martes, 20 de noviembre de 2018

Las enseñanzas de Nicaragua

Para muchos de nosotros, la Revolución Nicaragüense fue un hito en nuestra formación política. Recuerdo que en 1979, mientras veíamos con mi papá el Festival de la Canción Iberoamericana por la televisión -en blanco y negro, claro-, cuando los países tenían que optar por un cantante una voz dijo: “aquí Nicaragua libre con su voto”. Inmediatamente mi padre reaccionó: “si no fuera por la dictadura, desde aquí hubiéramos dicho: ‘aquí Bolivia libre con su voto’”. 
Desde ahí, siempre el pequeño país centroamericano estuvo presente. En 1990 cuando el sandinismo perdió las elecciones, en México asistí a una conferencia de Daniel Ortega quien explicó las razones de la derrota; era un evento de apoyo a la Revolución, y recuerdo que el dirigente enfatizaba que, al ver los resultados desfavorables, se les ocurrió muchas salidas, pero nunca desconocer la voluntad popular.
Mucha agua ha corrido bajo este puente. Hoy me encuentro con un libro sugerente del sociólogo belga Bernard Duterme (director del Centro Tri-Continental) titulado ¿Nicaragua, todavía sandinista? La pregunta es adecuada, pues para todos es conocido que la represión de Ortega en los últimos meses y en general su posición en esta nueva temporada pone en duda su pasado revolucionario. 
El libro examina críticamente los mecanismos a través de los cuales Ortega logró su consolidación en el poder, los costos y qué tuvo que abandonar en el camino. Reflexiona sobre el “control total de las instituciones” y la concentración del poder de la pareja presidencial. Asimismo, expone las fuentes y los beneficiarios de la nueva economía, los costos ambientales y la participación de organismos internacionales. En suma, el autor critica la intención del gobierno de Ortega de mostrarse como el líder revolucionario que fue cuando ya no es más que su fantasma. El sueño de un “poder legítimo, nacionalista e antimperialsita, cristiano, socialista y solidario”, se convirtió en una realidad “neoliberal, autocrática y conservadora”.
En Bolivia tenemos mucho qué aprender del proceso nicaragüense. Aunque soy enemigo de los paralelismos fáciles, hay rasgos de la descomposición ideológica que en Nicaragua se ven con claridad y que deberían llamarnos la atención. Una parte de las críticas de Duterme al sandinismo le caben como anillo al dedo al evismo. Cualquier retórica revolucionaria puede vaciarse de contenido y la imagen del Che puede terminar como una marca de zapatos. Lamentablemente, todo indica que hacia allá vamos. Me quedaría con la pregunta prima hermana a la de Duterme: ¿todavía es revolucionario el “proceso de cambio” en Bolivia? Tengo mis reservas.

Publicado en El Deber el 18 de noviembre del 2018

domingo, 4 de noviembre de 2018

Tres interpretaciones de un mismo lugar

Voy caminando sobre la orilla del Sena en París y me encuentro con un monumento muy especial: La Flama de la Libertad. Se trata de la reproducción exacta del fuego en la antorcha en la Estatua de la Libertad en Nueva York que Francia regaló a Estados Unidos en 1886. La base es de mármol negro y gris con una columna gruesa en el centro donde reposa la enorme llama dorada de más de tres metros de altura. Una placa recuerda su origen: fue el resultado de una donación colectiva en el centenario del acontecimiento y un “símbolo de la amistad franco-americana”. Hasta aquí, todo oficial.
Al lado de la placa en bronce, está la foto a color de la Princesa Diana impresa en un papel bond dentro de un protector corriente de plástico. Se recuerda la fecha de su accidente fatal acompañado con la frase “Forever in our Hearts. We miss you”. El contorno del monumento tiene evocaciones emotivas y homenajes a Diana: flores, mensajes, fotos. Claro, caigo en cuenta que estamos precisamente encima del túnel en el cual Lady Di murió en agosto de 1997 en un trágico choque mientras huía de los paparazis que buscaban una foto para venderla en el mercado. Me queda claro que quienes sintieron la pérdida de Diana, encontraron dónde recordarla.
Sigo bordeando la obra y llego a la parte trasera para terminar con mi asombro. Rodeando la columna hay una enorme manta que la cubre íntegramente con el rostro de Donald Trump. Lo mejor: sólo abarca del cuello hasta la frente. Sí, en la cima de la cabeza, en lugar de mostrar la cabellera del presidente norteamericano, surge la enorme flama dorada. Una perfecta caricatura del jopo rubio chillón tradicional de Trump que tanta tela para cortar ha dado propios y extraños. Es una imagen impecable.
Los espacios públicos son lugares de disputa de significaciones, a veces confrontadas, otras complementarias o, como en este caso, que poco dialogan entre sí. En la Flama de la Libertad confluye la crítica política al presidente de Estados Unidos, el recuerdo a la carismática princesa trágicamente desaparecida, y el recuerdo oficial de “un gesto de amistad” entre dos países poderosos. 
París da para mucho, finalmente, cada quién se identifica con cualquiera de las tres interpretaciones del monumento según sea su conveniencia y posición, o con todas a la vez.

Publicado en El Deber el 28 de Octubre del 2018.