Ingrata
Hugo José Suárez

Café Tacvba siempre me ha sorprendido, normalmente para bien. Durante años, canté a gritos su célebre canción Ingrata. Es cierto, coreaba sin ningún pudor “pues si quiero hacerte daño solo falta que yo quiera lastimarte y humillarte (…) Por eso ahora tendré que obsequiarte un par de balazos pa’ que te duela. Y aunque estoy muy triste por ya no tenerte voy a estar contigo en tu funeral”. A menudo la cantábamos en sendas borracheras, varones y mujeres, recordando algún episodio amoroso fallido. Pero a pesar del sentimiento puesto en cada nota cantada, juro por lo que más quieran, que jamás se me pasó por la mente pegarle balazos a quien dirigía mi voz ni quise ir a sepelio alguno.

Café Tacvba siempre me ha sorprendido, normalmente para bien. Durante años, canté a gritos su célebre canción Ingrata. Es cierto, coreaba sin ningún pudor “pues si quiero hacerte daño solo falta que yo quiera lastimarte y humillarte (…) Por eso ahora tendré que obsequiarte un par de balazos pa’ que te duela. Y aunque estoy muy triste por ya no tenerte voy a estar contigo en tu funeral”. A menudo la cantábamos en sendas borracheras, varones y mujeres, recordando algún episodio amoroso fallido. Pero a pesar del sentimiento puesto en cada nota cantada, juro por lo que más quieran, que jamás se me pasó por la mente pegarle balazos a quien dirigía mi voz ni quise ir a sepelio alguno.
Los integrantes de Cafeta, a
quienes sigo, quiero y admiro hace más de 20 años, han decidido no tocar más
Ingrata para no incentivar los feminicidios, como una manera de protesta frente
al alto índice de violencia y por la sensación de que su letra puede promover
agresiones .
Ahí está el problema. Denunciar
la violencia es absolutamente legítimo y necesario, pero hay que poner las
cosas en su lugar. La música –además de otras artes- reposa en la capacidad de
figuración, de moverse en el plano de la ficción, representando situaciones no
necesariamente reales pero que permiten conducirnos al laberinto de los
sentimientos. La abstracción y el evocar escenarios imaginarios es lo que hace
que una canción sea potente, trascendente, que nos haga llorar o reír, que nos
permita volar o imaginar. Es gracias a ese proceso mágico que un compositor
puede arrancarnos lágrimas, rabia o pasión tan solo escuchando sus palabras.
Puede despertar nuestros miedos, nuestras furias, aquello que nos hace humanos.
Si tomáramos literalmente todo lo
que se dice en la música –o en las novelas-, habría que empezar una auténtica
cacería de brujas, una relectura de lo escrito hasta ahora y censurar,
recortar, arreglar lo excesivo, como lo hace el fiscalizador de imágenes
eróticas en la maravillosa película Cinema Paradiso.
Imagino a una comisión de
aburridos caballeros que, como creyentes ortodoxos que leen la Biblia al pie de
la letra y cuando se dice que “si tu mano te hace pecar córtatela” van por un
hacha, revisen las letras de tanto que se ha escrito con un plumón rojo. Se
encontrarían con párrafos como “rata inmunda, animal rastrero, escoria de la
vida, adefesio mal hecho, infrahumano, espectro del infierno, maldita
sabandija, cuánto daño me has hecho” (Rata de dos patas), o el memorable
episodio donde Camelia la texana da siete plomazos al que lo traicionó.
Tendrían que empezar a borrar, y borrar, y borrar. ¿Qué quedaría del bolero o
del corrido en México si se le quita la figuración y el drama? Correcto: casi
nada.
Durante largos siglos el
catolicismo jugó un rol perverso controlando la producción estética. Los
artistas pudieron poco a poco quitarse las cadenas y transitar por el sendero
de la libertad dejando que la creatividad sea su principal guía. Todo indica
que hoy se vuelve a erigir un sistema de control de lo políticamente correcto.
Un nuevo mainstream cultural impone parámetros dentro de los cuales se debe
mover quien quiera expresar algo. El fantasma del control renace, y Cafeta, el
grupo más transgresor, crítico y lúcido de los 90, cayó en sus redes.
Me quedo con una última reflexión
de un amigo en su muro de Facebook: “Tengo Ingrata versión en vivo en un cd
doble original ¿qué debo hacer con este material, según la corrección política?
1. Quemarlo. 2. Esconderlo en un armario secreto. 3. Subastarlo como objeto
extraño. 4. Reclamar a los tacubos la devolución de mi dinero”. Y algún
cibernauta igual de audaz le dice: “te lo compro”
Publicado en diario "El Deber".
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