martes, 19 de febrero de 2013


El escritorio de mi abuelo


Siempre estaba cerrado con llave.  Cuando pasábamos por la puerta, los nietos acercábamos los ojos al vidrio catedral que formaba parte de la misma, además de intentar mirar por la cerradura.  Alguna vez de traviesos probábamos suerte y ensayábamos abrir la chapa, pero por supuesto jamás teníamos éxito. 

Mi abuelo tenía buenas razones para custodiar su escritorio.  La mesa central separaba su silla de la de los visitantes.  En la pared del fondo estaban colgadas sus fotos, aquellas que formaban parte de su trayectoria profesional: cadete, general, ministro, alcalde.  Por supuesto una foto panorámica del Complejo Deportivo The Strongest de Achumani, del cual fue el principal impulsor.  Al lado derecho tenía un mueble especialmente preparado para los cientos de diplomas recibidos durante varios años.  Eran tantos que no se podían colgar en una pared, así que se ideó una especie de cuaderno gigante de pared que permitiera conservarlos y exhibirlos mejor.  Luego la biblioteca y los varios archivos.

Pero lo que más atraía mi curiosidad era un magnífico estante de vidrio de dos puertas.  En la izquierda estaban sus escopetas y sables propios de la carrera militar, y el espacio derecho tenía varias repisas con pistolas de distintos tipos y medallas expuestas sobre terciopelo azul.  Por supuesto que siempre que estuve ahí algún adulto me acompañaba y nunca me dejaron tocar nada.

Recuerdo que una vez le pregunté si conocía el libro La laguna H3 de Adolfo Costa du Rels.  Entramos juntos al enigmático escritorio, lo buscó en su biblioteca y me lo entregó.  Por supuesto que sabía de él, no era sólo una novela sino un recuerdo de su participación en la Guerra del Chaco.

Según me contaron, el escritorio era el refugio de mi abuelo.  Ahí tomó decisiones fundamentales sobre el futuro de la nación con otros colegas –incluso le pasó la presidencia por las manos-, tuvo reuniones políticas, deportivas y familiares.  También ahí lloró la muerte de mi padre y se encerró en distintas ocasiones a re-leer sus cartas.  Ahora entiendo que era su espacio para la intimidad.

Tarde me arrepentí de no haberle pedido que me permitiera recorrer su escritorio, que me enseñara sus diplomas, sus armas, sus medallas.  Que me abriera el estante de vidrio, que me relatara sus hazañas explicando cada imagen colgada en su pared.  Pero me alegro de haberle tomado una foto donde está sentado en su silla, mirándome desde su guarida tan cargada de historia.  

(Publicado en suplemento Ideas del periódico boliviano Página Siete, 17/02/2013)

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