martes, 5 de abril de 2016

Reseña del libro "Mirarse para adentro" de Amalia Decker

Hugo José Suárez

Amalia Decker vuelve a las librerías con una nueva novela: Mamá cuéntame otra vez (Ed. Kipus, Cochabamba, 2015). Como lo hizo en otras ocasiones, la autora entreteje tres dimensiones a la vez: la política, la autobiográfica  y la histórica, todo alrededor de la trayectoria de su personaje principal. En el texto se cuenta la vida de Camila, una joven veinteañera de clase media alta proveniente de una familia con un pasado profundamente militante (a propósito, lo de Camila imagino que no es casual, buena parte de los padres de esa generación –por ejemplo Oscar Eid- le pusieron ese nombre a sus hijos en honor al guerrillero colombiano Camilo Torres).

En medio una historia de amor, Camila dialoga constantemente con su madre, quien a finales de los sesenta perteneció al Ejército de Liberación Nacional y vivió los durísimos episodios de Teoponte y todo el ambiente político de la época, con sus mayores miserias y sus heroísmos. El diálogo entre madre e hija es el hilo de la narración que muestra una confrontación generacional de dos realidades completamente distintas.

Decker enseña su posición crítica -y en muchos sentidos autocrítica- de la generación a la que pertenece considerándola como ignorante, ingenua, equivocada y torpe. Repasa “las atrocidades que se cometieron porque el fin justificaba los medios y por la obcecación en la idea militar que obligaba a acatar, sellar secretos eternos y no pensar” (192). Toda la novela tiene ese tono devastador frente al “ ‘espíritu revolucionario’ que me obnubilaba”, y lo que llama el “estado colectivo de enajenación mental” que atrapó a los militantes de los setenta.  Implacable, en algún momento Camila le dice a su progenitora: “sólo tenía ganas de decirles que fueron más sordas que una tapia y más ciegas que los limosneros de las iglesias” (p. 170).  De manera honesta, además de mostrar la crueldad de la represión, la escritora devela tanto los errores tácticos de las dirigencias, como las suspicacias y autoritarismos internos que llevaron a ajusticiamientos y excesos inadmisibles.

El segundo eje de la novela es la crítica a los revolucionarios actuales, por supuesto pensando en el masismo y la “Revolución democrática” del “proceso de cambio”, que habrían perdido todo el misticismo que caracterizaba la acción política de las décadas pasadas. De hecho, el hijo de una de las protagonistas –y su ex-esposo- encarnan esa posición. Reflexiona la autora: “Estoy convencida de que los ‘revolucionarios’ de hoy son más pragmáticos y menos soñadores que los de antes; de hecho, cuando ya han tomado el poder tienen pocos escrúpulos para imponer sus criterios, aunque opten por un discurso extremo ya sea épico o lírico, siempre parecido al del pasado” (p. 54). Camila, al comparar a su hermano militante con los compañeros de su madre dice: “¿Y tú crees que a mi hermano lo mueve el viento romántico que movió a tu generación? Hoy los tonos son diferentes, muchos gritos a voz pelada, mucha amenaza y aparente coraje, pero nunca los huevos que tuvieron ustedes para intentar su revolución en silencio, clandestinamente, con una entrega irrepetible, sin perseguir la fama mediática ni el poder personal” (p. 62).

Una tercera dimensión es la referida a Cuba y su situación actual. La autora retoma la crítica más tradicional y los argumentos clásicos contra el régimen: la falta de democracia electoral, la restricción para viajar, las dificultades de la vida diaria en la isla, etc.

La novela tiene varias virtudes además de su ágil redacción y su capacidad de atrapar al lector. La primera es que muestra situaciones, diálogos, cotidianidades de los setenta a los cuales no estamos acostumbrados a volver y que a menudo olvidamos con vergonzosa facilidad. Podemos estar o no de acuerdo con su interpretación, pero transitar por esos encuentros y tensiones nos ayuda a entender mejor cómo fueron las esperanzas y las disputas de esa joven generación que le apostó al cambio de rumbo, acaso en el momento equivocado.

Por otro lado, elabora un bosquejo de las posiciones ideológicas y políticas en la Bolivia actual. Se concentra en lo que ella misma representa, heredera de la izquierda guerrillera, luego dirigente y diputada de izquierda en los ochenta y actualmente escritora de clase media alta. Desde ahí sitúa a quienes están jugando las fichas de la arena política. Es cierto que deja mal parados a los “revolucionarios” de hoy subrayando sólo su perfil más tosco y caricaturizado, pero queda claro que esa es la facultad y libertad de quien escribe. Por otro lado, analiza la trayectoria –aunque no desarrolla otras posibilidades importantes en Bolivia- de la generación de guerrilleros de los años del Che. Se puede ver en qué se convirtieron, dónde llegaron, cómo cargan con su pasado y, sobre todo, cómo administran y resuelven las tensiones de antes o cómo exorcizan sus fantasmas.

Quizás el mayor límite de la novela es juzgar –y juzgarse- al pasado con los lentes del presente, lo que desdibuja incluso el propio ambiente épico que llevó a cientos de conciencias a entregarlo todo por el socialismo y la revolución, que en ese momento se lo veía no como un camino suicida sino como una posibilidad histórica real. A ratos, la autora, desde esa prisión y trinchera, no logra reconstruir las razones de la pasión por la política que caracterizó a ese colectivo.


En suma, creo que es un texto muy valioso que nos ayuda a entender una de las posturas respecto del pasado político boliviano y que empieza a llenar un vacío autoreflexivo sobre ese período tan apasionado e intenso. Es un libro infaltable en la biblioteca de quienes quieren entender mejor las vicisitudes de la cultura política izquierdista en el país. Es, además, una invitación a que distintas voces también cuenten su historia en esa historia que todavía nos resuena con tanta fuerza.

Publicado en Página Siete (3/04/2016

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