domingo, 30 de diciembre de 2018

Ojalá

El escenario político boliviano del 2019 va a estar dinámico, por decir lo menos. El clima electoral va a empezar a imponerse y penetrar en todos los rincones. Las discusiones van a ser cada vez más acaloradas. Al interior de las familias, los amigos, los grupos de discusión, se verán rabiosas posiciones y vaya a saber cuántas amistades o amores perecen en el camino.
Como sucede siempre en las campañas, el argumento dejará de ser el eje central, y su lugar lo ocupará la propaganda, la calumnia, la descalificación. El centro de atención estará en la banalidad, en el desliz de algún candidato, en alguna revelación mediáticamente eficaz. Todos buscarán hundir al otro con las armas que tengan a la mano, falsedades o mentiras, verdades a medias, poco importa. Siempre he sostenido que las campañas políticas son el momento donde la estupidez toma la palestra, somete a la razón; es el tiempo donde los estadistas dejan su plaza a los estrategas. 
Estas elecciones van a ser especialmente extrañas. De los candidatos, es lamentable que Jaime Paz intente desempolvar su historia ya maltrecha, sólo acumulará derrotas y marginalidad electoral demostrando que no es “un político de raza”, como alguna vez se autodenominó. Víctor Hugo Cárdenas, que fue quien abrió las puertas del Palacio al mundo indígena, el único vicepresidente que en su toma de protesta habló en tres lenguas originarias -difícil explicar a Evo Morales sin vincularlo de alguna manera, mal que le pese, al camino ya trazado por Cárdenas-, rifará su capital simbólico mostrando un rostro cristiano, conservador y vergonzoso, sin aportar ya nada al escenario político. Felix Patzi y Oscar Ortiz representan dos extremos, pertinentes, comprensibles, con alguna base, una posición y una apuesta, pero poco interesantes.
El corazón de la disputa estará entre Evo Morales y Carlos Mesa. El primero utilizará el aparato de estado para sus fines electorales, pagará su campaña con los impuestos de todos los bolivianos, haciendo lo que siempre criticamos desde la izquierda y que es cada vez más inadmisible para cualquier régimen político. En vez de mirar adelante, se empeñará en mandar al país a la era de Goni, armará una campaña basada en la polarización de los 90, momento en el que él era un importante bastión -uno de tantos, no el único, no hay que olvidarlo-. Negará al país que construyó, al de clases medias, jóvenes, urbanas, consumistas, desideologizadas, pragmáticas. Dará la espalda a la verdadera “Generación Evo”, negará a su creatura. Revivirá al fantasma de la Bolivia que luchaba contra el neoliberalismo bloqueando en el Chapare, no la que transita por teleféricos y carreteras interprovinciales. Será el padre que se dirige a su hijo adulto como si todavía fuera niño, contándole que el “cucu” vendrá a robarle sus juguetes. En esa tarea, a Evo no le temblará la mano si tiene que polarizar la nación hasta extremos absurdos, preferirá lanzarse al precipicio abrazado de sus caprichos y terquedades antes que acariciar la sensatez. No le importará matar al verdadero proceso de cambio del cual es el padre, si él no queda en la dirección. Mostrará que su mezquindad es más grande que su visión de país, demostrará que es más un padrastro egoísta que un verdadero padre de la nación (ojalá me equivoque).
Mesa buscará la unidad frente a Evo, ser la alternativa más real. Tendrá primero que elaborar un discurso que el país escuche, más allá de los temas fáciles como la corrupción, los gastos, los abusos o los errores. Tendrá que canalizar el desencanto amorfo de sectores tan distintos en una sola dirección, lo que no es fácil sin contar con aparato ni pilares ideológicos contundentes. Se verá obligado a recibir cualquier apoyo, a sumar con la ilusión de después dividir, sin contemplar el costo de la factura.
El gran logro de Evo es la creación de un país con bases sólidas, las reglas del juego ya están dadas, y él fue el principal arquitecto, para bien y para mal. Las bases del diseño de país, la transformación de la sociedad ya se logró de múltiples maneras y es un proceso difícilmente reversible. Por eso lo curioso es que la plataforma de Morales y Mesa es, en el fondo, muy similar. Si la baraja hubiera salido diferente, no hubiera sido extraño encontrarlos en una misma fórmula. Aunque sea políticamente incorrecto, creo que son más los aspectos que los unen que los que los separan. En estas elecciones no está en juego un modelo societal, está en juego el capricho personal y el nombre del piloto. El plan del vuelo ya está relativamente trazado.
Termino. Ojalá que las elecciones no nos dejen tan magullados. Ojalá que el país sobreviva a los embates ciegos y furibundos que nos esperan. Ojalá que las furias no nos lleven a todos al abismo.
Publicado en El Deber el 30 de Diciembre del 2018

domingo, 16 de diciembre de 2018

París en las calles

Varios amigos y colegas me han preguntado mi opinión sobre el movimiento gilets jaunes, y yo he hecho lo propio: vengo interrogando a quien puedo sobre su postura frente a lo que está sucediendo en Francia en las últimas semanas. Las respuestas son diversas, a menudo contradictorias.
Hay que recordar que el movimiento empieza como una reacción al impuesto a los carburantes. Esta medida genera costos para el desplazamiento en vehículos particulares en lugares donde el transporte público es ineficiente. ¿Por qué chalecos amarillos? Una de las normas del uso de automóviles obliga a los conductores a portarlos en caso de tener algún incidente. Por eso son tan populares y, sin quererlo, se convirtieron en una bandera.
Si bien las manifestaciones iniciales fueron en contra del alza de la gasolina, no hay que olvidar que hace poco se exentó del pago de impuestos a las grandes fortunas, lo que fue leído con indignación. Luego se unieron decenas de grupos y demandas paralelas -desde jubilados hasta estudiantes- y ahora estamos lejos del punto de partida. Uno de los últimos pliegos petitorios contenía cuarenta puntos, cada vez más armados, articulados, tocando problemas fundamentales de la sociedad francesa que iban desde la economía hasta la política migratoria o educativa. Algunas demandas eran sensatas, otras tal vez exageradas, pero empezaban a mostrar una reflexión que acompaña al movimiento.
Se trata de un movimiento sin liderazgos claros (ni partidarios ni sindicales), que acumula hartazgos de distinto tipo, muy dinámico y activo, con un apoyo popular impresionante y que ha puesto en jaque a las autoridades pero en general al sistema político francés. Por su parte, las reacciones oficiales han sido lentas, torpes y tardías, en un momento en que el presidente y su Gobierno atraviesan por la más baja popularidad. Macron tardó un mes en ofrecer una respuesta mediática.
En la actualidad, los gilets jaunes se han convertido en un canal de expresión del descontento con una política escandalosa que ha beneficiado a los empresarios y ha empezado a desmontar el estado social, los beneficios en salud y educación -acaban de aprobar el alza de las colegiaturas para estudiantes extranjeros, lo que sería el inicio de la privatización del sistema educativo para todos-. La demanda ahora es por mayor poder adquisitivo, es decir por una economía incluyente. Hoy está sobre la mesa lo social, lo económico y lo político.


París, la hermosa ciudad que en los últimos años se ha empeñado en mostrarse amable para el turismo como todas las capitales europeas -lo que ha significado una gentrificación brutal-, hoy recuerda su lugar en la historia de las movilizaciones sociales. En el metro, encima de alguna publicidad pegada en la pared, alguien pintó con plumón negro: “Febrero 1848 – diciembre 2018”, recordando la insurrección popular que dio origen a la Segunda República. El fantasma de la Francia revolucionaria recorre el país. Habrá que ver hasta dónde llega.


Publicado en El Deber el 16 de Diciembre del 2018

domingo, 2 de diciembre de 2018

Las enseñanzas de Brasil

La antropóloga brasilera Rita Segato escribe una brillante crítica a la cual no le falta ni una coma. Cito extractos: “Una democracia que no es pluralista es simplemente una dictadura de la mayoría. Y eso vale para todos. Vale para los fascistas cuando ganan elecciones, y vale también para las izquierdas (…). Hacer aliados circunstanciales para garantizar la ‘acumulación de fuerzas’ no significa estimular el debate. Por otro lado, ni la acumulación de fuerzas ni la toma del Estado sin el trabajo afiligranado de transformación de la sociedad han llegado jamás a destino, en país alguno, en su propósito de reorientar la historia hacia un futuro de mejor vida para más gentes. Es en la sociedad que se cambia la vida, no en el Estado. Ahora hemos perdido en el Estado y en la sociedad”. 

En otro pasaje retoma una crítica en sentido de que el Partido de los Trabajadores “abandonó un proyecto político y se adhirió solo a un proyecto de poder”. Con el poder como meta, sobrevino desvinculación de los intereses del movimiento social respecto de los intereses del partido político asalariado, lo que condujo a las alianzas tácticas y eficaces, y al “miedo al pluralismo y la disidencia” reforzando las estructuras estatales y el control de la participación a través de las mismas. 

Por otro lado, se confundió la ampliación del consumo con la ampliación de la ciudadanía, lo que “redujo la idea de ciudadanía a las aspiraciones de consumo como meta central. Se rompieron por este camino vínculos comunitarios que podrían llevar a una real politización. Real politización requiere profundización del debate siempre. Hoy se ve que la ampliación del consumo sin ampliación de la conciencia y comprensión crítica de los valores propios de la teología del capital tiene pies de barro”. 

 Segato concluye: “Es doloroso, pero la autocrítica y el conocimiento de la historia son la única garantía de poder caminar hacia una sociedad de mayor bienestar para las personas. Sin hacerlo andaremos en círculos convencidos de que tomando el Estado, por las armas o por las urnas, podremos reorientar la historia en otra dirección (…). Pero no [hay que] olvidar que el cambio se hace en la sociedad y lo hace la gente. Y eso es lo que ha fallado: no se trabajó la conciencia colectiva, no se cambió la gente, a pesar de que se mejoró la vida de las mayorías”. 

 Como siempre, hay puentes y distancias del análisis de Rita Segato con la experiencia boliviana, pero en el fondo, una buena parte de las premisas de su crítica caben como anillo al dedo al masismo. Si la cosa sigue así, el partido de gobierno, cegado en su ambición de poder, será el responsable de enterrar el proyecto popular del cual en algún momento formó parte fundamental.

Publicado en El Deber el 2 de diciembre del 2018