lunes, 16 de enero de 2017

Dos conferencias


Hugo José Suárez
Cuando era estudiante iba a cuanta conferencia podía. Me pasaba tardes y mañanas escuchando lo que decían muchas personas. Como la Ciudad de México es muy grande, a menudo desplazase hasta el lugar del encuentro implicaba más tiempo de transporte que de evento, pero valía la pena.  Escuché a académicos, políticos, líderes sociales y religiosos. Pude ver “personalmente” –como parte de un público amplio- a Enrique Dussel, Leonardo Boff, Sergio Méndez Arceo, Rigoberta Menchú, Eduardo Galeano, Pablo González Casanova, Michael Lowy, y tantos más. Los años fueron pasando y paulatinamente mi tiempo para asistir a conferencias se iba reduciendo. Hoy, dedicarle unos minutos a un coloquio o seminario es un lujo que no me puedo dar muy a menudo. El asunto es más dramático porque trabajo en la Ciudad Universitaria de la UNAM, donde todos los días hay actividades académicas a cuál más interesante y con personalidades muy destacadas. Como diría Sabina, vivo “como párroco en un burdel”; si asistiera al 20% de lo que pasa por aquí, no tendría tiempo para mis propias investigaciones y quedaría despedido rápidamente.
Pero a pesar de todo, hace unas semanas le robé un espacio a mi agenda y asistí a dos conferencias en un día, no lo hacía desde mis años estudiantiles –donde, entre otras, me permitía también ver dos o tres películas en una tarde..., qué tiempos aquellos-. La primera fue de Ilán Semo, un académico muy sugerente de la Universidad Iberoamericana que habló sobre El dilema del tiempo presente. Explicó cómo se está transformando la sociedad contemporánea a través de la “condición electrónica”; a mediados de la década pasada, decía Semo, el apabullante ingreso de formas nuevas de comunicación como WhatsApp, Twiter, Facebook, Instagram, etc., creó una nueva manera de producir subjetividades. Eso llevó a entender la vida colectiva de otra manera, se disolvió la relación entre el productor de un mensaje y el receptor del mismo –todos somos productores y receptores a la vez-; cambió la noción de verdad –todos tenemos una verdad que la exponemos en la web sin filtro ni prueba-; se acabaron las “voces centrales” –o instituciones monopolizadoras de los sentidos- que guiaban en las múltiples esferas de la vida; se disolvió la idea de acontecimiento como un momento especial intensificando lo fugaz que puede no tener correlato con la realidad (aunque paralelamente crecen los eventos donde se necesita el contacto cara-a-cara, como los masivos conciertos, encuentros políticos o deportivos).  Estamos atrapados en la red –somos su extensión- y atravesamos por la reconfiguración de las formas societales.
En la tarde, vi a Manuel Delgado, antropólogo catalán, que habló de El espacio público y otros espejismos urbanos. El ejemplo de Barcelona. Su análisis se centró en la crítica del concepto de “espacio público”. Realizó una genealogía de esta idea para entender que, desde su origen, tuvo que ver con una manera republicana de entender el lugar de los intercambios en la calle que fue mutando hasta asumir ahora formas perversas. Tomó el ejemplo de Barcelona –de donde es originario y donde trabaja- para mostrar que en realidad  la idea de “espacio público” ha permitido la delegación de los lugares donde antes todos tenían derecho a participar, a grandes empresas que, por un lado mercantilizan cada metro cuadrado con negocios millonarios, y por otro crean una ciudad para el turismo sacrificando a los lugareños, sus formas de vida y cultura. Así, la Barcelona que se vende como el ícono de ciudad moderna, limpia, culta, organizada y exitosa, no es más que una muestra de cómo se puede sacrificar al vecino y convertir la urbe –o más bien su centro histórico- en una preciosa pieza de museo que sirve para impactar a los paseantes y generar dinero. Retomando la lectura crítica de Henri Lefebvre, Delgado denunció cómo las grandes corporaciones empresariales han convertido el centímetro de la ciudad en un valor de cambio privándolo de vida y cultura local.
En suma, aquel día aprendí más de lo que me imaginaba. En mi clase siguiente, recomendé a mis estudiantes que no dejen de asistir a cuanta conferencia puedan, palabras que las vuelco para mí mismo. Nada mejor que un seminario para aprender, discutir y crecer.

Publicado en diario"El Deber"


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