lunes, 25 de abril de 2016

Villoro pensando en Villoro

Hugo José Suárez

Los viernes compro el periódico mexicano Reforma. Normalmente lo evito por su tamaño, su posición política y su tratamiento de la noticia. Pero ese día escribe Juan Villoro y no me lo quiero perder. Hace unos meses (27/11/2015) el escritor dedicó su columna a su padre, el notable filósofo Luis Villoro fallecido hace un par de años y en cuyo honor se acaba de publicar un libro (La alternativa. Perspectivas y posibilidades de cambio, Fondo de Cultura Económica, México, 2015). Empieza la nota manifestando lo difícil que es hablar de un familiar fallecido. Recuerda lo curioso que es ser hijo de un filósofo, sobre todo cuando tienes que explicar en la escuela a qué se dedica tu progenitor.
Me detengo en tres pedazos, casi al final, que merecen un comentario aparte. Se pregunta el articulista: “¿Puede la política coexistir con la ética? Sí, siempre y cuando el ejercicio del poder sirva a la comunidad y no sea un fin en sí mismo”. El cuestionamiento no es nuevo, claro, por mi parte me puse la interrogante hace décadas con mis primeras lecturas sociológicas. Antes de eso, no tenía duda que sí era posible, pues mi propio padre me había dado el ejemplo con su militancia en los 80, pero cuando mis amigos llegaron al gobierno en Bolivia a partir del 2006, y vi cómo paso a paso el poder los fue carcomiendo y conduciendo hacia un viaje sin retorno, ahora tengo serias dudas de una respuesta afirmativa. Me pregunto si la política –y por tanto el juego del poder-, siguiendo la reflexión de Villoro, puede sacudirse de su necesidad de autoreproducción, y por tanto, si puede dejar de ser, al menos en alguna medida, “un fin en sí mismo”.
Cambio de pasaje. Dice el articulista refiriéndose al levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN): “Desde 1994, no han faltado noticias de Chiapas, pero lo más importante apenas ha sido cubierto: el heroísmo de la vida diaria, la paciente transformación de una de las regiones más pobres del país en un tejido mulitcultural, donde el ‘nosotros’ se pronuncia más que el ‘yo’”. Quizás la vida diaria sea la dimensión más heroica de la política. El desafío está en vivir el día a día sin reflectores, sin tribuna, sin discurso, con la convicción de que se está haciendo lo que se debe hacer. Algo así decía el sacerdote Luis Espinal, asesinado en 1980: “gastar la vida no se hace con gastos ampulosos, y falsa teatralidad. La vida se da sencillamente, sin publicidad, como el agua de la vertiente, como la madre que da el pecho a su wawa, como el sudor humilde del sembrador”.
Finalmente, concluye Villoro, “no hay cambio político sin imaginación”. Quizás la imaginación debería estar antes de la política, pero a menudo la última termina devorando la primera a los pocos segundos de convivencia.
En fin, decía que regularmente los viernes compro aquel periódico sólo para leer a mi articulista preferido. Y hasta ahora, nunca he quedado decepcionado.

Publicado en El Deber, 24 de abril del 2016


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