Recordando a Manuel Ahumada
Hugo José Suárez
El 2014 empezó con una triste noticia: murió Ahumada. Le
había seguido la pista desde los noventa, cuando lo leía con avidez en el
periódico mexicano La Jornada a
través de sus distintos personajes. Meses antes había visto sus cuadros en
un café de Coyoacán al que acudo regularmente, pero lento como soy con las
compras, no atiné a adquirir una de sus piezas, sólo un calendario que ahora lo
guardo con recelo. También en ese tiempo pude disfrutar de una exposición en la
Casa de la Cultura Federico Reyes Heroles; ahí no solo aprecié al caricaturista
sino además al artista plástico que enseñaba una serie de objetos que hacían
más compleja su obra. Todo este tiempo estuve con la intención de contactarlo y
hacerle una entrevista, pero el destino, que no da concesiones, no me lo
permitió.
Ahumada fue seguramente el caricaturista mexicano más
completo de la transición entre el siglo XX y el XXI. Su fuerza es la de ser un
mediador, un constructor de puentes entre universos opuestos que sólo él, con
su imaginación como batuta, logra conjugar. Desde muy joven, en el transcurso
de los setenta, se incorporó al mundo periodístico mostrando su trabajo en el
diario unomasuno, el periódico quincenal
Melodía, y luego transitó hacia La Jornada donde trabajó hasta su
muerte. En un medio con personalidades fuertes y consagradas como Rius, Magú o
Naranjo, Ahumada "no quería parecerse sino a sí mismo" -como bien
diría Víctor Roura-, lo que lo condujo por un camino autónomo e innovador
retomando lo mejor de la tradición artística mexicana pero reinterpretándola a
su antojo.
Varias personas han coincidido en señalar que este
caricaturista conjugaba imaginación, crítica, descripción y crónica urbana; un
colega suyo diría que fue "el inventor del realismo cósmico".
Las historias de Ahumada son radicalmente urbanas,
suceden en cuartos con pequeñas ventanas, azoteas llenas de ropa colgada,
calles empedradas o callejones oscuros. Sus objetos son cotidianos: una
plancha, una camisa, una cama, una escoba. Pero su trazo vincula la banalidad
con el cosmos, lo micro con lo macro, lo ordinario con la trascendencia. Así,
una mujer refregando ropa en una terraza popular de la ciudad de México, pone
en un cesto lo lavado y desde el borde de la azotea empieza a elevarse en
dirección a la luna, que está en cuarto menguante, ideal para amarrar una
cuerda en cada una de sus puntas y colgar los vestidos.
En Ahumada el universo deja de ser inalcanzable, lo
imposible no existe. Un astronauta, con una bandera mexicana en el brazo, se
dispone a comer un taco en algún lugar del universo. Un cliente hace la parada
a un taxi en una calle defeña; con el pasajero adentro, el vehículo empieza a
elevarse hasta llegar a la luna, destino donde desciende un astronauta y le
paga al chofer por sus servicios. Pero no sólo el cosmos está al alcance de la
vida cotidiana, el dibujante también penetra en los interiores del cuerpo o de
los objetos mostrando lo infinito que pueden ser. En una viñeta, un prisionero
está en una celda que sólo tiene una ventana desde donde observa la ciudad; con
una silla rompe el vidrio y empieza a salir de lo que en realidad es el ojo de
una mujer. En otra tira, un astronauta está encima de un planeta, saca de su
espalda una bandera y al enterrarla revienta lo que, sin saberlo, era el globo
de un niño que se pasea por una desolada acera de la ciudad.

Pero el caricaturista también fue un agudo crítico de la
política mexicana y de la situación internacional. En sus dibujos se podía
encontrar crudas referencias a los estragos económicos y a los vergonzosos
gobernantes. Por ejemplo, un hombre sin pierna, moviéndose con dificultad
apoyado en un par de muletas dice: "En la negociación de la deuda, dimos
el paso"; titula "Mantengamos el paso". Una viñeta muestra la
bandera de Israel pero con la cruz de David dibujada por huesos humanos.
En suma, Ahumada reinventa la tradición comprometida del
mundo del arte en México con desbordante creatividad que va más allá de lo que
hasta el momento se había hecho. Es, sin duda, un delicioso transgresor que no
conoce fronteras.
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