jueves, 4 de noviembre de 2010

Propio y ajeno

Roger Bartra reproduce en su blog el diálogo con un amigo y colega suyo, Galo Gómez, quien luego de varios años en México volvió a su natal Chile. En el largo comentario, cuenta un intercambio sobre la reinserción vivida por Galo, a lo que Roger responde:

“Envidio la experiencia de regresar a tu país –le contesté–, con tu bagaje extraño de "otredad". Como yo soy criollo, me doy cuenta de que no hay "regreso" a ninguna parte”.

Y ahí me detengo. Es cierto que quienes hemos vivido la experiencia de pasar años lejos, cuando volvemos cargamos el “extraño bagaje” que filtra nuestra mirada. A la vuelta, durante unos meses todo suscita el asombro, desde la nueva avenida hasta la risa ya casi olvidada del amigo. El regreso explota en emociones -como recuerda Matilde Casazola-; la melodía, el sabor, el acento, el olor, nos remueven por dentro, hasta que reencontramos la armonía, y todo fluye de nuevo con naturalidad.

Pero a la vuelta de los años, habemos quienes volvemos a sacar las maletas, y comienza otro ciclo. Me ha tocado hasta el cansancio estar afuera y volver. Aunque en la aritmética de los años la balanza todavía se inclina hacia el tiempo pasado en Bolivia, poco a poco la tendencia es al equilibrio, y pronto será más largo el período en el extranjero. Hoy que me instalé en México, la experiencia de “otredad” respecto de lo mío me acompaña inevitablemente.

Los que se quedaron –amigos y familia-, tienen al tiempo como testigo del cambio, él es -con las fotografías que son sus fieles e implacables aliadas- el que se encarga de recordarles que las cosas transcurren, que nada es como ayer. Para mí en cambio, además del tiempo, es el espacio el que marca la distancia. Tiempo y espacio moldean mi melancolía, mi relación con Bolivia.

A menudo me han preguntado si algún día volveré –no de vacación-, y todo indica que la respuesta es negativa. Tampoco me distraigo con la idílica idea de que cuando me jubile pasaré mis años en las calles de La Paz. Pero también cada vez sé con mayor claridad que nunca podré dejarla, que gozaré de su compañía sea alborotando los recuerdos o alimentando la cotidianidad. Y vuelvo a Roger y Galo, a mi manera de ser “criollo” y “otro” a la vez; o más bien no ser ni totalmente “criollo”, ni totalmente “otro”. Vivir en el difuso espacio de extranjeridad y pertenencia. En esta ambigua e irresuelta tensión, acudo nuevamente a Sáenz: "Recuerdo y no recuerdo; siento y no siento; miro y no miro. Pero, ello no obstante, todo está. Yo estoy allá, mirando una mirada. Y también estoy aquí, mirando no sé qué. Mirándome a mí, en realidad".

2 comentarios:

omar rocha velasco dijo...

Trato de entender tu sensación, pero también pienso en que nadie se sustrae de sentirse como el que se queda, incluso los nómadas -me imagino-, tendrán cierta sensación de apego temporal. Esto no le quita ni una coma a lo que dices.
Saludos.

Anónimo dijo...

Hugo Jose,
Leo tus palabras sintiendo la sintonia de sus ecos en mi pecho. El estar lejos en espacio y tiempo no borra ni olores, ni sabores, ni miradas...Si bien a ratos todas estas parecen difusas, borrosas y hasta extranhas, basta una sonrisa para recordar y hasta cementar que uno no esta lejos y a la vez esta mas lejos que nunca. Gracias por compartir estas emocioines.