lunes, 7 de diciembre de 2015

Bauman no escribe un diario, sino a diario

Hugo José Suárez

Hace unas semanas me compré Esto no es un diario, de Zygmunt Bauman (Paidos, México 2015). La verdad, no había leído al conocido autor, aunque sí escuché hablar mucho -tal vez demasiado- de él. Me llamó la atención que en el título negara lo que en realidad está escribiendo; me recordó a Pierre Bourdieu cuando en su Esbozo de un autoanálisis empieza con la frase “Esto no es una autobiografía”. Se trata de, en ambos casos, negar lo evidente para redefinirlo, para ponerle nuevo contenido en la palabra o ampliar la frontera de su significado.
Compré el texto porque precisamente lo que me gustó fue su estructura: la organización del contenido está por fechas, empieza en septiembre del 2010 y termina en marzo del 2011; cada uno de los meses contiene reflexiones subtítulos que anuncian el contenido de las dos o tres páginas que le siguen; no tiene una conclusión o reflexiones de cierre que ayuden al lector a quedarse con algo luego de las casi 300 páginas recorridas.
En las primeras letras, el sociólogo polaco, a modo de introducción, se desnuda y vuelve a la pregunta del “para qué” escribir un diario, del “sentido y el sinsentido de escribir”. Y no responde con una argumentación racional, política o pedagógica, simplemente confiesa que “no he sabido aprender otro modo de vida más que el de la escritura. Un día sin escribir o anotar algo se me antoja un día desperdiciado o criminalmente abortado: un deber incumplido, una vocación traicionada. Además, el juego de las palabras es para mí el más celestial de los placeres” (p. 11-12); y va para el frente: “soy incapaz de pensar sin escribir” (p. 12). Esa es quizás la primera enseñanza de este autor que, sin ser propiamente escritor sino sociólogo, se esfuerza por hacer de las palabras un deleite cotidiano y una necesidad –necedad-compulsiva. Corresponde a los sociólogos -parece sugerir Bauman- convertir a la escritura en una práctica regular, en una amante insaciable y cariñosa que no se puede abandonar.
Un segundo aspecto que me gusta del libro es, como lo anunciaba, que no sigue el formato de documento académico: introducción donde se plantea la pregunta y la hipótesis, un capítulo teórico y metodológico, apartados donde se exponen los resultados y finalmente la conclusión. En ese sentido se retoma la idea de “diario”:  ideas y observaciones -que llegan en un orden cronológico y no argumentativo- de lo que se observa día a día. Así, un recorte de periódico, un encuentro, un acontecimiento, un libro, son los insumos que permiten una reflexión libre e imaginativa; sin duda arriesgada, atrevida, a menudo equivocada, pero no menos inteligente y sugerente. Y lo interesante es que en la exposición de lo observado se deja ver el lente del científico social que mira desde una tradición, desde una manera de explicar y comprender. Ahí cabe todo, todo lo que conmueve a la sensibilidad del sociólogo.

El autor valoriza el “diario” que en los últimos años se ha convertido en el patito feo de la literatura o el primo incómodo de la novela, pero imprime su sello. En suma, lo de Bauman sí es un diario, un sabroso diario sociológico que invita a las letras y a las ideas. 

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