jueves, 4 de abril de 2013

Café La Paz


Después de muchas vueltas por Buenos Aires, llego al Café La Paz.  Es tarde, domingo, casi las diez de la noche.  No hay nadie, tímidamente pregunto si todavía hay servicio porque no veo clientes, sólo unos mozos al fondo de la barra que parecen charlar.  Me responden afirmativamente.  Me siento al lado de la ventana, viendo Av. Corrientes y la gente que a esa hora todavía la transita.  Saco los libros que me acabo de comprar, dos compañías deliciosas: un cómic de Alberto Breccia que dibuja historias de Ernesto Sábato, y el libro sobre los trucos del oficio sociológico de Howard Becker; en suma, uno de mis autores consentidos y uno de los historietistas que más me entretienen.  Me pido un expreso cortado (para dormir bien, como diría un amigo). 

Buenos Aires es la ciudad de los cafés.  Cada esquina tiene uno, con sus amplios ventanales que diluyen la distancia entre el interior y el exterior.  Dentro, uno se siente afuera; afuera uno se siente dentro.  No es intimidad, tampoco vitrina, sino una especie de living –así, con el significado en inglés- compartido.  El vidrio es una barrera real pero a la vez ficticia, te sientes parte de las historias de quienes pasan cuando estás en la mesa, y parte de la conversación cuando los miras desde la calle.  Es otra manera de construir la urbanidad.  Cada café con su personalidad, su presencia, su sabor.  Y en todos ellos, el tradicional café con leche y tres media lunas.

Por eso, mientras paseo por las letras y los dibujos, también me dejo llevar por las imágenes de la calle.  Un africano –de reciente migración según me cuentan- que vende cualquier cosa, una pareja que sale del teatro, un hombre solo, un grupo de chicas que pasan haciendo ruido, decenas de bicicletas que con bocinas toman la avenida –casi todas llevan una luz roja en la parte trasera que parpadea como luciérnagas anarquistas que remarcan su paso-.

Entre tanto, se me viene a la memoria la canción 11 y 6 de Fito Páez: “durante un mes vendieron rosas en La Paz, presiento que no existía nada más”.  Entiendo mejor a Fito: una pareja que ante el mundo, en un espacio especialmente público, desaparece, abre un paréntesis, se siente sola, construye su propio universo en el cual sólo existen los dos.  Y también recuerdo que hace años un amigo paceño me dijo que en esa canción más bien se hacía referencia a un período en el que Páez habría vivido en la ciudad de La Paz vendiendo flores, por supuesto estaba completamente perdido. 

Los libros, las melodías, las personas y la memoria consumieron mi tiempo, llegó la hora de cerrar.  Pido la cuenta, y antes de partir me guardo una servilleta con el nombre del café impreso, fetiche que me servirá de puente para rememorar lo vivido esta noche de domingo en Buenos Aires.

Publicado en suplemento Ideas de Página Siete 31-abril-2013

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