lunes, 4 de julio de 2016

Canciones contadas o cuentos cantados

Hugo José Suárez
Juan Villoro me vuelve a sorprender. Hace unos meses salió un libro suyo que por supuesto lo compré ni bien lo tuve en frente: Tiempo transcurrido (F.C.E., 2015). Nada nuevo. Son historias cotidianas en la ciudad de México que dibujan lo que fue esta urbe en los ochenta, cuando había casetas telefónicas que funcionaban con monedas de 20 centavos, cuando emergía la cultura punk como uno de los rostros alternativos, cuando el grupo Los Caifanes sonaban en la radio.
Como siempre, el relato de Villoro atrapa y transporta al escenario donde nos quiere conducir, que en este caso es su propio pasado y la vida cotidiana de una generación. Eran tiempos donde no había narco, ni EZLN, ni teléfonos inteligentes. Era un tiempo tan lejano, y sin embargo, a la vuelta de la esquina.
Pero el libro trae una innovación más: un disco grabado en un concierto de Villoro con músicos también de aquellos años. No, por suerte a Juan no se le ocurre cantar, hace lo que sabe: contar. El CD tiene diez cuentos cantados donde, mientras la lectura teje historias, la música lo acompaña subiendo o bajando el tono y la intensidad. Es impresionante, pues ambos, palabra y melodía, tienen ritmo, coherencia, dialogan entre sí fundiéndose en una sola narrativa. El cine mudo nos enseñó lo bien que se llevan las imágenes con las notas. Aquí vemos cómo versos y melodías hacen el amor sin convertirse en canciones, sin someterse, sin actor principal y actor secundario. Ninguno lleva la batuta. Ambos provocan una misma sonrisa.
De tantas historias, a cual más entretenidas, me detengo en Chicago. Cuenta Villoro que se subió a un taxi con la intención de “atravesar el caótico Distrito Federal” -“los taxis son espacios narrativos donde no se necesita otro estímulo que el silencio para que el conductor empiece a hablar”-. Luego de un previsible intercambio, al enterarse el chofer que el escritor no conocía la fría ciudad estadounidense, empieza un parlamento sobre aquella urbe preocupado por lo desafiante de su tarea: “¿cómo le explicaré para que me entienda, cómo le digo?”. Para ello, no se sumerge en la descripción sobre las características propias aquella ciudad sino que más bien evoca constantemente lugares del Distrito Federal. Compara avenidas, barrios, edificios, plazas, tipos de habitantes. Todo para que Villoro tenga una idea clara de lo que ignora. Luego de un magnífico relato concluye: “no sé si me di a entender mi jefe, como usted no conoce Chicago…”.
Lo notable de la narración del taxista es la capacidad de leer una ciudad desde los parámetros de otra. Es la analogía perfecta e inteligente en la cual el conductor trae imágenes de un lugar desconocido para el pasajero y las monta en su universo familiar para que comprenda de qué está hablando. Operación compleja a la que están acostumbrados los escritores, y algunos taxistas…
Precisamente semanas después de mi lectura viajé a Oaxaca con un grupo de estudiantes de la UNAM, por supuesto todos profundamente chilangos –es decir, oriundos de la Ciudad de México-. Estuvimos como cinco días juntos compartiendo comida, dormida y, sobre todo, bebida (mezcal). El caso es que cuando nos sentábamos a la mesa del mercado a comer, o cuando pedíamos alguna bebida, las referencias constantemente provenían del mundo cultural capitalino. Unas tortillas grandes eran llamadas “sopes”; unas alargadas, “huaraches”, eliminando así la especificidad de lo oaxaqueño. Ahí comprendí mejor lo que Villoro decía en su cuento: “el chilango perfecto es el que puede ir a cualquier otra ciudad del mundo pero nunca sale del Distrito Federal”.

Villoro, siempre imaginativo, reinventando la ciudad y las maneras de apropiarse de ella.


Publicado en "El Deber" 3 de Julio de 2016

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