El rincón de las solteronas
Hugo José Suárez
En el restaurante San Miguelito, en
Morelia (Michoacán), me encuentro con lugar muy particular. Al fondo, luego de
pasar entre mesas y comensales y observar objetos barrocos y coloniales, está El rincón de las solteronas. Empiezan
los problemas. Mis hijas me preguntan “¿qué es una solterona?”.
Tengo que acudir a mis explicaciones
sociológicas intentando no estigmatizar a nadie y recuerdo algunas cosas dichas
por Pierre Bourdieu en su libro El baile
de los solteros-. Les explicó que en otros tiempos el matrimonio era una
institución fundamental que se lo entendía como el proceso de formalizar un
lazo de un varón con una mujer –y en esas épocas sin ninguna otra combinación
posible-. De acuerdo a los contextos, aquello debería suceder en años
específicos de la vida de un individuo, y quien se pasaba, prácticamente perdía
la oportunidad de formar una familia tradicional convirtiéndose,
automáticamente, en una –o una- solterón o solterona.
Mis palabras suenan aburridas. La
cosa se pone interesante para mis hijas cuando, más allá de cualquier argumento
sociológico, entramos a la sala y nos encontramos con preciosas figuras de San
Antonio de cabeza. Todo empieza a fluir. Es ampliamente conocida la práctica de
voltear al Santo en caso de no cumplir con el deseo de encontrar pareja. Pero
tener al frente una figura de metro y medio, con toda la indumentaria de
sacerdote, reposando sobre su cuero cabelludo como si estuviera en posición
yoga, es desconcertante. Lo rodean una serie de objetos que terminan de darle
color a la experiencia.
Otro exvoto menos colorido y cuidado,
tiene un dibujo tosco de un varón arrodillado frente al Santo a quien le escribe
con tinta blanca sobre cartón beige: “Glorioso San Antonio que apartas las
mujeres del mal... Me apartas dos para mañana...”.
Finalmente, antes de irme, me llevo
un papelito con la Plegaria firmada por J. Cruz Márquez: “Oh glorioso San
Antonio, santo de mujeres, no te estés haciendo pato y consígueme un marido,
aunque te tardes un rato (...). No te pido un guapo mozo, no lo quiero con
dinero, sólo un feo o andrajoso, y hasta un simple ranchero. Tampoco quiero
exigirte un flamante diputado, sino un humano cualquiera, sea solo, viudo o
divorciado. No me importa que esté picado, que sea cojo o hasta ciego, pues si
tú así me lo das, yo lo acepto desde luego. Escúchame Toño mío, óyeme santo
glorioso, consígueme a un baboso, que se atreva a ser mi esposo. Mira que si no
lo haces, y conmigo eres ingrato, por Dios que te ha de pesar, pues de cabeza
te has de quedar...”.
Dejó el restaurante, mis hijas ya no
requieren más explicaciones. Es hora de partir.
Publicado en diario "El Deber"
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