miércoles, 6 de julio de 2011

Bande Dessinée (IV)



Es una de mis favoritas: Les murailles de Samaris, de Schuiten y Peeters.  La historia cuenta la misión de un hombre que vive en Xhytsos, ciudad atormentada por los rumores de lo que sucede en Samaris, borroso y enigmático lugar cercano al cual las varias comisiones que partieron buscando información, nunca regresaron.  El personaje acepta la tarea a sabiendas del riesgo que corre.  Luego de una larga y accidentada travesía, llega a Samaris donde es recibido por gente que misteriosamente alarga cualquier contacto sin ofrecer ninguna información.  Desesperado frente al secretismo, una noche rompe las paredes del hotel donde está alojado y descubre que todo lo que vio fue un simulacro: la ciudad no existe, son puras murallas que se asemejan a un escenario teatral donde fue recibido, alojado y engañado.  Con dificultades atraviesa las murallas para emprender la vuelta a Xhytos, donde llega destrozado por las inclemencias del desierto y la distancia.  Pero cuando toca las puertas de su ciudad, nadie lo reconoce.  Busca a su mujer, a sus amigos, a las autoridades que encomendaron y pagaron la misión, pero ninguno de ellos existe. Desasosegado, en el límite de la locura, emprende nuevo camino a Samaris, “la ciudad que nunca debí dejar”.

Como bien explica el propio Peeters en un excurso del libro, la historia acentúa dos polos urbanos.  Samaris es una ciudad frívola, calurosa, con arquitectura renacentista y barroca, donde la superficialidad y la apariencia están en el centro de su identidad.  En cambio Xhytsos es una deliciosa urbe –ficticia por supuesto- donde el paradigma arquitectónico de Víctor Horta, impulsor del Art Nouveau en Bélgica es la base de cualquier expresión estética, espacial y cultural.  Las casas, las camas, los trenes, las calles, los cafés, las peinetas femeninas, el vestuario, los peinados, los libros, las sillas, los edificios, en fin, todo tiene un delicado sello que hace que el lugar sea iluminado, elegante y espacioso en cualquiera de sus rincones: “intentamos concebir Xhystsos incluso en los más pequeños detalles, imaginando en lo que hubiera podido convertirse Bruselas enteramente reinventada por alguien como Horta”. 

Cabe recordar que Víctor Horta fue un arquitecto belga de finales del siglo XIX y principios del XX (1861-1947) pionero del Art Nouveau que impuso un estilo revolucionando el uso de los materiales, los espacios y las formas.  Pero lo más dramático es que, a pesar de su genio, sus obras no tuvieron la acogida esperada; incluso una de sus principales construcciones, la Maison du Peuple, construida a finales del siglo XIX para el Partido de los Trabajadores y considerada su mayor obra, fue demolida a mediados de los 60.

La intención de Schuiten y Peeters es, en parte, reivindicar la propuesta estética de Horta y criticar lo que luego se llamó la Bruselización, como el proceso en los años 60 y 70 de destrucción de la ciudad modernizándola a toda costa destruyendo toda tradición arquitectónica, bajo el paradigma de la funcionalidad y practicidad de una ciudad moderna industrial (lo que se denominó como un espacio urbano acorde a la “civilización del automóvil”). 

Pero a la vez muestran la dramática experiencia de un hombre inmerso en el proceso de cambio donde ya no se encuentra en ningún lugar.  Vive un desfase entre lo espacial y lo temporal, el uno ya no coincide con el otro: el tiempo ya no es su tiempo; el espacio ya no le pertenece.  Frente a ese escenario sólo quedan dos opciones: la huida o la locura; opta por la primera.  De alguna manera los autores designan parte de la experiencia del hombre moderno, del extranjero, del migrante, del que vive en arenas movedizas.  De una u otra forma, todos estamos reflejados en parte de esa historia.

1 comentario:

Juan Pablo De Rada dijo...

Interesante propuesta de Schuitten, parodiando en uno de sus libros la búsqueda de esa Bruselas, por lo grande, lo magnánimo, su sentimiento de inferioridad frente a la Paris de Haussman, todo ello representado en una obra; el “Palacio de Justicia de Bruselas”, obra de un tal Joseph Poelaert. Leopoldo II sentado en su trono se movía impaciente ante la idea de que su vecino del sur poseía una ciudad de proporciones magnas. Inquieto, y molesto en cada banquete que su corte le hacia, soñó con algo que pueda protegerlo de las angustias que le realizo Napoleón III al construirse una ciudad “simplemente hermosa” a ambos costados del Sena. Schuitten critica esta obra, la hace añicos, la escupe, y la pone en contraposición con el casco medieval que la ciudad poseía en su centro hasta que el “ingenio” de Poelaert en un invierno de 1866, con picotas y obreros de por medio, destruyó lo que quedaba de la “Le Quartier des Marolles”. Otra cuestión que critica Schuitten es el abovedamiento del río Senne, arteria fluvial, símbolo del poder medieval de la ciudad, de los molinos, de los artesanos, enemigo de la Revolución Industrial y símbolo de las enfermedades que la ciudad podía concebir en tiempos capitalistas; Leopoldo II la hace embovedar para poseer un “boulevard” al estilo parisino en su superficie, corre el año 1867, y aun año de que Poelaert empiece a esculpir el centro de Bruselas, ni el río se había salvado de las elucubraciones estéticas de su majestad y de los sonidos metálicos con color a oro que el capitalismo intrigó en las mentes de muchos ciudadanos del siglo XIX. Schuitten, se lo podría tomar muy en cuenta en la realidad boliviana de principios del siglo XX, cuando los liberales a la cabeza de Ismael Montes, pensaban que el río Choqueyapu había caducado como pieza útil en medio de un liberalismo tardío; deciden también ahogarlo, y para 1940 la contratista Nielsen & Cia (Biblioteca del IV Centenario de la Fundación de La Paz. TOMO IV Economía del Departamento de La Paz. La Paz, 1948) la hunde en lo mas profundo de las miserias urbanas, se vuelve cloaca y flujo de inmundicias, siendo antiguamente el sostén de molineros, artesanos y obrajes en la colonia. Si Schuitten es para Bruselas (con todo el contexto que la arquitectura resume en el hacer de la sociedad) Francois Bourgeon (Paris, 1945) en su saga “Los Compañeros del Crepúsculo” (TRES TOMOS. Editorial Norma. 1990), especialmente en el Primer y Tercer Tomo;”El Sortilegio del Bosque de las Brumas” y “El Ultimo Canto de los Malaterre”, suspira aires de retorno a tiempos medievales, que si bien, el autor francés no realiza criticas gramaticales indirectas al presente de Paris, añora no solo las tradiciones del medioevo, sino, las columnas, muros y tejados de estas épocas por medio de sus pinceles y lápices. Bourgeon se inspira en las antiguas “ville medievale” del oeste de Francia en la Baja Normandia, especialmente en el histórico poblado de Bayoux, reminiscencia artística de una Francia opacada por las delirantes curvaturas que los Luis XV, Gantier o los castillos del Loira impregnaron en el “típico” horizonte francés.