lunes, 24 de septiembre de 2018

Cementerios (primera parte)

Temprano aprendí a visitar cementerios. No cumplía los once años cuando el destino me condujo a la tragedia tras el asesinato de mi padre en la dictadura (15 de enero de 1981). Desde entonces, he visitado su tumba regularmente, he aprendido a apreciar el silencio, la escucha, el intercambio con la memoria. Luego fue mi abuelo, mis abuelas, mis primos, o mi abuelo materno al que no conocí pero que quiero tanto de otra manera, que está enterrado en Tarija. Cada que viajo a Bolivia me reservo un espacio para visitar a mis muertos.
En México, donde radico hace más de 15 años, solo he acudido al camposanto en el Día de Muertos por razones más bien culturales. Difícil olvidar las visitas a la cañada de los 11 pueblos purépechas en Michoacán; aquel día las tumbas se visten de colores vivos.
Ahora estoy en París y la experiencia es completamente diferente, sé que debo ir a los cementerios locales y no solo por turismo. Comienzo con Pere Lachaise. Los músicos aparecen primero, dos contrastes (ninguno francés): Chopin, lápida de mármol, sobria, elegante, con su perfil esculpido en el centro, una pequeña reja a los lados y rosas frescas, pocas visitas; Jim Morison, tumba un poco más oculta, con mucha gente alrededor, flores de distinto tipo y tiempo, botellas de alcohol, velas, fotos. Mucha gente tomándose selfis y un árbol repleto de chicles secos colados manualmente, muestra del lado oscuro de la fama.
No tengo mucho tiempo, busco a una de mis referencias en la sociología: Pierre Bourdieu. Sé que está enterrado aquí -luego alguien se preguntará con justa razón por qué el crítico de la distinción terminó en el lugar más distinguido-. Encuentro su lápida, sencilla y sólida, como él y su obra, tiene su nombre y sus años de nacimiento y defunción, nada más. Y pienso en el formato de sus libros que son iguales, en su personalidad, en su sociología profundamente inteligente, aguda y penetrante. Estoy con mis hijas y mi esposa, ya es tiempo de partir, así que vamos bajando un sendero en lo que algún funcionario apura nuestro paso.
Mientras caminamos, les cuento mi relación con Bourdieu, lo generoso que fue al recibirme en su seminario, lo importante en mi formación, el rol que jugó para que conociera a otro gran amigo, Franck Poupeau, con quien hasta ahora tenemos proyectos juntos.
No pude ver a Balzac, Moliere, Nadar, Proust, Piaf ni Wilde. Tendré que volver.

Publicado en El Deber el 24 de Septiembre del 2018

domingo, 9 de septiembre de 2018

Ganesh en París


Por Hugo José Suárez




En alguna de las pequeñas calles del distrito 18, están colados algunos anuncios impresos en papel bond que invitan a la celebración de Ganesh, uno de los dioses hinduistas. Se trata del Temple Sri Manicka, uno de los primeros en su género instalados en París, en 1985, donde se dice que, aunque acuden muchos indios, la mayor parte de sus devotos son de Sri Lanka. La invitación parece uno de esos típicos afiches de santos y vírgenes que recorren los barrios populares de la Ciudad de México. Es el domingo, no me perderé la cita. 
Llego a la calle en cuestión y una empresa india de telecomunicaciones está repartiendo un jugo extraño de dos sabores: uno rosado que parece de frutilla, y el otro blanco con pequeños locotitos, picante claro. Continúo el recorrido y me encuentro con que la mayoría de los comercios pusieron en la acera altares con incienso, plátanos, flores, afiches y algunos la imagen de la divinidad.
Por la calzada, pequeñas montañas de coco adornados y cubiertos con un polvo amarillo. Los carros alegóricos van pasando, uno jalado por varones y otro por mujeres; ellas vestidas con atuendos típicos de muchos colores vivos, los hombres descubiertos de la cintura para arriba, y abajo una túnica blanca. Detrás de la procesión los cantos y rezos femeninos inundan el ambiente, algunas de ellas llevan adornos con coco y flores en la cabeza; otras, bandejas de cerámica con fuego que es alimentado en el camino. 
Al cabo de una media hora, buena parte de las montañitas de coco están destrozadas en el piso. Entre tanto, decenas de tiendas de comida india, de cadenas de televisión e internet, videos pirata -especialmente producción de Bollywood-, ropa, abarrotes y especias. Entre el público, muchísima gente de ese lugar del planeta, además de turistas de distintos orígenes y franceses interesados en el evento. 

El paisaje indio es contundente, sólo los discretos nombres de las calles, algo de la arquitectura, una “boulangerie-patisserie” y la presencia policial, nos recuerdan que estamos en París. Los rostros, la música, los atuendos, las imágenes, el tipo de práctica religiosa, los sabores y olores, nos transportan a India. No sólo es un ambiente cultural envolvente, también la atmósfera mística es penetrante; mi hija de 11 años sólo atina a decir: “si yo fuera este Dios, les daría todo lo que quisieran”.
Una experiencia fabulosa, una oportunidad de intercambio con aquellos contextos tan diferentes y alejados de nuestro horizonte y del que sabemos tan poco. Acaba de entrar en mi agenda la necesidad de conocer India. Ya di el primer paso.

Publicado en El Deber el 9 de Septiembre del 2018