lunes, 7 de marzo de 2016

El regreso de la corbata

Los momentos que he usado corbata en mis 46 años se cuentan con la mitad de los dedos de una mano. Creo que la primera vez fue en la graduación del bachillerato, a mis 18. No tuve opción, había que ponérsela tanto para la foto como para la fiesta. El colegio jesuita al que pertenecía tenía inteligentes –y a menudo invisibles- mecanismos de coerción para quienes pretendían infringir las reglas. De ahí en adelante, no portar corbata fue un signo de rebeldía.

En múltiples ocasiones la evité y esquivé con éxito. Cuando quería verme elegante, me envolvía el cuello con un pañuelo de seda que me daba cierto glamour y prestancia. Así estuve en matrimonios, eventos formales, graduaciones y cuanto hay, marcando mi personalidad a partir de la diferencia. Un paraguas ideológico me acogía: en la generación que me precede –la de mis padres- la izquierda boliviana siempre se jactó de no usar corbata por ser un símbolo de clase. Incluso se les llamaba despectivamente “los descorbatados”. En algunos seminarios de formación de cuadros progresistas escuché el argumento de cómo la derechización iba de la mano de una mutación en la forma de vestir, lo que empezaba, en los varones, con el terno y la corbata en lugar de la camisa y la chamarra de cuero.

Claro, como sucede siempre, mi disidencia reposaba en una cómoda posición de clase media alta y en un capital social y familiar bien consolidado. Podía desafiar así sin problema ni consecuencias a las normas de la alta sociedad paceña sin ser excluido y pasando, más bien, como una simpática desviación que confirmaba la regla en las formas del vestir.

Cuando llegué a México ensayé continuar con mi tenida y en cierta ocasión no me dejaron entrar al Club de los Industriales, pero como era el conferencista, hice un pequeño berrinche que fue lo suficientemente eficaz como para que se me abrieran las puertas. El caso es que hace unas semanas me llegó una invitación para asistir al concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional en el Palacio de Bellas Artes conmemorando los 45 años de una importante institución gubernamental de promoción de la ciencia. Me quedaba claro que en ese ámbito no tenía las credenciales –los capitales, diríamos sociológicamente- suficientes como para jugar a ser Carlos Monsiváis e ir con una chompita a un acto oficial – así lo hizo cuando le otorgaron el Premio Nacional de Ciencias y Artes-. Si quería ir, tenía que vestirme “como se debe”. Y así fue.

El primer paso era comprar ropa. Mi esposa me acompañó en la tarea. En una gran tienda fina, paseamos toda una mañana por el “departamento de caballeros” viendo cómo hacía de este investigador universitario un “caballero”. Primero fue el saco, luego la camisa, y finalmente la corbata. Busqué todas las combinaciones, hasta lograr el equilibrio de colores y formas. Y llegó el día. Empecé quitándome la ropa cotidiana –diríamos ordinaria- y empecé a desprender las etiquetas de cada una de mis nuevas prendas las que me puse con cuidado, como preparándome para una fiesta de disfraces. Cuando llegué a la corbata, recordé cómo se hace el nudo, mi padre me lo enseñó antes de morir; viene a mi memoria con nostalgia cómo, en una de las vueltas, él la retenía entre los dientes para lograr el triángulo perfecto y la distancia correcta entre los extremos, todo un arte. Intenté varias veces desempolvando mis saberes hasta que me salió bien. Me sentí tan extraño que me tomé varias fotos, una de esas la puse en mi página de Face y recibió casi 200 “me gusta”, un récord.

Como el centro está lejos y no hay nada peor que un coche si se quiere llegar rápido, tomé el metro. Al entrar, sentí que todos me miraban. Por supuesto que no lo hacían, en la ciudad de México no hay extravagancia que llame la atención, pero a mí me daba la impresión de estar en una pasarela con todos los ojos puestos en mi ropa. Cuando llegué a Bellas Artes, era parte del montón.

El concierto estuvo impecable, salvo por un curioso vecino que delante de mí se puso a chatear con su novia. No es que ande de fisgón, pero su celular tenía las letras enormes fáciles de leer desde mi butaca. Mientras la Orquesta Sinfónica Nacional tocaba el soberbio Danzón N. 2 de Arturo Márquez, me distraía el diálogo de adelante:

-         Gracias por acompañarme. Te amo
-         Yo te amo a ti, eres un hombre maravilloso
-         ¿Dónde dejaste las tortas?
-         En el refri, pero engordan.
-         ¿Engordan?
-         Sí.
-         Te amo.
-         Yo a ti. Eres mi orgullo.
-         Tú también.
-         ¿Qué tal tu concierto?
-         Bien, te voy a llamar para que lo escuches.

El susodicho llamó a la novia buscando compartir la música. Un detalle: no era un adolescente haciendo de las suyas con un dispositivo tecnológico, más bien un varón de unos cincuenta y cinco años, seguramente doctor o alguna autoridad viviendo su segunda primavera amorosa.

En suma, acabó el concierto y a la hora del coctel encontré algunos amigos con quienes platicar. Volví en taxi a casa tras haber pasado la nueva prueba de la corbata y la colgué en mi ropero. Habrá que ver cuándo la vuelvo a usar.

(Publicado en Página Siete, 6/03/2016)


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