Teodoro González de León
Hugo José Suárez

En
la última curva, encuentro una imponente construcción incrustada en la montaña. Se trata de la ex fábrica de hilados y
tejidos La Soledad que funcionó desde finales del siglo XIX. Luego de que su vida útil terminara, el
inmueble abandonado y en ruinas fue comprado por el pintor y promotor cultural
oaxaqueño Francisco Toledo, quien impulsó un verdadero centro de artes gráficas
–tradicionales y digitales- y lo recuperó dándole un nuevo sello inolvidable.
En
el rediseño, el agua que corre por los alrededores de la construcción juega un
rol preponderante. Es sonido, espejo y discreta
compañía. Se desliza por canales
transitando por fuentes que ofrecen otra perspectiva al edificio con nuevos ángulos
y sensaciones visuales que dialogan con los reflejos y las profundidades. La naturaleza que acoge la propuesta estética
forma parte de un escenario deslumbrante.
Entro
a la nave central para continuar con los gratos encuentros. Se trata de la exposición de maquetas y
croquis del arquitecto mexicano Teodoro González de León (1926). Había disfrutado de varias de sus
creaciones. Recorrí por ejemplo el Museo
Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) en la Ciudad Universitaria de la
UNAM dejándome llevar por cada uno de sus rincones y disfrutando de las
múltiples maneras de contemplarlo.
Asistí a presentaciones de libros y repasé la librería y biblioteca de
la Casa Matriz del Fondo de Cultura Económica en El Ajusco, me perdí en las
estanterías del Centro Cultural Bella Epoca en La Condesa, y participé en
decenas de coloquios, conferencias, seminarios y cursos en El Colegio de
México. Por supuesto me sumergí en
innumerables melodías en el Auditorio Nacional.
Todos estos lugares diseñados por González de León. Lo visto, lo vivido, lo escuchado en cada uno
de estos rincones, pasó antes por la cabeza del maestro que buscó estructuras y
diálogos entre las formas para que los consumidores ordinarios vivan
sensaciones particulares. Sin conocerlo, ha influido –o impuesto, como es común
en el oficio del arquitecto- maneras de apropiarme del espacio. Y sin duda se lo agradezco.
Pero
aquí la cosa es diferente porque puedo ver la obra en miniatura, como si yo
fuera un gigante a quien el diseñador enseña su trabajo. Percibo las
estructuras mentales que lo habitan y que plasma en sus maquetas, esos
diminutos montajes que luego todos recorreremos. Siento cómo el creador decide
por dónde entrar o salir, el lugar donde la luz será la privilegiada, o el
aire, el rincón para la privacidad, el encuentro, la idea, la lectura, la
comida, el amor. Y me siento uno de los
muñecos que coloca en su maqueta para que el espectador tenga idea de las
proporciones. Una ficha más en su
tablero de ajedrez.
Cuando
vuelvo a la Ciudad de México miro las cosas de manera diferente. En mi tránsito cotidiano construyo la red de
las obras de González de León. La
Universidad Pedagógica, el MUAC, el Auditorio Nacional, el Fondo de Cultura
Económica se enlazan, aprecio su armonía.
Ahora el contexto es un actor más, y comprendo cómo se construye el
maravilloso paisaje urbano.
Pero
al pasar por la Plaza Rufino Tamayo en Insurgentes –diseñada por González de
León y Ernesto Betancour- me invade el desasosiego. Ese lugar cotidiano que estaba condenado a
ser un cruce de avenidas simplón, se convierte en una obra de arte gracias al
arquitecto. Un corredor curvo cubierto
por columnas y plantas colgantes, conduce un túnel de marcos en perspectiva
decreciente en cuyo horizonte se ve la réplica de una acuarela de Tamayo. Un pequeño puente de metal a prudente
distancia permite la mejor visión, al cruzarlo se puede apreciar la perspectiva
perfecta. La maravillosa obra es
invadida por mercaderes que venden elegantes coches Infiniti trepados en los
jardines y gradas.
Hace
unos meses González de León cumplió 90 años, lo que fue motivo de homenajes en
México. La escritora Elena Poniatowska le realizó una entrevista en la que se
podía apreciar su lucidez y templanza (La
Jornada, 8/5/2016). Teodoro cuenta
sus actividades diarias, el ejercicio cotidiano y sus planes inmediatos,
entre otros, un viaje próximo a San Petersburgo, “yo nunca descanso” afirma el
artista nonagenario. En pocas páginas, hace un resumen de su trayectoria, sus
principales obras, sus premios y amistades –Octavio Paz, Rufino Tamayo, José
Luis Cuevas-. Recuerda los años cuarenta en los que formó parte de quienes
diseñaron el plano conceptual de la Ciudad Universitaria de la UNAM, “cuando
México se pensaba en grande”. Subraya su amor por lo urbano, el gusto de viajar
a otra urbe sólo para ver qué se ha hecho con ella: “la arquitectura tienes que
verla, que transitarla, para sentirla. Ver ciudades para mí es indispensable”.
En sus palabras se siente la fortaleza y la imaginación de uno de los grandes
pensadores mexicanos de este tiempo. ¿Cómo se llega a las nueve décadas con esa
sobriedad? “Es la pasión la que me mantiene vivo”, concluye Teodoro González de
León.
El
16 de septiembre del presente, el maestro del espacio partió en búsqueda de
nuevas formas. Descansa en paz.
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