viernes, 8 de mayo de 2009

Influenza: la epidemia del encierro



Al salir de la ducha a las siete de la mañana como cualquier viernes, escucho en la radio que se han suspendido las clases. La noche anterior el ministro de salud emitió un comunicado informando el brote de influencia porcina y se decretó la alerta sanitaria. Inicialmente, no sabemos bien qué pasa, y empieza la batería de información en los medios masivos. Repentinamente ellos ocupan el lugar más protagónico en la casa, en vez de escuchar música, pasamos el día pegados al informativo. La invasión de datos nos abruma, de pronto sabemos diferenciar con cierta maestría entre gripe porcina o aviar, entre pandemia o epidemia. Pero nuestro saber superficial es menor que la angustia creciente. El vínculo entre miedo y salud, que es uno de los más perversos, ahora se acentúa. Comienza la duda, ¿tendré yo influenza? ¿la tendrá alguno de los de mi familia? ¿mi vecino? ¿el cajero del supermercado? El otro se convierte en un potencial enfermo, buscamos la soledad como protección.

En el transcurso de las horas, las autoridades, en un mar de confusiones, toman el timón de un barco sin destino. Sus comunicaciones no aclaran, confunden. Sabemos de la presencia del Estado en la vida social, pero ahora lo sentimos con más contundencia: organiza la cotidianidad. Sus indicaciones son lapidarias: no salgan a la calle, no hagan deporte al aire libre, no asistan a lugares con muchas personas. El Estado total organiza la vida privada, el Big Brother que imaginó Orwell cobra vida, nos vigila, dice que nos protege de un terrible enemigo que circula por el aire. La presencia del Estado abruma, lo sentimos en la habitación, en el baño, en la sala, en la cocina.

Confinados en mi departamento, esperamos que pasen las horas tratando de matar el tedio. Al quinto día salimos en el auto a dar una vuelta, intentando no abrir las ventanas para evitar riesgos. La gran ciudad de veinte millones de habitantes parece un pueblo fantasma, las calles están vacías, los restaurantes cerrados, las pocas personas sueltas andan con tapabocas.

El hastío nos inunda. Apagamos las radios, todos los noticieros dicen lo mismo. Desconfiamos de lo que dicen las autoridades cuya presencia mediática resulta insoportable. Se nos acabó la imaginación para continuar con el encierro. No queremos más que ver el final del túnel.

A dos semanas, las cosas empiezan a volver a la normalidad. Se retoman las clases, el trabajo, el tráfico. Aparentemente pasó el momento más riesgoso de contagio, pero nuestro inquieto espíritu quedó cubierto con un tapabocas. Redescubrimos la fragilidad de la vida humana, y de las normas de organización de la vida social.

1 comentario:

Víctor Gayol dijo...

Pues ahora estamos así nosotros en Zamora... ayer se declararon zonas de alerta los municipios de Zamora, Jacona y Los Reyes. Un abrazo.