Canciones contadas o cuentos cantados
Hugo José
Suárez
Juan Villoro me
vuelve a sorprender. Hace unos meses salió un libro suyo que por supuesto lo
compré ni bien lo tuve en frente: Tiempo
transcurrido (F.C.E., 2015). Nada nuevo. Son historias cotidianas en la
ciudad de México que dibujan lo que fue esta urbe en los ochenta, cuando había
casetas telefónicas que funcionaban con monedas de 20 centavos, cuando emergía
la cultura punk como uno de los
rostros alternativos, cuando el grupo Los Caifanes sonaban en la radio.
Como siempre, el
relato de Villoro atrapa y transporta al escenario donde nos quiere conducir,
que en este caso es su propio pasado y la vida cotidiana de una generación.
Eran tiempos donde no había narco, ni EZLN, ni teléfonos inteligentes. Era un
tiempo tan lejano, y sin embargo, a la vuelta de la esquina.

De tantas historias,
a cual más entretenidas, me detengo en Chicago. Cuenta Villoro que se subió a
un taxi con la intención de “atravesar el caótico Distrito Federal” -“los taxis
son espacios narrativos donde no se necesita otro estímulo que el silencio para
que el conductor empiece a hablar”-. Luego de un previsible intercambio, al
enterarse el chofer que el escritor no conocía la fría ciudad estadounidense,
empieza un parlamento sobre aquella urbe preocupado por lo desafiante de su
tarea: “¿cómo le explicaré para que me entienda, cómo le digo?”. Para ello, no
se sumerge en la descripción sobre las características propias aquella ciudad
sino que más bien evoca constantemente lugares del Distrito Federal. Compara
avenidas, barrios, edificios, plazas, tipos de habitantes. Todo para que
Villoro tenga una idea clara de lo que ignora. Luego de un magnífico relato
concluye: “no sé si me di a entender mi jefe, como usted no conoce Chicago…”.
Lo notable de la
narración del taxista es la capacidad de leer una ciudad desde los parámetros
de otra. Es la analogía perfecta e inteligente en la cual el conductor trae
imágenes de un lugar desconocido para el pasajero y las monta en su universo
familiar para que comprenda de qué está hablando. Operación compleja a la que
están acostumbrados los escritores, y algunos taxistas…
Precisamente semanas
después de mi lectura viajé a Oaxaca con un grupo de estudiantes de la UNAM,
por supuesto todos profundamente chilangos
–es decir, oriundos de la Ciudad de México-. Estuvimos como cinco días juntos
compartiendo comida, dormida y, sobre todo, bebida (mezcal). El caso es que
cuando nos sentábamos a la mesa del mercado a comer, o cuando pedíamos alguna
bebida, las referencias constantemente provenían del mundo cultural capitalino.
Unas tortillas grandes eran llamadas “sopes”; unas alargadas, “huaraches”,
eliminando así la especificidad de lo oaxaqueño. Ahí comprendí mejor lo que
Villoro decía en su cuento: “el chilango
perfecto es el que puede ir a cualquier otra ciudad del mundo pero nunca sale
del Distrito Federal”.
Villoro, siempre
imaginativo, reinventando la ciudad y las maneras de apropiarse de ella.
Publicado en "El Deber" 3 de Julio de 2016
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