viernes, 12 de febrero de 2016

El presidente en calzoncillos


Hugo José Suárez

Llegué al texto por recomendación de un amigo, y al terminarlo de leer tuve claro que fue una buena decisión. Se trata de Yo, el Presidente, de Víctor H. Romero (Ed. 3600, La Paz, 2013). Son cuarenta y un capítulos contados en forma descendente, cada uno no pasa de dos páginas.  Es una lectura ágil, una escritura muy bien construida que fluye palabra tras palabra; es una novela policial que se concentra en la vida del presidente, el teniente encargado de su seguridad, una amenaza de muerte y la delicada situación económica y política del país.

Además de disfrutar de la lectura y de la construcción del relato, me encantó encontrarme con un texto que desnude la política desideologizándola, mostrándola como es, con su rostro más crudo, más real, más desapasionado, lo que no abunda en nuestro medio. Algo así como cuando uno se acerca a la serie House of Cards, para entender la lógica del poder por dentro.

Romero, que escribió el animé de la vida del Presidente Evo Morales y cuyos textos previos son claramente militantes, nos conduce no hacia el encantamiento de un líder carismático intentando suscitar en el lector ciega admiración, sino que devela las miserias de los laberintos interiores del personaje. Pero ojo,  su texto no está hablando de ninguna persona en particular, sino de la figura presidencial más allá de cualquier inquilino transitorio.  Ese es uno de los mayores aportes de la novela: no quedar prisionero de un nombre; y ese es el camino para que el texto sea más universal y transhistórico.

Varios elementos me llaman la atención. En el primer capítulo, el presidente  reflexiona sobre cuán importante es él en la historia de la nación y concluye que es un ciudadano más: “La gente que cree que ser presidente del país es trascendente, pero se equivoca, no es así, simple y llanamente significa ser parte de una larga fila de nombres y personajes a los que el tiempo fue calificando como imprescindibles, luego prescindibles y finalmente innecesarios” (p. 8).

La política y el engaño van de la mano, y quien se mete a ese juego tiene que aprender a mentir: “la mentira es el protocolo del poder político” (p. 23), asegura el presidente. Además, la política es “un eterno juego de poder y el sujeto político un eterno ludópata” (p. 72). Cuando se le acusa de ser populista, el mandatario rechaza contundentemente la calificación por ser equivocada, mis acciones, sostiene, “están sencillamente enfocadas a mantenerme en el poder, en la presidencia, en este vicio que me consume y devora hasta el más íntimo de mis deseos. La acción política se resume en una sola palabra: adicción. Todos somos adictos, unos a las drogas y otros a esa adrenalina que genera el poder, al hecho de tener siempre y en todo momento la razón, por mucho que la haya perdido” (p 31). Y más: “Nosotros siempre buscamos poder. Las ideologías, los principios tan sólo han sido un puente para lograr nuestro objetivo. El país, su futuro, su desarrollo las piedras en el camino” (p. 61). Y parte del éxito de quedarse en el poder está en conmover, en prédicas que salgan “del corazón y no de la razón (...). Las ideologías son para los despachos. Puedo hablar mucho y no decir nada” (p. 32), somos un país “peligrosamente emocional, emotivo hasta su esencia” (p. 71); pero a la vez se debe administrar manejo de los temores: “el miedo nos va a mantener en el poder” (p. 62).

El discurso del cambio y la revolución es arriesgado, “el cambio es mucho más peligroso de lo que se cree” (p. 32), y de hecho “quién más le teme al cambio es aquel que siempre lo pide” (p. 147); lo más prudente es “mantenerse en su lugar, mejorar ese espacio, pero jamás moverse más de lo necesario” (p. 32). “El cambio asusta, intriga y sobre todo conspira. Por mucha desigualdad que exista en este país, siempre se buscará que las cosas se mantengan tal y como están. Mover una ficha es patear un tablero que te puede dejar fuera del juego” (p. 33).

A ratos el presidente parece dar consejos prácticos de gobierno: “para acumular el poder, sí se necesitan alianzas, pero también ofrecer algo a cambio y para ganar su lealtad, hacerles creer que dependemos de ellos y mucha paciencia para esperar a que llegue ese instante que dejan de convertirse en aliados y pasan a ser servidores... públicos” (p. 80).

Yo, el Presidente es una lectura necesaria para todos los que se interesan en la política sin importar la posición que ocupen en ella, más allá de las pasiones que ciegan el análisis y de militantes enamorados de su líder cualquiera que sea. Y aunque bien decía previamente que el texto está fuera de la coyuntura, en este momento del país, parece que el autor estuviera escribiendo las noticias del día.  Por eso concluyo con este premonitorio pasaje redactado hace más de dos años: “ustedes me dieron el poder, dos veces, fue su elección. Tendrán que asumir las consecuencias de haberme elegido, de haberme pedido hasta el cansancio una patria mejor” (p. 147). Una novela tan brillante como cínica y despiadada.




Publicado en suplemento Ideas de Página Siete

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