Sociología crónica
La sociología es una disciplina de frontera, movediza, inquieta. Hay decenas de caminos para ejercerla, en ocasiones se cruzan, a menudo se alejan; puede que confluyan como suelen enfrentarse.
Quizás el único puerto común entre tanta diversidad en esta disciplina
–indisciplinada– sea, además de la construcción de un problema
a ser investigado desde una perspectiva teórica y una estrategia metodológica, aquella máxima que sugería Bourdieu: entender por qué
las cosas suceden de una manera siendo que podrían ser diferentes.
De ahí, la sociología, bien adelantaba Berger, es un pasatiempo apasionante, un «demonio que se apodera de nosotros» y nos empuja
a observar, anotar, explicar (Berger, 1977, p. 42). Un oficio que se
define por la pasión por mirar y comprender, está obligado a desplazarse constantemente, a tocar límites, a romper barreras, a rebelarse frente a cualquier intento de domesticación. Como incansable
viandante, debe explorar nuevos mundos, emprender audaces viajes,
correr riesgos, tocar puertas, saltar sin paracaídas. Sólo así avanza,
sólo así no se convierte en piedra de culto.
La crónica es un género que, argumenta Sefchovich, «hasta hoy, no se ha podido definir» (Sefchovich, 2018, p. 21), cuya esencia es la libertad y la experimentación: se puede «confundir con el ensayo, el testimonio, el diario, el reportaje periodístico, el estudio histórico o antropológico, el social o el cultural» (Sefchovich, 2018, p. 22). «Se trata de un género que se ocupa de (o sea que su objetivo es) observar y escuchar (hacer etnografía), averiguar (hacer sociología y sicología), desenterrar (hacer arqueología), recuperar (hacer historia), describir (hacer fisiología) y transmitir (hacer narrativa)» (Sefchovich, 2018, p. 28). Por su naturaleza, al ser un «mecanismo de observación» que construye un relato con información empírica, la crónica puede dialogar sin pedir permiso, puede entrar y salir a los temas que considere pertinentes, puede casarse y divorciarse de todas las disciplinas tantas veces lo desee. Al final de cuentas, «la crónica existe porque sirve a la necesidad humana de conocer y entender lo que nos rodea (lo que vemos, olemos, sentimos y tocamos...), así como a la necesidad humana de contárselo a los otros» (Sefchovich, 2018, pp. 27–28).
Entendidas así, sociología y crónica mantienen una simpatía mutua, se atraen, coquetean, se seducen, se convocan, se mezclan en el marco de una «afinidad electiva» –como escribía Weber dialogando con Goethe– que las hace empatar en al menos en tres puntos: la exigencia de observación, la necesidad de explicación, el placer de la narración. Los diálogos entre ambos oficios han generado una serie de reflexiones en el tiempo. No son pocas las crónicas cuyo contenido sociológico salta a la vista (no hay que olvidar, por ejemplo, que la sociología es la formación universitaria básica de Juan Villoro y Cris- tina Rivera Garza, dos importantes narradores mexicanos contemporáneos). Asimismo, existen múltiples ejercicios de sociología que han acudido a la crónica, desde la película de Edgar Morin y Jean Rouch, Crónica de un verano, hasta el esfuerzo de Humberto Vázquez por buscar el contenido sociológico en las Crónicas Generales de Indias (Vázquez Machicado, 1958).
Esta interlocución se inscribe, además, en un momento en el cual las características de la vida social actual exigen innovación, soltura e imaginación, como lo han subrayado múltiples voces. Da la impresión que sólo podremos entender parte de lo que sucede si acudimos a las formas de conocimiento que se generan en distintos ámbitos y emprendemos varios tipos de intercambios. Es un tiempo de flexibilidad y encuentro, que no de construcción de muros y trincheras disciplinarias. Así lo entendieron, por ejemplo, quienes desde la geografía retoman la estética –como Peter Krieger, que explora «Los paisajes volcánicos del Dr. Atl»[1]–, quienes subrayan la necesidad de acudir a la literatura para enriquecer la sociología (Trejo & Waldman, 2018), quienes encuentran en lo visual el camino para entender lo colectivo (Leon-Quijano, 2023).

Este libro se inscribe precisamente en ese debate. Hace varios años que he impulsado en el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México una línea de investigación llamada sociología vagabunda a través de un seminario sobre las poéticas de la investigación y un taller de sociología narrativa en el posgrado de la UNAM. La intención ha sido reflexionar sobre la manera como ejercemos nuestra tarea, asumir los desafíos y emprender los riesgos. Asimismo, he publicado libros como Sueño ligero. Memoria de la vida cotidiana (Suárez, 2012); Un sociólogo vagabundo en Nueva York (Suárez, 2015); París a diario (Suárez, 2022b), Diario de La Paz (Suárez, 2022a) que preceden al actual documento y van en una misma línea. Este texto es un punto de llegada.
Los artículos que aquí se recogen fueron publicados, en su mayor parte, en la revista digital de crónica 88 Grados entre el 2022 y el 2024, pero añadí dos adendas, una que se refiere a un asalto sufrido en el 2017 donde narro el paso por las puertas del infierno, y mi discurso de ingreso a la Academia Boliviana de la Lengua en el 2023, que reflexiona de manera más detenida sobre el acto de escribir. Globalmente, busqué ensayar crónicas de mi vida cotidiana en la Ciudad de México, recogiendo los «signos de la calle», empapados a su vez de interpretaciones sociológicas.
La sociología crónica tiene múltiples significaciones, acaso contradictorias, pero liberadoras. Es una apuesta por la intersección, por los vaivenes, por las bisagras, por el entremedio. Se trata de un saber producido desde la observación y también el resultado de las opciones y posiciones de quien escribe. Es una pasión casi enfermiza y permanente, incurable, pero vital. Es un estilo de narración, tanto como una respuesta a un problema. Es contenido y forma a la vez. Es una manera de entender sin dejar de ser una manera de contar.

Este texto es la introducción de mi nuevo libro Sociología crónica, disponible para compra en librerías El Sótano y El Péndulo, y que será presentado en La Fiesta del libro y de la Rosa, campus Morelos UNAM, el sábado 25 de abril, y en la FCPyS-UNAM, el lunes 27 de abril.
[1] Conferencia «Los paisajes volcánicos del Dr. Atl» impartida por el Dr. Peter Krieger en el Auditorio del Museo Kaluz, 8 de junio del 2024.
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