Tianguis
Es domingo, cambio mi rutina. Mi alarma no está programada para sonar tan temprano como sucede los días de semana. Me dejo entre las sábanas, permito que lo sueños tomen un poco más de tiempo, pero no mucho, hoy es día de tianguis.
Sin prisa, cuando pasa media mañana, agarro mis bolsas y me dirijo al mercado que se pone los domingos a unas cuadras de mi casa. Durante la semana es una calle poco transitada, pero el día de venta se llena de pequeños toldos normalmente protegidos con plástico rojo que se refleja y crea un ambiente particular, donde se ofrece todo lo imaginable.
Primera parada, el vendedor de aguacates. Es su especialidad, no tiene nada más. El diálogo es muy sencillo: «deme cuatro, uno para hoy y tres para la semana, ahí por el miércoles o jueves». El experto toma de su mesa el pedido, toca cada uno, y con sabiduría construida en el tiempo presiona levemente para calcular cuánto estará listo para ser consumido, respondiendo a mi exigencia. Entretanto, me hago un taco con el guacamole preparado que está sobre su mesa, agarro una tortilla fresca, le expando el aguacate recientemente aplastado en un molcajete grande, y adorno con trocitos de chicharrón que están en la bolsa de al lado. Cuando termino mi taquito, pago y voy al siguiente puesto.
Es el turno de la fruta y la verdura, segunda parada. Hay una serie de normas y procedimientos no dichos que tuve que aprender progresivamente, luego de mucha observación. Así que procedo con la naturalidad de un experto. El puesto es grande, da a los dos pasillos, de un lado fruta, del otro, vegetales. Me paro sin decir nada en el espacio libre que queda al borde de la mesa. Espero que el marchante termine de atender a otra persona y se dirija a mí. Es toda una familia: padres, hijos, primos. Empieza preguntando: «¿quién sigue?». «Yo» respondo con decisión. Le voy pidiendo: un kilo de tomate –le pregunto si puede ser menos, me dice que no–, tres cebollas, un brócoli, una lechuga. Cada verdura es pesada en una balanza colgada que comparte con los demás vendedores, y luego la pone en una bolsa de plástico acumulándolas frente a mí. Luego las frutas: plátanos, mangos, guayabas, papaya. Cuando concluyo mis pedidos, comienza el conteo. Me va pasando cada bolsa repitiendo el precio –a veces, si son demasiadas cosas, las anota en una libretita–. Suma normalmente en la mente haciendo gala de su memoria y agilidad matemática, en lo que voy ordenando mis compras cuidando que la papa esté abajo y el tomate arriba –para que no se aplaste–, me dice el total de la cuenta que cancelo en efectivo.
Sigo, voy por los asuntos menores. Me detengo en un puesto que todo lo que vende proviene de su vivero doméstico, estas zanahorias son dulces, inigualables, las mejores que haya probado en la ciudad. Luego en el yerbero, que me da manzanilla y menta cosechada esa madrugada. Prosigo con los granos: semilla de girasol, granola, almendras y nueces. Finalmente, llego a mi tercera parada: el queso. En una vitrina están expuestas las distintas opciones: Oaxaca, fresco, panela, quesillo preparado o no. El vendedor me corta un pedazo de cada opción, las acepto sin pecado, repitiendo la frase de un amigo: «quién soy yo para decir que no». Me decido por medio kilo de Oaxaca. Pero antes de irme, veo que también ofrecen longaniza, me llevo 300 gramos.
Mientras voy ratoneando por los pasillos, mis ojos se llenan de imágenes, percibo muchos olores frescos y escucho frases que son lanzadas al aire en el acento mexicano más arraigado, «pregúntele, llévele». Leo un fabuloso letrero encima de los aguacates: «no tocar, no sea tentón». Pasa un señor ciego, camina lento con su bastón por delante repitiendo como grabación en un tono sostenido y aburrido: «lleve la oblea, rica la oblea, compre la oblea». Un danzante azteca vestido con plumas y ropas propias de ese grupo se abre paso entre la gente haciendo sonar las conchas colocadas en las pantorrillas que suenan a cada paso, pidiendo dinero para «apoyar nuestra tradición». Una señora se pasea con tiras de ajos en la mano y nopales pequeños en bolsitas.
Hay puestos a los que sólo acudo esporádicamente. Uno vende inciensos, pipas y tabaco. Otro, teclados, cables para computadora, memorias usb, celulares y tabletas (no pregunto su procedencia). Alguno se especializa en música, películas y videojuegos. No falta quien tiene todo lo que se requiere para la limpieza del hogar, o el que ofrece lo que necesito para alimentar y atender a mi perra. La última vez, llevé mi reloj comprado en Francia para que le cambien la pila y la correa; lo hicieron con maestría en cosa de minutos.
Tianguis es una palabra del náhuatl que está en el corazón de la cultura en México. Aparece en las narraciones coloniales, en los murales de Diego Rivera, en la literatura contemporánea. Imposible pensar la vida en México sin acudir a la dinámica de los tianguis. Ignoro su importancia en la economía y en la circulación de mercancías, sólo sé que el gran lugar de recepción en la Ciudad de México es la Central de Abasto, donde llegan vendedores de todo el país. No hay localidad en la ciudad –sea rica, pobre, peligrosa, intelectual, comercial, empresarial, hípster– que no tenga cerca varios tianguis en la semana. Aunque, claro, variarán los productos y las formas de consumo. Cuando vivía en un barrio de clase media alta, algunos puestos ofrecían mariscos –hasta salmón, que es costoso–, otros joyas de plata, algunos compradores iban ayudados de su empleada doméstica y los choferes estacionaban sus lujosas vagonetas en las calles aledañas.
Según me cuentan, la vida de los comerciantes es exigente. Se trata de familias enteras que dedican el día a la misma misión, por eso en el tianguis entre semana se ven niños haciendo tareas escolares, uniformes de colegio, universitarios que colaboran con la economía colectiva. El trabajo empieza muy temprano acudiendo a la Central a adquirir las mercancías y concluye al final del día cuando acabó la venta. Por eso todo lo que se ofrece es fresco, y responde a la máxima que alguna vez me comentó una amiga nutrióloga: para medir la calidad de un producto, hay que saber cuánto tiempo tardó en llegar de su cosecha en el campo al consumo en tu mesa.
Mi última parada es la mejor. Ya es medio día y estoy cansado. Llego al puesto de quesadillas de don Eugenio. Me siento en unos frágiles bancos de plástico en una calle inclinada, y hago mi pedido: una gordita, un tlacoyo y una quesadilla de chicharrón prensado con queso. Su esposa y él toman nota y empiezan con mi solicitud, mientras veo el operativo paulatinamente. Ella saca la masa de maíz verde molido, aplasta la bola en una prensa especial para que quede con la perfecta forma de la tortilla ovalada, luego la cuece en la misma plancha redonda donde el marido, en la otra orilla, empieza a calentar los rellenos. Viene el señor que a unos metros vende aguas frescas y me pregunta si la prefiero de horchata o de rompope, que son las que más me gustan. Cuando me entregan el plato de plástico colorido que contiene mi manjar, procedo con el deleite, saboreando cada bocado agradeciendo que sea domingo de tianguis. La hija que seguramente en la semana va a secundaria, se ocupa de cobrarme antes que me retire.
Sí, el tianguis es la experiencia más mexicana que he vivido hasta ahora. Y, por suerte, se repite cada semana.
Este texto fue originalmente publicado en 88 Grados el 08/10/23 como parte de la columna Ciudad a Diario, y forma parte de mi nuevo libro Sociología crónica, disponible para compra en librerías El Sótano y El Péndulo.

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