sábado, 23 de julio de 2016

Un 17 de julio. El golpe

Hugo José Suárez

Me tocó escribir hoy, domingo 17 de julio, a treinta y seis años del Golpe de Estado de Luis García Meza y Arce Gómez, en 1980. Me tocó hacerlo desde La Paz –no desde México donde normalmente lo hago-, transitando entre territorios y recuerdos.

Meses antes de la fecha fatal, ya se respiraba el aire tenso. En las conversaciones diarias rondaba la pregunta sobre cuándo volvería el ejército a las calles y a la Plaza Murillo. Cada fin de semana sin sorpresas era un alivio. Quedaba esperar al próximo. Cuando el 21 de marzo asesinaron a Luis Espinal, que era amigo de mi padre y colaboraban juntos en el semanario Aquí, quedó claro que todo era posible, se acercaba la tempestad.

Era jueves 17 de julio de 1980. Tras las noticias del golpe iniciado en Trinidad, mi mamá reunió a los hijos de militantes de izquierda del Colegio Franco Boliviano, donde ella trabajaba, y los llevó a mi casa de San Miguel. Ahí esperamos que uno a uno pasaran los padres a buscarlos en el transcurso de la tarde.

Cuando pienso en esos turbulentos días me invaden muchos sentimientos. Tengo muy presente la imagen de tanques en la UMSA, mi hermana, mi madre y yo estábamos en un micro pasando frente al edificio y ella nos decía “miren con atención para que no se olviden”.  También recuerdo las tanquetas subiendo por la Avenida Busch en Miraflores alumbrando las casas con reflectores; yo me alojaba en la casa de mi abuelo, que era militar, buscando protección. Mientras desde afuera nos alumbraban, en la habitación apagábamos los interruptores y nos agachábamos tras las paredes. En la tele, Arce Gómez sentenciaba la frase que se hizo histórica: “todos aquellos elementos que contravengan al decreto ley, tienen que estar con el testamento bajo el brazo, porque vamos a ser taxativos, no va a haber perdón”. Las cartas estaban echadas, la brutalidad tomaba forma de gobierno. Con mis diez años, entendí muy bien que nosotros, al menos mi padre, era uno de esos “elementos” a los que se refería el tenebroso ministro.

Luego vinieron los meses del miedo. Escuché muchas veces las recomendaciones que le hacían a mi madre sobre las actividades políticas de mi papá: “dile al Lucho que no se meta”, “dicen que el Lucho está en la lista negra”, “que se cuide” y cosas así. Hubo ocasiones en que nos trasladamos de casa como medida de seguridad. Los episodios de cuidado estaban a la orden. Una vez salimos con mis padres en el auto rumbo al centro, adelante iban papá y mamá, atrás mi hermana y yo, en el puente de Calacoto había una redada militar. Mis padres nos dijeron que guardáramos la calma. Teníamos una canasta de verduras que emulaba un día familiar de compras de mercado, pero en el fondo del cesto habían panfletos en contra del gobierno. Paramos, inspeccionaron el automóvil, por suerte no se dieron cuenta de nada. Respiramos tranquilos y continuamos nuestra ruta.

De ese tipo de experiencias estaba llena nuestra vida cotidiana, aprendimos rápidamente a controlar los nervios, a no hablar de más en el colegio, a saber quiénes eran los buenos y quiénes los malos en esta historia.

Me quedan muchas cosas de aquellos meses intensos. Tengo una decena de casetes de mi papá con grabaciones de reuniones políticas, encuentros con estudiantes, marchas, discursos en el parlamento, conferencias y tantas cosas más; algún día, si los sentimientos me lo permiten, escribiré un libro con ese material. Pero sobre todo me queda el ejemplo de lucha, de vida, de compromiso. La dictadura dejó mártires, pero sobre todo dejó un legado de esperanza, un testimonio de personas que en las peores circunstancias supieron cuál era el camino correcto. En esta nueva era donde la política parece ser un cálculo frío y descarnado –sin importar de dónde surja- , cuánto convendría voltear hacia atrás y escuchar el susurro de aquellos que supieron articular ética y política.

Termino con un poema de mi padre, Luis Suárez, escrito el mismo 17 de julio de 1980:

Adolorida está la tierra
y adolorida la semilla que da fruto,
mientras que el bruto
la pisa,
sin saber que si ella muere
morirá también él,
más tarde o más de prisa.
Adolorida la razón
pero no muerta,
porque fluye el pensar

aún ante la palabra sin puerta.


Publicado en el Deber, 17 de Julio del 2016

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