jueves, 19 de febrero de 2009

Un insulto respetuoso

Me perdí el inicio del conflicto. Estaba sentado en el metro con toda mi familia alrededor, y de pronto un señor que estaba parado empezó un pleito con uno que estaba sentado. Ambos venían acompañados de hijos, y uno de ellos incluso traía a la esposa. Entiendo que en la entrada y salida de alguna estación hubo algún forcejeo entre ambos, lo que condujo a uno de ellos a decirle al otro: “oiga, respete lo de ‘antes de entrar, deje salir’” –haciendo alusión a la indicación inscrita en las puertas de cada vagón-. “No ve que estoy entrando y usted me empuja, ¡no espante!”. El otro respondió agresivamente y el tono del intercambio verbal empezó a subir, hasta que se llegó al amague de los golpes como siempre frenado por las mujeres, el abundante público que estaba alrededor y el movimiento natural del metro –claro, de pelearse, mejor no hacerlo en esas circunstancias-. Lo simpático fue que la disputa verbal concluyó con: “chingue su madre”, lo que fue pagado con la misma moneda: “chingue la suya”, todo acompañado por un tradicional gesto con la mano. Habiendo llegado a la cúspide de los insultos –que nunca dejó de ser respetuoso y utilizando el “usted” para dirigirse al contrario- y sin poder desatar un intercambio de golpes, ambos se quedaron, lado a lado sólo divididos por los barrotes del metro, mirando al frente. El conflicto terminó, no se miraron ni dirigieron la palabra hasta que uno de los dos llegó a su estación y descendió con toda su familia. El episodio había concluido.

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