La bicicleta es mi ciudad
En aquellos años, a mediados de los setenta del siglo pasado, mi
barrio quedaba en las orillas de la ciudad (en La Paz, Bolivia), que no paraba de crecer. Cerca de los cerros y los ríos no entubados, libres, divertidos y amenazantes, y de pastores y animales del campo circulando libremente, los niños nos apoderábamos del entorno
sin medir riesgos. Trepábamos árboles, bajábamos montañas, nos
revolcábamos en el barro. Pero nada era tan estimulante como salir
en bicicleta.
Mi padre, que fue el responsable de enseñarme a dominar el
equilibrio en dos ruedas, trajo a casa una bicicleta Hércules para mi
hermana. Era un poco más grande que yo, así que me daba miedo
montarla, además de tener un diseño más adecuado para recorrer
distancias largas, lo que estaba lejos de mi interés de entonces. Poco
después llegó lo que se convertiría en mi juguete consentido: una
BMX. Era una bicicleta ruda, de freno en la llanta trasera con pedal,
sillín largo, sin más aditamentos, ideal para el uso para el que fue
creado: practicar bici-cross.
Mi bici fue mi medio de socialidad, que no de movilidad; la usé
hasta el límite de que me salieran ampollas en las palmas de las manos para que luego se conviertan en callos. Diariamente salía a jugar
con ella. En el barrio teníamos un grupo de amigos con quienes pasábamos horas montados. No nos desplazábamos mucho, siempre
alrededor del barrio, pero vaya cómo disfrutábamos. Toda la zona
estaba en construcción, incluidas las calles, por lo que había muchos pequeños promontorios que servían de pistas improvisadas de cross.
También jugábamos a policías y ladrones, unos escapaban y los otros
atrapaban. Aprendimos la técnica de hacer caer al otro golpeando su
llanta trasera con la delantera del agresor, o cerrarle el paso entre
dos a quien estaba decidido a huir. No faltaban quienes cultivaban la
acrobacia y ganaban la competencia de permanecer el mayor tiempo
en una sola llanta.
Nunca recorrí grandes distancias; como mi zona tenía demasiadas pendientes, y el modelo de la BMX no ayudaba, no supe en ese
momento que la bicicleta podía ser un medio de transporte. Hasta
ahí, sólo servía para pasarla bien con los amigos del barrio. Alguna
vez quise ir a mi colegio pedaleando, a menos de dos kilómetros. Fue
una mala idea, la bici –y yo– no dábamos la talla, no volví a hacerlo.
Pero la semilla de la pasión estaba sembrada.
Pasaron años y cada que podía, en cada ciudad a la que llegaba,
me compraba una bicicleta. Viví en Lovaina –la– Nueva en Bélgica
rodando por autopistas y bosques, hasta alguna vez me encontré
con una familia de preciosos ciervos que parecían sacados de una
película. Luego hice una estancia académica en Nueva York, donde
disfruté de aquellas amplias avenidas y de pedalear al lado del río.
Ya de vuelta, en la Ciudad de México compré una Benotto muy simplona, y salí a las rodadas de domingo por Avenida Churubusco. Pero
hubo un problema mayor: como mi bicicleta era muy pesada, de muchos cambios innecesarios, de llantas gruesas y amortiguadores para
montaña, no era funcional. Tenía que guardarla en el último piso del
edificio donde vivía, cargándola cuatro pisos al hombro; imposible
usarla a diario de ese modo.
Mi nueva relación con la bicicleta fue cuando viví dos años en París por razones universitarias. Llegué a la bella ciudad en el 2018. Me
recibió, a los pocos meses, una de las prácticas más arraigadas en la
cultura política francesa: la huelga. Por largos meses no hubo servicio de transporte público. Me animé a comprarme una bicicleta. Gasté lo
que hubiera invertido en tres meses de abono para el metro, pero lo
recuperé rápidamente. Poco a poco, como gato curioso que explora
su territorio, daba vueltas en los lugares cercanos de mi barrio, en
Montmartre. Seguía las ciclovías y exploraba calles. Luego emprendí
rutas más largas, hasta que al final llegué a aventarme por todos lados. Iba a la Biblioteca Nacional de Francia que estaba del otro lado
del Sena, visitaba los lugares turísticos y los parques. La ciudad se
me hacía chica, y no había lugar al que no llegase pedaleando. Los
domingos temprano daba una vuelta grande por la ciudad: partía de
Montmartre hacia el Arco del Triunfo, luego la Tour Eiffel, continuaba por el Sena hasta la Cité y volvía a subir rumbo al hogar, no sin
antes pasar por la panadería y el servidor de agua gaseosa gratuita.
El clima duro, la lluvia, el frío, imponían sus propias exigencias, pero
nunca impedían salir en bici; la ciudad con pocas pendientes, facilitaba todo movimiento. Aprendí a manejar como lo hacen los parisinos:
sin respetar reglas, tomando rutas en sentido contrario, pasándome
los altos. Seguía la máxima que aprendí de niño: «en el país donde
fueses, haz lo que vieres», y me iba bien, todos pensaban que era un
ciclista parisino más. Aunque en París se roban bicicletas como billeteras en el metro, y me advirtieron que debía tener mucho cuidado, a
mí nunca me pasó nada serio. Alguna vez se llevaron mi alforja cuando dejé la bici estacionada a la salida de un metro y me descuidé, no
más que eso. Aprendí dónde estacionarla, cerca de lugares seguros,
si es posible a la vista de algún guardia y con doble candado. Un día
me encontré con un hombre mayor, ciclista de muchos años que me
dio dos sabios consejos: tener una bici barata y poco atractiva para
que los ladrones no se tienten, y no dejar de usarla nunca para tener
salud física y emocional. Y así fue.
Dejé París para dirigirme a mi tierra de origen, La Paz, a gozar
de un año sabático. Era una sensación extraña, volvía a mis calles, a mi mundo luego de años de haberlo dejado, ya de adulto, pero la
semilla del amor a la bicicleta sembrada en la infancia ya había dado
frutos. Me compré rápidamente una bici. La geografía de la ciudad es
compleja, con demasiadas pendientes y muy desordenada. Salía poco
por la ciudad, sólo algunas veces, a tomar café. Aunque es una urbe
inclinada y de tráfico caótico, sí podía hacer microrrecorridos prácticos por avenidas menos circuladas. Además, está permitido tomar el
teleférico con bicicleta; cierto: cruzaba cielos y montañas y pedaleaba
tranquilo, o sólo las bajadas. A menudo subía a la ciudad vecina, El
Alto, que es totalmente plana, con avenidas amplias y con natural
vocación ciclista –heredera del uso de la bicicleta en el área rural–.
Pero lo más sorprendente del ciclismo paceño era trepar cerros. Me
vinculé con uno de los tantos clubes, y cada domingo tenía un recorrido a cual más exigente y estimulante. Pedaleando pocos kilómetros
en cualquier dirección, uno sale de la ciudad todavía no del todo destrozada por la construcción de edificios y el ecocidio dominante, y se
encuentra con cerros de colores, con vistas impresionantes. Con una
buena bicicleta de montaña, las subidas son menos duras, pero sobre
todo la recompensa de lo que uno podrá ver impulsa cada vuelta de
rueda. Además, hay múltiples paseos cercanos, como el impactante
«Camino de la muerte», de La Paz a Coroico, que implica una bajada
de más de dos mil metros de altura en pocos kilómetros al borde del
precipicio, o la desafiante competencia que es la ruta contraria, de
subida, que dura varias horas y sólo algunos pueden lograrla.
Volví a México al finalizar mi sabático con otro espíritu ciclista. Ya
sabía que no dejaría las dos ruedas. Lo primero que hice fue comprar
una bicicleta adecuada a la ciudad: liviana, un solo plato delantero,
frenos hidráulicos de disco. Adquirí de todo lo que necesitaba para
la seguridad: casco, chaleco visible, luces. Empecé a rodar descu-
briendo primero que la ciudad es menos peligrosa de lo que parece,
teniendo las precauciones y la prudencia necesaria –a veces mucha paciencia– se puede rodar sin correr demasiados riesgos. Aunque
muchos digan lo contrario, para mí, manejar bicicleta en CdMx es
menos agresivo que ir en coche, donde hay un código de violencia
urbana, de competencia y de «respeto» –muy masculino y torpe–.
La bici es una máquina menor que no está compitiendo con ganar
un espacio, lo que en ocasiones genera incluso amabilidad. En esta
ciudad hay que saber no entrar en desafíos absurdos ni en tensiones
innecesarias, saber cómo evitar automovilistas agresivos o peatones
distraídos. Aprendí a encontrar rutas menos concurridas que los ejes
viales, saber cuáles son las calles alternas con menos tráfico donde
se recorre más seguro. Descubrí cierta hermandad con tres tipos de
ciclistas: los que trabajan con y en ella (vendedores de tamales, atoles, afiladores, jardineros o los inconfundibles que cargan los tacos de
canasta); los que la usan como deporte (identificables por sus atuendos caros y específicos para rodar con seguridad y comodidad); los
que se desplazan a sus puestos de trabajo (sea con bicicletas propias
o acudiendo al sistema público de ecobici). Con todos, de distinta
manera, me sentí colega: teníamos algo en común. También disfruté
de los fines de semana cuando el gobierno de la ciudad cierra varios
kilómetros de calles y privilegia el tránsito ciclista. Por primera vez
llegué a avenida Reforma y estuve por el centro de la capital en bicicleta, no en coche, no pasando a la rápida para no ser atropellado,
sino recorriéndola y disfrutándola mientras pedaleaba. Me vi abajo
del Ángel de la Independencia, entré por la Alameda, llegué hasta el
Zócalo, volví por Reforma y llegué hasta la Villa de Guadalupe. En
un solo día hacía muchos kilómetros siendo dueño de mi cuidad,
viéndola como nunca la había visto, de cerca, lento, sin prisa. Tuve el
privilegio de vivir en la alcaldía Benito Juárez, a ocho kilómetros de
mi oficina en la UNAM, a la misma distancia de La Condesa, a menos
de un par de kilómetros de la Cineteca y del centro de Coyoacán. Dejé guardado el coche para la salida los fines de semana fuera de
la metrópoli. Los cafés, el súper, los amigos, el trabajo, el doctor, el
parque, todo me quedaba a unos minutos de pedaleo.
Desde entonces, mi bicicleta se ha convertido en mi medio de
transporte, y mucho más. Es la manera como me conecto con el sentido de colectividad, es como me conecto conmigo mismo, con mi
cuerpo y con el entorno. Es mi manera de renovar la alegría de vivir
en la ciudad.
Este texto fue originalmente publicado en 88 Grados el 23/03/24 como parte de la columna Ciudad a Diario, y forma parte de mi nuevo libro Sociología crónica, disponible para compra en librerías El Sótano y El Péndulo.

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