lunes, 22 de febrero de 2016

Referéndum. ¿Para qué?



Hugo José Suárez

Hoy domingo los bolivianos saldremos a las urnas, incluso los que vivimos fuera. He pensado mucho antes de inscribirme para ir a votar, y tengo dudas de haber tomado la buena decisión. Pero ahí estaré, dudando hacia qué lado inclinar la balanza hasta el último momento.

Mientras vaya a la Embajada de Bolivia en México –que es donde debo acudir-, tendré en mi mente a los seis muertos de El Alto el fatal miércoles 17 de febrero. Escucharé sus gritos, su angustia, su respiración interrumpida por el humo que lentamente les iría quitando la vida. También pensaré en todo lo que he visto en los medios por internet los últimos días, en toda la cochinada dicha de un lado o de otro. En las mentiras cuyo origen poco importa; se parecen tanto entre ellos, es tan difícil diferenciarlos... Sólo sacaré una conclusión: vivimos una era de degradación de la política.

¿Cómo hemos llegado aquí? ¿Quién nos ha conducido a este callejón sin salida? ¿Era necesario inyectarle tanto odio a la política? ¿Las luchas sociales, los mártires, las discusiones, las ideas, nuestra historia, todo sirvió para que hoy, frente a una boleta, tengamos que escribir con tinta roja una cruz en el “sí” o en el “no”? Y retomo la vieja pero no por ello menos vigente pregunta: ¿cuándo se jodió la política? ¿Cuándo el ejercicio de lo público se convirtió en sinónimo de falta de civilidad? Finalmente ¿quién gana y quién pierde con este Referéndum? Yo creo que perdemos todos, más allá del resultado que nos comuniquen al final de la jornada.

Este día quedará en la historia electoral boliviana como el ejercicio tal vez más caprichoso, más inútil, más terco en la lucha por el poder. Me saltarán de un lado y de otro, los unos dirán que aquí se juega el “proceso de cambio”, los otros que aquí se lucha por la democracia, pero lo más curioso es que ambos saben que no se juega ni lo uno ni lo otro. La democracia está en ambos lados, el proceso de cambio también, estamos asistiendo a una pantomima donde los luchadores artificialmente acentúan sus diferencias cuando en realidad son siameses, cada vez más perversos, cada día más cercanos.

En el anterior Referéndum Revocatorio del 2008, efectivamente estaban en juego dos proyectos de país, uno piloteado por el Presidente Evo Morales, y el otro por la élite en retirada que luchaba por no perder sus privilegios. La barrera entre ambas opciones era clara. Hoy siento que vivimos una trampa. Toda elección es mentirosa porque es el resultado de procesos que impiden que verdaderamente se elija, y se restringen las opciones a lo que legítimamente se ha decidido previamente en otras instancias. El proceso de construcción de una papeleta electoral es una metáfora de cómo se establecen filtros que enmarcan el universo de lo posible, y el votante es libre para desplazar su pluma al interior del papel que tiene en frente, si se sale del margen, queda anulado.

El gobierno nos quiere hacer creer que si no votamos por él el proceso de cambio estaría en riesgo. Saben que no es cierto, que seguirá de todas maneras, que habrán otras posibilidades y que más bien ellos mismos quedarían fortalecidos para buscar nuevos liderazgos construyendo más consensos sociales que permitan mayor proyección no dependiendo de una sola persona. La oposición quiere mostrarnos que la democracia es alternancia y que sólo si se va Evo habrá otro país, y saben que no es cierto, que cambiar el rostro de quien gobierna no implica una democracia.

Ambas opciones se presentan como excluyentes y son mentirosas. La gran dicotomía que nos han puesto al frente es “Sí a Evo y al proceso de cambio” (sí y sólo sí) vs. “No a Evo y no al proceso de cambio” (no y sólo no). Pero si descomponemos ambos elementos, tenemos, en vez de dos opciones, cuatro: aquellos que quieren que Evo continúe, pero no el proceso de cambio (por ejemplo la banca, la industria de la construcción, algunos empresarios y otros sectores que son los que más han ganado en los últimos diez años y que la estabilidad política les da jugosos réditos económicos), y aquellos que no quieren a Evo en la conducción pero sí el proceso (algo como “sí, pero no así”). Y con un poco más de imaginación, podríamos pensar en más combinaciones, que de hecho son las que se darán más allá del resultado.

El caso es que, como decía, caprichosos y mezquinos intereses nos han conducido a una confrontación irresoluble. Estamos en el despeñadero. Cuando más el país necesitaba puentes, han construido murallas con alambre de púas. La historia les pasará la factura.



 "Publicado en El Deber 21/2/12"



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