jueves, 13 de febrero de 2014

Marcel Proust y el dilema de las identidades

Es ampliamente conocida la imagen que Marcel Proust (1871-1922) describe en A la búsqueda del tiempo perdido donde el personaje moja una magdalena en su té y al hacerlo despierta en su memoria las historias de su infancia, pero poco se habla de otras facetas del célebre escritor francés. En una sugerente conferencia en el Centro de Estudios Mexicanos de la Universidad de Columbia, Rubén Gallo presenta un avance de lo que será su libro de próxima aparición: Marcel Proust y América Latina. Lo interesante de su análisis radica en que se concentra no sólo en el escritor sino en los latinoamericanos que tuvo cerca. Recuerda el conferencista que Proust era tremendamente localista, realizó muy pocos viajes en su vida, conoció pocas culturas diferentes a la suya, pero su condición homosexual le permitió pensar la diferencia desde otro lugar, sin necesidad de un desplazamiento territorial sino más bien de condición sexual. 

Los intelectuales latinoamericanos de la época, y con quienes Proust tiene contacto (incluido su amante de origen venezolano Reynaldo Hahn), llegan a un ambiente intelectual parisimo muy exigente y distinto al que se abrió las décadas posteriores. Para tener un lugar se deben "afrancesar" militantemente, conocer bien la lengua, escribirla con elegancia, manejar los códigos culturales locales. Por eso la discusión que es especialmente interesante, pues los autores de este lado del mundo tienen un dilema complejo: se "integran" dejando atrás su origen, o viven marginales en una batalla de antemano perdida.

El escritor mexicano Ramón Fernández (1894-1944) es precisamente uno de estos intelectuales que bien encarnan la tensión. Hijo de diplomático mexicano con una cronista de modas francesa, se forma desde su infancia en París, escribe en esa lengua y consolida un prestigioso lugar en el mundo literario de la época, sosteniendo muy poco contacto con México. Entonces qué, ¿es mexicano, es francés? El problema se complica administrativamente -el propio Estado no sabe cómo lidiar con ello- porque su novia, es profesora de colegio y al querer casarse con él perdería su nacionalidad debiendo asumir la de su nuevo marido y, consiguientemente, dejaría el trabajo pues por ley un maestro escolar debe ser francés.  

Por parte de las comunidades intelectuales las reacciones también son complejas. No faltan quienes adoptan a los ahora nuevos franceses y los llaman "los nuestros". En el caso de Fernández, su obra se integra de tal manera al patrimonio cultural galo que uno de sus poemas termina siendo lectura obligatoria y oficial en la educación primaria. De parte de los latinoamericanos, hay una importante tendencia de considerar poco legítimos a quienes se fueron, quitándoles la posibilidad de hablar como mexicanos, cubanos o venezolanos. En ese contexto, la resolución que encuentra Fernández es adecuada y eficiente para su tiempo: "Soy ciudadano mexicano viviendo en París".

El dilema se resuelve en parte en las décadas siguientes. Cortázar escribía desde París reivindicando su manera argentina de hacerlo. Los varios migrantes de Europa de Este como Kundera, Koudelka, o árabes como Maalouf plantean el tema desde otro lugar, provocando un quiebre en el orgullo chovinista francés.   Maalouf que escribe sobre el mundo árabe desde Francia -y recibe los premios más prestigiados- desarrolla quizás una de las tesis más complejas sobre el tema en su obra Identidades asesinas.


Como fuera, recorrer los dilemas de las identidades, los desplazamientos -territoriales, sociales, sexuales-, las mutaciones y la manera de encontrar salidas, es una de las cosas más entretenidas y vitales de la práctica intelectual.

(Suplemento Ideas, Página Siete, febrero, 2014)

1 comentario:

Eugenia Allier dijo...

Bueno, el comentario es para el escrito sobre Nueva York: ¡excelente! Y sí, qué decirte amigo, que luego de vivir un poco fuera, uno se vuelve crítico del defeño. Pero después de un tiempo, volvemos al amor: ¡ánimo con el regreso!
Eugenia Allier