siguiente, no fue el reloj quien lo despertó, sino el estruendo de su departamento que se desmoronaba, la vajilla y los libros que se venían abajo, los focos que reventaban al chocar con el techo y la pared de su sala que desaparece. El adolescente sale a recorrer las calles rumbo a su escuela y es testigo de la ciudad completamente derruida. Los edificios en el piso, las avenidas llenas de escombros, vidrios rotos por todo lado, tanques de gas tirados, coches aplastados, y un intenso y escalofriante olor a muerte. Un sentimiento se apodera de él: "la ciudad, que nunca había sido mía, ya no existía. Y en ese momento quise recuperarla”.
La calle se convierte repentinamente en el escenario de la tragedia, pero a la vez de la solidaridad. La gente se organiza sin necesidad de una autoridad que diera órdenes. Todos saben que tienen algo por hacer, toman los instrumentos a su alcance, palas, picotas, manos, sudor y empiezan la tarea de rescate. "La ciudad era otra”, y no sólo por las estructuras caídas y por los miles de muertos, sino por una nueva idea de colectividad que naciera espontáneamente.
Los autores se esfuerzan por mostrar que la fatalidad despierta la conciencia. Se cuenta cómo el Gobierno estuvo pasmado frente a un hecho inesperado que no supo administrar. Cómo se intentó mostrar fortaleza chovinista -por ejemplo el Presidente rechazó ayuda internacional y no se permitió aterrizar a un avión de la Cruz Roja- cuando era evidente su incapacidad para dar respuesta a la tragedia. Se devela cómo se mintió con respecto de la magnitud de lo sucedido mostrando cifras mínimas en términos de muertos y edificios afectados, y se dio por cerrado el episodio a las dos semanas, cuando ya no se creía poder encontrar más sobrevivientes. Se ordenó el ingreso de maquinaria pesada. Pero lo sucedido repercutió en la política y en la sociedad, "el terremoto siguió durante años”: "De la tragedia emergió una ciudad de los sin casa que estaban dispuestos a protestar por tener que vivir en azoteas, sin servicios, amontonados en un cuarto. Sabíamos que si México dejaba de pagar un mes de deuda externa, podíamos darle a todo chilango una vivienda digna”.
El relato retoma imágenes fotográficas del momento, datos periodísticos, viñetas de otros caricaturistas y reflexiones de Carlos Monsiváis. Un pequeño canario rescatado de los escombros -amarillo, en una caricatura en blanco y negro- que es adoptado por el personaje principal, representa la esperanza: "Acostado, viendo el techo de tirol, seguía pensando que la vida no tiene sentido, pero que, a veces, de vez en cuando, lo tiene porque se lo construimos, sacándoselo de las entrañas, a golpes de ganas, a golpes de suerte”. Su canario se llama Septiembre.

Las dos historietas, situadas en momentos y lugares distintos, coinciden en una visión de la historia, de los pueblos que toman la responsabilidad de su destino frente a cualquier circunstancia. Sin duda, son una invitación tanto al compromiso como al gusto por la calidad de un relato hecho de imágenes y palabras.

viernes, 20 de marzo de 2015

La partida de Líber Forti

Hay mucho qué decir de Líber, tan grande. Entre otras cosas, novio de mi abuela durante largos años (más adelante contaré algunos episodios). Por lo pronto va esta foto que le tomé en 1999. No le gustaban ni fotos ni entrevistas, "voy a pensar que tengo algo importante qué decir si empiezo a aceptarlas", aseguró alguna vez. Le robé esta imagen, tímido, cubierto, atrás de sus manos impresionantes y su legendaria pipa.

lunes, 9 de febrero de 2015

Gustu.

Luego de mi última visita a La Paz, no quiero dejarla sin pasar por el restorán de moda: el Gustu. Como se sabe, es una iniciativa de Claus Meyer, afamado chef danés, que en el 2013 decidió abrir una escuela de cocina en esta ciudad y que ahora se ha convertido en uno de los mejores lugares para comer en el planeta. Parte de su propuesta es aprovechar los productos naturales del país y mezclarlos creando nuevos platos.

El Gustu quiebra con la forma de consumo boliviano en distintas dimensiones. Los dos polos dinámicos de la alimentación tradicionalmente fueron la cocina popular y la "internacional". Cada uno tuvo sus formas, ingredientes, secretos, innovaciones, protocolos en el servicio, personajes, etc. Lo popular se ofreció preponderantemente en los mercados, en restoranes especializados, en puestos de la calle. Su público fue amplio y surgieron grandes íconos tanto en la preparación como en la degustación. Del otro lado, hubo locales que se convirtieron en la referencia de la cocina "internacional", por ejemplo el Chalet La Suisse, que desde el nombre, la arquitectura, la decoración y el menú, se notaba el esfuerzo por sentirse en otro lado. Ese fue un espacio reservado para la élite acostumbrada a la servidumbre, a recibir un trato diferencial, a que se note la distinción. Los comensales estaban por encima de los sirvientes, y sólo podían hablar al "tú por tú" con el dueño, por supuesto con rasgos étnicos similares a los suyos, que eventualmente podía salir a preguntar si todo estaba en orden. Durante años -antes de la era del Evo y la emergencia de nuevos agentes económicos- los sectores populares tenían prácticamente prohibido el ingreso.

Es cierto que en medio hubo una cocina que podríamos llamar bisagra entre la élite y lo popular, por ejemplo las salteñas -con sus distintos nombres-, los Pollos Copacabana, las hamburguesas Iglú, etc. que se distinguieron por su sencillez, poca ceremonia para su consumo, preparación relativamente ágil y público de múltiples orígenes. También es cierto que los varios ámbitos culinarios tenían sus propias innovaciones y dinamismo y no faltaron quienes construyeron puentes entre ellos. 

El Gustu llega a Bolivia en un momento en el cual la explosión en combinaciones y posibilidades de innovación está a la orden, tanto en los placeres de la degustación, como en la estética, la moda, la música, la política, etc. Llega en el tiempo del cambio, y no es casual. Con su propuesta, el restorán se desplaza de lo anteriormente conocido y busca consolidar la fusión de productos de distintos orígenes. No impulsa la introducción y promoción de un sello y sabor globalizados -estilo McDonald’s o Coca-Cola- sino la creación de otras rutas sacando provecho de lo que la naturaleza y la cultura ofrecen. Así, algún plato contiene palmito de Cochabamba y charque que alpaca -el resultado, dicho sea de paso, es delicioso-.
Llama la atención cómo se intenta crear un discurso culinario nacional, tanto a través de la mezcla de ingredientes -resultado al cual nuestro paladar no estaba acostumbrado: el charque siempre lo comíamos con mote, papa, huevo y mucha llajua, jamás con palmito- como con nombres regionales. Por ejemplo, los tragos vienen diferenciados por departamentos, para cada uno hay dos o tres opciones con variados ingredientes.  Quizás esta es la primera vez que el lenguaje nacional se hace cocina no como la suma de las tradiciones regionales sino como su fusión.

En otro orden, que no es menor, sorprende el trato descolonizado que recibe el cliente. Si a la hora de la comida la elite paceña estaba acostumbrada a hacerse servir y que se note la clase a la que pertenecía, en el Gustu quien atiende las mesas no se presenta como un sirviente de clase inferior sino como un trabajador que conoce lo que hace y lo explica con maestría. Cada plato o trago es traído por una persona diferente -a menudo con rasgos sociales de origen popular- que explica la preparación y el contenido con la naturalidad de quien cumple un oficio que disfruta. 


Confieso que en el Gusto uno puede agasajar el paladar sacudiéndose de los protocolos coloniales de la cocina de elite boliviana; el valor principal está en lo que se sirve en el plato, no en la parafernalia que lo rodea. Un detalle: no puedo concluir una buena comida sin un expreso cortado. En el Gustu no hay; no me quejo, entiendo sus razones.

Publicado en Página Siete 8-02-2015

martes, 4 de noviembre de 2014

Tres cafés en Coyoacán

1.       Alverre. Café bistró
Se encuentra en la esquina de las calles Gómez Farías y Cuauhtémoc.  Como pocos, retoma el estilo bonaerense de la cultura del café: las ventanas hasta el piso quiebran la distancia con la calle, la barrera entre interior y exterior es discreta, permite la privacidad del espacio adentro y disfrutar de la belleza de lo que hay fuera.  Las mesas y sillas marcan un toque tradicional -de madera oscura- sobrias y elegantes. Cuadros de arte moderno cuelgan de las paredes, y la música siempre está bien escogida.  El paralelo con Buenos Aires no es casual, la tarjeta postal que regalan con la cuenta explica el origen del nombre: “Alverre.- Contracción e intercambio silábico de la frase ‘al revés’. Juego sintáctico característico del lunfardo (el lenguaje del tango, el juego y el azar…)”.
2.      Corina
En verdad no es un café sino una pastelería francesa, su nombre oficial: Caremel; pero está en la calle Corina, y respondiendo a la tradición de nombrar las cosas más por su ubicación que por su acta de bautizo, lo llamamos simplemente el “café Corina”. Lo simpático es que no tiene mesas, de hecho se trata de dos locales unidos por una pequeña puerta, ambos con un ventanal enorme a la calle. En uno de ellos, sólo hay pasteles; para su compra se procede con la rutina de las panaderías mexicanas: se toma una charola y pinzas, se pone lo que se comprará y se pasa por caja. En el otro, sólo hay una barra que casi no deja espacio con la calle, lo mínimo para poner dos taburetes siempre ocupados. En una esquina, se hace una fila -normalmente pequeña-, donde primero se pide y paga el café para luego ser entregado cliente por cliente. Lo fantástico es tanto la calidad del café como el paisaje: es una esquina con una amplia vereda, árboles, muy poco tráfico. En el ventanal de la pastelería pusieron unas tablas que sirven para sentarse, y en frente, en la misma vereda, un par de asientos de fierro forjado. Como si estuviéramos en una ciudad caribeña, todo sucede en la calle, que es donde uno disfruta del entorno urbano y encantador.
3.      La Ruta de la Seda
Lo descubrí por casualidad caminando por la zona. Es una pequeña casa en esquina con un portón viejo de madera y una ventana que da a la otra calle. El espacio es mínimo, sólo entran dos mesas y la barra donde está la caja y algunos pasteles. Parece una casa antigua de adobe de cualquier pueblo latinoamericano. Afuera, aprovechando la espaciosa vereda, hay cuatro discretas mesas -cada vez son más-. La música siempre es suave, tanto como la sofisticada pastelería: torta de té verde o de pétalos de rosa. Cuando llega el café cremoso en una pequeña tasa, no es más que la coronación que termina de armonizar el sabor y el aroma, con la vista y el oído. Un espacio delicado y encantador, como su nombre.
4.      El café: un refugio

¿Por qué hablar de cafés en Coyoacán cuando Bolivia está en plenas elecciones presidenciales? Tal vez por lo previsible de los resultados, o porque encuentro tantos parecidos en el quehacer cotidiano que no me dan ganas de escribir una coma sobre candidatos y campañas, a menudo me es difícil diferenciar unos de otros. Tal vez porque en este período se ven las miserias de los partidos y la pobreza del argumento. Tal vez por mi desencanto con la política y sus actores. Tal vez porque este sea el mejor momento para ocultarse en un café, lo más lejos posible, esperando que pase el vendaval y que vuelva la decencia a la arena pública. 

Publicado en El Desacuerdo, octubre 2014.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Sociología en el ring: Loic Wacquant

Supe de él hace muchos años cuando leí el libro que publicó conjuntamente con Pierre Bourdieu titulado Respuestas. Por una antropología reflexiva. Su participación en ese texto tenía dos intenciones, por un lado presentar la obra   del sociólogo francés, y por otro, realizar un largo interrogatorio. Al leerlo, comprendí mejor en qué consiste una "entrevista sociológica”, o más bien, qué sucede cuando dos sociólogos tienen una grabadora en frente. Más que preguntas y respuestas, lo que sucede es una auténtica tertulia, un intercambio de ideas con vaivenes que enriquecen la conversación.

Años más tarde, me encontré con otro delicioso texto de diferente naturaleza: Entre las cuerdas, cuadernos de un aprendiz de boxeador.  En esta ocasión era Wacquant solo, contando su propia experiencia de convertirse en un profesional del box. Su obra me llamó la atención por múltiples razones.  En primer lugar, el aporte teórico es remarcable. El autor se inscribe en la tradición bourdieuneana de pensar el mundo social y utiliza ese aparato conceptual para su investigación. Bourdieu desarrolló una serie de conceptos como campo, habitus, capitales, estrategia, etcétera, que le sirvieron para múltiples estudios en las más variadas experiencias sociales, desde las lógicas de distinción francesas, hasta el uso de la fotografía o el rol de la religión. 
Con insistencia acuñó la idea de que el habitus se hace cuerpo, es decir que el esquema cognitivo que permite que fluya la percepción y la acción, nos habita de tal manera que se inscribe en nuestra materia. La anotación venía de Bourdieu pero ninguno de sus libros daba cuenta con tanta claridad cómo sucedía ese proceso. Es Wacquant quien, retomando la idea de que "aprendemos con el cuerpo”, experimenta la "conversión moral y sensual”: se inscribe a un gimnasio de boxeo en un barrio negro en Chicago y se somete a un sistemático entrenamiento durante más de tres años hasta convertirse un pugilista semi-profesional y estar a punto de dejar la sociología. Empezaba así a llenar un vacío teórico.


Un segundo aspecto que no es menor, es la estrategia metodológica. Insertarse en el mundo del boxeo implicaba tanto un acercamiento paulatino y sistemático a la cultura pugilística –dinámica a la cual están acostumbrados los antropólogos cuando estudian mundos ajenos-, como la educación rigurosa del propio cuerpo. La mejor opción fue la etnografía. Durante toda su investigación  escribió rigurosamente un diario de campo (más de 2.300 páginas), hizo entrevistas, tomó fotografías y participó en todo lo que pudo. Vivió intensamente el gimnasio en cada uno de sus componentes, registró en su propio cuerpo los aprendizajes –desde el fortalecimiento de un músculo, el afinamiento de los reflejos para esquivar o dar un golpe, la estrategia para soportar el dolor, etcétera-, mientras iba anotando todo lo observado y buscando explicaciones. 


En el libro, Wacquant analiza diversas dimensiones del tema. Explica la función de un espacio deportivo en un barrio donde los índices de violencia son alarmantes, y muestra cómo la tensión calle vs. ring es fundamental; el gimnasio es un "escudo protector contra las tentaciones y los peligros de la calle”, pues la violencia tiene reglas estrictas, permite a sus participantes no sólo sobrevivir a la incertidumbre propia del vecindario, sino que además les ofrece una ruta profesional que puede generar ingresos. Cuenta las jerarquías, la función del entrenador, el rol de los íconos deportivos, las fantasías y aspiraciones, la decoración interior del gimnasio, los códigos de honor.


También el autor narra su propia experiencia de convertirse en un boxeador, todos los detalles del entrenamiento, la tensión previa a subirse al ring para un combate, la intensidad de los segundos antes de que suene la campana anunciando el fin de un round. Explica cuáles son las exigencias  para participar en un torneo, el sacrificio en sus tres dimensiones: estricta regulación alimentaria, abandono de toda vida social que distraiga, rigurosa abstinencia sexual. La factura a menudo es cara, pero es el costo de quien quiere ser un verdadero profesional. 


La narrativa de Wacquant es especialmente cautivadora, tanto que en algunos momentos uno se olvida que está leyendo un estudio científico. Eso le lleva a reflexionar sobre "la alianza de estos géneros normalmente separados: sociología, etnografía y novela”, y nos devuelve el desafío a los sociólogos sobre cómo vincular teoría y procedimiento científico con observación sostenida, profunda y participante, y una presentación elegante y seductora. La justa combinación de estas tres tradiciones es la que le dará a un trabajo un merecido lugar. Wacquant, nos enseña un camino.


Publicado en suplemento Ideas de Página Siete, 2/11/2014

lunes, 6 de octubre de 2014

García Meza: “honra, apellido, familia”

Desde que leí la semana pasada la noticia de que el Tribunal Supremo Electoral había aceptado el recurso del abogado del ex-dictador Luis García Meza para que se retirara su imagen de una propaganda política, no dejo de tener el estómago revuelto.  Ignoro el oscuro brazo perverso que esté detrás del TSE y de tan desafortunada decisión; la historia se encargará de desenmascararlo y juzgarlo en su momento. 

Es claro que la estrategia de "blanqueamiento" del ex-dictador consiste en ir cambiando su imagen de militar asesino vinculado con el narcotráfico, por un viejo enfermo y ahora injustamente prisionero que impulsó un gobierno de “renovación nacional” (basta revisar las barbaridades escritas en Wikipedia sobre su persona). Pero sólo los oídos necios pueden escuchar tales alegatos, y sólo sus cómplices apoyar semejante empresa. No es nuevo, lo mismo sucedió en Argentina con Videla, en Chile con Pinochet y en Bolivia con Banzer -tal vez el que mejor logró su cometido-. No lo logrará, la justicia llega, y los familiares de las víctimas no se callan, no nos callamos. 

Hay que recordar que Luis García Meza dio un golpe de Estado el 17 de julio de 1980, es responsable de la muerte de Marcelo Quiroga Santa Cruz, del genocidio en la Calle Harrington y otras múltiples atrocidades por las cuales fue juzgado y condenado a 30 años de cárcel sin derecho a indulto. Montó un aparato paramilitar llamado "Servicio Especial de Seguridad" que salía en ambulancias a buscar militantes de izquierda. Todavía se me eriza la piel cuando paso por una pequeña calle en Sopocachi donde estaban estacionadas sus vagonetas, o cuando rememoro el miedo que sentíamos porque vengan a casa y destrocen todo. Todavía recuerdo con inquietante claridad la imagen de Luis Arce Gómez, su Ministro del Interior, decir en la televisión que teníamos que “andar con el testamento bajo el brazo”. Yo tenía diez años, pocos para tener que aprender qué era un testamento.

El argumento del TSE es de broma. Un vocal dijo: “Se votó en consenso. Es un aspecto de carácter legal, porque cualquier reo solo pierde el derecho a la locomoción. No se puede usar la imagen de una persona (cuando afecta) el ejercicio pleno de sus derechos”, y se sostiene que se estaría vulnerando su "honra, apellido y familia".  Primero me llama la atención el “consenso”: ¿todos estuvieron de acuerdo? ¿Es que ese Tribunal no leyó nada de historia de Bolivia? ¿No hay nadie que dé la cara por los muertos? ¿Nadie que los recuerde y que les rinda homenaje? ¿Nadie que reconozca que si no hubiera sido por ellos, por su vida y sacrificio, el TSE y la democracia en el país no existirían?

En ningún momento en el spot se vulnera la "honra, el apellido y la familia" del ex-dictador. La honra la perdió hace rato cuando decidió violar todas las normas de la democracia, cuando se convirtió en asesino y mandó a matar a tanta gente. García Meza perdió la dignidad varios años atrás, y no ha hecho ningún esfuerzo para recuperarla. El apellido él mismo lo ensució con sangre, tendrán que pasar décadas y nuevos nombres para limpiarlo. Por supuesto que su proceder no salpica automáticamente a sus parientes, nadie escoge a su familia -lo sabemos bien- y cada uno es responsable de sus actos. Lo que me queda claro es que mostrar la foto del ex-dictador -en tiempo de campaña política o no- no afecta ningún derecho humano, no es una calumnia, ni siquiera una agresión personal y mucho menos familiar. Es simplemente un repaso por los hechos del pasado. ¿Cómo pretende el Tribunal hacernos creer que este caso se trata de "un aspecto de carácter legal" cuando a todas luces hay una intención política en su resolución? 

¿Qué quiere ahora García Meza –y el Tribunal-, ser recordado como un demócrata, visionario, estatista? ¡Por favor! Sólo veamos -por elemental que parezca- cómo se define un tirano en el diccionario de la Real Academia: "Dicho de una persona: que obtiene contra derecho el gobierno de un Estado, especialmente si lo rige sin justicia y a medida de su voluntad. Dicho de una persona: que abusa de su poder, superioridad o fuerza en cualquier concepto o materia, y también simplemente del que impone ese poder y superioridad en grado extraordinario". Tras tan simple descripción, ¿quién se atreve a decir que García Meza no fue tirano? 

Que el candidato a la presidencia Juan del Granado utilice la imagen histórica de García Meza en una propaganda, es asunto suyo. Se puede estar a favor o en contra de Juan, ese no es el punto, aunque no nos haría mal recordar que fue él, efectivamente, quien con una valentía y coraje de otros tiempos impulsó el Juicio del Siglo cuando todo estaba en contra y logró meter en prisión al ex-dictador. Quienes fuimos víctimas de la dictadura -y en general toda la sociedad boliviana-, no podemos si no estar por siempre agradecidos por su honesto proceder. Pero el tema aquí es que se censure una fotografía que pertenece a la historia política nacional, que se quiera borrar lo que realmente sucedió en el país en aquellos años de terror.

No voy a narrar la historia tantas veces contada del asesinato de mi padre, Luis Suárez Guzmán el 15 de enero del 1981, cómo encontramos su cuerpo torturado, destrozado, cómo nos amenazaron posteriormente durante meses. No voy a traer las lágrimas de la ausencia. Pero que sepa García Meza, el Tribunal Supremo Electoral y la nación, que mientras tengamos un suspiro más de vida, no nos quitarán la palabra. Se llevaron a mi padre, no se llevarán su memoria.

Publicado en suplemento Ideas de Página Siete (La Paz, Bolivia), 5/10/2014