domingo, 6 de enero de 2013

Los desfases de Las bellas durmientes


Vi la película de Marcos Loayza Escrito en el agua hace más de diez años.  La proyección fue en Bruselas, en algún festival, con la presencia del director.  En un diálogo con los estudiantes bolivianos que asistimos, Loayza pidió que levanten la mano aquellos que habían visto su anterior film Cuestión de fe.  Aunque no éramos muchos, una decena lo hicimos, por lo que nos advirtió que no esperemos nada similar, pues uno no tenía nada que ver con el otro.
Uno de los esfuerzos de Loayza parece ser precisamente la ruptura, al menos en lo aparente.  Seguro que le hubiera sido más fácil seguir con la veta costumbrista que abrió con Cuestión de fe y que resolvió con deliciosa maestría, pero se salió del camino en busca de nuevos horizontes.  Las bellas durmientes es una nueva exploración, una invitación al tránsito por otro mundo. 
Pero como siempre, la propuesta de Loayza es más profunda de lo que parece; tras la frivolidad de la belleza cruceña y de una simplona historia policial no resuelta, está la intención de explicar algunas lógicas del funcionamiento de la sociedad boliviana, leída desde Santa Cruz, pero pensada para la nación en su conjunto.  Su reflexión no se entrampa en la fácil disyuntiva esencialista “cambas/collas”, sino que piensa los problemas del país como un todo, más allá de las regiones. 
Dos desfases son los que la película plantea.  En primer lugar, el director se esfuerza por mostrarnos la magnífica ciudad con una serie de tomas aéreas que no pueden sino impresionarnos.  Las construcciones, los parques, las avenidas, los elegantes edificios, los departamentos lujosos, etc. muestran que lo deslumbrante del crecimiento urbano no va de la mano de la institucionalidad miserable de la policía que carece de recursos económicos, intelectuales y de simple sentido común.  Loayza parecería criticar la contradicción de una modernidad absurda que sólo le apuesta a la materia, en tiempos donde “todo lo sólido se desvanece en el aire” (diría Marshall leyendo a Marx).  El filme retoma de alguna manera la tesis crítica de Zygmunt Bauman en sentido de que la sociedad actual se caracteriza más por lo líquido que por lo sólido.  Una sociedad que sólo le apuesta a la estructura material –y a la belleza física y aparente- es insostenible.
Un segundo desfase bien trabajado por el director se muestra en la relación entre el sargento Vaca y el cabo Quijpe (ojo con la “j”).  El sargento tiene el poder pero no la razón.  La tibia intuición que podría resolver el enigma de los asesinatos seriales la tiene Quijpe quien, por estar sometido a la lógica de su torpe y poderoso jefe, no puede explorar el camino que eventualmente hubiera llevado al éxito.  Quijpe habría entendido el consejo de Allan Poe en Los asesinatos de la calle Morgue: “Lo importante es saber lo que debe ser observado”.  El sargento Vaca -prototipo de la desidia y la mezquindad- no observa nada, concluye, y su conclusión es verdadera por la posición que ocupa. Esa parece ser una metáfora de la política boliviana, la tensión entre poder y saber.  Aquí la crítica política es evidente: la división jerárquica de la burocracia entorpece su funcionamiento; cuando el poder está en las manos equivocadas, no se llega lejos.
Loayza no se arriesga por una salida fácil, no redime al cabo Quijpe ni le permite convertirse en el héroe de la historia, más bien lo manda a la calle a fantasear con una pantalla gigante.  Tampoco castiga al inepto sargento Vaca.  Simplemente parece sugerirnos que la solución es más compleja, y nos invita a pensar el problema colectivamente.
Me quedo con dos reflexiones más.  Por un lado, la pésima calidad de la proyección: fui intencionalmente a la Cinemateca -no a un cine comercial- y salí decepcionado.  La imagen inestable, la proyección más amplia que la pantalla que la recibe, las publicidades previas, el olor a palomitas de maíz…  Cuánto extrañé los tiempos de la modesta pero sobria sala de la Indaburu y Pichincha.  Por otro lado, me conmovió que la película estuviera dedicada al Rulo; también me dolió su partida.

(Publicado en el suplemento Ideas del periódico boliviano Página Siete)

1 comentario:

Sebastian Paz Méndez dijo...

Ya son dos películas bolivianas que NECESITO ver luego de leer el análisis y comentarios tuyos, Hugo José. Sin duda el ojo crítico, detallista y sensible de una persona que conoce sobre el séptimo arte y su implicación sobre la sociedad, abren un horizonte de posibilidades que a veces pasan desapercibidas para el resto de los espectadores. Muchas gracias, Hugo José por tu valioso aporte.