domingo, 29 de julio de 2018

Luis Miguel

Por Hugo José Suárez

La primera vez que lo vi fue en el transcurso de los 80, en televisión. Como es de mi edad –nacimos ambos en 1970– de distintas maneras Luis Miguel siempre ha estado ahí, en ocasiones invisible, y a veces insoportablemente presente. En el último tiempo, se había convertido en un fantasma, todo lo que se escuchaba de él era que había cancelado un concierto o sus problemas con las drogas y su desequilibrio emocional. Pero de pronto, lo desenterraron y ahora otra vez se lo escucha en el taxi o en la sala de espera de cualquier lugar.
Hay que recordar que su carrera exitosa estuvo pegada a su vínculo con el poder del PRI en México. Debutó cantando al presidente José López Portillo con ocasión de la boda de su hija en 1981 –tenía 11 años–, luego con los favores del inmensamente corrupto y autoritario Arturo Durazo, jefe de policía de la Ciudad de México –entonces Distrito Federal–, logró un ascenso formidable. Se convirtió en la propuesta cultural de Televisa y devino en la cara estética del proyecto neoliberal de los 80. Con él se consolidaba la estrategia de la agenda de una nueva identidad nacional gestionada desde Televisa, de la mano del Chavo del Ocho y la amplia gama de telenovelas. México abandonaba así la era de oro del cine; María Félix era sustituida por Verónica Castro o Lucía Méndez; Agustín Lara o Jorge Negrete por Luis Miguel.
Al lado suyo surgieron otros personajes de laboratorio, más o menos exitosos, como Timbiriche, Lucerito, las Flans, etc. Pero ninguno alcanzó el vuelo de Luis Miguel. Además, en los 80 se empezaba a consolidar el rock mexicano en una nueva generación con grupos como La Maldita Vecindad, la Santa Sabina, Café Tacvba, Los Caifanes, que eran abiertamente contestatarios y se mofaban de todo lo que viniera de Televisa.
Hay que reconocer que Luis Miguel tiene tres grandes virtudes. Primero, sin duda tiene muy buena voz, bien educada, precisa y limpia. Segundo, su manejo de escenario es impecable –según todos los que lo han visto en acción–, no es casual que sea quien más taquilla vendió en el Auditorio Nacional en México. Finalmente, la producción que gira a su alrededor es impresionante en todos los frentes, desde las cámaras hasta las composiciones, el marketing, los ingenieros de sonido, etc.
Dicho eso, el famoso cantante estaba de capa caída y perseguido por el éxito de su pasado, pero alguien decidió revivir el espectro, y lo hizo bien. Aprovechó el pasado glorioso, lo estructuró en un melodrama estilo novela de Televisa de los 80, pero se montó en la narrativa y soporte digital de Netflix que ha revolucionado la manera del consumo de series. El resultado es muy atractivo, ahora todos hablan de la vida y milagros de Luis Miguel y se lo escucha hasta en la sopa. La serie aparece en un periodo de ascenso político de la izquierda mexicana con Andrés Manuel López Obrador como vencedor de las elecciones y justo cuando Televisa estaba perdiendo televidentes y, claro, muchísimo dinero. Además, es una estrategia para atraer al público adolescente que vive en las redes sociales y combatir a los youtubers –autónomos, diversos, incontrolables– que son la referencia de ese enorme sector

En suma, la serie es el reciclaje de la nostalgia ochentera sobre otra plataforma tecnológica con intenciones políticas y comerciales. Nada nuevo. Ganan Luis Miguel, Netflix y los empresarios de la industria cultural. Perdemos todos los demás.

Publicado en El Deber el 29 de Julio

lunes, 16 de julio de 2018

Fútbol


Hugo José Suárez
Tengo una relación distante con el fútbol, no sé por qué. Estudié en un colegio jesuita en La Paz donde lo único que se practicaba era el balompié; yo que era alto y flaco, más bien dotado para el vóleibol, jamás formé parte de equipo alguno. Además, la masculinidad homogeneizadora que se forjaba alrededor de ese deporte iba en contra de mis facultades y sensibilidades.
Mis amigos que sí sabían patear la pelota gozaban en la escuela de privilegios escandalosos: llegaban tarde a clases porque tenían entrenamientos, se reprogramaba sus exámenes si se cruzaban con algún campeonato, tenían equipos deportivos modernos a su disposición. Incluso se convertían en el modelo del estudiante ejemplar. Nunca entendí por qué en una institución inspirada en San Ignacio y dirigida por sacerdotes de sofisticada formación teológica y filosófica, se descuidaba tanto todo lo proveniente de las humanidades (por ejemplo había una semana deportiva sin clases, jamás de un festival de teatro o cine).
Pero sumergido en un ambiente de donde el fútbol era preponderante, no dejé de entrar en la dinámica propia de aquel tiempo. Recuerdo que tenía, como todos los estudiantes de entonces, equipos enteros construidos con corcholatas para jugar en una canchita –una pequeña frazada adaptada-, con arcos de alambre y una pelotita de plástico. Hacíamos campeonatos espléndidos en los cuales cada cual llevaba alguna selección nacional construida por uno mismo con recortes de los rostros de jugadores pegados al interior de la chapa. Como mis amigos solían estar al día con la discusión internacional, escogían equipos y nombres de celebridades. En cambio yo, sobre-politizado y en un ambiente de dictadura y lucha por la democracia, optaba por equipos de afinidad ideológica, aunque sin destreza deportiva. Así, mis favoritos eran Cuba o Nicaragua, que se enfrentaban contra Brasil, Alemania o Argentina. No se equivoquen: a veces Nicaragua podía someter a Brasil; cosas que sólo se daban en esas condiciones.
En los últimos años me he acercado un poco más al fútbol. Los escritos de Juan Villoro o de Eduardo Galeano me ha entretenido, tanto como un buen partido. Sé que se me criticará de intelectualizar lo que antes que nada es un despliegue de sentimientos, pero ese camino ha surtido efecto, incluso en el mundial del 2014 que me tocó verlo en Nueva York, estuve en algunas cantinas disfrutando del juego con una cerveza al frente en un ambiente totalmente gringo. Gocé mucho, lo confieso.
El mundial que ahora está en curso trajo una novedad: el interés de mis hijas. Los días que iba a jugar México, ellas me pidieron que les comprara una polera oficial y se negaron rotundamente a acompañarme a un café a ver el encuentro, lo iban a hacer con sus amigos en la escuela. Mi hija de 11 años me conmovió: ¿cómo no voy a apoyar a mi país? Todos mis argumentos y mi frialdad se vinieron abajo.
Hoy al final del día se sabrá quién es el nuevo campeón. Intentaré ver el partido, estoy aprendiendo a entregarme a esas emociones.

Publicado en El Deber - 20/06/2018

Unas líneas con Sergio Pitol

Hugo José Suárez
En México, cada que muere un escritor, se alborota el medio cultural. Se le dedican sendas portadas de periódicos, programas en las televisoras culturales, suplementos dominicales e infaltablemente estantes en las librerías con todos sus títulos. Y claro, los lectores comunes, como yo, nos preguntamos cuántos libros suyos tenemos en nuestras bibliotecas o cuánto hemos leído de él. En mi caso, a menudo con un dejo de culpa, me doy cuenta de lo poco que lo conocí al recién desaparecido. Es lo que me sucedió con Sergio Pitol, que partió el 12 de abril del 2018 en Veracruz.
Al enterarme de su fallecimiento, rápidamente fui a adquirir los textos que más me llamaban la atención. Aquí mis primeras reacciones a quemarropa de las joyitas con las que me topé.
Pitol escribió El arte de la fuga (Era, 2011, México D.F.), un libro biográfico pero con un sello extremadamente personal que transita por los géneros siguiendo “la intuición y el instinto” como consejeras primordiales: 
“Decidí entonces hacer un libro que fuese un desplazamiento por distintos momentos de mi existencia como lector y como autor (…). Y el libro se fue creando a través del instinto. Sabía que no era ni una crónica de mi vida ni una autobiografía ni estaba yo escribiendo mis memorias. Rompí la cronología, traté de desgastar los géneros para que se imbricaran uno con otro: partes que parecían crónicas que terminaban en un cuento, ensayos que de repente se volvían narración y al final tenían una fuga ensayística. Eran acontecimientos y fugas de lo narrado.”
En un episodio del mismo escrito habla de política. Elabora un diagnóstico lúcido -en 1996- del México sumido en una catástrofe civilizatoria, que hoy resuena con una pertinencia que asombra y asusta: “Cuando observo el deterioro de la vida mexicana pienso que solo un ejercicio de reflexión, de crítica y de tolerancia podría ayudar a encontrar una salida a la situación”.
Y critica la relación con el poder: “La conexión entre el escritor y el príncipe ha estado desde el principio de los tiempos minada por el equívoco; es una amistad peligrosa. Un novelista tiene que aprender a mantener un diálogo con los demás, pero sobre todo consigo mismo, debe aprender a escrutarse y a oírse; eso le ayudará a saber quién es. Si no lo logra, en vez de una novela construirá un artefacto verbal que intentará simular una forma narrativa, pero cuya respiración será la equivocada. Recogerá, tal vez, algo que está en la atmósfera. El autor sabe que le agradará al César o al vulgo, da lo mismo; la ha escrito para alguna de esas dos deidades”. 
En otra reflexión Pitol sostiene una premisa que parece máxima sociológica: “Uno conoce siempre a saltos, fragmentadamente, tiene conciencia de los efectos, pero al no identificar las causas es como si no conociera nada”. O lo que parece un complemento: “Así suceden las cosas. Vuelva usted a preguntar qué somos, adónde vamos y una bofetada lo librará de las pocas muelas que le quedan”.
Termino con un pedazo de El viaje (Era, 2015, México D.F.), donde nuevamente evoca “la reacción del instinto”, y valora “los esfuerzos intelectuales para no enmohecerse, para no dejar de pensar, para impedir que sus estudiantes se conviertan en robots”, consigna que debería convertirse en una aspiración generalizada, especialmente en la academia mexicana que camina firmemente hacia la burocratización del conocimiento.

Murió Sergio Pitol, un escritor de muchos tiempos

Publicado en El Deber el 20/05/2018

La fe y las promesas

Hugo José Suárez
Unas semanas atrás, TV – UNAM tuvo la atinada iniciativa de proyectar películas premiadas en el Festival de Cannes, por la conmemoración de los más de 70 años del prestigioso evento. Me invitaron a comentar el filme Pagador de promesas, de Anselmo Duarte (1962), que obtuvo una Palma de Oro, la primera película extranjera en ganar esa distinción y la primera brasilera nominada a los premios Óscar en 1963 (confieso que, a pesar de su éxito y pertinencia, no la había visto).
El filme retoma la novela de Alfredo Dias Gomes, autor, entre otros, de El bien amado, telenovela de alto impacto en Bolivia en los 70. Se cuenta la travesía de Zé, un creyente del noreste rural de Brasil que realizó la promesa a Santa Bárbara de llevarle una cruz hasta el templo que se encuentra ubicado en la capital del estado, si salvaba a su burro, al que le cayó un rayo. La Santa cumple, por lo que él tiene que hacer lo propio: parte con la cruz al hombro hasta las puertas de la iglesia, pero cuando quiere ingresar se encuentra con el sacerdote y empiezan todos sus problemas.
El cura, de formación tradicional, averigua que, por un lado, el origen de la promesa era la vida de un animal, pero, por otro lado, que la idea nació del intercambio que tuvo Zé en el marco de una celebración de candomblé. Indignado, el prelado le niega el ingreso al recinto sagrado.
El episodio adquiere dimensiones mayores. Las altas autoridades eclesiales reaccionan apoyando al sacerdote, los creyentes negros se movilizan con cantos y bailes en la puerta de la iglesia, los periodistas ponen a Zé en las primeras planas haciéndole decir consignas revolucionarias que no dijo. El revuelo es mayor movilizando a autoridades eclesiales, políticas, periodísticas y a distintos sectores sociales.
La película dibuja a la iglesia brasilera, previa al Concilio Vaticano II y a la Teología de la Liberación, con una orientación conservadora que considera demoniaco todo lo que provenga de la religiosidad popular; al frente está el mundo complejo y diverso de creyentes que acuden a una u otra expresión religiosa sin encontrar grandes contradicciones, más bien como un continuo sagrado que no se quiebra por adscribirse o al catolicismo o al candomblé. Es contundente la idea que Zé repite varias veces: “Promesa es promesa”, lo que muestra una forma religiosa basada en el contrato directo entre divinidad y fiel -sin presencia de autoridades religiosas- que no puede ser negociado, por eso su terquedad por entrar al templo a dejar la cruz incluso cuando todos le dicen que bien puede depositarla en la puerta. 
También se deja ver la diferencia entre el mundo rural que se mueve con lógicas propias de la relación con la naturaleza y el ámbito urbano –moderno que depende más de la dinámica económica industrial en ciernes con actores políticos y periodísticos distintos-. 
La película es una ventana a las tensiones propias de la experiencia religiosa brasilera -y latinoamericana en muchos aspectos-: el sincretismo, la relación con la imagen, el rol de las religiosidades no católicas y su tenso intercambio con las autoridades eclesiales, la naturaleza del tipo de creyente, la presencia de la política, los medios y el mercado.
Sin duda el panorama religioso actual se ha modificado considerablemente, pero la lucidez de la película es sorprendente, dejando sobre la mesa temas que son discutidos hasta nuestros días. El pagador de promesas da para mucho, se trata sin duda de una de las mejores producciones que he visto en pantalla grande sobre la religiosidad en el continente, un paso obligado para quienes nos interesa el tema.


Publicado en El Deber el 03/06/2018

Hacer sociología en Azcapotzalco

Hugo José Suárez 
Hace unas semanas, la embajada de Bolivia en México tuvo la generosidad de proponerme presentar mi texto Hacer sociología sin darse cuenta en la Feria del Libro de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Azcapotzalco (UAM-A), en la cual Bolivia era invitado de honor. Para mí, el evento iba a ser muy especial porque la UAM-A fue la primera universidad que pisé en México, cuando llegué a estudiar a finales de 1988. 
Tenía solo 18 años y en esas aulas empezaba a descubrir un mundo de conocimientos, sensaciones, experiencias nuevas. Provenía de La Paz, de un colegio católico y conservador de clase media alta; el pequeño ambiente de mi barrio (San Miguel) y la estrechez de un origen social tan encarrilado no me permitían ver más allá de los dos kilómetros que me rodeaban material y simbólicamente. Llegar a la UAM fue descubrir miles de cosas.
Recuerdo un maestro, anarquista, creo que de la asignatura Doctrinas Políticas y Sociales II –o algo así–, que al final del trimestre se reunió con cada estudiante y nos pidió que nos autocalificáramos. Yo estaba contrariado, en mi colegio jesuita jamás había sucedido nada por el estilo. Le dije que merecía la máxima nota, y me la puso. Todavía no había leído a Foucault y sus reflexiones sobre cómo el examen es un momento donde se expresa y concentra el poder del maestro, tampoco sabía de Bourdieu y su militancia por desenmascarar las sutiles formas que ocultan jerarquías y que son aceptadas por todos como si no hubiera otro camino. Y, sin embargo, mi profesor estaba ahí, enseñándome que el conocimiento y su transmisión no requerían de mediaciones.
También tengo en la memoria otro profesor, gay, creo que enseñaba Técnicas de Investigación y Aprendizaje. Desde el primer día, además de invitarnos a varias exposiciones en las galerías de arte de la ciudad, nos invitó a escribir un diario. “¿Qué es eso? ¿Eso es sociología?”, pensé confundido. Resulta que, aplicado como soy, hice la tarea en mi máquina de escribir Olivetti, muy propia de los estudiantes de la época. Decía el maestro que si no se nos ocurría nada especial, simplemente contáramos alguna cotidianidad, pero que no nos fuéramos a dormir sin haber pasado por el teclado. Periódicamente le mostrábamos nuestros escritos, que eran corregidos con empeño. Tampoco sabía todavía que un sociólogo como Richard Sennett, a quien leí lustros más tarde, sugería algo similar y abogaba por “el acto de escribir” como una tarea regular e ineludible de los cientistas sociales. Hasta hoy sigo cumpliendo la tarea.
No tengo en mente el nombre de estos dos profesores, mejor así, me quedo solamente con sus enseñanzas, que son las que trascienden; ese es el sueño de todo buen maestro. Fue en esos intensos meses –solo estuve un año en esa unidad, luego me cambié al sur porque me quedaba más cerca– cuando tuve claro mi proyecto de vida: en algún salón luego de alguna lectura o clase, antes de llegar a los 20 años, decidí que iba a ser doctor y que me dedicaría a la academia. 
Quizás desde esos años es que se forjó mi vocación universitaria y mi convicción de que es en las aulas donde se construyen horizontes nuevos. A estas alturas tengo poca fe en ofertas políticas o religiosas, pero sigo confiando en la universidad como lugar de transgresión y creatividad.

Compartir mi libro en ese espacio, acompañado de las palabras lúcidas y cálidas de Laura Moya, destacada profesora de la UAM-A que me honró presentándolo, fue como cerrar un círculo, 30 años más tarde.


Publicado en El Deber -  21/06/2018