El azul de La Habana
Hugo José Suárez

Tenía enorme curiosidad
por conocer al premio Princesa de Asturias 2015, aquél que afirma que escribir
es “algo tan sagrado como doloroso”, así que cuando supe que la UNAM le
otorgaría el doctorado honoris causa (2017) y que iba a dar una charla en el
Centro Cultural Universitario, bloqueé mi apretada agenda para ir a escucharlo.
Su conferencia se
concentró en la construcción de la idea de ciudad desde la narrativa, pensando,
desde luego, a partir de los escritores cubanos. Ya había leído algo suyo sobre
el tema en Vientos de Cuaresma, de
donde me guardé la frase: “Y aunque me quiera rebelar, esta ciudad me tiene
agarrado por el cuello y me domina, con sus últimos misterios” (p. 138). Me
llamó mucho la atención un artículo llamado precisamente La ciudad y el escritor (Milenio 19/08/2017) en el cual contaba su
compromiso innegociable con La Habana. Desde sus abuelos, decía, pertenece no
sólo a esa urbe, sino a su barrio del cual no quiere moverse. Imposible
pensarse afuera.
Me sorprendió su manera
de entender la isla como introspección. Yo como paceño siempre he asociado el
mar con la libertad, pero Padura entiende la playa como frontera, como muralla,
como el límite de su horizonte. Nosotros que vivimos en la montaña, tenemos
algo en común con los isleños. La isla y la cueva son, al final del día, un
mismo tipo de aislamiento, una manera similar de vivir un encierro.
Pero volviendo al
escritor, cuando leí sus textos me sorprendió su capacidad de observación
aguda. Su fabuloso personaje, el detective Mario Conde, utiliza la plataforma
de una trama típica de detectives para penetrar en los pliegues más recónditos
de la sociedad cubana, esos que el régimen oculta y que la crítica
norteamericana jamás alcanzará a ver. Sólo él, un cubano de verdad, puede
mostrar la corrupción, la miseria de las formas políticas ordinarias, las
contradicciones de un proceso político y social con tantas aristas. Sólo él
puede decir, por ejemplo, algo así: “Demasiado calor en este país para que
germine la filosofía” (Vientos de
cuaresma, p. 120). Y en medio la vida cotidiana.
Pero además el autor
logra meterse a dimensiones más complejas de la fabricación de personas y
personalidades. En su libro El hombre que
amaba a los perros, donde narra paso a paso la vida de Ramón Mercader, el
infiltrado estalinista que mató a Trotsky en México en 1940, analiza una
trayectoria compleja del militante y espía que la historia construye con un
solo objetivo, que, por cierto, lo cumple a cabalidad. En esa triste narración
se desnuda la militancia tan romántica como ortodoxa que puede terminar tocando
-y abriendo- cualquier puerta.
Confiesa Padura que sus
letras son el resultado de su pasado: “Un escritor es un almacén de memorias.
Se escribe hurgando en la memoria propia y en las memorias ajenas, adquiridas
por las más diversas estrategias de apropiación. A partir de ahí, el novelista
crea un mundo” (Milenio 19/08/2017). Cuenta que aprendió el oficio primero
trabajando, como García Márquez, en la prensa; desde ahí tiende el paralelo
entre ambas profesiones siamesas, aunque la diferencia, dice, es que en la
literatura hay una complicidad entre el lector y el escritor: ambos saben que
están metidos en una gran mentira.
Pero vuelvo a su ciudad,
y a la mía (La Paz). En 1992 visité La Habana y tomé una foto desde la ventana
de mi habitación en el hotel: es la vista del mar a lo lejos, se interpone una
construcción pintada de blanco y celeste, al fondo agua y cielo sólo se
diferencian por el tono. La titulé “azul”. Casi diría que mi foto soñó una
frase de Padura con la que me encontré dos décadas más tarde: “Una ciudad son
también sus sonidos, olores y colores: mi Habana suena a música y autos viejos,
huele a gas y a mar, y su color es el azul” (Milenio 19/08/2017)
Publicado en el Deber 19 Noviembre del 2017
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