domingo, 22 de mayo de 2016

Fernando del Paso y el “acto de escribir”

Hugo José Suárez

Carlos Fuentes decía con atinada precisión que los escritores mexicanos tienen “el privilegio de la voz dentro de sociedades en las que es muy raro tener ese privilegio”. Y es cierto. En México lo que le pase a un escritor es motivo de alboroto en el mundo de la cultura; un cumpleaños, un premio, una obra, un viaje, un encuentro y, por supuesto una desaparición, hacen que los estantes de las librerías se llenen de sus títulos y los periódicos les regalen amplios reportajes.  Y no es para menos, pues este país ha sido cuna de plumas privilegiadas (entre otras cosas, en la última década cinco mexicanos han ganado el prestigioso Premio Cervantes).

Lo curioso es que, por un lado, los profesionales de la palabra a menudo están fuera de las universidades, se mueven más bien en el circuito de las editoriales, las revistas culturales, periódicos y conferencias; por otro lado, también resulta extraño que los académicos de las ciencias sociales –sociólogos, antropólogos, historiadores- no tienen la misma palestra; su lugar está bien asentado en la vida universitaria que es sólida, dinámica y muy consolidada, pero es difícil y atípico que alguno atraviese la frontera de la fama y se convierta en una referencia más allá del ámbito académico. Por supuesto que el cumpleaños de cualquier sociólogo, por destacado que sea y muchos años que cumpla, pasa desapercibido.

Sin duda que la palabra del literato pesa mucho, aunque también es cierto que su rol ha sido paulatinamente relegado perdiendo su importancia en la creación de la identidad nacional. En la época de oro del cine mexicano cuando desde las pantallas se creaba la imagen del país, eran los literatos los encargados de los libretos, y por tanto de las ideas fundamentales de la nación. Pero a la vuelta de los años, como una manera de control político, se los fue marginando y más bien se dio el poder a industrias culturales vergonzosas como Televisa o Tv Azteca. Al final del día, Luis Miguel terminó siendo más importante que Agustín Lara, y el Chavo del Ocho desplazó a María Félix, convirtiéndose en el nuevo rostro de la mexicanidad. Esa es, seguramente, una de las mayores victorias de la élite local, y la factura más cara por la Revolución de 1910.

Pero más allá de estas desavenencias, hace unas semanas el Premio Cervantes fue otorgado al escritor Fernando del Paso, autor de varias obras fundamentales como Noticias del Imperio, José Tigo, Palinuro de México. Los días posteriores, Del Paso estuvo presente en todo lado: las librerías –como decía- llenaron estantes con sus obras, el periódico La Jornada publicó su foto en la primera plana, la revista Gaceta del Fondo de Cultura Económica estuvo dedicada íntegramente a su trabajo, tuvo varias entrevistas en radio, etc.

Confieso no haber leído a Del Paso, lo haré para ponerme a tono con el país, pero al escucharlo en los múltiples medios en estas semanas, no me cabe duda de lo mucho que podemos aprender de él. Para el escritor “son las artes, es el lenguaje y el pensamiento la distinción mayor que hay entre el hombre como animal y el resto de los animales”. Su práctica regular con las letras es gozo y desafío “yo necesito escribir, aunque me cuesta mucho trabajo, lo necesito, necesito hacerlo para vivir”.

El novelista nos invita a la escritura cotidiana y valora el momento en que uno se sienta a hacerlo: “las ideas no son previas al acto de escribir, nacen con el acto de escribir”. La creación no es un libreto previamente establecido en la cabeza al que sólo le falta plasmarse en una pantalla como si fuera un dictado, es en ese momento cuando pasan cosas inesperadas, surgen ideas, se organizan, unas nacen otras mueren. El autor nos invita a divertirnos con las letras, con las palabras, con las frases, con las historias. Invita a que cada uno se convierta en un narrador de su propia vida, en un contador de historias, en un escribidor compulsivo. Es mucho lo que se puede decir de Del Paso –“constructor de catedrales” como ha sido llamado-, pero por lo pronto me quedo con esa sabrosa invitación a pasar horas frente al teclado en compañía de las ideas, construyendo historias, disfrutando del “acto de escribir”.



Publicado en "El Deber" 22 de Mayo del 2016

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